Treinta de junio

Revisando los archivos del blog, me he dado cuenta de que el año pasado rompí la tradición de casi todos los junios. Me gusta recrearme en este comienzo de verano que visto desde su inicio todo lo ilumina. Una semana ha pasado ya desde que la hoguera de San Juan incendiara la noche más corta del año. Una semana y siento ya nostalgia. Soy tan estúpido que siento que las cosas terminan cuando justo acaban de nacer. Escribo estas líneas ahora y pienso sin remedio en el lejano otoño que se esconde tras el verano. Sé que me espera agazapado. Sé que cuando llegue, esto me parecerá demasiado lejano. Lo leeré y pensaré que en este treinta de junio todo era diáfano y tranquilo. Sé que inventaré un pasado tal vez no vivido. Sé que entonces me acechará el negro invierno. Estúpido, digo. Aún me quedo corto.

Estoy solo en el trabajo. Estoy solo en el despacho en el que siempre estoy solo. He apartado por un rato los papeles, las actas, los informes y las memorias. He dejado de pensar en otros y me he concentrado en mí mismo. Pienso mejor con música, aunque sé que según cuál sea, pienso de manera diferente. En esta tarde tranquila y solitaria del último día de junio, donde las voces y las prisas de la mañana hace tiempo que han desaparecido, estoy escuchando a Daniel Waples. Su música hace que mis manos dejen de pulsar las teclas. Los ojos tienden a permanecer inmóviles y la cabeza a mecerse suavemente. Música para no pensar y dejarse llevar.

El curso termina y los recuerdos se amontonan tras la retina. Todo lejano y cercano al mismo tiempo. No es un juego de palabras. Cuantos más años pasan esta sensación ambivalente se me hace más presente. El tiempo es y será siempre lo único que nos contiene. Hace tiempo que sabemos que no es una línea recta y en ese continente que siempre tiende a deformarse debemos aprender a vivir. Sin él no hay nada. Paradoja asombrosa esa de vivir en un invento.

El curso termina y con la distancia todo se ve menos grave. Los días en que venía a trabajar en la negrura del día todavía sin nacer, con el frío en la cara y el sueño atrasado en el cuerpo. Las discusiones, las clases, el café de media mañana, las reuniones interminables donde uno empieza siendo muy duro y acaba cediendo a la evidencia que te da ponerte en la piel del otro. Las horas pasadas sentado a esta mesa, los papeles amontonados, los archivos, los libros, las conversaciones mantenidas con profesores y alumnos, las discrepancias, los acuerdos, las mañanas y las tardes consumidas pensando en ellos, ellos a los que a veces defiendes y otras atacas sin misericordia. Lápices moribundos, la agenda atestada de apuntes y recordatorios, carpetas llenas de folios escritos que no sé si alguien mirará algún día. Mi silla, mi mesa, el archivador a mi derecha, la pequeña mesa de reuniones, las estanterías y los armarios que guardan el tiempo consumido en este espacio.

A todos ellos les espera ahora un tiempo de silencio. Yo no estaré para verlos, leerlos o tocarlos. Ese es mi poder, si yo no estoy, ellos tampoco.

Suena Jan Garbareck y con él me quedo mirando la nada, absorto por un momento. Pienso ahora en los días que están por venir, en la luz que tanto añoro a pesar de ser más yo por la noche, cuando la luz es otra, inventada también como el tiempo. Pienso y anticipo paseos, libros y fotografías. Trigo amarillo, cereza roja y tierra marrón. Cielos azules, hierba verde y noches tan llenas de estrellas que en vez de negras parecen blancas. Puedo recordar lo que voy a vivir y eso me gusta. Lo hermoso de sentirse en casa. La aventura de vivir para adentro. Pienso en colores, sí, y me gusta imaginarlos como la paleta que llenará mis días. Repetir tiene la ventaja de luchar contra la nostalgia. Repetir es confirmar, asentir ante una buena vida.

Días que se acercan y que temo que corran veloces. No los primeros, esos engañan, crees que los tienes controlados, pero no, imperceptiblemente te atrapan y te arrastran hasta que uno pierde la noción del tiempo, y entonces, las horas y los días vuelan, te gustaría detenerlos pero eso no es posible. Es como cuando uno se concentra, el tiempo se va y tú ya no cuentas. No ser consciente del tiempo es la mejor señal de que de verdad estamos viviendo. La consciencia, sin embargo, siempre termina imponiéndose y las pequeñas agujas de un reloj nos acaban indefectiblemente atrapando.

Divagaciones sobre el tiempo en esta tarde de junio. Recuerdos y expectativas al mismo tiempo. Tiempo que se va y tiempo que viene. Tiempo pasado y futuro. Tiempo que cambia.

Como todos los últimos días de junio, recojo mis cosas, cierro los libros, guardo papeles y ordeno por última vez mi mesa. Me levanto, me voy, cierro la puerta y salgo a la calle. Hoy no quiero mirar atrás. Tiempo habrá  para hacerlo.

 

 

Junio aunque ya sea julio

El termómetro marca treinta y siete grados. El verano ha llegado para quedarse, parece. Por la ventana abierta entra fuego. Decido cerrarla. Me siento una vez más y miro. Una mesa grande de reuniones sobre la que he colocado papeles y carpetas clasificados por temas. Ahí dormirán hasta septiembre, espero. Mi mesa, a la que ahora estoy sentado, ha quedado casi desnuda. Parece otra. Hasta hace un rato era difícil buscar un centímetro cuadrado blanco. Sobre ella reposa una carpeta verde, que contiene el trabajo que no he podido quitarme de encima, y  mi molesquine, este año también verde. Las dos, carpeta y molesquine, contienen mis tareas pendientes. Vendrán conmigo en mi vieja y cansada mochila negra. ¿Seré capaz de sacarlas de ella y abrirlas? Espero, al menos, que su presencia se vaya disipando según pasen los días y cambien colores y costumbres. El teléfono mudo, cruzo los dedos, a mi izquierda, soy zurdo. El ordenador frente  a mí abre su gran ojo para guardar estas palabras que confío sean las últimas que recibe por una buena temporada. Está un poco viejo también, no le vendrá mal un descanso. Un pequeño calendario me sitúa en el tiempo. Tres de julio. Yo me iré y el tiempo pasará conmigo. Cuando vuelva el seguirá anclado en el mismo instante en que ahora lo dejo. Yo, al verlo, sentiré una terrible añoranza. La presiento, la conozco, la sé y ya la lamento. El bote para guardar bolígrafos y lápices queda bien lleno, sobre todo de lápices. Unos pequeñitos pues ya han vivido mucho y han dado de sí casi todo lo que tienen. Otros, larguiruchos y afilados, pasarán el verano sin hacer nada. Escucharán las historias que les cuenten sus hermanos mayores, seguro. Las estanterías, ahora ordenadas, guardan los libros carpetas y cuadernos que he ido leyendo, enseñando y rellenando. Ahí quedan, reposando.

Hay un archivador, al fondo, con fichas llenas de datos y fotografías de hombres y mujeres ya pero que un día, en su camino hasta hoy, por aquí pasaron y quedaron guardados tal y como fueron. Parte de lo que hoy en día son, imagino. De vez en cuando los miro, por necesidad o curiosidad. Impresiona siempre comprobar lo profunda que es la huella del tiempo.

Últimos minutos. Una última mirada. Ya no queda nada. Bueno sí. Una impresora apagada, una grapadora, una calculadora y un sello de caucho. Poca poesía veo en ellos. Lo siento. Los veo como simples instrumentos. Los vuelvo a mirar y no me dicen nada.

Ahora sí. Punto final. Me levanto por última vez de mi silla negra. Apago la luz. No miro hacia atrás y cierro la puerta. Doble vuelta de llave.

Salgo a la calle. El calor y la luz me engullen. Como siempre el mismo pensamiento. Los tiempos están cambiando.

Enchufo los auriculares. Play.