La gran evasión (y III)

Abrí los ojos cuando la luz del sol atravesó la lona de la tienda. Me sentía mejor. Aliviado. Lo que había sucedido la víspera me parecía ya muy lejano. Mi ánimo estaba anestesiado. Fuera se oían las primeras voces de mando. Por los altavoces sonaba música militar. Letrina, río, uniforme, desayuno, marcha, arenga, pequeño descanso y comida imperial.

Todo estaba igual pero yo lo sentía distinto. A partir de entonces ya sólo me quedaba ir restando días del calendario. Una semana  me resultaba mucho menos infinita que una quincena. Me armé de valor y traté de perdonar la alta traición de mis padres. Después de comer me dirigí al río para lavar  los platos y cubiertos. El agua corría  clara y tranquila. Un compañero se entretenía tirando piedras al río. Me agaché y comencé con la limpieza. Oí de repente un grito pidiendo cuidado. Levanté la cabeza y vi el terror en la cara de mi amigo que jugaba con las piedras. Sentí en ese momento un gran golpe en mi cabeza. No recuerdo más. Me desplomé sin sentido.

Desperté en la enfermería.Me encontraba aturdido. Miré a mi alrededor,todo era blanco: las camillas, las sábanas, las paredes y la bata de la persona que estaba a mi lado. Era otro mundo. Me cuidaban y me preguntaban cómo me encontraba. Sentía un fuerte dolor en la cabeza.  Mi enfermero, un hombre joven pero con el pelo también blanco me daba ánimos y me tranquilizaba. No hacía falta, yo ya lo estaba. Vi a mi amigo, el lanza piedras, estaba justo en la entrada de la enfermería. Cuando me vio solo , se coló y se acercó hasta mí.  Tenía los ojos llorosos, estaba asustado. Llevaba en sus manos una gran piedra. Me la ofreció como un regalo. Era el arma casi homicida. No sé por qué, pero lo único que se le ocurrió, en su espanto,  fue guardarla para mí. La piedra tenía una mancha de mi sangre. La cogí, la guardé. Aún la conservo.

Me sentía un herido de guerra. Estaba exento de todas las actividades. Mi cuidador de pelo blanco me llevaba a diario al médico del pueblo para que  observara mi herida y la curara.  Me cortaron el pelo de la coronilla, me pusieron grapas y me taparon la tonsura con un gran esparadrapo blanco. Después de la visita al médico mi ángel enfermero me invitaba  a una coca cola y un pincho de tortilla. Hablábamos sentados en la terraza de un bar de la plaza del pueblo al que quise huir días antes y no me atreví. La gente paseaba, las tiendas estaban abiertas y el mundo volvía a ser mundo a mi alrededor.

Vivía en una burbuja, lejos de las voces de mando y de la bandera. Todos sabían que me había salvado por los pelos y eso hacía de mí alguien importante. Nadie me obligaba a nada y yo, aliviado, dejaba pasar el tiempo perezosamente. Ya sólo quedaban unos pocos días para la vuelta. Los viviría como herido de guerra.

Es increíble lo que puede conseguir una venda en la cabeza. Yo era un héroe imaginario. No había hecho nada y todos me trataban con respeto. Parecían haber olvidado al lloroso mocoso que sólo unos días antes había sollozando hasta la extenuación para conseguir que sus padres se lo llevaran con ellos. Entonces comprendí el orgullo que se siente por las heridas, por las cicatrices que parecen demostrar todo lo que se ha vivido. Son las marcas que nos quedan tras haber soportado los rigores del tiempo y de la vida.

Caminaba yo por el campamento como vaquero al que las flechas de los indios han condecorado. Miraba a los demás desde la perspectiva que otorga el haber visto la muerte cara a cara. Me dejé seducir por la gloria del héroe e inventé narraciones extraordinarias sobre mi intento de evasión frustrada. Todos parecían creerme y pedían ansiosos más detalles  de mi fracasada experiencia. Yo, como quien desvela planes ultra secretos, me regodeaba en mi suerte. La vanidad es mala consejera y más si la vanidad esta provocada por una piedra en la cabeza. Me transformé en lo que no era. Fui rey por unos días y vendí mi alma al diablo  por unos cuantos ojos atentos. Aquellos días marché el primero en las caminatas, canté más fuerte que nadie bajo la bandera y reí las gracias de los que nos adoctrinaban. La ambición del héroe no conoce límites.

Cosa distinta era estar solo. La doble vida fatiga. Más si en una eres un duro y experimentado héroe que ante nada se arredra y en la otra un gimoteante niño que llora por las esquinas pensando en volver a los brazos de su madre.

La piedra me hizo una herida, la herida me hizo héroe, el héroe me convirtió en un absoluto idiota. El idiota cantaba Cara al sol con la camisa nueva y lloraba entre los matorrales cercanos al río.

Entre lloros e inventadas proezas llegó el día  de la despedida. Recogimos las tiendas, limpiamos el campamento y nos hicieron creer que los que de allí se marchaban ya no eran los niños que quince días atrás habían llegado. Eramos ahora proyectos de hombre destinados a limpiar la patria de villanos.

Montamos al autobús y en el camino de regreso a casa comenzamos a cantar exaltados canciones de legionarios. Tan satisfechos estaban nuestros instructores que henchidos  de orgullo nos hicieron bajar el tono de nuestras voces, no fuera que la gente se nos quedara mirando a nuestro paso.

Bajé del autobús sonriente, lo había conseguido. La tonsura, además, dejaba ver la cicatriz del aguerrido cowboy en que me gustaría haberme convertido. Cuando llegué a mi casa me convertí otra vez en el niño  que nunca me había abandonado. Mis padres me abrazaron y yo contuve la emoción dolido como estaba todavía por su traición.

Me bañe en mi bañera. Cené en mi mesa y me acosté en mi cama. Nunca concilié el sueño en forma tan placentera.

Ya nada queda de aquel niño cobarde, lloroso y vanidoso. El campamento, la bandera, los instructores y los filetes a la imperial han sido tragados por el tiempo. Sólo la piedra permanece, y, si  la miras con atención, puedes distinguir una borrosa mancha de lo que un día fue mi propia sangre.

El lado oscuro

La perfección, o al menos algo que se acerque a ella, suele provocar cierto rechazo.Blancanieves es perfecta y no me extrañaría descubrir que al final, todos en lo más íntimo encontramos más atractiva a la reina-bruja.El tipo duro de las películas de cine negro no suele representar lo que  normalmente valoramos como bueno.Son personas egoístas,individualistas y con muy pocos escrúpulos.Frente a ellos se nos presentan idealistas y honestos padres de familia que trabajan y viven integrados en la sociedad que les da cobijo y además, son ciudadanos de primera que pagan sus impuestos.A pesar de todo esto, cuando estamos en el cine o cuando en la soledad de la noche vemos o leemos la película o el libro donde viven, nuestro corazón se decanta por esos desalmados y encontramos un poco cursis,repelentes y pedantes a sus oponentes cuasiperfectos.

Rick Blaine se debate en Casablanca entre el amor y lo éticamente correcto.Ilsa Lund es la pasión y su marido Victor Laszlo es la virtud.En la película acaba triunfando la virtud y Rick es un héroe gracias a su sacrificio.Todos nos sentimos un poco desiolusionados cuando en la última escena Ilsa no desciende del avión.Rick es el héroe,Victor nos aburre un poco.Creo que toda persona en su sano juicio prefiere a Ava Gardner a Doris Day o se siente más atraido por Barbara Stanwyck en Perdición que por Julie Andrews en Sonrisas y Lágrimas por mucho que una sea el diablo con faldas y la otra un ángel encarnado.

Sí, ya sé, son películas o literatura y ahí nos podemos permitir esos lujos.A un tipo duro y sin escrúpulos siempre le podemos imaginar un pasado difícil y turbulento que justifique su actual nihilismo.A la mujer que comparte su vida con gangsters desalmados a cambio de unos cuantos dólares también la justificamos pensando que en el fondo es buena, su problema es que está sola y no tiene a nadie.De acuerdo,¿y?,de la que nos enamoramos es de esa y no de Doris,aunque nos espere en casa con la cena preparada y las zapatillas junto a la chimenea.

Los evangelios apócrifos nos desvelan un niño Jesús capaz de caprichos y venganzas que utiliza sus poderes en su propio beneficio.Primero el escándalo, así nos han educado, luego sin quererlo percibimos una persona más próxima, más real,más de carne y hueso.La perfección no la entendemos.Nos  aburre.¿Será la envidia?,¿será que lo vemos como algo inalcanzable y nuestra incapacidad nos hace rechazarla para vivir más tranquilos?Lo cierto es que el ser humano necesita la contradicción, lo opuesto, la cara y la cruz. El lado oscuro no pocas veces nos resulta más atractivo e interesante.

La bondad, la belleza y la armonía son aspiraciones que nuestro pensamiento pone como objetivos.Nuestro corazon, aun compartiendo tales premisas,nos suele llevar por derroteros más complejos,donde la lógica no siempre vence y donde el bueno es bueno pero  tonto y el malo,malo pero irresistible.

Nuestra vida, como la de Rick, es una constante lucha entre la virtud y la tentación.La tarea del héroe sería seguir el camino de la virtud,pero como ya dijo nuestro querido Oscar Wilde, la mejor manera de vencer una tentación es caer en ella.