Pronombres personales

Cada uno es la medida de todas las cosas. No puede ser de otra manera. Nuestro yo nos conecta al otro, a los otros, al mundo, a ellos. La magnitud con la que mido todo lo que me rodea soy yo. Yo soy mi altura, mi peso, mi lugar en el mundo, mi percepción. Yo soy mis ideas y mis pensamientos. Percibir el mundo desde algo que no sea yo mismo es imposible. Es el imperio del egocentrismo. Primera persona del singular.

Podemos hacer el esfuerzo de ver algo desde diferentes puntos de vista. Podemos intentar, al menos, ponernos en el lugar de otro, ser él, pero eso, por mucho que nos esforcemos, no nos permite salir de nosotros mismos. Somos cárcel y universo al mismo tiempo. Somos todo pues nada hay si no lo percibimos y somos uno que forma parte de un todo que no existe si no estamos.

Uno y el universo como entidades inseparables. El uno existe sin el otro pero el universo no existe sin el uno. Todo está dentro de nosotros, desde dios hasta la más diminuta de las piedras. Abriendo los ojos lo vemos todo. Cerrándolos seguimos viéndolo todo.

Uno y el universo como dos y una misma cosa. Yo dentro y yo fuera pero yo siempre.

Tan yo somos que lo mas increíble de nuestra historia es haber inventado el nosotros.

De la misma forma que llevamos miles de años tratando de dejar de ser predadores, aún sin conseguirlo del todo, llevamos también todo ese tiempo intentando conjugar la primera persona del plural. El yo todo lo mide y todo lo encierra. El nosotros es el paso necesario hacia la humanidad.

Ser conscientes del nosotros, asimilarlo y practicarlo nos da y nos cuesta la vida. Todas las heridas nos alcanzan al entrar por el hueco que deja ese gesto de apertura. Todo el dolor lo compensamos aun reconociendo nuestra debilidad y dependencia.

El yo como medida, el nosotros como forma de vida. El yo como esencia y nosotros como decisión adoptada. El yo como mundo interior inevitable, el nosotros como lucha y deseo.

La humanidad es plural. Nosotros somos humanos. Las piedras juntas no conforman un grupo, las piedras son siempre singulares. Sólo el ser humano es yo y puede también ser nosotros. Sólo el ser humano tiene circunstancias.

El yo, el otro. Nosotros y ellos. Primeras y terceras personas. Sólo faltas tú, sólo faltáis vosotros. Eres y sois interlocutor, destino, objeto de atención y compromiso. El tú es cercano. El tú es el más caro de todos, se lleva siempre una parte de mi consigo.

Tú y yo a veces formamos un nosotros. Vosotros y yo somos nosotros, el grupo que nos hace ser en otros.

El yo es completo pero es también solitario. Él me es ajeno aun sintiéndolo cerca. Tú me completas y me empujas pero de ti viene todo el sufrimiento.

Somos pronombres personales en busca del verbo que nos haga ser, estar y hacer todas las cosas. Somos sujetos en busca de objetos. Sólo alcanzamos sentido dentro de la sintaxis y la gramática.

Lo primero no fue el verbo. El nombre ya estaba esperando.

El uno y el otro

Lo peculiar nos identifica. Funciona igual en individuos y en grupos. Es curioso observar cómo compatibilizamos la inclinación por la diferencia con la aglutinación en el grupo. Nos sentimos orgullosos de lo que nos hace diferentes. Al mismo tiempo rechazamos al diferente. La tendencia al grupo hace que creemos el indivio-grupo. Le atribuimos  peculiaridades, pero en él han de caber varios. Lo individual da miedo. El otro es una amenaza. Se teme y se desea al mismo tiempo.

Uno empieza siendo alto o bajo, rubio o moreno, diestro o zurdo. Al final se termina creando clubs de fumadores en pipa, de coleccionistas de sellos o de nacidos el veintinueve de febrero. Se extiende la peculiaridad individual a un grupo que la comparta. Una vez protegidos, nos refugiamos en  él, nos identificamos y acabamos rechazando lo diferente. Se defiende la parte en el todo, se ataca a la parte desde el todo. Un individuo-individuo no es peligroso. A lo sumo es peculiar. Un individuo-grupo sí lo puede ser. La individualidad no lleva al rechazo del otro, el grupo unido, unificado, identificado sí. Al ser humano le resulta duro ser individual y vivir peculiarmente. Ser uno es arduo. Ser único ha llegado a ser tan sólo un halago.

La colaboración es necesaria. La asociación y la agrupación son defendidas y buscadas por motivos prácticos. La renuncia a nuestra individualidad nos hace luego buscarla en el grupo. Si no puedo ser yo quiero ser nosotros. El nosotros tiene sentido siempre que existan ellos, esos de los que necesito diferenciarme, esos que nos hacen únicos. Si el nosotros abarca a todos pierde la gracia y, lo que es más grave, el sentido. Sin otro no soy yo. Sin nosotros desaparecemos nosotros.

Prácticamente todas las teorías o ideologías socializadoras han fracasado no por poner al colectivo por encima del individuo sino por quitarle individualidad al grupo.

La alabanza del yo individual sólo tiene cabida en la intimidad. Queremos ser únicos ante el otro y, sobre todo, hacemos del otro algo único para nosotros. Esta bipolaridad, esta esquizofrenia que nos lleva a habitar mundos paralelos, casi nunca complementarios, nos aleja del equilibrio, único lugar verdaderamente habitable, único lugar donde no importa que exista el otro, donde, de verdad yo soy yo, él es él y juntos formamos un nosotros. Ese nosotros nuca debe ser el refugio de los débiles, de los inseguros. Nunca el lugar de donde obtenemos ideas que luego hacemos nuestras.

Entre el uno y el universo hay una distancia insalvable que está plagada de grupos que nos procuran el refugio necesario, que nos protegen del miedo a lo desconocido. Muchas mentes no piensan más que una necesariamente. Las decisiones adoptadas en grupo liberan de la responsabilidad individual. El miedo compartido es menos miedo. El héroe se desvanece pero pagamos ese precio  gustosamente si con eso eliminamos las piedras del camino. Uno sólo se puede sentir cobarde. En comunidad el miedo desaparece.

Saber que somos únicos nos deja bloqueados. Ser uno y ser todo nos hiela la sangre. El otro es necesario para que seamos uno, no necesariamente para ser dos. La búsqueda consciente de la colaboración es la única búsqueda inteligente. El consenso refuerza la individualidad. Cuando ésta se debilita ya no es consenso. Ser social no significa ser gregario. Lo más difícil de aprender es que el todo no disuelve a las partes.

De pequeños aprendimos de memoria yo soy , tú eres, él es, nosotros somos, vosotros sois y ellos son. Esta es la mejor prueba para demostrar que aprender de memoria no sirve absolutamente para nada. Bien nos vendría aprender de nuevo lo que damos por sabido. Empecemos: yo soy yo, tú eres tú, él es él, nosotros somos nosotros, vosotros sois vosotros y ellos son ellos. Sí realmente llegamos a entender lo que decimos habremos dado el salto que separa el uno del universo. Somos uno y somos todo. Así de sencillo.