La dignidad

Tener derechos es lo que nos hace ser dignos. La dignidad viene de la mano de los derechos. Cuando hablamos de derechos nos referimos a educación, sanidad, trabajo, vivienda… Tener esos derechos satisfechos es lo que dota a un ser humano de dignidad.

Somos producto de la evolución. Somos, de hecho, los únicos seres  sobre la tierra capaces de cambiarla, de transformar no sólo el espacio físico en el que nos movemos sino la esencia que nos conforma. Damos el salto de animal a humano y transformamos nuestra identidad en otra. Eso nos hace diferentes, eso nos hace amos y señores del mundo. El problema de ser amo, el problema de discernir es que siempre hay dos caminos que podemos seguir: uno bueno y uno malo. Por eso nos imponemos deberes que cumplir, tratamos así de seguir la vía recta, de hacer lo que nos conviene, de vivir éticamente.  De esos deberes nacen nuestros derechos y de esos derechos que se han de ir cumpliendo nace la dignidad que nos define.

Cuando elegimos el lado oscuro siempre prevalece el fuerte sobre el débil. No importa que los fuertes sean minoría y los débiles inmensa mayoría. Si callamos, si una vez más el silencio de los corderos otorga, entonces, nunca conseguiremos nada.

Las leyes, los derechos, los deberes, las normas, las necesidades, las obligaciones son o pueden ser diferentes. Eso nos hace discrepar, pelear, discutir y tratar de imponer de cualquier modo, en demasiadas ocasiones, nuestro criterio. El ser humano parece ser incapaz de ponerse de acuerdo. Hablamos entonces de democracia, de mayorías y de  respeto a las minorías. Hablamos sí, pero no hacemos. Casi siempre callamos.

Sólo existe un momento en la historia en el que nos hemos sentido unidos, al menos sobre el papel, sólo una vez hemos estado de acuerdo.  El diez de diciembre de 1948 todos los países del mundo atisbaron cierta esperanza. La declaración universal de los derechos humanos es, tras miles y miles de años de historia, el único lugar, el único principio y final en el que todos convergemos. Esa debería ser la única bandera.

Los treinta artículos que la componen hacen más por nuestra dignidad como personas que todas las batallas ganadas y perdidas, que todas las revoluciones inacabadas, que toda lucha, que todo convencimiento. Nada ha sido tan universal ni tan humano. Están ahí aunque no se cumplan. Están ahí para que al mirarnos en ellos nos sintamos menos animales y más humanos.  Banderas así son las únicas que nos unen. Banderas así hacen que las partes se disuelvan y que la dignidad resplandezca.

La dignidad, como ya se nos ha dicho tantas veces, es el único motor de la lucha.

Hasta la victoria, siempre.

Para J.A. por ser tan digno.

Reflexiones sobre la educación

El hombre no llega a ser hombre más que por la educación. No es más que lo que la educación hace de él. Es importante subrayar que el hombre siempre es educado por otros hombres y por otros hombres que también fueron educados. Inmanuel Kant

El tema de la educación es un tema complejo. En algunos países del mundo se han hecho grandes avances. El primero, considerar la educación como una necesidad. El segundo, y más importante, considerarla una necesidad de todas las personas, no sólo de una parte. La consecuencia de esto es que el estado ha de hacer suya la obligación de ofrecer un servicio público y gratuito para que todos los ciudadanos, sin excepción, puedan acceder a él. Hasta aquí creo que no debería haber  problema en ponerse de acuerdo. No pequemos de ingenuos. El problema persiste. La educación es todavía el derecho de unos pocos en muchos lugares de este planeta. No es la falta de medios el mayor problema sino la terquedad, el fanatismo, la repugnante creencia de que no todos somos iguales, el desprecio de parte de los otros, la diferencia entre puros e impuros, dignos e indignos, ricos y pobres, hombres y mujeres como sujetos de derecho. No nos podemos refugiar en que las culturas son diferentes y que todas son respetables. Las culturas, obvio es decirlo, no son, por sí mismas, merecedoras de respeto.

Los países del mundo no se diferencian por la cantidad de habitantes que tienen sino por lo que se ha dado en llamar su capital humano. La cultura, la costumbre de aprender, la capacidad de discernir la correcta información en las fuentes adecuadas, el fomento de la curiosidad, el  grado de preparación y la cualificación profesional son los aspectos que marcan las diferencias entre unos países y otros. La autonomía personal debería  ser el principal objetivo de cualquier sistema educativo. El estado debe dejar de ser papá o mamá para ser nosotros. El estado no tiene la misión de adoctrinar sino de dar la oportunidad a los ciudadanos de alcanzar la libertad. La ignorancia y el adoctrinamiento conducen por diferentes caminos al mismo lugar: la tiranía.

Lo que no podemos evitar es que cada época tenga unos valores predominantes y que estos sean transmitidos a los que serán los ciudadanos de mañana. El único argumento que podemos esgrimir para actuar de esta manera es el consenso. No hay otro posible. La clave está en que enseñemos que eso que transmitimos ha sido alcanzado mediante el acuerdo y que de la misma manera podrá ser cambiado. Esa es la diferencia fundamental con el adoctrinamiento. Quien adoctrina no abre puerta alguna al cambio. La ética, entendamos bien el término, está basada en el egoísmo, todos queremos estar y sentirnos bien. Si conseguimos que el bienestar se extienda entre los demás  estamos garantizando  el propio.

La ilustración sostenía que sólo la razón podía conseguir un verdadero desarrollo de la humanidad. El desarrollo intelectual parece ser el único medio de hacer desaparecer la ignorancia y el oscurantismo. Para que uno sea dueño de su propio destino ha de ser capaz de tomar decisiones. Las decisiones se toman sólo en libertad. En último término es la razón quien nos puede librar de la tiranía y por tanto la que que nos puede hacer conseguir la libertad.

Las élites intelectuales han ido marcando los cambios históricos que, mal que bien y  poco a poco, nos han ido conduciendo a un mundo, no sé si mejor pero al menos con más oportunidades de extender la justicia. Durante la mayor parte de la historia las élites se formaban, no por los más dotados intelectualmente, los más preparados o los más esforzados sino por aquellos que ya habían nacido dentro de ella. Era un club privado al que no se podía acceder. La puerta estaba cerrada desde el mismo día de su fundación. La extensión de la educación es el único medio no de entrar sino de conseguir que tales clubs desaparezcan. Las élites, en cualquier campo, siempre existirán. La diferencia debe estribar en que las puertas estén siempre abiertas y  que el acceso esté permitido sin excepción. Siempre habrá mejores matemáticos, físicos, arquitectos, escritores, filósofos y políticos. Esto es cierto  como lo es que nuestra misión es que todos tengamos las mismas oportunidades de serlo si nos interesa.

La educación es, vistas así las cosas, el derecho más elemental, más allá de los considerados básicos para sobrevivir. La mera supervivencia no nos concede dignidad alguna. La dignidad humana se alcanza gracias a la razón. La libertad y la igualdad no tendrían que suponer esfuerzo alguno para nadie. Al ser humano se le deberían suponer como al soldado la valentía. La educación, el acceso a la cultura, el desarrollo de la razón, sin embargo, requieren esfuerzo. Es el derecho que más trabajo requiere. El acceso a ella tiene que estar garantizado. Hasta dónde llegue cada uno es algo que no se puede saber, medir ni controlar. En una sociedad justa debería estar sólo en nuestras manos.

La gente muere de hambre, las guerras y la violencia acaban con la vida de incontables seres humanos, las epidemias diezman la población en los países más pobres. Las injusticias, las desigualdades y la falta de libertad son el pan de cada día. La razón fundamental de que todo esto suceda es la ignorancia. La ignorancia nos es útil para imponer nuestras ideas y nuestras creencias. Moldeamos gracias a ella el mundo a nuestro antojo. Mantener conscientemente y pudiendo evitarlo a los demás en la ignorancia es el mayor de los pecados. Las élites que surgen naturalmente son inevitables aunque no sean lo deseable, las élites conseguidas a hierro y fuego y mantenidas con el  engaño son el más evidente síntoma de que el mundo está enfermo.

La educación, en estas condiciones, adquiere un papel vital si queremos que el estado de las cosas cambie. Decir esto no va mucho más allá de decir una obviedad. El verdadero problema, el más  difícil de resolver  es cómo educar. El más difícil todavía es educar a quien no quiere ser educado. Nadie rechaza para sí mismo comida, ropa y refugio, pocos se oponen a la libertad y a la igualdad  pero muchos no llegan a comprender el alcance de la educación. No hablo de la mera transmisión de conocimientos y valores. Voy más allá. Hablo de conseguir que cada uno de nosotros se considere un ser humano autónomo, libre y por tanto valiente.

Los derechos humanos están muy bien. Tal vez nunca en la historia ha habido un mejor conjunto de buenas intenciones. De poco sirven mientras la mitad de la humanidad no sabe tan siquiera leerlos. (Y la otra mitad los utiliza sólamente en discursos solemnes).

Hijos del miedo (recordando a Hobbes)

El miedo fue el principio, el miedo es lo que nos une, el miedo está en el origen de la sociedad.Es así de sencillo.Al final todo es una cuestión de pragmatismo.

El ser humano no puede sobrevivir solo, necesita de los demás.Podemos pasarnos una eternidad intentando demostrar que  algo noble en nuestro interior  nos impulsó a compartir pero no es cierto.No lo es, al menos en el origen.

Los animales no tienen amigos. Cada uno defiende su territorio y ve al otro como un posible rival.Para seguir viviendo tiene que dormir con un ojo abierto.Nuestra especie dio un paso adelante y no pudiendo soportar la incertidumbre constante se unió al enemigo.Yo te tengo miedo a ti, tú me tienes miedo a mí.Mantener esta situación supondría seguir las leyes de la naturaleza donde el fuerte acaba con el débil.Esto sería lo natural y lo natural no entiende de ética ni de buenas o malas intenciones.Nadie está seguro de ser el más fuerte o, dicho de otro modo, no hay rival pequeño.Lo que impulsa a dos rivales a trabajar en común es el temor que se provocan mutuamente.
El proceso civilizador es el que partiendo del miedo nos lleva a una convivencia en la que aspiramos a ser todos iguales, al menos sobre el papel.Los derechos humanos intentan modificar y contradecir los dictados de la naturaleza.Todos somos iguales en derechos y deberes. Se lucha para que no haya dominados y dominadores,amos y esclavos, fuertes y débiles.
El consenso y la convención no nacieron naturalmente,fueron resultado de la necesidad humana de vivir en grupo, de reconocerse en el otro.Son puro artificio y ahí reside su valor.El arte no imita a la naturaleza.La tranquilidad es producto de la seguridad.La seguridad sólo la proporciona el saberse igual al otro.No sentirse amenazado constantemente es la condición necesaria para que podamos cerrar los ojos y soñar, para que seamos capaces de desprendernos del miedo y dedicarnos a la creación.
La lucha constante por la igualdad tiene como resultado la autoimposición de leyes que coartan nuestro libre albedrío.Las leyes nos constriñen.
Si aceptamos que un mundo sin normas no es más que una quimera o el sueño inalcanzable de unos locos, hemos de admitir que la libertad individual tiene siempre límites.
Lo mismo puede decirse de los dioses.Existen para vigilarnos y para recordarnos que somos obra suya.Ante dios pretendemos ser todos iguales.Es el juez supremo que castigará al fuerte por abusar de su poder.Las leyes de dios son para todos, nadie se libra de su cumplimiento.Los dioses, también, surgen del miedo.
El terror a lo desconocido nos ha hecho crear dioses a nuestra imagen y semejanza.
La evidencia de que el consenso es la única vía que puede garantizar la paz nos ha hecho inculcar este hecho de generación en generación.La educación trata de quitarnos el miedo y nos quiere hacer entender que la dignidad humana está por encima de cualquier limitación.La sociedad igualitaria llegará a serlo porque un día tuvimos miedo.Preferimos un mundo que suma voluntades a costa de ceder libertad .En el terreno político esto tiene un peligro:la dictadura. Da igual que el dictador sea uno que impone lo que considera  conveniente para todos y reprime cualquier desviación  o que quien tome las decisiones sea un grupo de elegidos, una asamblea imaginaria del pueblo que dice actuar en su nombre pero que prohíbe la disidencia.
El mundo actual sigue funcionando del mismo modo.Los países se temen, se miran con recelo y tratan de mostrar su poder al resto.Aunque sepamos que somos más fuertes que nuestros vecinos, tememos el daño que nos puedan ocasionar.Es más práctico aliarnos que separarnos,sumar que restar.
Lo sorprendente de este proceso es que hayamos sido capaces, a veces, de olvidar el miedo primigenio y convencernos de que la armonía es algo natural.Una cosa es decir que el miedo nos ha enseñado a mejorar y otra, muy distinta, es caer en el error de pensar que naturalmente nacemos iguales y libres.
Lo sorprendente, también, es que se llama optimista al que cree en la bondad innata del ser humano.Si esto fuera así, los optimistas tendrían que ser muy pesimistas al comprobar el fracaso de ese ser bueno.La realidad es la contraria. Si algo puede hacernos albergar alguna esperanza es precisamente lo contrario.Siendo hijos del miedo hemos sido capaces de sobrevivir y de lograr ciertas cotas de progreso en un mundo que, a pesar de todo, huele todavía a podrido.

Que del miedo surjan conceptos como paz, igualdad y libertad y que un cierto número de personas crean incluso en ellas nos da un cierto atisbo de esperanza.Bastante es que, al menos, estas palabras existan, se griten, se exijan y se escriban sobre papeles que duermen el sueño de los justos.
Dormir a pierna suelta y con los dos ojos cerrados es el privilegio de algunos humanos.Puede que sean unos inconscientes pero se han atrevido a hacerlo.La mayoría sigue sufriendo terror nocturno.