Para mucha gente el viernes es el mejor día de la semana. Será tal vez porque preferimos los previos que la realidad en sí misma. El viernes representa expectativas, planes e ilusiones.
Del mismo modo, junio es el viernes de los meses. Ante nosotros, el largo verano jamás recuperado de la infancia, pero no por ello menos añorado. Julio ya es sábado. Para los pesimistas, ya casi todo está acabado, y agosto no digamos, un domingo de treinta y tantos días. Por eso, junio es luz y alegría, el comienzo de un soñado descanso. El sol es sol pero no quema, la noche oscura pero ilumina. La noche de San Juan nos permite echar a las llamas lo que nos esclaviza; creemos resurgir de nuestras propias cenizas. San Juan es fiesta, noche iluminada por el fuego, la luna y los farolillos de las verbenas. San Juan es la única noche en la que puede salir el sol y así convertirse en viernes al mediodía.
(No sé por qué, pero yo siempre imagino esta noche en el Mediterráneo donde la luz es más luz y donde esta noche es de verdad alegría.) (Es lo que tiene no tener raíces.)
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