
Sentado a la sombra de las piedras bajo un árbol frondoso que extiende sus ramas sobre mi cabeza. Las piernas cansadas tras el largo camino. Descanso en el alma.
Sed en la garganta. Un gato me mira, le miro y se escapa. La brisa se mueve y olvido el calor de la tierra ardiente.
Quietud en las calles. Silencio roto por las voces de pájaros que no reconozco. Un abuelo camina despacio, la mirada perdida en el tiempo.
La puerta de una casa se abre. Un niño jugando con una pelota atraviesa la calle. Parece feliz, no necesita nada. Habla solo, vive ese sueño permitido únicamente a niños y a locos.
Camino por delante. Vuelta a casa. Me levanto con pereza del banco de piedra. En el cielo, tres nubes. Minúsculas manchas en el inmenso azul del mediodía.
La campana de la iglesia me saca del letargo, me dice adiós y recuerdo el sonido de las campanas de la infancia. Piso la tierra seca, las piedras al moverse producen un sonido envolvente.
Camino, camino, me olvido de todo y sigo adelante.
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