Telediario

Del presidente que visitó la tierra prometida.

La dignidad en política se pierde cuando nos vendemos a otros. Cuando lo que dicen cuenta más que lo que decimos. El presidente del gobierno español ha estado hace unos días de visita en los Estados Unidos. Durante su estancia la única preocupación tanto para él y sus acompañantes como para los medios de comunicación ha sido la opinión que sobre el país y su situación económica tenían los políticos y empresarios norteamericanos. Nuestro futuro estaba en sus labios. Más que una reunión entre dirigentes políticos parecía una peregrinación a Lourdes. Por lo que se ha visto, los rezos y plegarias han  sido escuchados y han dado sus frutos. El milagro se ha producido. El presidente vuelve a España flotando, que no volando, gracias al palmetazo en el hombro que el mesías hawaiano le ha dado. Loado sea.

De la infanta que se acerca tanto al pueblo que quiere saber qué se siente en el banquillo de los acusados.

La dignidad personal se alcanza cuando sabemos que actuamos de acuerdo a nuestras convicciones. El acto como consecuencia de la voluntad. Un único camino posible. La pequeña de las infantas anda metida estos días en problemas demasiado humanos. La justicia la persigue por haber sido demasiado codiciosa. La población se divide entre quienes la consideran una mártir contemporánea. Una nueva Juana de Arco. Una víctima del enamoramiento ciego que todo lo nubla y los que se rasgan las vestiduras por la traición y decepción que han sufrido. Ella mientras tanto, huye a Suiza, a nada renuncia y nos conmueve con una real lagrimita. Qué dignidad la suya. Pobrecilla. Ahora el país anda conmocionado decidiendo sobre si el camino al juzgado lo tendrá que hacer en coche o andando. Yo no tengo duda.

Del ministro que produjo o echó de sí algo sumamente imperfecto, extraordinario, monstruoso y abominable: la nueva ley del aborto.

Una mujer tiene derecho a decidir si quiere ser madre. Una mujer tiene derecho a decidir cuándo quiere ser madre. Algo tan obvio ha tardado siglos en ser reconocido. Una mujer tiene derecho a decidir cuándo no quiere ser madre. Algo tan evidente sigue, en demasiadas ocasiones, sin ser visto.

Abortar o no es una decisión que compete en exclusiva a las mujeres. En último término ningún hombre debería atreverse a votar una ley que regule el derecho al aborto. Yo, como hombre, no puedo obligar a una mujer a ser madre. La opinión que a mi me parezca su decisión es otro tema. La posible condena moral, la consideración que a un hombre le merezca el aborto no cuenta absolutamente para nada cuando hablamos de legislar.

No soy mujer ni me hace falta serlo para comprender lo que se siente cuando una ley hecha por hombres le obliga a ejercer una maternidad no deseada. No soy mujer ni me gustaría serlo si tuviera que soportar esto.

Del Papa que montó a su amigo en el papamóvil.

Humano, demasiado humano este Papa Francisco que alimenta con sus gestos la esperanza en un cambio que ya lleva más de veinte siglos sin producirse. Con qué poco nos contentamos. Un amigo en la parte trasera del coche. Una imagen vale más que mil palabras. Toda la doctrina social de la iglesia en una fotografía. Esto es lo que se dice un papa minimalista. Menos es más.

De la Europa que al unirse se hizo pedazos.

Curioso el caso de Europa que cuanto más se une más se desune. Es tiempo de grandes estados dicen unos. Es el momento de las naciones, dicen los otros.

Estado, país, nacionalidad, nación, territorio pueblo… Todos hablan de lo mismo y todos tan distinto. Sangre, raza, cultura, etnia, pasado, tradición, lengua.

Regalo naciones con lengua, estados con fronteras. Cambio tradiciones antiquísimas por algo que sea verdaderamente moderno. Cambio todas las lenguas del mundo por una sola.

Cómo me gustaría que el mundo fuera una coctelera y agitarla hasta que ya nada pueda separar lo unido. Hasta que no haya todo ni uno.

Del deporte que dejó de serlo para convertirse en pan para hoy y hambre para mañana.

Todos los días del mes de enero. No sólo los domingos o incluso los sábados y domingos. No, he dicho bien. Los treinta y un días del mes de enero hay partidos de fútbol. Alimento de espíritus dormidos, violencia encarrilada, testosterona y, con suerte, un aumento del índice de natalidad. Algo habrá que celebrar después de tanto gol. España es un país de viejos. Después de este heroico enero lo será menos.

Del tiempo que hará mañana.

Ya no nos queda ni esta miserable sorpresa.

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