Jóvenes airados

Llevo días intentando convencer a mis alumnos de que el mundo es mejor de lo que era. Llevo toda mi vida intentándomelo creer. Hablamos en clase de la revolución industrial, de la conquista de derechos, de la sangre derramada por su causa, del sufrimiento que ha traído consigo poder decir lo que uno piensa. Ellos me miran atónitos. Yo soy el ingenuo y no ellos. Yo el joven, ellos los viejos.

Yo trabajo con jóvenes de entre 17 y 20 años. Les escucho todos los días, les discuto, les reto, les atosigo con endiablados argumentos, les rebato, les provoco. Hoy soy Adam Smith, mañana seré Karl Marx. Hablo de guillotinas, de colonos exterminadores, de indígenas aplastados, de un Mayflower sangriento. Les hago leer en alto la declaración de independencia. Esta les aburre, la sangre, sin embargo, excita sus pupilas. Quieren más. La guillotina les inspira más que la declaración de los derechos del hombre.

Su imagen del mundo es mucho más negra que el negro más profundo. A su lado, yo, que me creía el perfecto sofista, parezco un adalid del movimiento de los ciudadanos satisfechos, el epítome de lo que ellos desprecian.

Su horizonte siempre está a la vuelta de la esquina. El verbo sólo lo conjugan en presente. El futuro es inextricable. El pasado, tristemente, les aburre.

Todos los políticos roban, el poder siempre corrompe, la violencia es necesaria, lo mío es mío y lo tuyo también si puedo. La pena de muerte es la más justa de las penas. Ojo por ojo, diente por diente. Dicho así, parece que piensan, mal o bien pero piensan. En realidad no piensan nada. Es la generación desinteresada. Su cerebro está apagado. En standby en el mejor de los casos.

Aportar luz es tarea de titanes. Me olvido de instruir. Me bastaría con el humilde rol de una cerilla que ilumine levemente la cueva donde viven. Despertar las ganas. Hacerles ser curiosos. Nada más.

Yo trabajo con jóvenes. La mayoría son seres desarraigados. Han construido su vida acumulando fracasos. El mundo les ha arrinconado y ellos se refugian en su rincón despreciando lo que otros tienen y ellos no se atreven a soñar. Son víctimas pero también verdugos. Verdugos, sí, de sí mismos y de quien se les ponga en el camino. Todo les es ajeno.

Cada día me enfrento a ellos. Les miro y siento pena, rabia, amor, compasión y desprecio. Parece una mezcla imposible pero existe. La ignorancia les hace débiles y los débiles provocan compasión, la ignorancia les hace también osados e intransigentes. Desprecio a los intransigentes. Es agotador sentir tantas cosas a la vez  y mirar de frente, hablarles a los ojos como si su osadía fuese inteligente, como si su debilidad les hiciera más humanos. Es desesperante que tras sus ojos no haya luz, sólo ceguera.

Yo trabajo con jóvenes, la mayoría mujeres, que desayunan marihuana, que sólo viven el sábado por la noche, que quieren destruir el mundo en el que viven, que gastan lo poco que tienen en  zapatos de plataforma, en píldoras del día después, en vino en tetrabrick y cocacola.

Todos los lunes por la mañana, me enfrento al calvario de enfrentar sus miradas y hablarles de un mundo mejor en el que no creen, de derechos que no entienden, de revoluciones de las que sólo les interesa la sangre, de leyes hechas sólo para joderles, de un mundo, en fin, en el que no viven.

Yo trabajo con jóvenes que no escuchan, que son incapaces de aceptar lo que no les conviene, que huyen de la única responsabilidad que tienen: salvarse a sí mismos. Yo trabajo con jóvenes que cavan cada día un agujero más profundo. Trato de quitarles las desgana de las manos. Trato de provocar una respuesta y sólo se encogen de hombros. En grupo se sienten seguros, fuertes sin convicciones. Tomados de uno en uno son sólo como polvo en el camino.

Aceptar que el éxito y el fracaso son conceptos totalmente relativos es la gran lección que tengo que aprender todos los días.

De vez en cuando, al menos, compruebo que las palabras no se las lleva el viento. A veces, una mañana cualquiera, me encuentro con alguno de ellos y me dice : “Hoy me he acordado de lo que nos dijiste”.

Respiro hondo, recojo mis libros y papeles y entro de nuevo en el aula donde  veinte ojos me miran sin ver absolutamente nada.

Yo no trabajo con todos los jóvenes. Hay también luz entre tanta negrura. Hay ganas de entender y de  decir en voz alta las palabras que otros callan. Pensar y decidir es el único camino hacia la libertad. Aprender y comunicar nos hacen humanos.

Para S.,por atreverse a hablar en voz alta.

Parasíntesis,Wittgenstein y el sacacorchos

Se me ha quedado mirando. Yo le he preguntado con un gesto qué es lo que pasaba. Me ha dicho que no entendía nada. Cuando he mostrado mi incredulidad y le he hecho ver que pensaba que era una broma, él no se ha inmutado y ha insistido en que no sabía hacerlo. Yo estaba cuidando la clase de una compañera. Les he repartido el trabajo que tenían que hacer. Eran ejercicios de lengua. Se trataba de diferenciar sustantivos de adjetivos, clasificar palabras entre simples y compuestas y cosas así. Me ha parecido ridículamente fácil. Algunos de ellos parecían, sin embargo, estar preparando oposiciones para entrar en la Nasa. Les he estado observando  y no podía dar crédito a lo que veía. Todo eran quejas ante la dificultad de la empresa a la que se enfrentaban. Tienen todos 17 o 18 años. No saben absolutamente nada y lo peor de todo: ante la menor dificultad abandonan. Entiendo perfectamente que el estudio de palabras parasintéticas no sea la pasión de su vida. Lo que no puedo comprender es que les de lo mismo ser unos ignorantes. Es más, sospecho que no saben lo que significa tal vocablo. No tienen más horizonte que el viernes y el sábado por la noche, más ilusión que el capítulo 1342 de “Atrapada entre dos rufianes” y su mayor deseo consiste en tener un iPod rosa fucsia o un polítono de los Jonas Brothers para el móvil. La cima del cine es “Loca academía de policia 879″. Los libros son objetos misteriosos para ellos, no saben lo que hay dentro,  internet es chatear, tienen el dedo pulgar hiperdesarrollado con forma de tecla de teléfono móvil y la música la utilizan para taladrarse la cabeza. Algunos de ellos, creo,se han olvidado de su nombre. La Unión Soviética nunca existió, el Papa es un viejito vestido de blanco, Che es una marca de camisetas que compite con Marley, la tarjeta de crédito es el mejor invento humano, las necesidades básicas son respirar, comer y dormir, los políticos son todos unos ladrones que engañan a todo el mundo menos a ellos, quedarse embarazada con 15 años es un ejercicio del sagrado principio de la libertad, el grafitti es la mayor expresión artística, una casa sin tres o cuatro televisiones no es una casa, los Estados Unidos tienen la culpa de todo lo que sucede en el planeta y en los abismos del espacio, el uso de la violencia es el resultado lógico de la libertad de expresión, la revolución es fumar marihuana a las 8 de la mañana, lo saben todo sobre sexo y por eso jamás  preguntan nada, los emigrantes vienen todos a robar y a quitarnos el trabajo, la guerra de los Balcanes o la de Irak no les interesa porque allí nada se les ha perdido, el mayor de los misterios es por qué los bancos nacionales no fabrican más dinero, Shakespeare es un nombre impronunciable, los filósofos griegos no eran filósofos eran homosexuales, las leyes son la quintaesencia de la represión, la pregunta capital es para qué sirve esto, la segunda pregunta más importante es qué hay que hacer para ser famoso, el sida sí saben lo que es pero da mucha pereza usar un condón, su capacidad de concentración es menor que la de un hamster y una cacatúa es capaz de elaborar oraciones más complejas. La política no les afecta, los periódicos son papeles que leían sus abuelos, la economía son números y a ellos los números ni les incumben ni  les interesan,”Pasión de Pichones” supera con creces a Bergman y el libro Guinness de los records es el único libro digno de leerse.

Cuando yo, metiéndome donde no me llaman, les he intentado explicar la diferencia entre una palabra simple y una derivada, me he sentido Wittgenstein ante un auditorio compuesto por simios. Para ser más didáctico les he dado luego ejemplos de palabras compuestas. Parabrisas, lavavajillas y puntapié han sido algunos de mis brillantes ejemplos. Cuando todo ha quedado claro han seguido con su trabajo. Al rato una cara sudorosa por el esfuerzo me ha espetado aturdida: no sé que tipo de palabra es sacacorchos. No sabía si tirarle a ella por la ventana o tirarme yo. Al final he optado por lo evidente y le he dicho la verdad: sacacorchos es un verbo. Gracias, me ha dicho. He vuelto a mi mesa con una lágrima deslizándose por mi mejilla.

He mirado un rato por la ventana para relajarme. Cuando me he dado la vuelta he visto que ya estaban al límite de sus fuerzas. Uno se afanaba en hacer agujeros a las hojas con un adminículo agujereador de diseño postpostmoderno. Otra buscaba entre sus clips el color más adecuado para combinar con la tinta del bolígrafo. Los demás, presas de un cansancio metafísico, ya habían tirado la toalla. Yo, que soy un profesor moderno, he aprovechado ese momento para entablar conversación con ellos. Les he preguntado qué planes tenían para el futuro, qué pensaban estudiar el año que viene o a qué les gustaría dedicarse. No sé, ha sido la frase más elaborada. Cuando he pasado de lo general a lo particular y me he dirigido a alguien individualmente, ni tan siquiera he obtenido una palabra musitada, un encogimiento de hombros ha sido suficiente. Quedaba ya poco tiempo y les he pedido que me entregaran sus trabajos. Los he recogido y al irme he echado un vistazo al primero de ellos. Un mensaje reivindicativo dejaba bien claro lo que pensaba sobre la gente de mi calaña.

T as pasd sto es dmsiad dficl pa nsotrs. (el punto lo pongo yo) Sto n lo sbn hcr ni en la unvrsdad.