Me gusta el suspenso del trayecto. Ese punto vacío entre el principio y el fin. Momento sin ahora que se extiende desde el antes al después. Trayecto que permite suspender el pensamiento, posponer decisiones y acciones hasta un luego situado en la llegada. Trayecto para mirar con los ojos quietos, ver pasar imágenes, sentirlas como ausentes y abandonarse a esa suerte de bendición que consiste en respirar y no hacer nada. Origen y destino desaparecidos por arte de magia. Recuerdos y proyectos postergados. Pausa, recreo, descanso. Tan solo mirar por la ventana.
Me gusta que la acción no sea necesaria. Sentir el tiempo, una vez más, detenido. Quietud en movimiento. Mirar y no ver nada.
Me gusta, en el trayecto, observar las caras de la gente. Muñecos de cera que ni sienten ni padecen. Juego con ellos a mi antojo. Les hago ser lo que yo quiero que sean. Invento expresiones, dudas, interiores. No hablo. Más que ausente, invisible.
Me gusta el trayecto, olvidarme de mí y ser asiento, pasillo y ventana.
Me gusta, en el trayecto, mirar por el cristal, ver pasar la vida corriendo. Árboles en movimiento. Cápsula en el tiempo que atraviesa sigilosa toda la prisa del mundo.
Me gusta el trayecto porque en él no hay acontecimientos. Nada sucede donde no existe el tiempo.
Me gustan los entreactos cotidianos, el intermedio vacío. Estar sin ser de vez en cuando.
Me gusta el viaje hacia ninguna parte. El trayecto sin destino. El camino.
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