Hijos del miedo (recordando a Hobbes)

El miedo fue el principio, el miedo es lo que nos une, el miedo está en el origen de la sociedad.Es así de sencillo.Al final todo es una cuestión de pragmatismo.

El ser humano no puede sobrevivir solo, necesita de los demás.Podemos pasarnos una eternidad intentando demostrar que  algo noble en nuestro interior  nos impulsó a compartir pero no es cierto.No lo es, al menos en el origen.

Los animales no tienen amigos. Cada uno defiende su territorio y ve al otro como un posible rival.Para seguir viviendo tiene que dormir con un ojo abierto.Nuestra especie dio un paso adelante y no pudiendo soportar la incertidumbre constante se unió al enemigo.Yo te tengo miedo a ti, tú me tienes miedo a mí.Mantener esta situación supondría seguir las leyes de la naturaleza donde el fuerte acaba con el débil.Esto sería lo natural y lo natural no entiende de ética ni de buenas o malas intenciones.Nadie está seguro de ser el más fuerte o, dicho de otro modo, no hay rival pequeño.Lo que impulsa a dos rivales a trabajar en común es el temor que se provocan mutuamente.
El proceso civilizador es el que partiendo del miedo nos lleva a una convivencia en la que aspiramos a ser todos iguales, al menos sobre el papel.Los derechos humanos intentan modificar y contradecir los dictados de la naturaleza.Todos somos iguales en derechos y deberes. Se lucha para que no haya dominados y dominadores,amos y esclavos, fuertes y débiles.
El consenso y la convención no nacieron naturalmente,fueron resultado de la necesidad humana de vivir en grupo, de reconocerse en el otro.Son puro artificio y ahí reside su valor.El arte no imita a la naturaleza.La tranquilidad es producto de la seguridad.La seguridad sólo la proporciona el saberse igual al otro.No sentirse amenazado constantemente es la condición necesaria para que podamos cerrar los ojos y soñar, para que seamos capaces de desprendernos del miedo y dedicarnos a la creación.
La lucha constante por la igualdad tiene como resultado la autoimposición de leyes que coartan nuestro libre albedrío.Las leyes nos constriñen.
Si aceptamos que un mundo sin normas no es más que una quimera o el sueño inalcanzable de unos locos, hemos de admitir que la libertad individual tiene siempre límites.
Lo mismo puede decirse de los dioses.Existen para vigilarnos y para recordarnos que somos obra suya.Ante dios pretendemos ser todos iguales.Es el juez supremo que castigará al fuerte por abusar de su poder.Las leyes de dios son para todos, nadie se libra de su cumplimiento.Los dioses, también, surgen del miedo.
El terror a lo desconocido nos ha hecho crear dioses a nuestra imagen y semejanza.
La evidencia de que el consenso es la única vía que puede garantizar la paz nos ha hecho inculcar este hecho de generación en generación.La educación trata de quitarnos el miedo y nos quiere hacer entender que la dignidad humana está por encima de cualquier limitación.La sociedad igualitaria llegará a serlo porque un día tuvimos miedo.Preferimos un mundo que suma voluntades a costa de ceder libertad .En el terreno político esto tiene un peligro:la dictadura. Da igual que el dictador sea uno que impone lo que considera  conveniente para todos y reprime cualquier desviación  o que quien tome las decisiones sea un grupo de elegidos, una asamblea imaginaria del pueblo que dice actuar en su nombre pero que prohíbe la disidencia.
El mundo actual sigue funcionando del mismo modo.Los países se temen, se miran con recelo y tratan de mostrar su poder al resto.Aunque sepamos que somos más fuertes que nuestros vecinos, tememos el daño que nos puedan ocasionar.Es más práctico aliarnos que separarnos,sumar que restar.
Lo sorprendente de este proceso es que hayamos sido capaces, a veces, de olvidar el miedo primigenio y convencernos de que la armonía es algo natural.Una cosa es decir que el miedo nos ha enseñado a mejorar y otra, muy distinta, es caer en el error de pensar que naturalmente nacemos iguales y libres.
Lo sorprendente, también, es que se llama optimista al que cree en la bondad innata del ser humano.Si esto fuera así, los optimistas tendrían que ser muy pesimistas al comprobar el fracaso de ese ser bueno.La realidad es la contraria. Si algo puede hacernos albergar alguna esperanza es precisamente lo contrario.Siendo hijos del miedo hemos sido capaces de sobrevivir y de lograr ciertas cotas de progreso en un mundo que, a pesar de todo, huele todavía a podrido.

Que del miedo surjan conceptos como paz, igualdad y libertad y que un cierto número de personas crean incluso en ellas nos da un cierto atisbo de esperanza.Bastante es que, al menos, estas palabras existan, se griten, se exijan y se escriban sobre papeles que duermen el sueño de los justos.
Dormir a pierna suelta y con los dos ojos cerrados es el privilegio de algunos humanos.Puede que sean unos inconscientes pero se han atrevido a hacerlo.La mayoría sigue sufriendo terror nocturno.

Instinto de supervivencia

Nos gusta pensar,cuando oimos una historia terrible, que la única explicación posible es la locura. Si alguien comete un acto horrible, nos quedamos más tranquilos si nos convencemos de que el autor estaba loco. Después de sesenta años todavía no nos explicamos cómo pudo suceder el horror nazi. Nadie puede entender lo acontecido salvo si nos imaginamos una especie de demencia colectiva. Un grupo de líderes enajenados hipnotizó a todo un pueblo y les hizo asistir o participar de una de las danzas más macabras de la historia de la humanidad. ¿Es esto de verdad creible? ¿Fue todo aquello obra de locos? Responder afirmativamente nos permite distanciarnos de los autores de tamaña barbaridad al considerarlos diferentes a nosotros. Decir no a esas cuestiones nos hace sentir un escalofrío al darnos cuenta, al aceptar que entre los más abyectos nazis y nosotros no hay diferencia alguna que explique por qué hicieron lo que hicieron. Hoy mismo están sucediendo en el mundo miles de hechos parecidos a los narrados anteriormente. Lo sabemos y no hacemos nada o casi nada que no es lo mismo pero es igual. Somos testigos a diario de situaciones que demuestran a las claras el grado de degenaración al que el ser humano es capaz de llegar. ¿Cuál es nuestra respuesta? Siempre la misma . Mirar para otro lado. ¿Cómo es posible que convivamos sin mayor problema con injusticias tan flagrantes, con comportamientos tan aberrantes y no hagamos nada? En algunas ocasiones la distancia hace que no asimilemos como nuestras las tragedias que tristemente acompañan desde la radio o la televisión nuestras comidas o cenas. En otras, pensamos que eso nunca nos podría suceder a nosotros. Nosotros somos más civilizados y aquí los problemas se resuelven hablando. Los hutus y los tutsis no consiguen hacernos vomitar la ensalada. Ruanda está muy lejos y esa pobre gente no ha alcanzado nuestro grado de desarrollo. El instinto de supervivencia no tiene reparos en hacer lo que sea necesario para conseguir su objetivo. Este principio hoy va mucho más lejos, ya no se trata sólo de sobrevivir. Somos capaces de hacer o no hacer cualquier cosa con tal de mantener nuestro estatus. El primer paso es adormecer nuestras conciencias, el segundo es pensar que no está en nuestras manos la solución de los conflictos, el tercero es desestimar, tener en poco o lo que es lo mismo despreciar a la parte de la humanidad que no ha alcanzado nuestro grado de desarrollo.El cuarto, por último, cuando no nos sirve ninguno de los otros tres, es pensar que el autor o autores de actos que se escapan a nuestra comprensión están sencillamente locos.

Las conciencias no se adormecen solas. De la misma manera que arrullamos a un bebé para que se duerma, acunamos a nuestra conciencia para que en las brumas del sueño perciba como lejanos e inasibles acontecimientos que de otra forma no nos permitirían vivir tranquilos. Depositar la solución de los problemas del mundo en manos de dirigentes e instituciones a los que luego criticamos con vehemencia por inoperantes no es más que una excusa  para eximirnos de responsabilidades.¿Si ellos no pueden cómo voy a poder yo? Pensar que media humanidad padece lo que padece por no haber sido capaz de alcanzar el nivel de vida y desarrollo que la otra mitad disfruta, creer incluso que ellos mismos se lo han buscado por no haber seguido nuestro ejemplo no es más que una muestra de la desfachatez  que nos permite mirar por encima del hombro a las víctimas de nuestros propios pecados. Considerar, en fin, obra de locos todo aquello  que no entendemos y que nos dejaría en evidencia en caso de hacerlo, no es más que comernos un caramelo que sabe muy bien aunque sepamos que está envenenado.

Los seres humanos han demostrado ser capaces de las mejores obras. Aceptemos también que somos también artífices de las peores y no nos refugiemos en ambiguedades sin sentido para poder seguir siquiera sobrviviendo. Esto es una falacia. Los nazis, los hutus, los tutsis, la inquisidores, los dictadores, los mercenarios, los asesinos, son personas como nosotros. Aceptemos que podemos ser malos para poder dejar de serlo.

Para D. y M.

El lado oscuro

La perfección, o al menos algo que se acerque a ella, suele provocar cierto rechazo.Blancanieves es perfecta y no me extrañaría descubrir que al final, todos en lo más íntimo encontramos más atractiva a la reina-bruja.El tipo duro de las películas de cine negro no suele representar lo que  normalmente valoramos como bueno.Son personas egoístas,individualistas y con muy pocos escrúpulos.Frente a ellos se nos presentan idealistas y honestos padres de familia que trabajan y viven integrados en la sociedad que les da cobijo y además, son ciudadanos de primera que pagan sus impuestos.A pesar de todo esto, cuando estamos en el cine o cuando en la soledad de la noche vemos o leemos la película o el libro donde viven, nuestro corazón se decanta por esos desalmados y encontramos un poco cursis,repelentes y pedantes a sus oponentes cuasiperfectos.

Rick Blaine se debate en Casablanca entre el amor y lo éticamente correcto.Ilsa Lund es la pasión y su marido Victor Laszlo es la virtud.En la película acaba triunfando la virtud y Rick es un héroe gracias a su sacrificio.Todos nos sentimos un poco desiolusionados cuando en la última escena Ilsa no desciende del avión.Rick es el héroe,Victor nos aburre un poco.Creo que toda persona en su sano juicio prefiere a Ava Gardner a Doris Day o se siente más atraido por Barbara Stanwyck en Perdición que por Julie Andrews en Sonrisas y Lágrimas por mucho que una sea el diablo con faldas y la otra un ángel encarnado.

Sí, ya sé, son películas o literatura y ahí nos podemos permitir esos lujos.A un tipo duro y sin escrúpulos siempre le podemos imaginar un pasado difícil y turbulento que justifique su actual nihilismo.A la mujer que comparte su vida con gangsters desalmados a cambio de unos cuantos dólares también la justificamos pensando que en el fondo es buena, su problema es que está sola y no tiene a nadie.De acuerdo,¿y?,de la que nos enamoramos es de esa y no de Doris,aunque nos espere en casa con la cena preparada y las zapatillas junto a la chimenea.

Los evangelios apócrifos nos desvelan un niño Jesús capaz de caprichos y venganzas que utiliza sus poderes en su propio beneficio.Primero el escándalo, así nos han educado, luego sin quererlo percibimos una persona más próxima, más real,más de carne y hueso.La perfección no la entendemos.Nos  aburre.¿Será la envidia?,¿será que lo vemos como algo inalcanzable y nuestra incapacidad nos hace rechazarla para vivir más tranquilos?Lo cierto es que el ser humano necesita la contradicción, lo opuesto, la cara y la cruz. El lado oscuro no pocas veces nos resulta más atractivo e interesante.

La bondad, la belleza y la armonía son aspiraciones que nuestro pensamiento pone como objetivos.Nuestro corazon, aun compartiendo tales premisas,nos suele llevar por derroteros más complejos,donde la lógica no siempre vence y donde el bueno es bueno pero  tonto y el malo,malo pero irresistible.

Nuestra vida, como la de Rick, es una constante lucha entre la virtud y la tentación.La tarea del héroe sería seguir el camino de la virtud,pero como ya dijo nuestro querido Oscar Wilde, la mejor manera de vencer una tentación es caer en ella.