Dicen que existen más de sesenta millones de blogs en el mundo. Esto quiere decir que más o menos uno de cada diez habitantes del planeta ha hecho lo que yo: sentirse original y exponer en público lo que piensa. ¿Adónde nos llevará esto? Nadie lo sabe todavía. Lo que sí podemos asegurar es que es la primera vez en la historia en que tantas personas escriben, leen, comentan y discuten lo que saben y les importa. Hasta ahora la voz cantante, la opinión, estaba en manos de unos pocos, y ellos determinaban lo que era bueno y era malo, lo que nos convenía, lo que teníamos que leer, ver, escuchar, votar y comer.
La segunda consecuencia de esta incipiente revolución sin fronteras es que, mágicamente, millones de personas colaboran unas con otras y, dichosos sean los ojos; lo hacen desinteresadamente. Cuando uno consulta una enciclopedia, mira la Wikipedia; cuando vamos al cine o queremos comprar un disco o un libro, leemos la opinión y aceptamos las sugerencias de personas que se han molestado en escribirlas para nosotros. Si vamos de viaje a Laponia, seguro que encontramos un blog de un lapón que nos explica todo lo que sabe sobre su tierra. La receta de mi abuela ya no solo la sabe mi madre; está disponible para que alguien la deguste en Cincinnati. Y si yo puedo escribir esto, es porque gente de Honduras, Canadá y Ciudad del Cabo me ha enseñado a no perderme en esta selva de bits, gigas, kernels y links que, hasta hace poco, eran para mí un secreto de iniciados.
¿Quién sabe más de cine, un especialista o miles de espectadores? ¿Quién más de cocina, un chef o dos mil quinientos comensales? ¿Y de Brasil, los brasileños o tu agencia de viajes?
Escribamos, leamos, opinemos, discrepemos, comentemos, colaboremos, enseñemos, ayudemos, discutamos, pensemos y hablemos una sola lengua.
¡Viva la revolución!
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