En el jardín

Mi antiguo jardín ocupó muchas horas de mis días y de mis noches. Pensé que aquel era mi lugar en la tierra, mi sitio en el mundo. Aún recuerdo sus colores, olores, luces y sabores. Siento nostalgia a veces. Lo siento tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.

Ahora vivo en otro jardín, no es igual pero cada día que pasa lo hago un poco más mío, más casa. Sus colores los asemejan. Aquel más verde, este más piedra. Aquel más sombra, este más luz. Aquel paisaje infinito, este paisaje cercano. Los dos, espero, lugares en el mundo que yo he escogido. Para estar, para vivir.

Estos días estoy solo y por las mañanas me siento a la mesa del porche y trabajo. Levanto la vista y observo con admiración la vida que silenciosa me acompaña. Un abeto azul al frente,  un olivo a mi derecha y dos granados creando la sombra que me cobijará cuando descanse. Al fondo una higuera casi llena. Lavanda, tomillo, lovelias, geranios. Orégano, hierbabuena y crasas. Todo me rodea. Vida y color que hacen que mi trabajo se aligere. Que mi despacho de verano sea, tal vez, el más hermoso del mundo.

Escribo esto sentado a mi mesa en la sombra. Ya se me ha echado la tarde. La luz es más dorada. El viento se ha levantado. Escribo y miro. Miro y escribo de lo único que ahora importa. Luces y colores que todo lo llenan. No hay sitio para más en mi cabeza. Sólo quiero ser ojos.

Invierno anticipado

Acaba de llegar el otoño y ya pienso en el invierno. Los dos son para mi uno. El año en dos partes: día y noche, casa y calle, oscuridad y luz. Ya me he mentalizado. Hasta ahora me resistía a admitirlo. Me agarraba a los atardeceres que poco a poco perdían colores y luz.

Esta mañana he dado un largo paseo y por la tarde me he quedado en casa. La casa en otoño y en invierno es un lugar diferente. Hoy lo he vuelto a sentir claramente y he aceptado lo inevitable. Zapatillas, jersey y luces encendidas. Las cortinas corridas ocultando las ventanas y las calles. Cuando pienso en mi casa pienso en mi casa iluminada. Luz artificial que crea esquinas, sombras y rincones. Casa como refugio y como olvido. La miro de nuevo como lugar necesario. Necesito ordenarla, recorrerla, pensar en ella. Sentirme bien de espaldas al mundo.

Meses diferentes ante mí. Olvido del verano y deseo de libros, música, fuego, castañas y vino. Noches largas para ser vividas entre palabras. Madrugar con terrible pereza pensando en volver a la casa iluminada. Paréntesis, refugio, abandono entre cuatro paredes.

Las calles de la ciudad más vacías y recorridas más apresuradamente. Luces, también, que la visten de tonos diferentes. El frío que poco a poco se apodera del ambiente, frío que nos fuerza a refugiarnos en nosotros mismos. Concentración y ensimismamiento.

Anticipo también paseos por el campo, amarillo convertido en marrón y la casa, la otra, erguida al final del camino esperando. Música, paso rápido y manos en los bolsillos. Caminos de tierra, campos desnudos y el horizonte apenas atisbado. Los colores poco a poco desvaneciéndose hasta que llegue el invierno transparente. El jardín desierto, durmiendo y la casa con la puerta cerrada. Dentro luz, calor y sosiego.

Estoy ahora en casa, en este comienzo del otoño, sentado a la mesa conocida, testigo de tantas palabras. Ellas estudian historia y filosofía. Yo desgrano letras adelantándome al tiempo. No hace frío y lo siento. Hay todavía luz de octubre pero enciendo mi lámpara blanca. Ayer está aún muy cerca pero me veo ya en mañana.

Suena Robert Allen Zimmerman. Su voz me saca de mis pensamientos. Me alegra pensar que este otoño dudoso haya traído este regalo desde Suecia. Nunca hubo premio más merecido. El mundo está lleno de ignorantes.

Con Bob llega el otoño y vendrá después el invierno. Aquí estoy yo para vivirlo y para esperarlo. Espero recorrer sus días y sus noches, habitar las casas y llenarlas de silencios, calor y palabras.

Treinta de junio

Revisando los archivos del blog, me he dado cuenta de que el año pasado rompí la tradición de casi todos los junios. Me gusta recrearme en este comienzo de verano que visto desde su inicio todo lo ilumina. Una semana ha pasado ya desde que la hoguera de San Juan incendiara la noche más corta del año. Una semana y siento ya nostalgia. Soy tan estúpido que siento que las cosas terminan cuando justo acaban de nacer. Escribo estas líneas ahora y pienso sin remedio en el lejano otoño que se esconde tras el verano. Sé que me espera agazapado. Sé que cuando llegue, esto me parecerá demasiado lejano. Lo leeré y pensaré que en este treinta de junio todo era diáfano y tranquilo. Sé que inventaré un pasado tal vez no vivido. Sé que entonces me acechará el negro invierno. Estúpido, digo. Aún me quedo corto.

Estoy solo en el trabajo. Estoy solo en el despacho en el que siempre estoy solo. He apartado por un rato los papeles, las actas, los informes y las memorias. He dejado de pensar en otros y me he concentrado en mí mismo. Pienso mejor con música, aunque sé que según cuál sea, pienso de manera diferente. En esta tarde tranquila y solitaria del último día de junio, donde las voces y las prisas de la mañana hace tiempo que han desaparecido, estoy escuchando a Daniel Waples. Su música hace que mis manos dejen de pulsar las teclas. Los ojos tienden a permanecer inmóviles y la cabeza a mecerse suavemente. Música para no pensar y dejarse llevar.

El curso termina y los recuerdos se amontonan tras la retina. Todo lejano y cercano al mismo tiempo. No es un juego de palabras. Cuantos más años pasan esta sensación ambivalente se me hace más presente. El tiempo es y será siempre lo único que nos contiene. Hace tiempo que sabemos que no es una línea recta y en ese continente que siempre tiende a deformarse debemos aprender a vivir. Sin él no hay nada. Paradoja asombrosa esa de vivir en un invento.

El curso termina y con la distancia todo se ve menos grave. Los días en que venía a trabajar en la negrura del día todavía sin nacer, con el frío en la cara y el sueño atrasado en el cuerpo. Las discusiones, las clases, el café de media mañana, las reuniones interminables donde uno empieza siendo muy duro y acaba cediendo a la evidencia que te da ponerte en la piel del otro. Las horas pasadas sentado a esta mesa, los papeles amontonados, los archivos, los libros, las conversaciones mantenidas con profesores y alumnos, las discrepancias, los acuerdos, las mañanas y las tardes consumidas pensando en ellos, ellos a los que a veces defiendes y otras atacas sin misericordia. Lápices moribundos, la agenda atestada de apuntes y recordatorios, carpetas llenas de folios escritos que no sé si alguien mirará algún día. Mi silla, mi mesa, el archivador a mi derecha, la pequeña mesa de reuniones, las estanterías y los armarios que guardan el tiempo consumido en este espacio.

A todos ellos les espera ahora un tiempo de silencio. Yo no estaré para verlos, leerlos o tocarlos. Ese es mi poder, si yo no estoy, ellos tampoco.

Suena Jan Garbareck y con él me quedo mirando la nada, absorto por un momento. Pienso ahora en los días que están por venir, en la luz que tanto añoro a pesar de ser más yo por la noche, cuando la luz es otra, inventada también como el tiempo. Pienso y anticipo paseos, libros y fotografías. Trigo amarillo, cereza roja y tierra marrón. Cielos azules, hierba verde y noches tan llenas de estrellas que en vez de negras parecen blancas. Puedo recordar lo que voy a vivir y eso me gusta. Lo hermoso de sentirse en casa. La aventura de vivir para adentro. Pienso en colores, sí, y me gusta imaginarlos como la paleta que llenará mis días. Repetir tiene la ventaja de luchar contra la nostalgia. Repetir es confirmar, asentir ante una buena vida.

Días que se acercan y que temo que corran veloces. No los primeros, esos engañan, crees que los tienes controlados, pero no, imperceptiblemente te atrapan y te arrastran hasta que uno pierde la noción del tiempo, y entonces, las horas y los días vuelan, te gustaría detenerlos pero eso no es posible. Es como cuando uno se concentra, el tiempo se va y tú ya no cuentas. No ser consciente del tiempo es la mejor señal de que de verdad estamos viviendo. La consciencia, sin embargo, siempre termina imponiéndose y las pequeñas agujas de un reloj nos acaban indefectiblemente atrapando.

Divagaciones sobre el tiempo en esta tarde de junio. Recuerdos y expectativas al mismo tiempo. Tiempo que se va y tiempo que viene. Tiempo pasado y futuro. Tiempo que cambia.

Como todos los últimos días de junio, recojo mis cosas, cierro los libros, guardo papeles y ordeno por última vez mi mesa. Me levanto, me voy, cierro la puerta y salgo a la calle. Hoy no quiero mirar atrás. Tiempo habrá  para hacerlo.

 

 

Pensamientos oscuros a la luz del día

Ella dijo que se marchaba y yo no lo creí. Ella nunca miente y se fue. La verdad de sus palabras cayó sobre mí y desde entonces quiero vivir desterrado en la mentira. El otro día me detuve en medio de la calle sin saber por qué. Parado, mudo y quieto comprendí. La luz no es luz si no la miras. Los ojos cerrados viven al margen de cualquier verdad. Los pasos dados en el aire no son nada. Son un minúsculo salto en el vacío que nos deja siempre en el lugar de partida. Ir más allá requiere intención, tierra y ojos abiertos. En medio de la calle vi cristal, hierro, asfalto y cemento. En medio de la calle me vi a mi pisando fuerte el suelo bajo mis pies. La verdad que nos rodea se mostró en parte y desde entonces la persigo. No duermo por temor a perder la vista, no hablo para evitar que las palabras escapen de mi garganta para no volver. Camino sin parar, escapando del túnel, aferrándome a la idea de que todo está siempre un paso más allá, de que nada queda detrás de la mirada. El pensamiento es acción. Yo sin él no soy yo. Menos que una mota de polvo, menos que una piedra del camino, menos que una gota de lluvia. Menos que ayer. Menos que nada.

Ella me dijo que la buscara y yo cerré los ojos. El recuerdo nunca encuentra nada. Sólo busca refugio. Los refugios son lugares fuera del tiempo. Son el útero agobiante que siempre acaba por ahogarnos. Tarde o temprano tenemos la necesidad de asomar la cabeza, de escapar de aquel agujero al que nunca deberíamos volver. La vuelta es siempre cobardía. Tentadora y engañosa. Seduce con su apariencia tranquila, como esconder la cabeza bajo las sábanas. Negar la luz del día no crea la noche. El día es día más allá de nuestra ilusión. Los días pueden ser oscuros y las noches blancas. Nosotros habitamos sus luces y sus sombras.

El tiempo no cesa y lo sabemos. La vida se nos escapa de las manos y, a pesar de todo, las abrimos. La verdad nos aguarda y hacemos todo lo posible por olvidarlo. Miramos al sol con los ojos abiertos y nos cegamos. La verdad hay que mirarla con cuidado. La verdad siempre busca caminos oscuros. Nos gusta pensar que resplandece pero prefiere habitar las zonas oscuras del alma. Lo oscuro está ahí, al alcance de los ojos bien entrenados. Lo oscuro es oscuro porque no lo vemos. La verdad no es luz. Es oscura como piedra negra. La luz está en nuestra mirada.

Ella dijo que se marchaba y yo la seguí.