Empatías imposibles

Todavía estoy conmocionado con la imagen de un chico armado atrincherado en un aula disparando a niños y niñas de diez años. Es imposible entrar en una cabeza capaz de planear semejante monstruosidad. La incapacidad más absoluta de ponerte en el lugar del otro, de pensar tan siquiera que está miserablemente loco. La mente se queda en blanco al tratar de explicar, de comprender lo inefable. No es solo que no haya palabras para explicarlo, es que sencillamente es inenarrable, impronunciable, indecible. Sinónimos todos de la barrera infranqueable que nos separa de las balas que su mano ha disparado.

Asombrado también, veía por televisión a las presentadoras de informativos en Afganistán obligadas a taparse todo excepto los ojos. La rabia y la impotencia apretadas en el puño que a lo más que aspira es a dar un puñetazo en la pantalla. Qué más se necesita para demostrar que no todas las ideas son respetables. Es más, muchas de ellas son despreciables y también los son quienes las predican. No todo ni todas las cosas son dignas de respeto. Qué fácil es equivocarse y pensar mansamente lo contrario.

No desearás el mal de tu prójimo. Escribir y teorizar puede llegar a ser fácil como fácil es contradecir lo que te enseñan. Cada vez que veo, simplemente veo, a ese dictador ruso, ya tan siquiera sin escucharle, no puedo evitar desearle todos los males. El más leve de ellos es que se muera, que desaparezca de la faz de la tierra y que el olvido infinito se apodere de todos nosotros. No merece ni el más triste de los recuerdos. Los más peligrosos de todos son los que nos quieren salvar de todos los males. Él, como casi todos los iluminados que en el mundo han sido, lo quieren hacer incluso a nuestro pesar porque ellos saben lo que nos conviene. Por lógica cristalina cada uno de nosotros ha de decidir qué es lo que le conviene, ese es en el fondo el sentido de nuestra existencia. Si otro lo decide por ti, que se vaya al infierno. Preguntad a Aristóteles que está en los cielos.

Erase un rey que tenía tesoros escondidos en los confines de la tierra. Erase un rey que hacía regalos fabulosos. Erase un rey que hacía exactamente lo contrario de lo que decía hacer y de lo que decía que había que hacer. Erase un rey que vivía en el engaño y del engaño. La realidad nunca se ajustaba a sus creencias y sólo pronunciaba mentiras. Erase un rey llamado Hipócrita I. La falta de integridad, la incoherencia así, cogidas de la mano con el mezquino, el embaucador, con el ladrón, forman una mezcla repugnante que no casa con discursos aprendidos de memoria, con pasados pretendidamente gloriosos, con palabras huecas que no por repetidas pasan a ser verdaderas. Erase un rey que fue inviolable, que se sintió impune, que se ríe de todos nosotros. Erase un rey al que todavía hoy cuatro chalados aplauden y vitorean. Erase un rey que pasó de tener nombre a no tener vergüenza.

No son lo mismo, no son la misma cosa los jóvenes que por razones insondables matan sin sentido a quien se pone por delante, los ridículos dictadores que con la verdad secuestrada por la fuerza imponen a sangre y fuego su presencia, los llamados a sí mismos estudiantes, que necesitan de la crueldad para promover sus creencias, que se ensañan especialmente con las mujeres por el mero hecho de serlo, los reyezuelos que tras ser descubiertos en la mentira y el engaño se jactan todavía de ello y se benefician del apoyo de cerebros con encefalograma plano. No son lo mismo y yo no los pongo en el mismo lugar. Todos me provocan, eso sí, la imposibilidad de reconocerlos. No puedo sentirme similar a ellos. Tengo una absoluta incapacidad de hacerlo. Si no me siento similar, si no me siento parecido no hay solidaridad posible. No hay comprensión. De la misma manera que lo que no se nombra no existe, lo que no se comprende no se perdona. Igual no puedo pronunciar la palabra empatía, igual por eso soy incapaz de perdonar aunque, todos sabemos, ya lo dijo el sabio, que nada molesta más a tus enemigos que que les perdones.

Lo intento pero no puedo.

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