
Hoy hace una semana estaba yo en Manchester para verte. Hoy hace una semana te vi en el mismo hotel en el que yo me alojaba. El problema de saludarte es que para mí eres alguien muy cercano y yo, sin embargo, soy para ti un completo desconocido. Eso dificulta mucho la comunicación y facilita siempre mi huida. Te di las gracias mentalmente por todo lo que haces y lo que provocas en mí. Salí del hotel y di un corto paseo por el centro de la ciudad.
El Albert Hall queda muy cerca de nuestro hotel. Entré con tiempo suficiente para buscar dónde colocarme. Curioso que una antigua iglesia metodista, neogótica y barroca sea ahora una sala de conciertos. Curioso, pero bueno y cierto. Me senté en el primer piso, frente al escenario, en la galería con forma de herradura. Entre vidrieras y techos abovedados esperé impaciente que las luces se apagaran. Por fin la sala quedó a oscuras. Los aplausos llenaron impacientes el vacío entre el silencio y las primeras notas de tu vieja guitarra. Se hizo la luz y se hizo la música. A partir de ahí, más de dos horas de entrega, de delicadeza y desgarro, de fuerza y suavidad, de ritmo imparable, de alegría y tristeza, de brío y sensibilidad que ocuparon todo el espacio que antes ocupó la capilla olvidada. Casi sin que nadie se diera cuenta, llenaste el corazón y las entrañas de los que allí estábamos de furia y bálsamo, de alegre tristeza y triste alegría. Los pies no paraban de moverse, ojos y oídos hipnotizados y el tiempo ausente; nadie lo echaba de menos. Fuerza por la garganta y tensión en tus manos. Música hecha desde el centro de uno mismo. Así se da y así se recibe. Experiencias únicas, comunicación íntima que se siente solo de vez en cuando.
Llegó el final, y yo y tú y todos queríamos más. Comunión pagana. Después de más, más y al final silencio de nuevo. Salí de allí, pero dejé parte de mi corazón entre las vidrieras y el escenario. Entré contento y salí más contento, si cabe. Mi amigo del alma se había desgañitado para que yo sintiera lo que aún siento.
Paseé otra vez por la ciudad y vi las calles llenas de gente que, ignorante, salía y entraba de los bares. Reía y gritaba, creía tener en sus jarras de cerveza la felicidad y la verdad al alcance de la mano. Nunca supo que ya había pasado de largo. Tan cerca y ninguno de ellos se dio cuenta.
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