Quietud y movimiento

El asiento es doble. No hay nadie sentado a mi lado. Es media tarde. El sol brilla aún sobre el asfalto. Sobre mi cabeza el azul. El autobús recorre la autopista. Yo miro por la ventana. Siempre me ha gustado hacerlo. Yo me detengo y el mundo se mueve. Un viaje siempre comienza con quietud y silencio. Más tarde llegará el movimiento.

Al cabo de un tiempo cierro los ojos. Pienso.

No creo en más sangre que en la roja. En más palabras que las dichas. El único mar es el de la ausencia. La única luz la que nos mira. El pensamiento lo es cuando se mueve. La voz es voz cuando se escucha.

¿Qué es azul, el cielo o la palabra? ¿Qué es mentira?

Tengo siempre que correr para alejarme. Levantado en mitad del  camino hay un enorme interrogante. La huida nunca es decisión. Tan sólo vuelta desde la lejanía, búsqueda de lo conocido, refugio. La huida no es lo mismo que la fuga. Ser lo que será. Sin arriesgarme. Huir.

Nos fugamos de lo que no nos gusta. Huimos de lo que nos asusta.

Tengo que correr y cuando ya estoy lejos, muy lejos, doy media vuelta y no veo nada.

Huyo del sueño y despierto. Frente a mi el cristal de la ventana. Anochece. Los campos se funden en negro.  A pesar de todo continúo mirando y veo el asfalto huir bajo las ruedas. A toda prisa.

¿De qué?

Aún me lo pregunto.

La huida busca quietud. La fuga, movimiento.

Yo viajo. Estoy quieto dentro del movimiento.

4 comentarios en “Quietud y movimiento

  1. Excelente relato alegórico al viaje por dolor de las pérdidas y al temor que nos dejan al encuentro. El movimiento externo siempre calma la angustia cuando aún no se puede emprender un viaje interno. Bien vale la vida superar esa pena…

  2. Gracias Mariana. El viaje tiene la virtud de detener nuestro tiempo. Podemos observar desde ese no-tiempo el movimiento. Es un paréntesis, lo sé. Una tentación demasiado atractiva como para no caer en ella.

  3. Vecino, este es un post fantástico. En todo el sentido y en todos los sentidos de la palabra.

    Me gusta —primero, imposible evitarlo— por su forma. Y luego, por su trascendencia, muy bien oculta tras la trivialidad de un viaje en autobús. En realidad, cualquier cosa en la vida (y en la muerte, y en los caminos hacia una u otra) se puede reducir al juego y las relaciones entre quietud y movimiento. No hay nada, absolutamente nada más.

    Me gusta, también la diferenciación entre fuga y huída. Nunca lo había pensado, pero tienes toda la razón.

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