Elogio de la curiosidad

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La curiosidad mató al gato. Si no lo hubiera hecho ya no sería un gato. El gato es gato porque es curioso.

El ser humano, al igual que su felino amigo, ha llegado a ser lo que es gracias a su proverbial curiosidad. Concepto este complicado. Denostado y defendido a partes iguales. El ser humano es muchas cosas. Unas buenas y otras no tanto. Se le define como animal social pero sobre todo es un ser terriblemente curioso.

La curiosidad es un impulso que nos empuja, que nos saca fuera de nosotros mismos, que nos hace asomarnos al borde del acantilado. La curiosidad como enemiga de la prudencia pone en riesgo, tal vez, la supervivencia de la especie. De ahí su mala fama y sus detractores. La curiosidad, sin embargo, es el motor de la creación y del conocimiento.

Cuando damos un paso en el vacío, cuando abrimos una puerta cerrada avanzamos o caemos, descubrimos algo nuevo o nos perdemos, pero no nos quedamos donde estábamos.

Abandonamos la selva, bajamos del árbol, perdimos la cola, nos erguimos, extendimos la mano gracias a la curiosidad. De habernos quedado en la caverna, calientes y agazapados, seguiríamos temiendo a la oscuridad y a las tormentas. No habría respuestas ni tan siquiera nuevas preguntas.

La curiosidad no está hecha para saciar nuestro apetito sino para indagar nuevos caminos, para caminar de la mano de la duda. La duda si hay curiosidad deja de ser cortapisa y se convierte en impulso.

La curiosidad como solución a la duda primigenia: nos movemos o nos movemos. Duro caparazón o frágil piel. Seguridad o riesgo. El mundo, la historia lo demuestra, más que de los valientes, es de los curiosos.

La filosofía es curiosa, la ciencia es práctica. La primera se pregunta fundamentalmente por el porqué de las cosas. La segunda, apegada a lo práctico, se conforma con el cómo. Las dos son necesarias, se apoyan una en la otra, pero lo que despierta nuestra curiosidad insaciable es el porqué. Luego vendrán el cómo, el cuándo y el dónde.

El porqué requiere una respuesta que no deje lugar a la duda. La curiosidad no se contenta con una parte, lo quiere todo. Se puede saber cómo funciona algo aun sin entender cómo lo hace. Nuestra vida cotidiana esta plagada de ejemplos que lo demuestran. Por eso, a pesar de los avances somos cada vez más desvalidos. Podemos describir los hechos pero en el fondo, nada sabemos si no encontramos respuesta al porqué.

Los niños en su sabiduría escasa pero no domesticada se interesan más por el porqué. Así empiezan siempre sus primeras preguntas. El cómo vendrá más adelante.

La ignorancia es atrevida, a veces demasiado, pero en su atrevimiento busca la respuesta completa y no sólo la parte.

Los maestros, si alguna misión tienen, no es, por supuesto, la de adoctrinar. Su misión, en todo caso, es la de crear seres curiosos. A partir de ahí, todo es cosa nuestra y nosotros decidimos si vivimos la vida como caracoles o como gatos curiosos.

La curiosidad mató al gato.

¡Viva el gato!

2 comentarios en “Elogio de la curiosidad

  1. El gato no ha muerto, nunca lo hace. Su deseo celebra sus vidas y le da – a diferencia de nosotros, simples mortales – la interminable experiencia de agazaparse… curioso. No creo que pueda admirar más a otro animal, salvo claro está, por aquellos que logran fascinarme con el poder de sus palabras.

  2. La palabra es, en efecto, el símbolo que nos diferencia. Hablamos porque somos curiosos. El gato no recibió el don de la palabra pero a cambio es el único ser con siete vidas por delante.

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