Domingo y lunes de julio

DOMINGO

El verano con nubes no es verano. La lluvia en verano debería ser sólo cosa de furiosas tormentas. Las tormentas, dejarse sentir tan sólo de vez en cuando. El sol tendría que venir para quedarse.

Julio avanza poco a poco y yo me siento en febrero. Uno sabe dónde reclamar o a quién hacer responsable en casi todas las situaciones de la vida. Cuando se trata del tiempo, meteorológico, no del otro, ese es cosa nuestra, no se siente más que frustración. Nada ni nadie es culpable de que el color gris del cielo me moleste o afecte a mi delicado espíritu. Dejado dios en paz, no sé a quién me puedo dirigir cuando reclamo a quien corresponda.

Las cerezas este año están, pero penden de las ramas como de un hilo o como de un suspiro. Caen demasiado maduras del árbol y yo contemplo impotente cómo se estrellan contra el suelo sin remedio. Sólo los pájaros ladrones las aprovechan. Tentación caída por los suelos. Las cerezas ante mí y no puedo evitar que se me escapen de los dedos y de la boca.

Verano sin sol y sin cerezas. Pura contradicción. ¿Qué puedo hacer yo ante tamaña desgracia?

Nice, nice, very nice de D.M. es mi único consuelo en este domingo en el que inesperadas obligaciones laborales me obligan a desandar el camino andado y volver al despacho clausurado y ya casi olvidado. Recorro ahora la oscura carretera, bajo un oscuro cielo en esta gris y oscura tarde de domingo. Nice, nice, very nice, es verdad, es mi único alimento.

Mañana dos reuniones, varias tareas inesperadamente pendientes y espero, ojalá, dar media vuelta a mi retiro sin verano ni cerezas. Espero que en esta pequeña y forzosa pausa el sol recobre su sentido y tanto él como yo tengamos esa segunda oportunidad que, al parecer, todos o casi todos, merecemos.

Comienza a llover, no miento, the indy queens are waiting, y yo miro incrédulo a través de los cristales. La música me aísla en cierta forma de este mundo inaudito.

Julio sin sol, sin luz y sin cerezas. Julio plagado de lluvia. La casa está fría por la mañana. El jardín se ve triste desde la ventana.

De esta negrura inesperada tampoco se han librado las lecturas. He estado leyendo últimamente a Petros Markaris, el turco que vive en Atenas y, a pesar de los pesares y de las recomendaciones, tengo que admitir que no me ha tocado. Ni fu ni fa. No me gusta decir esto pero así ha sido y así, por tanto, lo cuento. Ahora empiezo con Bernardo Atxaga y sus Días de Nevada. Recién abierto el libro, recién empezado el camino pero presiento algo bueno. Me siento muy cómodo leyendo.

Con la música estoy más contento. Llevo un tiempo descubriendo grandes cosas. Eso me gusta mucho. Cada vez  son ellos más jóvenes y yo más viejo pero me encanta conocer lo que no conocía y tener todavía la dicha de lo nuevo y no estar siempre refugiado en lo sabido y conocido. Creo que tengo un sexto sentido para el diagnóstico. Yo mismo me fío de mí. Tengo grandes cosas entre manos. Las he traído conmigo para escucharlas a solas en mis paseos por el verde y por el amarillo. Esa es mi pista de pruebas. Paseos solitarios, caminos nuevos y caminos una y mil veces recorridos. Ellos me acompañan y juntos desbrozamos los senderos. Poco a poco ya los iré presentando.

He traído también conmigo películas para ver, casi siempre, en las primeras horas de la tarde, cuando el verano solía calentar demasiado. Momentos de cine y té tras la siesta.

De momento en vez de cine he visto dos series. Una alemana. Hijos del tercer reich. Un buen intento de los propios alemanes para analizar su historia reciente. Historia, por cierto, tantas veces silenciada. La otra, un clásico de mis últimos veranos. Downton Abbey. Es una serie británica. Decir serie y decir británica debería ser, en este caso, suficiente descripción. Nadie como ellos describe con tanto acierto, minuciosidad y belleza su propio pasado. Esta serie es un fresco de un tiempo terminado, comienzos del siglo XX. Está tan bien hacha que necesito beberla a grandes tragos. No puedo ver un capítulo hoy y otro dentro de diez días. Prefiero ver cada verano una temporada completa. Así, durante unos días, todo seguido, sin pausa vivo la vida en la gran casa en la campiña inglesa, vivo en ese microcosmos que a pesar de pequeño todo lo contiene.

Llueve más y más. El agua no me permite ver el paisaje. Una espesa niebla tras el agua. Más allá parece no haber nada. Me acerco en esta inesperada y momentánea vuelta a la nada cotidiana. Agua sin luz, niebla inerte que me dejan en paz por un momento mientras atravieso un túnel oscuro que me aleja todavía más del mundo.

No caigo derrotado. Dan y yo volvemos mañana. Ya no será lunes sino que será un día y luego vendrá otro día y después otro. Días sin nombre ni atributos. Días sin despertador, días sin horarios. Días de palabras, de vino, paseos, tierra seca, libros, música y películas. Días de verano recobrado.

LUNES

Cinco de la tarde de un lunes de julio. El cielo sigue nublado. Enfilo al sur iluminado.

He pasado la noche en mi casa vacía. Me he despertado de madrugada. Oscuridad y silencio. He recorrido la casa y todo estaba quieto. Olía a casa cerrada. Era, como en los sueños, mi casa y no lo era. Extraña sensación la de sentirse un intruso en tu propia casa, en tu propia cama. En esa irrealidad de madrugada, en esa soledad inesperada he pensado en todo y en nada. Sabía que por la mañana esas horas de insomnio serían otra cosa diferente. Imposible luchar por retener las impresiones nocturnas. No hay palabras, no hay recuerdos que resistan la luz de la mañana. Las horas sin sueño son como islas a las que sólo se llega involuntariamente. No se pueden buscar. A veces uno se encuentra allí varado sin casi saber cómo ha llegado.

Por la mañana, con demasiado sueño acumulado, he tratado de guardar las horas vividas en mis recuerdos. Un café, una ducha, ropa limpia y el ruido de la calle y de la gente me han devuelto a la vida cotidiana.

Las calles estaban mojadas por la lluvia. He caminado deprisa. He tenido, qué remedio, que pasar la mañana entre reuniones, papeles y discusiones. Al final y ya por fin solo he ido poniendo puntos finales.

He comido solo, sentado en un bar junto a la ventana. He visto a mucha gente pasar. Es curioso comprobar que nadie sonríe cuando camina por la calle. Quién lo hace parece un borracho o un loco. Es difícil discernir qué sucede en las cabezas de aquellos que se cruzan en nuestro camino. El mundo visto a través de los cristales me parece siempre un lugar solitario.

Estoy llegando ya a mi destino.Como buen presagio el sol se ha abierto paso entre las nubes. Con el cambio de luz y de paisaje el día de hoy se me hace ya lejano. Esta pasada madrugada vivida en la oscuridad se me antoja ya tan irreal como un recuerdo inventado.

Vendrá ahora la tarde tranquila, tal vez un paseo. Luego, para cenar las últimas cerezas, tomate y un poco de queso. Miraré antes de acostarme las infinitas estrellas que me acompañan cada verano. Un verano ya sin nubes será por fin verano.

Mi casa, la otra casa, la que hoy he dejado vacía, esperará paciente a que algún día vuelva.

Junio repetido

La vida está llena de momentos que se repiten. No siempre son iguales pero lo que los une puede más que las circunstancias que se empeñan en separarlos. El tiempo, por ejemplo, pone distancia entre ellos pero nuestra habilidad para medirlo hace que disfracemos su paso con la coincidencia del aniversario, la situación o el momento.

Junio como todos los años termina y cuando lo hace se lleva con él un año de trabajo. Es también el fin de la víspera y como fin impone. Anhelas que llegue y temes también que se vaya. Todo lo que es fin acaba siendo principio y combina en él nostalgia y esperanza. Junio es como esos momentos tan presentes que conjugan pasado y futuro, que tienden a hacernos olvidar que existen, que son, que se viven. Tan preocupados estamos de que lleguen y de que se vayan.

En días como hoy uno se vuelve ritual. El rito, bien es sabido, es una costumbre que siempre se repite de la misma manera. Algo me empuja a hacer las mismas cosas, a pensarlas y sentirlas de igual modo, a recordar lo que sucedió en días como hoy hace uno y mas años. Disfruto deteniendo mis ojos en los mismos lugares, releyendo las mismas páginas, haciendo lo que ya hice. Junio repetido.

Mi agenda este año es negra. Las hojas suenan a infinitas letras que la llenan. Sus primeras páginas son ordenadas, claras y concisas. Después, poco a poco, se van transformando y al final yo sólo entiendo lo que escribo. Surgen colores, letras grandes y pequeñas, subrayados, flechas y tachones. Cuando la cierro veo claramente lo que ha engordado con el paso del tiempo.

La mesa de trabajo está llena de papeles. Tan sólo me queda ordenarlos. Elegir cuál sobrevivirá y cual acabará en la papelera. Mirarlos uno a uno y decidir. El pulgar arriba o abajo. Cada uno es un momento vivido, trabajo mejor o peor hecho, tiempo pasado. Tiempo olvidado que guardo o rompo.

Estoy solo. En días así siempre me gusta quedarme solo. El rito hace que termine por sentir siempre cosas parecidas. Mirar hacia delante y hacia detrás, al año que se fue, al verano que me llega. Ordeno palabras y papeles y con ellos los recuerdos. Ordeno el tiempo y lo ordeno en silencio. Trato de que pese, al menos por una vez, más el mañana que el ayer. Trato de pensar en que me voy. Me convenzo de que la vuelta está tan lejos que pierde peso y amenaza. No sé por qué, en días como hoy, con la luz por delante, acabo siempre por parecer sombrío.

Despacho, mesa, libros, letras y papeles. Soledad y silencio roto por las teclas que a veces corren deprisa y otras se detienen para que yo descanse. Cuatro paredes, una puerta y dos ventanas que quedarán aquí cuando me vaya. Eterna pregunta que siempre me asalta. ¿Que habrá aquí cuando yo ya no esté y nadie lo mire? Estoy convencido de que no quedará absolutamente nada. Negrura y vacío. Sólo los ojos dan vida.

Recuerdo buenos y malos momentos. Días de frío y lluvia y días en que el sol entraba por la ventana. Recuerdo palabras amables y también discusiones. Recuerdo entusiasmos y aburrimiento. Ganas de llegar y deseos de irme. Recuerdo el otoño lejano, el invierno que siempre parece eterno y la primavera con su halo de cierta alegría. Recuerdo algún grito pero también resuenan las sonrisas.

Acaba mi tiempo en silencio, lucha ya por completarse el círculo del rito. Suena ya en mi cabeza la banda sonora de mi último día de junio. Imposible explicar por qué es esta y no otra. No hay ciencia ni psiquiatra que pueda dar respuesta. Lo cierto es que todos los años en momentos como este surge del silencio su voz rota que me canta y me acompaña mientras me levanto, apago la luz, cierro puertas y ventanas y piso la calle nuevamente. El siempre me hace, eso es lo mejor de todo, mirar hacia delante. La llave cerró el pasado y su voz me dice como siempre que los tiempos están cambiando.

Dejo el gris y ya pienso en amarillo.

 

Tarde de verano

Página en blanco, bolígrafo y almendro. Libro cerrado, cámara de fotos y el zumbido de las moscas. Brisa de la tarde que comienza, hojas que se mueven, canto de pájaros invisibles.

Almendras y hierba seca. Hormigas que recorren incansables su destino. Maíz, trigo, cebada y un ladrido en la distancia.

Casa blanca, flores rojas, blancas y violetas. Tejas calientes al sol de la tarde. Sombra que cobija. Ventanas abiertas.

El sonido de una campana allá, a lo lejos. Cielo azul, caminos solitarios. Colinas verdes, colinas amarillas, colinas marrones.

Ayer tormenta, hoy silencio.

Vencejos que describen círculos imposibles.

Piedras, cristal, madera y hierro.

¿De qué material está hecho el tiempo?

Libros, pepino, pollo, cine, fotografías y más cerezas

El sol que entraba por la ventana me ha despertado. Continuar un rato con los ojos cerrados se me ha hecho necesario. Me cuesta, lo admito, digerir las primeras horas del día. Estoy seguro de que padezco de falta de algún producto químico en mi cerebro cuya función debería ser ponerme bastones por las mañanas. Después de mirar las vigas del techo durante un tiempo he puesto los pies en el suelo. Lo primero que hago por las mañanas es comerme un plátano. No sabría decir por qué pero así es. Hace ya tiempo escuché  decir a un centenario cubano, cuando era interrogado sobre las causas de su longevidad y buena salud, que la única cosa peculiar que hacía era comer un plátano todos los días. Yo, que tan dado soy a los estudios científicos, me acuerdo de él, todos los días.

Con el plátano en la mano y el abuelo cubano en la cabeza he salido al jardín. Breve paseo por mi Edén privado y tras inspeccionar cielo, árboles y tierra me he encaramado a una escalera y me he perdido entre las ramas de los cerezos. Ahito y con reservas para el resto del día he vuelto a la casa con el tesoro robado a los malvados pájaros. Después de una rápida ducha y de vestirme he meditado lentamente sobre el destino y uso de mi tiempo. Mientras llegaba la inspiración he leído un par de capítulos del libro de Aurelio Arteta Tantos tontos tópicos. Me he detenido con gusto en el que dedica a las lenguas. Más concretamente a las lenguas locales y los abusos que se cometen bajo la excusa de fomentar su defensa o recuperación. Nada que oponer a que toda lengua sea protegida. Los problemas empiezan cuando se inventan derechos colectivos que están por encima de los individuales. Por ahí no paso. Ese es el camino, como certeramente dice Arteta que nos lleva a la plaga de los nacionalismos etnicistas. La lengua como arma es peligrosa. La lengua como señal máxima de identidad me produce una terrible urticaria.

Un paseo para despejarme y olvidar los fantasmas nacionalistas todo el año soportados. La temperatura agradable y un tibio sol que calienta pero no quema. Los campos vacíos, ni un alma a la vista. Los agricultores de antaño no reconocerían estos paisajes. El riego automático, las máquinas se encargan de casi todo y los hombres montados en tractores, segadoras o cosechadoras se dejan ver sólo de vez en cuando.

Con el polvo del camino en los zapatos he vuelto a casa relajado, empapado de los colores de la tierra y con el sol sobre la cabeza. El almendro me esperaba con los brazos abiertos y sentado bajo su cobiljo no he hecho absolutamente nada. Tras tanto ajetreo me he dedicado a observar a las hormigas. Seguirles la pista es un deporte veraniego. Son las más veloces, las más fuertes pero siempre van una detrás de otra. Sé que llegará el invierno pero yo he preferido tomarme un café, sentado a la sombra del árbol y, casi como Kafka, me he sentido una vulgar cigarra.

Para comer pepino y pollo. Rápido y sencillo. Me he regalado, además, un buen vaso de vino.

Trás la comida el sofá, un libro y la siesta. Los libros de siesta son simples inductores de sueño. Lo que se lee se olvida o tal vez se sueña. Las buenas siestas son aquellas en la que no se duerme. Es un estado intermedio entre el sueño y la vigilia que no se alcanza a ninguna otra hora del día. Es un dormir siendo consciente de que duermes. Si el sueño es verdadero el despertar es terrible. No sabes dónde estás ni que hora es del día y pasas media tarde adaptándote de nuevo al mundo. La siesta verdadera es breve. La actividad corporal y cerebral se ralentiza y uno desde el fondo de ese dulce agujero negro lo percibe todo lentamente.

Tenía pendiente de ver El lector desde hace demasiado tiempo. Hoy ha sido el momento elegido. Ha sido una buena experiencia. La historia está perfectamente contada, los dilemas morales no tanto. No sé, yo no lo he visto claro. Puede que el director nos quiera dejar en la oscuridad o por lo menos en la penumbra. Tal vez es nuestra la labor de tomar las decisiones.

La luz del jardín por la tarde es completamente diferente. Es más dorada. Con la cámara en la mano he pasado un buen rato fotografiando hortensias, rosas y lagartijas.

Una suave brisa se ha levantado al atardecer y bajo los árboles la temperatura era ya fresca. Me he sentado al sol y me he enfrascado en la la lectura de Hannah Arendt y su estudio sobre la banalidad del mal. Eichmann juzgado en Jerusalén tras su secuestro en Argentina. Caso particular pero cuestiones atemporales sobre el mal, la responsabilidad y el silencio. Cuánta lucidez en sus palabras.

Con la puesta del sol he entrado en casa. Rápida, que no frugal, cena. Una vez todo en orden he corrido las cortinas del salón, he encendido la lámpara del rincón. He leído durante un rato el libro de Juan Antonio Rivera sobre cine y filosofía. Es curioso que una película, si sólo la ves, casi siempre se olvida, pero sí lees la historia, si te la narran, ésta se queda definitivamente alojada en el cerebro.

Antes de irme a la cama trato te transcribir mi día en palabras. Cerezas, libros, paseo, pepino, pollo y fotografías. No parece mucho. Yo me doy por satisfecho.

Hasta mañana.

Intendencia, organización y alguna que otra cereza

Veinticuatro horas después la situación ha cambiado radicalmente. Ayer en el despacho. Ahora me encuentro sentado frente a la chimenea apagada. Tan sólo es un recuerdo del lejano invierno. Esta mañana he dejado mi ciudad y mi casa y he venido a la otra. Dejé la costa y el mar por la tierra marrón, el cereal amarillo y las suaves colinas de color cambiante. He estado tantas veces aquí que no sé explicar muy bien lo que siento cuando vuelvo. Tiene lo bueno de lo cotidiano y de lo nuevo y sorprendente.  Abro la verja de entrada y veo el jardín agazapado bajo el sol de verano. Lo primero que hago es ir detrás de la casa, allí escondidos viven los cinco cerezos de mis desvelos. Este año han sido pródigos conmigo. Ha llovido más de la cuenta este invierno y eso hace que las cerezas cuelguen todavía orgullosas de las ramas. El primer sabor de este verano recién estrenado han sido estos frutos rojos y amarillos. Allí a la sombra de los cerezos he ido probando las cerezas más rojas de cada uno de ellos. Agradecido he recorrido después el resto del jardín. El tilo, el almendro, los ciruelos y el granado siguen siendo testigos de su tiempo y del mío. La hierba que piso está más verde esta vez. Ha bebido agua suficiente. Me asomo al paisaje y al horizonte. Tierras que se extienden hasta donde alcanza la mirada. La silueta de la ermita recortada al fondo. Caminos que incesantemente recorro y que no me canso nunca de mirar. Suspiro y media vuelta. Entro en la casa que está llena de penumbra. La respiro y la recorro. Todo está en su lugar y siento que yo también estoy en el mío.

Se acabó la poesía. Es hora de deshacer el equipaje, de abrir armarios, colgar la ropa y preparar la cama. Al final ordeno los libros que he traído conmigo. Sé que son demasiados pero nunca puedo evitarlo. Aquí están ahora, junto a mi, bajo la chimenea. Hannah Arendt, Murakami, Warburton y Shriver. John Rawls, Grossmann, Cavafis, Neruda y Pessoa. Kazuo Ishiguro, Waugh, Guerra, Dicker y Barbara Vine. De todo y para todos. Para leer bajo el almendro o en la alcoba, en el sofá después de comer o en el jardín al caer la tarde. Sé cuál será el primero porque ya lo estoy leyendo, luego vendrán otros que escogeré con mimo. Me rodearé de ellos y según el día y el momento uno se quedará en mis manos y los otros tendrán que seguir esperando.

Toca hacer la compra. Cargar el coche con bolsas. Frutas, verduras, carnes y pescados. Después del trasiego de la ciudad y del supermercado es aliviante llegar de nuevo a la casa enclavada en medio del silencio y de la nada. Otra vez colocar todo en su sitio. Llenar armarios y estanterías con leche, aceite, mermelada y galletas. El frigorífico hasta hace unas horas vacío está replero ahora de sabores y colores.

Por hoy es suficiente. Me preparo una taza de cacao caliente. Me siento en mi sillón preferido y observo. La luz de la lámpara, la chimenea apagada, la enorme mesa de madera. El sofá de las siestas, la vieja televisión donde veré todas las películas pendientes, las cortinas rojas. Me siento y observo. También escucho  el silencio.

Ya es madrugada. Estoy cansado. Ha sido una larga jornada. Intendencia, organización y alguna que otra cereza.  Ha merecido la pena. Ya estoy instalado. Sé que en unos días este será mi mundo. Digo mío porque la certeza que me anima es que este mundo ha sido al menos escogido.

Digo adiós a todos los libros menos a uno . Me voy con él a la cama.

Llegará la luz mañana para despertarme y con ella un nuevo día.

Fin de junio, ritos y Mr.Zimmerman

Nunca creíste ser un tipo ritual y ahora resulta que cada vez lo eres más. Todo se te repite. Te veo otra vez en este final de junio y te veo haciendo y pensando las mismas cosas. Has trabajado duro este año y mucho más este mes. Te miro y me parece estar viendote hace un año y hace dos y hace… Todo está igual excepto por alguna cana más y porque te has dado el lujo de disponer de otro modo tu despacho. Ahora tienes más luz y tu mesa blanca es mucho más grande. Se te ve tranquilo ahora. Estás cansado pero, como se suele decir, con la satisfacción del deber cumplido. El deber objetivo de cumplir con todas tus obligaciones y el subjetivo de  ganarle la carrera a junio. No se te ha visto el pelo este mes. Todo por largarte unos días antes y no permitir que julio te vea sentado a esta mesa. Sueñas ya con el descanso y con el retiro. Con paseos interminables y con las mismas fotografías de todos los años. ¿No te aburres? Llegará el fin de agosto y volveremos a ver los mismos campos, los mismos colores y las mismas luces. ¿Ves cómo te repites? Volverás a quitarte los calcetines hasta primeros de septiembre. Para entonces ya nadie te aguantará. Pensarás que la vida no tiene sentido  y querrás como siempre retirarte a tu rincon predilecto. Eres bastante predecible y ya no engañas a nadie. Voy a hacer un punto y aparte.

Te gusta mirar tu despacho casi vacío. Acabas de tirar al contenedor decenas de kilos de papel. Has guardado libros y carpetas y ahora te dedicas a contemplar el silencio. Te has levantado de tu silla y has ido hasta la sala de profesores. Ellos se han ido hace ya horas y sus mesas estás también vacías, los ordenadores apagados y en la penumbra parece imposible pensar que esta mañana esto era todo movimiento. Últimos papeles por firmar, última reunión apresurada, último café en el que habéis hablado de los planes para el verano.  Todos varían de año a año menos tú que insistes en hacer siempre lo mismo. Creo que piensan que estás un poco loco. No pueden entender cómo te gusta pasar el verano entre el azul y el amarillo. Perdido de todos y de todo. En un momento en que te has levantado han comentado resignados que lo tuyo no tiene remedio.

¿Por qué será que siempre que deseas que llegue algo, que pase algo siempre lo imaginas con antelación mejor de lo que luego resulta ser? Aquí estas, aporreando las teclas, en el momento que añorabas desde hace tiempo y no puedo ver una sonrisa en tu cara. Aquí estás mirando a tu alrededor las paredes, los muebles y las carpetas rojas y negras llenas de papeles y no veo nada en tu mirada. ¿También es esto parte del rito?

Fisgo en tu molesquine y veo que te llevas trabajo. Tareas pendientes. Veo marcados días de julio con cosas que hacer. Ya no estarás aquí sino sentado en la enorme mesa de comedor junto a la ventana. Por ella mirarás el horizonte y soñarás en poder trabajar así: a distancia. Tú siempre fuiste defensor del teletrabajo. Ése donde no hay horarios ni lugar de trabajo. Ése que te permite creer que tú diriges tus días y tus horas. Sueña angelito, sueña.

Es casi la hora de irte. Apenas te quedan unas cosas por terminar. Debes llenar tu pendrive de información que te permita ser independiente allá en la distancia. Copias datos, documentos, direcciones de correo, marcadores y mientras lo haces piensas en el camino a casa. Camino que todos los años, quién sabe por qué, tiene la misma banda sonora. Bob Dylan te cantará al oído una vez más que los tiempos están cambiando. ¿Qué tendrá que ver esta canción con junio, con el fin del trabajo y con tus campos dorados? Te lo dije al principio. No es más que un rito. Y tú caminarás  absorto mientras escuchas la canción. Y soñarás.

Levántate ya. Apaga el ordenador primero y luego las luces. Cierra la puerta y no mires atrás. Te espera un día nublado, las calles llenas de gente. No deseperes. Mañana saldrá el sol. En cuanto pises el cemento irás lentamente olvidando los recuerdos de los meses pasados. Es junio, es viernes, el verano comienza y cuando el viejo Bob te anuncie que the times they are a-changin’ tú sentirás que algo te empuja a seguir caminando.

¿Sonreirás? Sabes que sí. No importa que lo niegues.

Las horas y los días

Hoy hay luna llena. Unas entrometidas nubes se empeñan en ocultármela de vez en cuando. Paseo un rato por el jardín nocturno y siento la brisa refrescante tras un día de calor. En un rincón hay un banco blanco. Me siento. Pienso en lo maravilloso que es vivir de espaldas al tiempo. En este mundo privado olvida  uno fácilmente el día que es. Mejor que eso, no es necesario saberlo. Los días se suceden y se van pareciendo unos a otros hasta el punto de confundirlos, de mezclarlos.

Me han regalado pepinos, tomates y calabacines. He leído un buen rato tumbado en una hamaca. He escuchado la conversación de unos labradores tras la siega. Yo apuraba una refrescante cerveza y dejaba llenar mi silencio con sus palabras. Uno contaba cómo su madre, cuando el era pequeño, le preparaba todos los días un vaso de leche con limón, azúcar y canela. Otro recordaba el requesón  y la nata de su infancia. Estaban sentados bajo un frondoso árbol en la terraza de un bar. Parecía gente satisfecha. El trabajo del día terminado. El reposo y la tertulia entre amigos.

Veo crecer el maíz día a día. Dicen que los jabalíes descienden de la montaña por las noches y se internan en los maizales en busca de comida. Yo nunca los he visto. Mientras paseaba pensaba en la aventura nocturna de estos escurridizos animales. Me he detenido a contemplar los girasoles. De lejos son  bonitos, de cerca no tanto. El trigo ya esta segado. Dos mariposas me han seguido un buen trecho del camino. Si me detengo se detienen. Cuando reanudo el camino me adelantan como para mostrármelo. Me he parado a descansar en el atrio de una iglesia vacía. Sombra y piedra desde donde la luz del sol se hace más evidente.

Después de comer lectura y siesta. He pasado de Pahor a Javier Marías. En las siestas los sueños se sienten más reales. Tal vez sea porque no estamos dormidos del todo o porque el tiempo de sueño es más breve y al despertar lo soñado parece más cercano. Sólo echo siestas en verano.  Me sientan bien. En invierno me descolocan y si alguna vez caigo en la tentación suelo despertar de un humor de perros. Casi nunca merece la pena.

Llevo unos días enlazando películas que me han gustado. Un largo domingo de noviazgo, The Town, This is England y Chocolat. En verano suelo anotar en un cuaderno las películas que veo. Cuando acaba me gusta recordarlas. Releo los títulos y la fechas en que las vi. Rememoro las historias y la sensación que me produjeron. Antes también hacia esto con los libros. Ahora ya no. Lo que si conservo es la costumbre de anotar la fecha del día en que acabé el libro y el lugar donde lo leí. De vez en cuando paso buenos ratos abriendo libros por la última página y viendo fechas escritas a lápiz. No sé por qué las escribo con lápiz. Eso hará que el tiempo se encargue de borrarlas. Lo sé pero no hago nada por impedirlo.

He sacado durante estos días en torno a ciento cincuenta fotografías. De ellas han pasado el primer corte unas ochenta. Otras muchas caerán en la segunda selección. La fotografía siempre sigue el mismo ritual. Cada día salgo al campo con la cámara y fotografío  piedras, caminos, flores, paisajes, puertas, nubes y luces. Por la noche las cargo en el ordenador y trato de ser inclemente. Muchas de ellas  las borro, otras pasan a la carpeta correspondiente y algunas las trabajo: las recorto, cambio los colores, las amplío o las transformo hasta llegar a ser irreconocibles. Cada una tiene su valor. Algunas son simples recuerdos, otras pasan a la categoría de luces atrapadas y las menos pasan por mis manos y juego con ellas hasta hacerlas otras.

En un pueblo vecino hay mercadillo los sábados por la mañana. Me gusta recorrerlo y observar los puestos de frutas, de artesanía, de dulces , de zapatos o de utensilios para la cocina. No suelo comprar casi nada pero me detengo en todos ellos, miro y escucho. Recorro luego las calles del pueblo y entro en algún bar de su calle mayor. Sentado en la terraza con un vino o una cerveza el tiempo transcurre contemplando a la gente pasar. Cada uno de ellos es una historia por contar. Todos tienen una vida absolutamente diferente de la mía. Sólo el azar les ha puesto en mi camino. Yo, sentado y en silencio, imagino cómo será cada una de sus vidas. Es un buen ejercicio y  me gusta practicarlo.

Comida en el comedor o en el jardín, depende de lo que apriete el calor, y cena en la pequeña mesa de la cocina. Lo mejor el pan de pueblo. Me sabe diferente. Me gusta el trigo por el color y también por su sabor. Me llena la vista  y el estómago. El vino comprado en una casa cercana es recio, casi morado de color. Puedo ver las viñas  donde nació, allá lejos, desde la ventana.

La casa y el jardín. El jardín y la casa. Territorio al que siempre quiero volver. Camas anchas, muebles de madera, chimenea para el invierno, libros sobre la mesa, penumbra en las horas de sol. Árboles bajo los que sentarse, césped sin cuidar, geranios, rosales y hormigas. Filadelfia, la gata que se ha instalado en él, me mira entrar y salir con sus ojos de un imposible amarillo.

La luna llena  tras el cristal. La mesa grande del comedor, un cuaderno abierto, dos carpetas azules  y un libro marcado en la página trescientas cincuenta y ocho reposan a mi lado.

¿Qué día es hoy? No lo sé ni me importa. La pantalla del ordenador se empeña en recordármelo. Acaba de empezar el sábado dieciséis de julio de dos mil once. Mañana  será jardín, desayuno, Filadelfia, mercadillo, vino, pan,  Marías, siesta, paseo, girasoles lejanos, trigo segado, cocina y mesa de comedor. Mañana será muchas cosas y para mi suerte yo ya habré olvidado que existe el calendario.