





Desde niño quise vivir en un comic. Miento. Yo entonces lo llamaba tebeo. Recuerdo los edificios, los coches y las motos de Mortadelo y Filemón. En mi imaginación aquellos personajes habitaban lugares donde nunca pasaba nada malo realmente. Sus casas eran lugares amables y llenos de color. Me gustaba pasear por sus calles, cruzarme con Rompetechos y detenerme en la Rue del Percebe. Vivir allí era vivir con una sonrisa. Los malos no daban miedo y los golpes se curaban en la viñeta siguiente. Yo no fui un gran lector de tebeos. Lo que se me ha quedado grabado es la atmósfera, la vida alegre y pintada en colores imposibles. Hoy ya no tengo los ojos de aquel niño. La cámara no puede llevarme de paseo con Ofelia. A pesar de todo he tratado de transformar la realidad. Los años se notan. La mirada cambia. El tebeo desparece y el comic, a veces sombrío, asoma sin ser llamado.
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