Sobre la libertad

Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles. Bertolt Brecht me viene a la cabeza siempre que pienso en él, en Richard quiero decir.

Sé que free es una palabra engañosa en inglés. Es libre y es gratuito. Libre se ha de ser siempre por voluntad, gratuito uno lo es por decisión. Imagino que Richard defiende la gratuidad cuando esta es posible y que respeta que exista el precio si éste es necesario. Lo que sí sé es que es libre. Libre por definición. Pocos como él pueden alardear de ser consecuentes con lo que piensan. Pocos los que toman las riendas de su vida y la llevan por el camino de la ética. Ética entendida como el camino de la buena vida. Buena entendida como conveniente. Menos son aún los que viven con alegría. Richard vive con la alegría de los que saben que su camino está basado en la consecuencia y por ende en la libertad. Alegría de vivir consecuentemente. Libertad de hacer lo que uno piensa.

Una definición clásica de la ética es aquella que la relaciona con el estudio del bien y del mal y de su relación con el comportamiento humano. Richard no suele usar la palabra mal sino algo más suave: malévolo. Malévolo es quien tiene mala intención. Juzgar intenciones es muy complicado. Él lo hace y cuando uno le lee o lo escucha tiende a pensar que casi siempre tiene razón. El privilegio de la libertad le da una visión más certera de las intenciones ajenas. No está atado a nada. No gana ni pierde por decir lo que piensa. No hay intereses ni precio. Hechos. Todo lo demás sobra.

Defender el software libre les parecerá a muchos algo marginal que a casi nadie afecta. Ir por el mundo hablando sin descanso en favor de un uso adecuado de la informática no se tiene por algo elevado ni digno de mención. No hace falta un quijote para eso. Ya tuvimos uno y murió perdido en su locura. Si además, quien hace tal cosa lleva un gnu de peluche en sus manos, abraza su ordenador como su más preciado bien, se descalza antes de hablar en público  y se coloca sobre la cabeza un antiguo disco duro a manera de aureola de nuevo santo laico, entonces, los necios creerán tener todo a su favor para despreciar las palabras que no entienden. Allá ellos. No pueden y no quieren ver más allá de sus narices.

Richard Stallman es un luchador por la libertad y a esa lucha decidió entregar su vida. Renunció voluntariamente a lo que casi nadie es capaz de renunciar: dinero, reconocimiento, fama, prestigio. No quiso pagar el precio que casi todo el mundo paga por conseguir estas cosas. No se vendió él ni nada vendió. Abandonó la comodidad por los principios. La estética por la ética y decidió seguir el camino recto. La linea recta no existe, no está ahí fuera. Sólo cada uno de nosotros la puede ir trazando con sus actos. Richard la lleva trazando con pulso firme más de treinta años.

Richard Stallman defiende la libertad desde su campo, ahí le tocó estar y a ello se dedica. La informática como instrumento para defender algo más grande e inmutable. Richard creó un sistema operativo que se enfrentó a monstruos sagrados. Malévolos embaucadores de incautas y desprevenidas víctimas. Abandonó el camino de la gloria repitiendo una y otra vez, no es ético, no es ético. Ese ha sido su mantra desde entonces.

Richard Stallman afirma que el conocimiento está hecho para compartirse. Nadie puede apropiarse de él ni impedir que sus semejantes puedan acceder a él. El conocimiento no es un monopolio y por tanto nadie debe poner barreras de entrada. No es ético. Lo increíble es que surjan dudas ante algo tan evidente.

Las principios defendidos por el software libre hablan de  libertad (libertad de ejecutar un programa como se desea, con cualquier propósito), estudio (estudiar cómo funciona el programa y cambiarlo para que haga lo que uno quiera) y compartición (redistribuir copias para ayudar al prójimo). Los principios del software libre se refieren a la libertad y al conocimiento, nos enfrentan al problema ético del bien y del mal y de su relación con el comportamiento humano. Nos sitúan ante la evidencia de la existencia de la comunidad, del otro como parte de nosotros.  De la ética. Negar lo evidente y lanzarse al lado oscuro es tentador pero no es ético.

¿A que no Richard?

Richard Stallman no es un quijote loco y solitario. Es uno de los hombres más cuerdos que conozco. Cuerdo y libre, cuerdo y alegre. Contento simplemente por abrazar un pequeño gnu de peluche. Feliz por poder aprovechar el tiempo. Alegre por abrir en cualquier momento su viejo ordenador y escribir en él lo que sale de su cabeza y de sus dedos.

Richard Stallman comparte lo que conoce. Puedes copiarlo, modificarlo y distribuirlo libremente. Puedes incluso cobrar por ello, si te apetece.

El que tenga oídos que oiga. gnu

El mal, la maldad y el maligno

(Transcripción de una entrada ideada una tarde de julio sentado bajo un ciruelo.)

-¿Sobre qué escribo?

-El mal.

-¿Por qué?

-No lo sé. Es lo primero que me ha venido a la cabeza.

-Es extraño que se te ocurran esas ideas estando como estás rodeado de tanta belleza.

-También lo es que cuando acaba el día, me acuesto, cierro los ojos y en vez de corderitos me vengan oscuras y terribles imágenes a la cabeza.

-Siempre estás con lo mismo. Eres tú quien las convoca. A nadie se le ocurriría pensar en el mal viéndote. No a ti, sino al entorno.

-Ya.

-Dejémoslo. Es hora de que empieces.

-De acuerdo. ¿Cómo empiezo?

-Escribe primero algunas ideas, las primeras que se te ocurran sobre el tema que has escogido: el mal.

-Nadie nace malo ni bueno. Todos somos capaces de hacer el bien y el mal. Nos gusta pensar que finalmente el bien vencerá. Hacer el mal. Consentir el mal. Provocar el mal sin quererlo. Hacer el bien sin quererlo no tiene mérito alguno. Hacer el mal sin quererlo no conlleva responsabilidad. No hacer nada cuando somos testigos de un mal es actuar. Consentir el mal es otra forma de hacer el mal. El mal que puede ser hecho no conoce límites…

-Suficiente. Manos a la obra.

-Nadie nace malo. Es absurdo atribuir la categoría de malo a alguien que ni tan siquiera tiene consciencia de ser.

Hacer el mal es causar daño a sabiendas, es decir, conscientemente. Bien por el puro placer de causarlo o bien porque nuestro bienestar nos exige hacerlo. El sádico sería un ejemplo del primer caso y quien elimina a un testigo que pueda incriminarle lo sería del segundo.

Todos somos capaces de hacer el mal. No existen personas totalmente buenas ni absolutamente malas. Los propios santos, cuyas vidas ejemplares, nos hacían estudiar de pequeños, se consideraban a si mismos terribles pecadores. Los que tenemos como epítomes de la maldad procuraban también el bien a sus seres queridos o a sus seguidores.

Casi nunca es discutible si algo es malo o no. La cuestión radica en si creemos que merece la pena hacerlo. Quien acepta la idea del mal menor es consciente de que provoca un mal pero aun y todo lo hace. Viene a ser como el médico que corta un pie para evitar que la gangrena se extienda. Está convencido de que es necesario hacerlo para conseguir los frutos deseados.

La balanza está siempre ante nosotros y nuestra labor es juzgar qué consideramos más conveniente. El sujeto de la conveniencia podemos ser nosotros mismos o los otros. Independientemente de que el sujeto nos parezca más o menos generoso, el proceso es el mismo.

El mal puede ser hecho voluntaria o involuntariamente. Aunque el resultado sea igual de perjudicial para quien lo sufre, la diferencia estriba en la responsabilidad. Cuando somos capaces de prever las consecuencias de nuestras acciones nos hacemos responsables. Si no ha habido voluntad no existe responsabilidad.

El mayor error de todos es pensar que el mal requiere acción. Consideramos que no actuar, no hacer nada nos priva de provocar el mal. No. Esa es una tremenda mentira. No hacer nada cuando somos testigos del mal es otra manera de actuar. Consentir el mal es otra forma de hacer el mal. Éste es, sin duda alguna, el mal más extendido, el más humano de los males. Pensamos que si no tomamos parte el mal no nos alcanza. Miramos para otro lado o nos escudamos en que ese mal ha ocurrido muy lejos de nosotros. Estamos entrenados para sobrevivir consintiendo, para ser testigos mudos e inactivos y, por encima de todo, para convencernos de que el mal reside sólo en quien toma las decisiones y no en quien las acepta y las consiente.

Es difícil hallar una magnitud que sea capaz de medir el mal de manera clara y definida. Existen muchas variables: cantidad, calidad, intención, voluntad, causa, consecuencias…

El mal, como el tiempo, no tiene límites, no es posible poner barreras al mal que somos capaces de provocar.

Tendemos a representar el mal en seres concretos poseídos por la maldad. Eso los aleja de nosotros y nos hace sentir distintos. Existen seres perversos, existen incluso grupos perversos pero eso no saca la maldad o su posibilidad fuera de nosotros.

El mal no flota en el aire y nos posee. No somos sus víctimas. El mal está en nosotros, en nuestras acciones, omisiones y consentimientos.

El maligno no tiene cuernos ni rabo. No lleva tridente en sus manos ni habita en ningún infierno. El maligno no existe, esa es otra gran mentira, no nos embauca con sus promesas, no nos engaña, no nos tienta.

Nosotros mismos somos la tentación y la promesa.

-Cómo te enrollas

-No sé si hago algún mal con esta inactividad que me posee. Lo cierto es que se está muy bien bajo el ciruelo. Debe de ser el maligno que me tienta con estas redondas ciruelas verdes. Ya se sabe: la única manera de vencer una tentación…

-…es caer en ella.

-Exacto. Tu turno.

Los resignados

Siempre recibes lo que das.Lo decimos y nos quedamos tan contentos.Si esto fuera así estaríamos aceptando una justicia última que se  impone  finalmente  más allá de toda  voluntad humana. Nos viene a decir que tras lo aparente hay algo más real que nosotros no decidimos y que para nuestro gozo  pondrá las cosas  en su sitio.Nos consuela, en definitiva, de nuestros fracasos o del absurdo que nos rodea.

Siembra y recogerás.Es cierto que para recoger hay que sembrar.No siempre se corresponden siembra y cosecha. La naturaleza no es buena ni mala, dulce o cruel.Simplemente es. Los seres humanos intentamos doblegar las leyes naturales.Está bien que así sea y es justo que pretendamos adecuar los frutos a los esfuerzos.Como esto no sucede en muchas ocasiones y la sombra del sinsentido nos asusta buscamos consuelo en las quimeras que inventamos.Verás  como al final todo se arregla.El final es un concepto tan equívoco que siempre podemos decidir cuando llega.Entonces, ufanos,  sonreímos  y nos creemos nuestros propios cuentos.

El bien vencerá.Hasta que no lo haga ¿qué hacemos? Ante una situación que nos parece injusta cerrar los ojos y esperar que el bien, como si fuera algo tangible, acabará por desterrar de nuestro entorno  todo vestigio de maldad es como decirle a  un enfermo terminal que esté tranquilo, que al final se curará.Cuando con el paso del tiempo su situación empeore sacaremos de la chistera otro  remedio y entonces le diremos que la esperanza es lo último que se pierde.

Poblamos nuestra vida de frases bonitas.Bonitas y peligrosas pues su fin último es más que dudoso. Unas están cargadas de buena intención. Otras, sin embargo, no son más que consoladores mentales, apaciguadores que  nos llevan a pensar que, a pesar de todo, siempre acaba por triunfar la justicia. El intento de traspasar el happy end cinematográfico a la vida real es una memez.Es una fuente de frustración, un consuelo de tontos o, más probablemente, un auténtico engañabobos.

La vida está llena de frustraciones y lo que predicamos es la resignación, no la aceptación.Una persona resignada está en cierta forma conforme con lo que le sucede, no lucha, se hunde como se hunden todos los sometidos.La resignación crea seres pacientes y la paciencia nos parece una virtud.Lo es en el que hace, no lo es en el que espera y menos en el que espera que la justicia, la verdad o dios todo poderoso le saquen las castañas del fuego.El mundo está lleno de resignados que se someten al dolor que su frustración les produce.El resignado deja de tener objetivo alguno y sólo espera.A tan largo plazo puede esperar que incluso confía en otras vidas donde se le resarcirá de tantos sufrimientos. Mientras tanto  no deja de ser un pelele en manos de los expendedores de consuelo y  esperanza.La resignación es cualquier cosa menos una necesidad.La resignación nos vacía de intenciones.La resignación  conduce irremediablemente al pesimismo.

La aceptación  es mirar la vida cara a cara y situarnos en la realidad.Aceptar que lo mismo que un cataclismo destruye todo lo que con tanto ahínco se había creado, un injusticia puede dejarnos solos y desamparados.Vernos hundidos y aceptarlo es lo que nos puede sacar a flote porque la realidad se nos presenta clara y meridiana.El resignado  simplemente se ahoga.Aceptar lo que nos sucede no significa estar conforme sino que  lo comprendemos. La aceptación no aniquila la intención. El que acepta tiene voluntad .Sólo el que tiene voluntad puede aspirar al optimismo y a cierta felicidad.

Seamos realistas, pidamos lo imposible es una frase ya muy gastada por el uso y que  va perdiendo el fondo por la forma. En cualquier caso sigue siendo un buen ejemplo de aceptación e intención.No es una frase para resignados.No busca conformes ni tolerantes.Nos dirige primero a la realidad y  su aceptación proponiéndonos a continuación un acto de voluntad.Expresa la intención clara de lograr un objetivo.Lo atractivo y lo poético es hacernos ver que lo que  los resignados consideran imposible es perfectamente posible.

Es en un mundo de resignados donde Dios es necesario.Sus designios inescrutables  explican lo inexplicable, su bondad infinita nos colmará de felicidad cuando llegue el momento y la justicia divina corregirá la torpe justicia humana.Los que aceptan no necesitan a Dios  o, al menos, no necesitan al mismo Dios  ni de la misma forma.

Es fácil convencer al sometido.Cualquier punto de apoyo que le demos será suficiente para que se lance a nuestros brazos.Se refugiará en ellos porque no tiene nada más a lo que agarrarse.Eso no es esperanza eso es aferrarse desesperadamente a un salvavidas de corcho que siempre acaba por pudrirse.

No dudo de la buenas intenciones  pero tengo que admitir que estoy harto de los errores que frecuentemente traen consigo.