Santa Claus is coming to town

Días de ausencia. Días de silencio. Paul Auster en la mesilla. El invierno que llega. Música detrás de las palabras. El árbol vestido de  rojo, verde y amarillo. Frío que entra por las rendijas. Bill Evans en la memoria. Voces en la casa. Vaho en los cristales. Un dedo dibuja la luna. Olor a castañas. Calma pintada de blanco. Nieve que no llega. Pasos que no cesan. Santa Claus is coming to town. Compota de manzana, turrón de yema. Fuego que calienta las manos. Bing Crosby  a través del silencio. Qué bello es vivir. Blanca Navidad. El milagro de las campanas. De ilusión también se vive. Largas noches. Sosiego. Recuerdos de infancia. Recuerdos inventados. Juguetes olvidados. Cartas a los Reyes Magos. Calles de ciudad en grises y blancos. Paseos por el campo. Árboles desnudos. Tierra que tirita. Silencio lleno de vida. Palabras de Styron. Wynton tocando la trompeta. Chet caído por la ventana. You better watch out. La puerta que se cierra. La palabra casa. El concepto casa por fin aprehendido. Olor a pueblo. Sarmiento en llamas. Vino dulce que calienta la garganta. Paréntesis. Parada. Pausa merecida entre el todo y la nada.You better not cry. Doce uvas. Besos y abrazos. En busca del tiempo perdido. El sol también saldrá mañana. Cinco de enero. Ilusión en los ojos. Tú antes que yo y antes que nosotros. Sueño imposible. Sombras y delirios. He sees you when you are sleeping. Libros leídos. Fotografías apresando la risa. Días que se van para no volver. Noches que anidan en el alma. El mundo imponente ante nosotros.Aún tenemos el tiempo. Todavía hay esperanza. Santa Claus is coming to town.

Happy Christmas!


Empeños inútiles

El más inútil empeño que puede acometer un hombre es el de ponderar alternativas, el de intentar adivinar, y preocuparse por ello, la vida que hubiera podido haber vivido si las circunstancias no le hubieran orientado hacia un determinado futuro. Sin embargo, este es un error en el que, cuando somos víctimas de la mala suerte, casi todos incurrimos. (William Styron)

Es curioso que me haya encontrado con este texto justo en los días en que andaba yo cavilando sobre este tema.Yo no me considero desafortunado, a pesar de ello, maldigo las incontables horas perdidas tratando de imaginar que hubiera sido de mí si en vez de haber tomado una decisión hubiera tomado otra, si en lugar de haberte conocido hoy te hubiese conocido ayer, si hubiera nacido allí en vez de aquí o si hubiera dicho sí en lugar de decir no.

Lo que empieza siendo un entretenido pasatiempo acaba convirtiéndose en una obsesión. La duda y la inseguridad acaban aposentándose en nuestras vidas y toman el timón de nuestra nave sin que tan siquiera nos percatemos de ello. Errar es humano. Dudar también.Tomar decisiones con responsabilidad es, sin duda, el paso que marca el adiós a la infancia y da la bienvenida a la edad adulta. La madurez, sólo llega ,si llega alguna vez, cuando somos capaces de afrontar las consecuencias de nuestros actos y decisiones. Lo hecho, hecho está, y de nada vale perder miserablemente el tiempo imaginando otra vida posible, puesto que no la hay. Nuestras decisiones, buenas o malas, acertadas o no, son las que trazan nuestra biografía. Rectificar es de sabios. Nadie lo duda. Pero rectificar es tomar conscientemente otra opción, distinta de la anterior, incluso opuesta. Nada tiene que ver con lamentarse estérilmente con lo hecho.

Si hubiera sabido lo que iba a ocurrir no lo habría hecho. Yo tampoco. Pocas frases tan necias como ésta. El que no haya sido necio alguna vez que lance la primera piedra. La lección que debemos sacar de esto, es que tomar decisiones implica riesgos, pero estos riesgos son los que dan sal a la vida aunque a veces cometamos errores y la vida se nos haga demasiado salada. Podemos analizar hasta la extenuación los condicionantes que determinaron nuestra forma de actuar, podemos también, medir al milímetro las consecuencias que tuvieron nuestros actos. Lo que nunca podremos hacer es dar marcha atrás y cambiar el curso de los acontecimientos. En última instancia, si estamos arrepentidos sólo nos queda el consuelo de rectificar, si ya no es demasiado tarde. Lo que deberíamos desterrar de nuestra mente es la inútil perdida de tiempo en el lamento, en el si yo lo hubiera sabido, en el que habría pasado si.

Una vez más, la incapacidad de aceptar que somos responsables de nuestros actos y decisiones nos lleva a refugiarnos en casa del destino. Él es el responsable, él decidió por mí, yo no tuve otra opción. Desengáñate, sí la tuviste y estaba a tu alcance. Acepta que tú eres soberano en tu vida y lamenta sólo cuando tu conciencia te grita al oido y te recuerda constantemente lo que tú ya sabes, aunque juegues a no admitirlo:  que hubo razones oscuras y turbias que te empujaron a actuar de determinada manera. Entonces sí, laméntalo y sé sabio; rectifica, no tienes más opción. Y grábate con fuego en la frente que el destino lo escribes tú. El éxito o el fracaso de tus empresas no están marcados de antemano. La vida no hace trampas, las hacemos nosotros. La más grande de ellas, inventarnos el destino.

Jugar es bueno, nunca debemos dejar de hacerlo. Hacer trampas puede ser divertido. Ser tramposo es algo diferente.Tomarse la vida como un juego tiene el riesgo de que nos creamos que las reglas están ya escritas. Si nos gustan nos dan seguridad y nos agarramos a ellas como a un clavo ardiendo. No tenemos nada que pensar ni que decidir. Si no nos gustan no nos queda más remedio que hacer trampas, algo externo nos obliga a hacerlo. En ambos casos la misma conclusión:irresponsabilidad. Nada nos conforta más.

Ni dios, ni el destino, tal vez el azar, pero decir el azar es no decir nada, nos arrebatan la responsabilidad de nuestros actos. Por mucho que lamentemos que esto sea así, no nos queda otro remedio que aceptarlo y ser valientes, pues valentía es lo que hace falta para vivir. Los cobardes no viven, vegetan, a veces juegan y pierden, siempre pierden.