Alegría y tristeza

Dos imágenes permanecen en mi cabeza. Las dos han tenido lugar en estos últimos días. Una es buena, la otra es mala. En la primera las mujeres, en primera persona, exigían igualdad. Algo tan simple como eso. Lo hacían de manera decidida, combativa pero fundamentalmente alegre. Esa alegría contagió de entusiasmo las palabras que reivindicaban tozudamente su derecho inalienable a ser, en primer lugar, a ser visibles, en segundo y a ser iguales como consecuencia final. La fuerza de la razón estaba de su lado pero la mayor lección, la más poderosa de todas, fue sin duda la necesidad de alegría como prueba irrefutable de evidencia, la alegría como condición necesaria para el cambio, la alegría como motor de acontecimientos favorables, la alegría como único camino al bienestar. Si tuviera que representar con una imagen o con una palabra la síntesis de todo lo ocurrido escogería sin lugar a dudas una sonrisa.

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Después de estar todo el día observando, después de asentir con la cabeza no pude evitar preguntarme si había en mí rastros de machismo, si, a pesar de apoyarles a ellas, de pensar como ellas, de aceptar sus propuestas, yo no seguía, en el fondo y todavía, lejos de su alegría. Es duro, es difícil decirlo pero es un paso necesario: yo también soy machista. Había, es verdad, mil motivos para la protesta y para la huelga. Yo no sabía muy bien qué se esperaba de mí ese día. Unirme o estar separado, levantar el puño o ir de la mano. Finalmente decidí asentir en silencio. Aceptar lo que ellas habían decidido.

Aún me queda recorrer un largo camino.

La otra imagen que ha llenado estos días es la de un niño muerto, asesinado por la sinrazón, parece, de los celos. Una mujer, su madrastra, acabó con la vida de un inocente de ocho años. Dolor, tristeza, incredulidad. Hay veces en que uno no puede entender lo que sucede. Nos cuesta aceptar la existencia de la maldad en sí misma. Queremos pensar que el autor de una atrocidad semejante tiene que ser un enajenado, no puede razonar como nosotros. Queremos que la locura le haga escapar de nuestro juicio. Siendo como es, este caso, una tragedia, habiendo visto tanto dolor acumulado, la única reacción posible es la compasión. Padecer junto a los que padecen, servirles de fugaz consuelo que tal vez un día recuerden.

Lo que se me hace aborrecible es ver a la multitud enardecida clamar venganza y no justicia. Exigir castigo, dolor y muerte con espuma entre los dientes. La presunción de inocencia sólo cuando nos interesa. Las leyes para mí, no para los otros. La igualdad sobre el papel. Ojo por ojo, diente por diente.

El dolor por la muerte no hay que explicarlo, se siente. La rabia y la ira se comprenden. La justicia, el derecho a un juicio justo, la defensa, incluso, de los más abyectos, se decide. La reacción brutal y vengativa, el refugio en la chusma, el grito clamando muerte nos hace animales malolientes. La decisión de juzgar, de dar al otro la oportunidad de defenderse, de aceptarlo como humano, con sus derechos y responsabilidades, por duro y difícil que sea, nos hace seres humanos.

Gracias a dios, hace tiempo que dejamos de ser dioses.

El juez y la zorra

Sobre las leyes se dicen muchas cosas. Casi siempre para mal. Todos (o casi) las aceptan como algo necesario o inevitable pero siempre (o casi) tras la aceptación viene la crítica. Nunca llueve a gusto de todos. Criticar las normas es fácil, hacerlas no. Un ejercicio altamente interesante sería que todos tuviéramos la obligación de participar en la elaboración de alguna ley. No pretendo hacer una defensa ni un elogio de legislador. Trato, simplemente,  de poner las cosas en su justo punto.

Quien trabaja pretende siempre (o casi) obtener un buen resultado. La tarea de legislar casi nunca lo consigue si nos atenemos a las críticas que siempre (o casi) reciben los resultados. El problema de las leyes es que nunca (o casi) logran encerrar dentro de ellas todas las posibilidades de aquello que legislan. Es imposible que exista una ley diferente para cada uno de los casos susceptibles de ser legislados. Detrás de un asesinato puede haber agravantes o atenuantes. Absurdo es pensar que el legislador prevea todas y cada una de las posibilidades que puedan ser consideradas atenuantes o agravantes. Lo mismo sucede en otras muchas ocasiones. Ante esta situación no tenemos más remedio que poner sobre las espalda de los jueces la responsabilidad de interpretar con buen juicio, nunca mejor dicho, el espíritu de la ley. El hecho de que una persona conduzca bajo los efectos del alcohol y que eso sea considerado atenuante o agravante puede ser discutible. Unos piensan una cosa y otros justo la contraria. Al final, una vez más, sólo el consenso nos puede sacar del apuro. En otros casos no es tan sencillo y es el juez quien, solo, con sus conocimientos, experiencia y conciencia tiene la difícil tarea de interpretar una norma para luego decidir en consecuencia. Este es el punto al que quería llegar.

¿Está la resolución del juez impregnada por su ideología? ¿Es posible ser neutral ante la imprecisión de una ley? Probablemente la respuesta a la primera pregunta sea siempre (o casi) afirmativa y negativa siempre (o casi) para la segunda.

Aceptamos que las leyes son interpretables. Aceptamos, también, que son los jueces los encargados de interpretarlas. Lo que es más difícil de asumir es el hecho de que la justicia pueda ser arbitraria.

Si una ley clara y concisa que no deja lugar a dudas es frecuentemente criticada, ¿qué pasará con la interpretación que de una norma más amplia y oscura haga una persona reunida tan sólo consigo misma?

En estos días todo el mundo habla de la sentencia de un juez en la que argumentaba que llamarle zorra a una mujer no podía ser considerado un insulto puesto que con tal vocablo lo que en verdad se quería resaltar era la astucia de la susodicha y no otra cosa que sólo mentes calenturientas podrían pensar. El juez, por lo que parece, ha dictado sentencia y se ha quedado tan ancho.
La primera conclusión es que semejante hombre de zorro no tiene ni un pelo. La segunda es que tiene muy buena opinión de las zorras. La tercera es que no hay que ser muy zorro para darse cuenta de que jueces así derriban con su ignorancia, desvergüenza y machismo lo que tanto esfuerzo ha costado construir: el endeble entramado de la justicia. Si ésta no despierta confianza no hay nada que hacer, y los sueños de una vida en pie de igualdad donde los ciudadanos acaten las reglas del juego es imposible (o casi).

Lo triste de todo esto es que de haber sido un hombre el que hubiera recibido el apelativo de zorro se habría ido a su casa tan contento al ver la alta estima en la que es considerado. La mujer, por contra, tiene que aguardar a que un sabio juez le informe y le explique que debería sentirse halagada por haber sido calificada de zorra.

¿Existen atenuantes o agravantes en este caso? ¿Es la buena voluntad del juez, su ingenuidad la que le ha llevado a interpretar el caso de esta manera? ¿No será más bien todo lo contrario y lo que subyace tras la sentencia es una ineptitud, una incapacidad y una despreciable ideología que nos impone abusando del poder que la toga le confiere?

En fin, con estas dudas me quedo y, en mi imaginación, veo pasar astutos zorros zorras que ven en este juez su particular Francisco de Asís.

Si vemos, en la cartelera cinematográfica, el anuncio de una película titulada El Zorro, todos (o casi) (el juez no) pensaríamos en aventuras, espadas y antifaces. Si la película se titulase La Zorra todos (o casi) (el juez no) pensaríamos en cualquier cosa menos en la astucia.