Mañana de febrero

Mañana de febrero en el campo. El mundo se mueve. Para mí permanece quieto. El cielo azul de los últimos días se ha esfumado. Nubes blancas, nubes grises y negras lo ocultan. Alguna gota de lluvia se escapa de ellas. También algún rayo de sol se deja ver entre rendijas.

Salgo de casa y camino. Camino en un mundo desierto. Ventanas y puertas cerradas, jardines dormidos. Tierra oscura, hierba oscura. Sólo algún almendro llena de luz el mundo gris, verde y pardo. Ni asomo aún de amarillo.

Sigo el camino de los peregrinos. No llevo bastón ni mochila. Tampoco horizonte. Sólo un paso tras otro escuchando el silencio de final de febrero. Ayer mismo parecía que la primavera llegaba para quedarse. Hoy el invierno amanece de nuevo. Pelea por ser.

Camino deprisa, respiro, huelo, escucho y miro. No pienso. Un kilómetro tras otro. Pasos que siguen a otros pasos. Yo también me hago sendero, camino, invierno y tiempo. Me fundo en los colores, en la tierra, en el campo. Me hago transparente. Estoy y me desvanezco. No quiero pensar y no pienso. No quiero recordar y no recuerdo. Quiero ser sólo camino, paso, estela. No hay destino.

No dura mucho el embrujo. Atravieso un pueblo. Una mujer va camino de la compra. Otra, sentada en un banco de piedra, parece mirar hacia dentro. Dos niñas juegan a la pelota. La torre de la iglesia las observa en silencio. Sólo unas mujeres dan vida a las piedras. Los campos inanimados. Nadie trabaja. ¿Será que en febrero la tierra aún duerme?

Ver a esas mujeres, niñas y mayores, me ha hecho recordar la casa que hoy he dejado vacía. Hace unos días llena de pasos y voces. Hoy, esta misma mañana, llena tan sólo de ecos. ¿Seguirán allí una vez que he cerrado la puerta? ¿Quedará algo de mí, tan siquiera?

Paso que ya no es tan sólo paso. Paso que se convierte en palabra y pensamiento. Camino ahora lleno de recuerdos, nostalgia y esperanzas. Pasos acompañados de cosas, símbolos y nombres. Ya no soy yo desvanecido, disuelto entre colores de invierno. Soy ahora yo que miro un paisaje, que toco una piedra, que piso la tierra, que pienso sin poder evitarlo pues soy pensamiento. Pienso lo que fue, lo que pudo ser, lo que es, lo que será y lo que nunca será.

Si alguien mirase ahora me vería a mí en el camino. Mí, me, yo. Destacando  sobre el blanco y gris de las nubes, el verde de la hierba y el ocre de la tierra.

Mañana de febrero que encierra en ella, milagrosamente, la quietud y la vida. El ser y la nada.

Mañana de febrero que comenzó inmóvil, ajena al tiempo. Ahora ya está despierta, se mueve, camina lentamente hacia su fin sin darse cuenta.

Mañana de febrero como todas las mañanas y todos los febreros. Indistinguibles por fuera. Irrepetibles por dentro.

A palabras necias…

Pensaba, por parecerme obvio, no tratar de defender la entrega del premio nobel de literatura a un poeta. Me parecía inverosímil que alguien se rasgara las vestiduras al conocer al premiado de este año. Lo cierto es que lo inverosímil ha sido escuchar y leer la sarta de sandeces que muchos han dicho, et tu quoque Varguitas fili mi !

¿Por qué se creen dueños de las palabras? ¿Por qué si las palabras se cantan ya no sirven?

Me resisto a argumentar lo evidente. No quiero. Eso es lo que buscan. No hay que satisfacer su deseo. A palabras necias oídos sordos.

Otra cosa es que lo escrito, y luego cantado, por  Bob Dylan guste o no guste. A eso no tengo nada que decir. A mí me parece asombroso. ¿A ti no?

A mi tampoco me gusta José Echegaray y no me ha pasado nada.

Sin ánimo de ofender ni polemizar, os presento al próximo premio nobel:

Operator, number, please. It’s been so many years, will she remember my old voice while I fight the tears? Hello, hello there, is this Martha? This is old Tom Frost, and I am calling long distance, don’t worry ‘bout the cost. ‘Cause it’s been forty years or more. Now Martha, please, recall, meet me out for coffee where we’ll talk about it all.

Those were the days of roses, poetry and prose and, Martha, all I had was you and all you had was me. There was no tomorrows, we’d packed away our sorrows and we saved them for a rainy day.

I feel so much older now, and you’re much older too. How’s your husband? And how’s the kids? You know that I got married too? Lucky that you found someone to make you feel secure, ‘Cause we were all so young and foolish, now we are mature.

Those were the days of roses, poetry and prose and, Martha, all I had was you and all you had was me. There was no tomorrows, we’d packed away our sorrows and we saved them for a rainy day. I was always so impulsive, I guess that I still am, and all that really mattered then was that I was a man. I guess that our being together was never meant to be. And Martha, Martha, I love you, can’t you see?

Those were the days of roses, poetry and prose and, Martha, all I had was you and all you had was me. There was no tomorrows, we’d packed away our sorrows and we saved them for a rainy day.

And I remember quiet evenings
trembling close to you

La poesía está también en la música. ¿Alguien lo duda? Que no me entere yo.

La poesía también en la voz. El que tenga oídos, que oiga.

¡Pura literatura!

Un café a media mañana

A ella siempre le gustó el color azul. No sabe muy bien si es el color o la palabra lo que le atrae. Azul, se dice a sí misma y le gusta. Hay palabras que suenan bien, que suenan bonito. Trata de recordar alguna más mientras se toma el café. Le agrada estar así, sentada en la terraza del bar en un día soleado, sola, pensando y observando la vida y la gente. Es bueno perder la noción del tiempo, piensa. Es productivo no hacer nada. Se detiene y siente como respira. Tranquiliza sentir el suave vaivén del pecho. Le concentra. Pasa corriendo un niño, lleva en la cara la excitación de lo que está por venir. Los niños nunca esperan que algo suceda, corren a su encuentro. Ella ya no es una niña, por eso está allí, quieta, mirando.

En la mesa de al lado dos mujeres hablan. Hasta ahora no había prestado atención a sus palabras. Ahora sí, escucha, espía y le gusta. Una le cuenta a la otra. Una habla, la otra asiente y calla. La que habla gesticula y vive con pasión sus palabras. Necesita decir en alto lo que piensa. No hay sentimiento si no lo expresa. Su amiga sonríe o pone cara de sorpresa, de vez en cuando se pone seria o se enfada junto a ella, según corresponda. Las dos se necesitan. Hablar, callar u otorgar es asunto secundario.

Se acaba el café y todavía hoy, después de tantos años, echa de menos el cigarrillo que indisolublemente unido, como los viejos matrimonios, saboreaba tras dejar la taza sobre la mesa. Estética, sí pero también oportunidad de pensar tranquilamente, de hacer algo que valía por sí mismo. Cigarrillo y café. Carpe diem. Suspira.

Abre su bolso y rebusca en él. Saca primero una agenda. La abre, pasa las páginas ya escritas, se detiene de vez en cuando y recuerda cosas que hizo y no hizo. No es un diario ni lo pretende, pero si hay datos suficientes como para revivir días pasados. Apuntes sueltos de tareas hechas y pendientes. Días de la semana, horas del día. Mañanas, tardes y noches que se acaban según pasa la página. Recordatorios, listas de la compra, películas por ver, citas, entrevistas, comida con un vieja amiga, cumpleaños, trabajo y ocio. Ocio y trabajo. Su vida así vista en unas cuantas líneas, su día a día le deprime. Cómo puedo ocupar tantas horas en estas tonterías, se pregunta. El día de hoy permanece en blanco. Las horas dispuestas a recibir encargos, mensajes o avisos. Hoy no quiere apuntar nada. Guarda la agenda y saca un libro. Siempre lleva uno con ella. Si se le olvida en casa se siente incompleta. No importa que luego lo lea o no lo lea. Lo tiene en sus manos, lo toca, mira la fotografía de la portada, lo abre y  lee al azar unas cuantas líneas. Juntar palabras acaba siendo el más noble de los oficios. La más alta ocupación. Ella está allí porque lee y porque habla, ella piensa porque habla, ella vive en un mundo que nada sería sin palabras. Café, terraza, mujer, agenda, cigarrillo, azul, niño corriendo. Las palabras se le escapan de las manos, las palabras en las páginas del libro, en la mujer de la mesa de al lado, en su cabeza e incluso en su silencio. No es tiempo de leer, no siente ganas.

Mira a su alrededor y ve a gente caminando, la mayoría parece ocupada. Caminan pensando ya en el destino. Mira sus caras decididas y se convence una vez más de que a ella lo que le interesa es el camino. Serán los años, piensa. Cada vez menos objetivos, menos metas, menos propósitos. Cuando queda menos por vivir que lo ya vivido uno aprende a detenerse en el camino. Uno es en el fondo más hippy, mas moderno. On the road se le viene a la cabeza. En el camino. En el camino está la vida. Al principio nada y al final nada. Mientras, durante. Cada vez detesta más marcarse objetivos.

Llega un hombre con una guitarra bajo el brazo y se planta junto a la terraza. Canta una canción a cambio de unas monedas. No lo hace mal. Ella escucha. Conoce la canción y le gusta. La vida como las películas no se concibe sin banda sonora. ¿Cuántas canciones componen la suya? Cada época de su vida tiene su propia música. Mucha de ella desaparece como desaparecen los años, alguna, como la canción que ahora escucha, permanece y se convierte en parte de ella como ella sigue siendo, también en parte, la niña que fue, la joven que soñó mundos diferentes, la mujer que aprendió a diferenciar lo accesorio de lo importante. La canción, la niña, la joven y la mujer están todas aquí y ahora escuchando y recordando. Se acaba la canción, el hombre pasa su gorra y se va.  Se lleva con él  la canción y parte de ella.

Las mujeres de la mesa de al lado ya se han marchado. Levanta el brazo y llama al camarero. Le paga el café y el tiempo que ha pasado. Guarda sus cosas en el bolso, mira el reloj, se levanta y se va caminando. Se pierde entre las calles y la gente. La engullen, la fuerzan a ser una más, una pieza, parte de un decorado. Yo, desde la mesa en la que estoy sentado, me esfuerzo por no perderla, por seguirle la pista. No puedo. Ella ya es un mancha borrosa que pronto será un punto que desaparecerá de mi vista y de mi vida. Me siento solo. Saco de mi mochila mi  cuaderno y pensando en ella escribo. Pido otro café y, a pesar de los años, sigo echando de menos, el humo que ambientaba la soledad y el silencio. Ética y estética.

A ella siempre le gustó el color azul…

Otro nuevo día

Te levantas como todos los días, con un ojo abierto y el otro todavía cerrado, reteniendo un mundo que se desvanece. El despertador ha sonado por segunda vez y no te concede más prórrogas. ¡Cuanto te cuesta aceptar que estás de nuevo en el mundo! Por las rendijas de la persiana asoma ya una tenue luz de casi primavera. ¡Qué drástico paso del plano horizontal al vertical, de los ojos cerrados a mantenerlos abiertos! Todavía tienes frío al levantarte, parece que todo tu calor se ha quedado en la cama.

Atraviesas el pasillo, el salón y llegas a la cocina. Todo está como lo dejaste ayer. Un pequeño mantel sobre la mesa, tres migas de pan, la taza en la fregadera. Parece una fotografía sin tiempo. Tal vez se quedó detenido cuando tú no lo veías.

Ruido cotidiano que te saca de tu ensimismamiento. El agua que cae, la caja de latón de las galletas, el horno microondas. Coges la radio pero no la enciendes. Todavía no. Eso sería aceptar que un nuevo día ha comenzado, que el mundo existe más allá de tus cuatro paredes, que el tiempo, otra vez, te alcanza inagotable.

Pan, aceite y sal despiertan tu estómago de un letargo asumido. El cacao después te calienta la vida. ¿Cuántos años desde la primera vez? Los mismos sabores, los mismos olores llenando el silencio que aún te rodea.

Ahora sí, la radio te conecta a un mundo que no es más que una realidad repetida. De dentro a afuera. Se disuelven en la nada sensaciones amortiguadas por el sopor y la noche. La mañana y sus sonidos te despiertan. El mundo entra en tu casa y tú, poco a poco, echas a andar de nuevo en él.

El tiempo, las carreteras, una guerra, un partido de fútbol que se jugó ayer. Elecciones en la otra punta del mundo, la visita de un alto dignatario, un nuevo caso de corrupción, declaraciones vacías.  Una encuesta, un ciclón con nombre de mujer, un asesinato, una violación. Porcentajes de exportaciones e importaciones, ha subido la bolsa. Un millón de nuevos contratos, todos temporales. Todo va bien, todo va mal. Otro partido de fútbol, este se juega hoy. El tiempo, una y otra vez el tiempo. Lluvia, sol, frío y calor. Un libro publicado, una obra de teatro estrenada y una película premiada. Hoy hace veinte años que. Un tercer partido  que se jugará mañana.

En la ducha, bajo el agua caliente, vuelves a cerrar los ojos en un último intento de olvidar que ya has dado un paso adelante. Jabón, champú, esponja, piedra pómez. Miras al  agua con los ojos cerrados. Una canción suena al fondo y piensas cuándo la escuchaste por primera vez. Música desde la mañana.

En tu cuarto, la cama revuelta, abres el armario y escoges la ropa que quieres ponerte. Siempre tiendes a lo oscuro. Negro, gris, azul y algún marrón. No sabes por qué pero no te sientes tú vestido de colores. Las botas nuevas o las viejas. ¡Qué duda¡  Al final siempre ganan las viejas. ya son parte de ti y dejarlas ahí tiradas, en lo oscuro, es como abandonarlas. Son más tú que las otras.

Ya sólo queda llenar tu mochila, negra también. Equipaje para un día. Un libro, un cuaderno, un lápiz, un bolígrafo. El pañuelo por si hace frío. La cajita roja donde guardas los auriculares, la funda de las gafas pues ellas cada día pasan más tiempo colgadas de tu cuello, tus chicles y la bolsita con el cepillo de dientes por si no comes en casa. Siempre hay hueco, además, para alguna que otra sorpresa.

Todo listo. Media vuelta y comprobar que todo está en su sitio. El piloto del ordenador parpadeando, el sofá rojo esperando, la mesa con las sillas vacías, tu cuarto al fondo desierto. Apagas las luces, abres la puerta, el ascensor (con suerte no aparece ningún vecino). La suerte está echada. Pisas la calle nuevamente.

Días tranquilos

Me gusta mi Semana Santa de días tranquilos. Me gustan las horas que pasan sin esperar que otras distintas lleguen. Me gusta recorrer mi ciudad de punta a punta bajo un cielo azul recién estrenado y un sol aún tibio. Me gusta perder la noción del tiempo y olvidar en casa reloj y calendario. Me gusta andar, leer, observar, pensar sin prisa y detenerme cuando y donde quiera. Me gusta, en fin, vivir sólo en el presente.

Me gusta estirar el día robándole horas a la noche acogedora. Me gusta hacer las cosas lentamente y dejar para mañana lo que hoy no puede hacerse. Me gusta dormir y despertar cuando los ojos lo piden. Me gusta mirar por la ventana y escudriñar lentamente otras vidas a través de los cristales. Me gusta respirar consciente de que lo hago y acompasar respiración y silencio. Me gusta, en fin, vivir perdido en un mundo que ruge.

Me gusta leer y ver letras e ideas. Me gusta recorrer caminos trillados y verlos de un color distinto. Me gusta ver películas en medio de la tarde. Me gusta hablar tranquilamente sobre aquello que ocupa mi mente. Me gusta quedarme quieto y escuchar lo que dice y no dice la gente. Me gusta pasar junto al mar y no verlo. Me gusta salir y me gusta volver. Me gusta cerrar la puerta con llave y ocultarme. Me gusta, en fin, escribir sobre días como este.

Me gusta mi casa, mi mesa, mis libros, mis discos y todo lo que antes parecía inerte. Me gustan el sol y la luna vistos ahora de forma diferente. Me gustan las músicas que pueblan mis horas nocturnas. Me gusta la mañana, la tarde y la noche. Me gustan los días que se mezclan, que se funden unos con otros. Me gusta estar en medio de las horas y de los días. Me gusta confundirlos. Me gusta no tener que dividir el tiempo en partes. Me gusta, en fin, descubrir que la vida y el tiempo están en mí y no ahí fuera donde pensaba la gente.

De libros y fotografías

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Quietos. Quién sabe si vivos o muertos. Qué es un libro cuando está cerrado. Son sus páginas blancas o negras.

Ayer, como otros tantos ayeres, me detuve a contemplaros y recordé sin tocaros las miles de horas que hemos pasado juntos. Lomos, portadas, títulos, nombres y colores. Unos al lado de otros. Unos encima, otros debajo, y yo, en silencio, recordando.

Mi casa está llena de libros y de historias. Siempre estoy tratando de ordenaros. Ejercicio vano que, aun y todo, siempre estoy acometiendo. Libros en las estanterías, encima de la mesa, en la mesita de noche, en la cocina. Libros por todas partes. Libros que pueblan espacios, tiempos y recuerdos.

Ayer os miré, otra vez, primero de lejos y luego uno a uno, de cerca. Miro más veces las paredes forradas de libros que a través de la ventana. Cada uno sois uno y todos juntos yo. Qué sería de mí sin vosotros. No sería yo. Sería otro. Un completo desconocido. Cada libro es una elección y cada elección me conforma.

Ayer quise veros desde fuera. Juntos y cerrados, únicos y unidos. Es agradable  contemplaros. A pesar de ser todos conocidos siempre hay alguno que escapa de la memoria y aparece de nuevo como un hijo pródigo. Lo cojo, lo abro y me pierdo, una vez más, en su mundo de letras.

Ayer jugué con la cámara a veros de otra forma.

Recuerdos de recuerdos.

Éxtasis y serenidad

Leía ayer y me sorprendía al comprobar lo que el ser humano es capaz de hacer aun en los momentos más espeluznantes. Leía, como decía, las palabras de un niño de catorce años encerrado por los nazis en un ghetto a unos sesenta kilómetros de Praga. Él no sabía que su siguiente viaje iba a ser el último y sin retorno. Auschwitz sería su destino final. Allí murió aplastado en una cámara de gas por los que eran más altos y fuertes que él y trataban de respirar el poco aire que quedaba en lo más alto del barracón.

Mi amigo, en los dos años que pasó en el ghetto fue promotor de una revista que circulaba allí entre muertos vivientes y además, dedicaba su tiempo a reflexionar sobre lo divino y lo humano. Todo le interesaba. Tenía a su disposición a grandes pensadores y científicos que como él pasaban los últimos días de sus vidas encerrados en esa cárcel al aire libre poblada por el hambre, el terror y la miseria.

Es cierto que me da un poco de rubor hablar de uno de sus textos cuando la tragedia que lo rodeaba se impone a nuestras conciencias mucho más allá que las palabras que brotaban de su despierta e infatigable mente. Aún dolorido por su experiencia y sorprendido por la madurez que poseía siendo un niño todavía, no quiero dejar de comentar algo que llamó mi atención. He pensado muchas veces en esto y por eso ayer disfruté mucho comentándolo con él.

Nuestra tesis, gracias por dejar que me incluya, sostiene que hay dos tipos de arte. Él los llama arte sereno y arte extático En gran medida depende del material que escojamos para expresarnos. Nada tienen que ver la palabra y la piedra por ejemplo. La obra de arte serena no permite que llevados por la emoción de un momento plasmemos nuestro sentimiento sin pensarlo. Un escultor no se puede abalanzar sobre la piedra y, dejándose arrastrar por el fulgor momentáneo, golpearla sin piedad para mostrar en un momento lo que ha despertado su ansia de expresión. El escultor, por seguir con el ejemplo, está condenado a trabajar poco a poco, meditando y trazando cada una de sus líneas con sumo cuidado. Escultura y éxtasis se oponen por principio. El escultor no puede elegir entre el impulso y la serenidad. La piedra le obliga a ser sereno.

Otros artistas tienen la opción de elegir. Un músico, un pintor o un poeta pueden, dependiendo de su temperamento o de la simple ocasión, dejarse llevar por el impulso que les impele a crear o meditar serenamente sobre la obra que llevarán a cabo.

El arte extático está gobernado por los estados de ánimo. Por ello puede ser absolutamente cambiante, no tiene por qué mostrar lo que realmente somos sino que puede responder a la reacción inmediata de un momento. El artista sereno, acaba mostrando lo que es. Su interior es tallado en la piedra que poco a poco va trabajando.

Los artistas serenos se pasan la vida corrigiendo y perfeccionando. Son ellos mismos los que se desnudan en cada palabra o pincelada. Los extáticos funcionan por la imperiosa necesidad de expresar lo que sienten en un determinado momento. Lo curioso del caso es que unos pueden escoger pero los otros no. El medio lo impide.

La última cuestión se plantea cuando nos preguntamos quién escoge a quién. La piedra me hace sereno o elijo la piedra porque lo soy.

La contradicción anida en mí. Sueño con conseguir la serenidad, la persigo y no conozco estado más humano y, sin embargo, admiro el éxtasis de quien es capaz de plasmar un sentimiento en un papel, una partitura o un lienzo sin titubear, dejando que su mente se arrastre por la fuerza inagotable de un instante. No me importa en absoluto que al día siguiente, nuestro poeta, escritor o pintor dibuje un trazo completamente diferente.

Me dormí ayer pensando en estas cosas pero soñé con una Praga ocupada, donde los pensamientos y el arte de nada sirven cuando una J pegada al abrigo te hace la víctima perfecta de un monstruo que nada sabe de serenidad ni de éxtasis, de arte  ni conciencia y cuando los demás al verlo miran para otro lado y con el tiempo tienen la serenidad suficiente para olvidarlo.

Petr Ginz y Jusamawi

Veintisiete letras

Escribir es ponerse a ello.Yo, últimamente estoy seco.La pereza siempre acompaña a la sequía.Quiero pero no puedo.Tal vez no puedo porque no quiero.No es por falta de temas.Mi cabeza siempre bulle de actividad y me suele costar mucho detenerla.Los temas, las ideas llegan pero se van sin que pueda atraparlas.En estos días, cuando estoy tranquilo, el cuerpo me pide no hacer nada, no hablar, no pensar, callar.

Escoger un tema sobre el que escribir no es como elegir unos zapatos en una tienda.Si existiera un almacén  de ideas no serviría de nada.Uno no se lleva una brillante idea en una caja y luego, en casa, la desenvuelve y la plasma negro sobre blanco.

No busco inspiración. Hablo de decisión y de ganas.Hay veces en que es suficiente teclear dos palabras, las que sean, y las demás les siguen como corderos, parece que vienen sólas. Todo fluye.Entonces es cuando escribimos fuera del tiempo y sólo el sonido de las teclas o el rasgar del lápiz sobre el papel ocupan todo nuestro  universo. Cuando noto  que tras un párrafo me quedo inmóvil, que leo y releo lo que ya he escrito, entonces, sé que es inútil seguir.Si lo hago ya no seré yo quien escriba.No merecerá la pena.Eso es artificio.

No negaré que hay ocasiones en las que un tema me parece interesante,abro mi cuaderno y lo anoto.Más tarde, cuando encuentro el  tiempo, me pongo a escribir sobre él. Casi nunca funciona.Escribir es ponerse a ello en el momento oportuno.No vale de nada retrasarlo.A mí no me funciona anotar ideas, hacer esquemas y borradores.Casi todo lo que escribo no es premeditado, tampoco lo llamaría improvisado pero se acerca más a esto último.No quiero caer en la tentación de hablar de musas y de inspiración.No creo en ellas en absoluto.Como casi todas las creencias no son más que una imagen poética de algo mucho más mundano.Uno escribe lo que es, incluso si plagia no puede evitar dejar algo de sí mismo en la copia.

El tema que más interesa a todo aquel que escribe es uno mismo. Somos la medida del universo.La intención final de todo lo que hacemos es explicarnos a nosotros mismos.No quiere decir esto que tengamos que escribir expresamente sobre nuestra persona.Los escritores, malos o buenos, son irremediablemente egocéntricos.Ven el mundo, tratan de describirlo pero lo hacen de la manera menos científica posible.Si no lo hicieran así sería mejor dedicarse a las matemáticas y seguir devotamente el método científico.La literatura objetiva es una falacia, una contradicción.Incluso el periodismo, que dicen debería tratar los asuntos objetivamente,peca casi siempre de lo contrario, haya o no oscuras razones entre bambalinas.

Cuando escribo las palabras forman un todo.Siento que la expresión de ideas, la  explicación de conceptos o el mero ejercicio de colocar palabras juntas me libera.Me quito, literalmente, un peso de encima.De la misma manera que el que practica deporte se relaja  a través del cansancio dulce tras el ejercicio, yo libero mi mente de palabras que hasta entonces parecían vivir ocupando lugares ignotos de mi cerebro.

Escribir es ponerse a ello en el momento oportuno y hablar de lo único que sabemos hablar: de nosotros mismos.

Yo no sé escribir para los demás.Yo soy cuando escribo mi interlocutor y mi futuro lector.Es grato ver las palabras, que minutos antes bullían en la cabeza a la velocidad de la luz,ahora detenidas, ordenadas por puntos y comas, formando un conjunto bello como un cuadro. Comtemplar una hoja llena de palabras, tener entre las manos un papel que suena diferente ahora que está lleno basta para encontrar satisfacción tras el esfuerzo.

La vanidad viene después.Que a uno le lean,que uno provoque reacciones,que guste lo que ha escrito es casi siempre halagador.Es ridículo negarlo.Incluso el poeta enamorado que declara su amor a través de las palabras más bellas necesita primero expresarse a sí mismo, vaciarse.Si luego su amada lee las palabras que ella inspiró y provocó, el poeta obtendrá doble premio pero no el único.Escribir llega a ser algo irremediable.La experiencia de la escritura es completa en sí misma.Lo demás es adyacente.

La escritura es un círculo.Los círculos son cerrados.Las palabras que lo dibujan no forman una barrera compacta.Las palabras se entrecruzan, se enlazan con otros círculos.Tienen un inmenso poder: la comunicación.La magia de la comunicación es que se da entre elegidos.Así,al menos, sentimos a aquellos que parecen habernos comprendido.

A Newton le cayó una manzana encima.Vio la luz.Comprendió lo complejo a través de lo simple.El que escribe,ve en la palabra flor, en la palabra mesa mucho más que cuatro letras.

Escribir es precisamente eso, atrapar lo difícil gracias lo simple.Uno y el universo encerrados en veintisiete letras.

Ellas, ellos y yo

Intento imaginar cómo sería yo sin los libros que he leido, sin la música que he escuchado, sin las películas que he visto.Recuerdo quedarme mudo tras la lectura de un libro y ver pasar los días sin poder empezar uno nuevo, abandonarme durante horas con la música en mi cerebro,ver la vida en blanco y negro y querer atravesar la pantalla hacia otra vida posible.Esos momentos de ensimismamiento,de paz, de iluminación, de razón y verdad son más reales en mi consciencia que cientos de horas vividas con el desasosiego de perderlas.Confunde uno en el recuerdo personajes con autores,compositores,intérpretes,actores y directores.Son amigos,referentes y maestros que se han ido incorporando a nuestra existencia. Miro hacia atrás y los veo.Su recuerdo es parte de lo que soy ahora y tengo la suerte de tenerlos siempre a mano.Puedo tocarlos, leerlos, oirlos y verlos.Ellos permanecen idénticos. Yo soy el que ha cambiado.Ellos son mi geografía y mi biografía.Cuando nos preguntan sobre nuestra vida nos limitamos a contar dónde y cuando nacimos,en qué ciudades hemos vivido y que trabajo tenemos.Datos,nada más que datos.¿Qué es lo que verdaderamente nos define?.Unos dicen que la lengua, otros el paisaje y los más inspirados, la infancia.Yo me siento mejor explicado si hablo de libros que cayeron en mis manos,de músicas que abrieron mis sentidos o de películas que me enseñaron que la realidad no siempre es de carne y hueso.Con el paso del tiempo son innumerables los ejemplos que se amontonan en nuestros recuerdos.Al final, lo mismo que con amigos o amores,sólo unos cuantos permanecen a nuestro lado.De vez en cuando se produce la magia de un nuevo encuentro y nunca nos cansamos de celebrar esa llegada.Cuando es así, le damos cobijo, lo guardamos con cuidado en nuestro fuero interno.El tiempo dirá si permanece o se desvanece por los resquicios del alma.

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¿Cómo dejar fuera de mí todo esto?Casi todos los momentos importantes de mi vida tienen una banda sonora,imágenes y palabras impresas que me han ido marcando el camino,enseñando y emocionando.Todo cabe en una maleta.Es poco peso para llevar encima.Ligero equipaje que, sin embargo,deja huellas indelebles,tatuajes en el alma que uno lleva orgulloso del mismo modo que se presume de buenos amigos.Son amigos íntimos de los que no sabemos si hablar o quedárnoslos para nosotros solos.Ambiguo sentimiento que lucha por decidir si compartir o no nuestros más queridos secretos.Son parte de mi vida, viven dentro de mi y me acompañan.Sé que hubo y que habrá muchos más.Cuando uno los enumera y no hace esfuerzo alguno por recordarlos es porque están a flor de piel,asoman solos por los poros y  los sentimientos.Palabras, imágenes y sonidos que son tan nosotros como nuestros pensamientos.Soy incapaz de pensar como sería yo sin ellos puesto que no sería yo, sería otro, y a ese otro no le conozco.

Somos también otras cosas, somos a veces paisajes, lugares,luz y cuatro paredes.Somos aquellos a quien queremos,somos amigos y en algunos casos, pocos, somos nosotros.

Oscar Wilde y yo

Hay un libro que escribió Lord Alfred Douglas titulado “Oscar Wilde and myself”. En él, el joven y mimado amante de Oscar Wilde inventa un buen montón de patrañas para justificar su lamentable actitud hacia su amigo, sobre todo en los momentos difíciles. A mí me costó mucho tiempo conseguir este libro, pero al fin pude leerlo. Primero en una vieja edición francesa y finalmente en la versión original en inglés. La sensación que tuve al leerlo fue agridulce. Por un lado sentí satisfacción pues trabajé cual Sherlock Holmes para conseguirlo, por otro, sentí pena y rabia al comprobar la terrible capacidad que tiene el ser humano para reinventar su propia vida y justificar lo injustificable con tal de tranquilizar su conciencia.

Hoy, mucho tiempo después, titularé esta entrada “Oscar Wilde y yo”. Si Lord Alfred puede, ¿por qué no yo?

Andaba yo un día aburrido en la vieja casa de mis padres (y mía durante mi infancia y primera juventud). Una de mis actividades favoritas en tales ocasiones consistía en espiar, escudriñar, investigar y echar una ojeada u hojeada  a los libros de mi abuelo. Aquella tarde cayeron en mis manos un par de tomos que componían la biografía de Oscar Wilde. El libro había sido publicado a principios de siglo (XX) por un tal Frank Harris. Abrí el libro y en la primera página encontré una fotografía de Oscar tomada en el año 1894. Eran sus años dorados, pero poco faltaba para su caída. Permanecí un buen rato estudiando aquel rostro grande, de expresivos ojos, gruesos labios y un no sé qué de niño grande. Pude cerrar el libró en aquel momento, pero no lo hice. La inteligente expresión de aquel hombre hizo que me arrellanara en el sillón y comenzara a leer las siguientes páginas. Así empezó todo. La magnética personalidad de este gigante irlandés me cautivó (¿qué tendrán los irlandeses?). Gracias a mi difunto abuelo, otra vez, encontré también una edición en cuero rojo y papel biblia de las obras completas de O.W. Leí su poesía, me pareció grandilocuente y lejana, leí sus cuentos y aún siento la emoción que entonces sentí, leí sus obras de teatro y descubrí el ingenio, humor y talento de aquel hombre, leí Dorian Gray y lo admiré, ley sus ensayos y descubrí que debajo de lo aparentemente superficial se escondían grandes verdades y leí La Balada de la Cárcel de Reading y ya nunca la olvidé. A partir de entonces Oscar era ya mi amigo de toda la vida. Busqué y encontré mucha bibliografía sobre él. A medida que lo iba conociendo lo sentía más cercano. Su temperamento me cautivó. Reí, disfruté y lloré al recorrer los caminos que el recorrió. Londres se convirtió en mi segunda ciudad y creía conocerla como la palma de mi mano, aunque todavía yo no había estado allí. Puedo decir, sin temor a equivocarme que O.W. no es mi escritor favorito. Ha habido y habrá otros. Lo que si puedo asegurar es que Oscar se ha convertido en mi mejor amigo escritor. Llegué a conocer a la persona muy bien y no miento si digo que le tengo un enorme cariño.

Tiempo después, al acabar la carrera en la universidad, comencé a trabajar en un proyecto en el que el protagonista sería él. Para darle un poco más de enjundia y dado que existía una gran cantidad de trabajos, ensayos y libros sobre el señor Wilde, decidí incluir en mi estudio a los que yo creía sus dos maestros preferidos: Walter Pater y John Ruskin. Mi trabajo versaría sobre la influencia que estos dos hombres habían tenido en la concepción del arte de O.W. Al poco tiempo de comenzar la tarea me di cuenta de que sin un buen conocimiento del inglés poco podía hacer por el bien de mi propósito. Dicho y hecho: me lancé con furor al estudio de la lengua más extendida del planeta (gracias Oscar). Al tiempo, eso me llevó a pasar una larga temporada en Londres. Allí conocí mucho mejor a Oscar, recorrí los lugares que el conoció tan bien y acabé en una de mis andanzas en Tite street, en la casa en la que él vivió. Permanecí largo rato frente a su ventana pero no se asomó por ella. Compré muchos libros y los leí todos. Estando allí, en las calles de aquella ciudad, la cercanía y la intimidad con él se hicieron mayores. Quise descubrir el Londres victoriano pero ya poco queda de él. Cogí un tren y marche a Oxford. En el Magdalen College, lugar donde estudió, creí verlo caminando entre los árboles del parque. El lugar estaba desierto, llovía y no existía ninguna dificultad en imaginar esas mismas piedras, árboles y bancos un siglo atrás. Estaba solo y no lo estaba. Oscar caminaba a mi lado. Vi claramente a un joven estudiante con sus ropas extravagantes y la flor, siempre la flor, en su solapa intentando epatar a sus compañeros con teorías inverosímiles. Sonreí y me fui.

No todo fueron sonrisas. Otro día gris, viajaba yo en tren y, en un momento del trayecto, resultó que el pueblo que veía a mi derecha a través de la ventanilla era Reading en cuya cárcel pasó Oscar dos años de trabajos forzados por el increíble delito de mostrar en público lo que otros muchos hacían en privado pero, hipócritas, condenaban en público. En la celda de aquella prisión fue castigado a  deshacerse de sus bienes más queridos: lápiz y papel y a ser testigo del inhumano trato que allí se dispensaba incluso a los niños, cuyo llanto por las noches le desgarraba el alma. Finalmente y gracias a un buen carcelero consiguió Oscar permiso para tener algunos libros y poder escribir. Eso suavizó algo su tormento pero de su pluma salieron las más tristes palabras que nunca escribió. Al salir de la cárcel abandonó Inglaterra y marchó a Francia donde vivió sus últimos años bajo seudónimo y donde murió solo.

Yo volví a mi casa, con más kilos(de libros) y la vida continuó. El trabajo sobre O.W. quedó momentáneamente aparcado pero él seguía a mi lado a través de sus palabras y de los libros que sobre él muchos otros habían escrito.

Nunca en mi vida había yo hecho un peregrinaje semejante siguiendo las andanzas de ningún autor. El siguiente capítulo fue en París donde unas navidades blancas visité otros dos puntos claves en la ruta Wildeana. El pequeño Hotel D’Alsace continúa donde estaba, ahora está remozado. Entré en él y sentado en una mesa del bar imaginé la habitación donde Oscar pasó sus últimos días. Allí murió. Allí estaba yo recordándole. La comitiva de su entierro fue muy escasa. Él,que antes había conocido los fastos de la fama, fue enterrado en soledad y a toda prisa. Hubo que hacer una colecta para pagar su entierro. Oscar Wilde está enterrado en el cementerio parisino de Pere Lachaise. Allí, en su tumba, como en su solapa, hay una flor que yo le dejé. No importa que se haya marchitado hace años. Sé que allí permanece.

El año pasado volví a los orígenes. Tuve la suerte de viajar a Dublin. El mismo día que llegué me trasladé hasta Merrion Square. En el número 1 se encuentra la casa donde nació. Miré hacia las ventanas del primer piso e imaginé a Lady Wilde en su salón, con las cortinas echadas, recibiendo a sus amigos y recitando viejas poesías irlandesas. A su lado, observándolo todo, el pequeño Oscar, vestido de niña, escuchaba embelasado las palabras que llenaban la estancia. En el parque que hay frente a la casa se encuentra una estatua de Oscar recostado, con una sonrisa  y un libro. Inspirado por la imagen, me fui al cercano hotel Shelbourne. Allí, con una sonrisa en la cara, un libro en la mano e inmejorable compañía bebí una Guiness a la memoria de mi amigo Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde.

Lord Jusamawi

P.D.: La idea de escribir esta entrada se la debo a mi amigo el farero Luis. Por eso se la dedico.

P.D.-2: Al escribir sobre O.W. uno siente la tentación de  escribir muchas de las citas y dichos del autor. Son todas ellas terriblemente ingeniosas. En esta ocasión he preferido no hacerlo. Si a alguien le pica la curiosidad que acuda a las fuentes. No se arrepentirá.