El abuelo que perdió el tiempo

Sentado a la sombra de un árbol tararea suavemente canciones de ayer. El abuelo viene todos los días a un pequeño parque cercano a mi casa. Siempre solo. Siempre se sienta en el mismo lugar. Llega, se sienta y canta. No se entiende lo que dice, sólo se intuyen melodías antiguas que él interpreta para un público inexistente. Si pasas a su lado parece no verte. Mira con sus ojos abiertos un pasado que se fue y que ya no volverá. Todas las mañanas, cuando termina de cantar, se levanta y se va. Sé que vive en una residencia de ancianos rodeado de abuelos como él. Sé que le cuidan bien y que le atienden con cariño.  Su vida presente no le interesa. Por eso, todos los días, escapa durante un rato a su pasado. Por eso viene solo, para que nada ni nadie le recuerde sus días y sus noches sin futuro. Solo, rememora la vida que vivió. Vida que le trajo hasta aquí sin su permiso. Recuerda la música que le acompañó, la música que formó parte de su historia, de sus pasos y de sus amores. Recuerda aquellos bailes que aún hoy, si cierra los ojos, le hacen girar por la plaza de un pueblo perdido. Le hacen sentir otra mano agarrada a la suya. Le hacen sentir de nuevo la vida.

Cuando se levanta y se va se hace el silencio. El sonido de su bastón se va alejando poco a poco. El parque queda vacío. Silencioso. Solo. A veces, me acerco a su banco y me siento. Si cierro los ojos y escucho atentamente llegan de lo lejos  canciones que yo nunca escuché, melodías que llenaron de vida y sentido otras vidas. Sonidos que poblaron otros tiempos y que vagan dolorosos en busca de recuerdos.

Sé que el abuelo dejó sus emociones enterradas en el tiempo. Me gustaría que supiera que yo todavía me emociono al verlo.

¿Qué sentido tiene la vida cuando ya sólo somos pasado?

Viejas canciones se pierden en el tiempo y en el espacio. ¿Qué será de ellas cuando nadie las recuerde?

Cuando el abuelo ya no cante se llevará con él el tiempo. Entonces, aunque me siente en su banco, aunque cierre los ojos y con todas mis fuerzas lo intente, nada escucharé. Sólo habrá silencio.

Mi madre ha perdido la cabeza

Mi madre ha perdido la cabeza. Yo no lo lamento. Su vida se estaba reduciendo a respirar y dormir. Su vida era esperar. Yo detesto esperar. Ahora cuando me mira con sus ojos cada vez más pequeños ya no ve nada. Ni tan siquiera el constante lamento de la consciencia.

Mi madre ha perdido la cabeza y ahora vive como viven las piedras. Se sienta, se levanta y camina muy lentamente sin soltar su recién estrenado andador que como perro fiel le guía a todas partes. Tiene él más voluntad que ella. Camina y se vuelve a sentar. Permanece, allí, sentada y quieta. Siempre ausente. Dios sabe dónde. Sin mirar a nada ni a nadie y creo, firmemente, que sin pensar ni recordar absolutamente nada. Mente en blanco, pero no buscada, mente aspirada, que no liberada de ideas. Cerebro encogido hasta no ser más grande que una nuez, imagino.

Mi madre ha perdido la cabeza y cada vez habla menos. Cuando lo hace repite frases hechas, preguntas y respuestas una y mil veces repetidas. Palabras que han perdido cualquier significado. Hace mucho tiempo que hablar, lo que se dice hablar, no hablo con ella. Yo también repito mi guión escrito. Me lo sé tan de memoria que puedo decirlo, recitarlo, declamarlo si es necesario pensando en otra cosa, lejos del espacio y el tiempo. Ya no espero su réplica, la conozco de antemano. Nuestro estéril intercambio de palabras parece un texto escrito por una máquina; aburrido, repetido y sin sentido.

Mi madre ha perdido la cabeza y cuando estoy con ella, he de admitirlo, los segundos son minutos y los minutos horas. Siento alivio cuando el tiempo de mi visita termina y vuelvo a la calle donde en vez de piedras hay al menos movimiento, donde en vez de angustioso silencio el ruido está vivo. Ya no sé si siento pena cuando la dejo o simplemente alivio. Alivio por escapar de la nada. De la vida convertida en nada.

Mi madre ha perdido la cabeza y yo no sé si quiero que siga viviendo. Con este tiempo malgastado está arruinando una vida que dejó terminada hace ya tiempo, en lo que ahora me parece un remoto pasado. Casi ya no me acuerdo de cuando era ella. Me resulta difícil pensar que alguna vez fue mi madre. Imposible imaginar la madre de mi infancia. Se fue. Ya no está.

Mi madre ha perdido la cabeza. Siento pena, dolor, remordimiento y hastío. Siento rabia pero no puedo negarme lo que siento. Son tantos días intensos de nada, de vacío inmenso, de perdida y de lamento. Son tantas horas perdidas de vida que se me hace terrible ser testigo impotente de tanta nada. Siento enfado y vergüenza, amor y odio. Es tan leve y ligero el salto que va del uno al otro. Quiero engañarme y no puedo, me digo que no puedo pensar claro, que no sé lo que digo. Miento, lo sé perfectamente, las palabras que digo o escribo las puedo fingir, a veces incluso creer pero yo me conozco y cuando cierro los ojos no miento. Nadie me ve, nadie lo sabe pero no miento.

Qué difícil es querer a una piedra.

Mi madre ha perdido la cabeza y yo maldigo el momento en que la vida se convierte en broma macabra. Maldigo mi egoísmo, mi incapacidad de ver a través de la nada. Maldigo el tiempo innecesario. Maldigo la piedra en que también yo me he convertido.

Mi madre ha perdido la cabeza y ni tan siquiera sé si verme le supone el más mínimo alivio. A mí verle a ella me hunde en el pozo del remordimiento. Me ahogo y huyo. Huyo y no quiero volver a ese pozo tan negro y oscuro como yo por dentro.

Mi madre ha perdido la cabeza. No lo celebro pero tampoco lo lamento. ¿Qué sentido tiene una vida sin sentido?

Mi casa

“En la infacia la casa es nuestro refugio, sinónimo de seguridad y protección. En la juventud,por contra,queremos romper esas cuatro paredes, escapar y la casa ,por única vez en la vida, es jaula,norma y concierto. Alcanzamos la madurez cuando construimos nuestra casa y en ella somos. Con la vejez sentimos la casa vacía, poblada de ausencias y recuerdos de lo que fue nuestra casa y en esos recuerdos queremos vivir”

Cuando se habla de grandes conceptos, los primeros que se nos vienen a la cabeza son siempre :amor, libertad, solidaridad, igualdad…Uno que no suele ser mencionado, pero que juega un papel primordial en nuestras vidas es el de casa. Casa como refugio, como secreto, como seguridad, como lugar en el que todo lo controlamos y donde podemos ser nosotros mismos.

El amor y la amistad se cantan y escriben, la solidaridad se desea, por la libertad y la igualdad se lucha.En la casa se vive , se está,  se es.

Casa es infancia y seguridad y en la infancia casa era compañía y protección.Nada malo podía pasar dentro de sus cuatro paredes.De adultos casa es refugio y libertad. En nuestra casa no hay fingimientos, no hay convenciones sociales, somos nosotros, no actuamos para agradar o quedar bien.

De la misma manera que al llegar a casa nos cambiamos de ropa para estar cómodos, también desaparecen las máscaras, ya no vivimos para fuera sino para dentro.

Ideas como familia, pueblo, ciudad o patria no son más que intentos de agrandar la casa.La propia cultura quiere convertirse en nuestra casa. Pero no es lo mismo, todo lo externo tiende a cambiar.Hoy en día, felizmente, la mezcla, la comunicación global,hace que ese concepto de casa no pueda ser asimilado con identificación, con pueblo, cultura o lengua. La única casa que permanece,la que es inmutable, es la casa íntima, la casa como útero. Allí, desnudos, permanecemos seguros y la vida se nos hace fácil, todo lo tenemos al alcance de la mano.Conceptos como amor y solidaridad se dan por hechos.Por esto es tan terrible no tener casa. Podemos cambiar de lengua, país,amigos,cultura y costumbres pero no podemos cambiar de casa.

Solemos cometer el error de identificar la lengua, la religión o la patria con el concepto de casa.El ser humano tiende a relacionarse ,a comunicarse  y por tanto a vivir en sociedad.Lucha día a día por mejorar las condiciones de vida de él mismo y de sus semejantes. Surgen conceptos como ciudadanía, derechos, deberes y todos compartimos la tarea por mejorar la vida en común. Somos seres sociales, pero cuando estamos cansados y todo se nos hace cuesta arriba queremos volver a casa, a nuestra casa.