Preguntas y respuestas

El remordimiento es el precio que pagamos por una moral impuesta. La conciencia que nos debería dotar de individualidad no es sino una creación colectiva. La conciencia como pauta de conducta. La conciencia grupal. Horrible expresión. Hemos aprendido a vivir más allá de la culpa. La culpa sólo visible en lo próximo pierde entidad cuando la consideramos da manera global, cuando no sólo miramos y juzgamos lo que hacemos sino lo que no hacemos. Triste situación moral la de un ser que solo refrena sus impulsos por miedo al castigo. En un cinismo sin precedentes hemos llegado a concebir conceptos como el de la conciencia tranquila. ¿Es semejante cosa posible?

La primera premisa para sobrevivir es olvidar a los otros. Pensar que somos incapaces, que la tarea es demasiado dura, que el control no está en nuestras manos nos permite refugiarnos en lo cotidiano. Creemos que es igual de bueno el que ayuda a su hijo que quien lo hace a un desconocido. ¿De qué conciencia estamos hablando cuando se puede acallar con tan levísimo esfuerzo?  Todo lo lejano me es ajeno. Yo no puedo hacer nada. Otros son los responsables y culpables. Qué fácil resulta juzgar al otro sin juzgarnos a nosotros mismos. ¿Por qué la culpa es siempre un arma arrojadiza?

Cuando nuestro juego es descubierto pedimos perdón y el mero hecho de pedirlo, de verbalizarlo, de decirlo en voz alta nos parece suficiente. El perdón, el verdadero, no es el que viene de fuera de nosotros, no es el que nos dan con más o menos misericordia. El perdón, el verdadero, sólo está en nuestras manos. ¿Hasta cuándo dependeremos de los otros?

La culpa no prescribe, el perdón otorgado no la borra. Lo máximo a lo que podemos aspirar es a la prescripción de la responsabilidad. Algo que nos rehabilite, que impida que seamos castigados. La culpa no juega a ese juego ni puede ser encerrada dentro de unos plazos. La culpa, como el estómago, vive dentro de nosotros. Nuestra única esperanza es dormirla como hacemos con la conciencia.

Conciencia y culpa. Remordimiento y perdón. Tanto en que pensar y tanto por hacer. Mientras tanto dormimos la conciencia, echamos la culpa y al primer síntoma de dolor pedimos bien alto perdón.

Lo que queda, lo que nada ni nadie puede borrar es el daño. No el mal genéricamente tomado. El simple y concreto daño que provocamos con nuestras acciones y no acciones, con nuestra voz y con nuestro silencio.

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