El renacido: aparición y fantasma

La flecha le atraviesa el corazón, la sangre fluye viscosa y caliente. Asistimos estupefactos a lo que parece una colección de hermosas fotografías. La imponente naturaleza por encima del diminuto ser humano que se pierde en ella. Pues no. Precisamente ese ser pequeño y oscuro, apenas un punto en medio de la inmensidad, es el terrible protagonista de esta terrible historia. No es la epopeya personal de un hombre que resiste los embates del frío, el hambre, el agua y el hielo. No, lo que hiela la sangre no son los sobrecogedores paisajes, no es la blancura inmaculada, fría y enorme que nos envuelve, lo que de verdad nos atraviesa como aquella flecha es contemplar cómo es el mundo cuando lo único que importa es sobrevivir, comprobar cómo se pudre el alma del homo sapiens, constatar la animalidad que todavía escondemos a pocos milímetros de la superficie en cuanto escarbamos bajo la piel de la civilización hace tan poco lograda, cuando contemplamos que sólo el odio y la sed de venganza son los motores que empujan a la vida, a la resistencia, a la supervivencia. Ser testigos de todo eso es lo que nos sacude por dentro.

Ayer, antes de salir de mi casa, apagué sus cálidas luces y programé la calefacción para que estuviera caliente a mi vuelta. Paseé luego por las calles de la ciudad civilizada, me detuve ante un semáforo en rojo y observé a otros ciudadanos que bien vestidos y peinados se dirigían pacíficamente a sus asuntos.

Abandoné la ciudad tranquilizadora y me introduje en una sala oscura donde sin opción a mentalizarme me vi en segundos perdido entre inmensas montañas heladas, sentí que el frío que desprendían las imágenes helaban poco a poco mi corazón. La majestuosidad del escenario, la naturaleza desprendida de adjetivos se adueñaba de mis ojos y de mi consciencia. No podemos culparla a ella, la naturaleza no es ni mala ni buena, áspera o suave, dura, terrible o miserable. La naturaleza es la casa en la que ellos viven y donde se muestran como lo que son: seres fríos, distantes, violentos; movidos sólo por el egoísmo. Sobrevivir a toda costa, por encima de todo y de todos. Cuando la misión del hombre es sobrevivir, y así ha sido durante casi toda su historia, no existe la esperanza. No hay opción alguna al sentimiento.

El personaje principal de la historia conserva algo que parece hacerlo humano: la paternidad entendida más allá de la procreación, la paternidad como sentimiento que nos saca de nosotros mismos y nos lleva al otro. Por un momento atisbamos en su mirada algo humano. Otra mentira. Sólo es la venganza la que hace que sus piernas se muevan, que sus pulmones respiren y que su corazón siga latiendo.

Una vez saciada la sed de venganza, en broche terrible y de oro, el protagonista queda solo y desnudo de toda esperanza, de toda posibilidad de vida. Cuando la pantalla se funde en negro, seguimos oyendo su respiración entrecortada pero sabemos que no sobrevivirá, que sólo se le concederá el consuelo de la muerte.

Historia que se envuelve de imponentes imágenes. Bellas y terribles. Son sólo el envoltorio de algo más terrible: el espectáculo del hombre al que únicamente le queda la supervivencia. El espectáculo de la vida donde las montañas, los ríos, el agua, la nieve y los árboles son mas amables que los fantasmas que por allí transitan.

El hombre que reparaba aspiradoras y la mujer que vendía flores

Recomiendo con años de retraso pero recomiendo. Entre recomendar y no recomendar, entre hablar y callar, entre opinar y no opinar me quedo siempre con recomendar, hablar y opinar. Dudo incluso de si no he hablado de él, de ella, de la película y de su música anteriormente, pero ante la duda y la pereza de buscar en el pasado decido seguir adelante.

El asunto es que hace unos días volví a ver la película. La conclusión fue la misma. Esto es cine y este es el cine que despierta en mi ganas de hacer cosas, de contarlas y de vivirlas. La película es Once y fue dirigida por John Carney en 2006. Es una pequeña y maravillosa película que demuestra lo que se puede hacer con inteligencia y sensibilidad. La película está protagonizada por dos músicos que no son actores, o por dos actores ocasionales que son músicos. Esta es la otra baza de la película: su música. No sé que decir excepto que no tiene desperdicio. Ella es la checa y desconocida para mí antes de la película Markéta Irglová, él es, otro irlandés y van…, Glen Hansard cantante del grupo The Frames y cantante también en solitario.
Música y cine unidos de la mano, mezclados, fundidos. Canciones que nos cuentan una bella historia de amistad entre dos personas queribles y amables. La película tiene la enorme virtud de no dejarse llevar por lo fácil, por el camino trillado, por el aplauso entusiasta o la lágrima demasiado oportuna. La película es real siendo poética. Es poesía en la vida real.

La música que llena la película es verdad cantada. Es estómago. No es una banda sonora, es la protagonista. Es el nexo que une a un hombre que repara aspiradores y a una mujer que vende flores.
John Carney, su director y guionista, ha puesto las palabras y las imágenes. Cada una en su sitio. Esto no es poco. Yo le odio también un poco por robarme un idea que debería haber sido mía.
Como no soy rencoroso y sé perdonar he decidido compartir con el mundo la película que yo debí escribir y dirigir y las canciones que debí componer y por supuesto cantar.

Por último y no menos importante, me falta por añadir que tratándose de una película irlandesa, de un director irlandés y de un músico irlandés no podían dejar de incluir música entre la música de mi irlandés imborrable.

Se apagan las luces, se hace el silencio. Ojos y oídos atentos. Comienza Once, otra vez.

Benedicto, Kiarostami y Ryan Bingham

Aquí estoy. La noche se me abalanza y sin piedad me traga y absorbe. El único sonido que llega a mis oídos es el de la lavadora haciendo su trabajo. Es rítmico y no exento de encanto. Hay quien dice que el siglo veinte será recordado por ser el de la revolución tecnológica lo mismo que el dieciocho lo fue por la industrial. Cuando pensamos en tecnología nos vienen a la cabeza los japoneses y sus sofisticados inventos. Somos injustos. Soy capaz de imaginar un mundo sin iphone (perdón Steve God), pero no concibo un mundo desarrollado sin lavadoras. No sé quien la inventó pero merece todo nuestro respeto y más de un premio nobel.

Esta mañana he pasado un buen rato escuchando por la radio la llegada de Benedicto XVI a Santiago de Compostela. Hombres y mujeres hechos y derechos se han pasado la noche en vela para poder conquistar el espacio de una silla para asistir a la misa celebraba por el papa. Banderas amarillas y blancas por las calles, cánticos por todas las esquinas y emoción a raudales entre los emocionados peregrinos que llegaban hasta la esquina de España para asistir al show. Un policía cada diez metros. Niebla que ponía en duda el aterrizaje del pontífice. El Papa hace milagros, ha dicho un comentarista. Así ha debido de ser puesto que  Benedicto ha tomado tierra no sin antes haber disipado la niebla.

Una vez más me he sentido de otro planeta. Entiendo que la gente, algunos, hayan hecho su sueño realidad. Comprendo que otros  vean con buenos ojos el acontecimiento por la promoción de su tierra. Hay quien lo ha comparado con  una actuación de los Rolling Stones. Lo que no puedo llegar a entender es el tratamiento que dan los medios de comunicación a esta visita. En un momento en el que por todos es sabido que a casi todo el mundo le importa un rábano la religión, que las iglesias existen porque  se visitan como monumentos, que la edad media de los feligreses es superior a la del Papa (que no es ningún chaval) y que la doctrina de la iglesia católica ni es doctrina ni es iglesia ni es católica, se comportan como si el mismo dios hubiera bajado de una nube para darse un paseo entre nosotros. Son tan tontos que para ganar audiencia son capaces de hacer y decir las mayores sandeces imaginables: ¡Cómo quiere el Papa a España! ¡En cinco años de papado nos ha visitado ya dos veces! Es como un peregrino más. Su esfuerzo por venir es comparable al de los peregrinos que recorren andando todo el camino de Santiago. Se respira felicidad por las calles. No sigo. Me voy a tomar una manzanilla.

Después de la iluminación papal, he tratado de trabajar un rato. Ha sido un intento inútil. El gobierno que me paga después de hacer trescientas memorias para conseguir una subvención ha puesto a mi disposición una nueva aplicación informática para facilitarme la vida. Desde ella puedo enviar toda la información necesaria sin necesidad de malgastar tiempo y papeles que se acumulan encima de las mesas. Yo, contento, he tratado ingenuamente de aprovechar la ocasión y adelantar trabajo desde casa.Ha sido una experiencia penosa. Después de rellenar mil y un datos la aplicación lamentaba no poder guardar la información vertida. Me recomendaba ponerme en contacto con el administrador. Como es sábado debía de estar de fiesta. Al final estaba como al principio. Tan solo me quedaba recurrir a Benedicto pero ha sido imposible la comunicación.

Después de pulsar el botón de cancelar ya era hora de comer. Ensalada de primero y carne de segundo. Con el estómago lleno se ven las cosas algo mejor. La tarde me ha deparado una agradable sorpresa. He ido al cine para ver la última película del iraní Kiarostami. Copia certificada se llama. Cuando la he visto me ha gustado y a medida que pasa el tiempo me gusta más. ¿Qué es original  y qué es copia? ¿Puede una copia provocar las mismas o mejores emociones que el original? Desde este planteamiento  artístico Kiarostami nos traslada a una disección de la vida de una pareja después de quince años de matrimonio. La originalidad en el planteamiento es que la pareja que habla no es una pareja real. Se acaban de conocer pero interpretan el papel  de un matrimonio que lleva  esos quince años casado. Copia u original. En el fondo el mismo cine es copia de la realidad. ¿Cuál de los dos nos emociona más?

Un paseo tras  la película. La calle llena de gente. Kiarostami en la memoria.

He visto ya en el escaparate de una librería el sueño del celta de Varguitas. La tentación es fuerte pero como soy muy disciplinado primero tengo que acabar de leer lo que tengo entre manos. El celta será el siguiente.

Todos duermen en casa. La noche se convierte poco a poco en madrugada. Incluso la lavadora está descansando. Otro sábado más que termina  ante la pantalla del ordenador. Leo y escribo, escribo y leo.

El silencio lo llena ahora una hermosa canción de una hermosa película. La escucho una vez, la escucho dos veces y me quedo pensativo. La mañana, esta misma mañana me parece ahora muy lejana. El Papa estará ya durmiendo y soñando con los angelitos. Kiarostami no se si dormirá pero seguro que está copiando la realidad para emocionarnos. Yo pongo punto final y doy de nuevo al play para que Ryan cante otra vez.

Mañana será otro día.Domingo, pero otro día.

Woody

Hoy he cumplido con el rito anual de asistir al estreno de la última película de Allan Stewart Könisberg. Dicho así queda muy misterioso pero si digo que se trata de Woody Allen  entonces la cosa cambia. Normalmente este rito suele tener lugar en otoño. Este año se ha adelantado y  ha puesto algo de luz al ambiente nublado de fines de agosto.

Mr Allen ha dirigido cerca de cuarenta películas. Las he visto todas y todas las he visto más de una vez (y de dos). Es evidente que me gusta y que por tanto mis juicios no son objetivos. Tampoco lo pretendo.

Me llegué a saber Annie Hall casi de memoria, Interiores me mantuvo clavado en el asiento del cine mientras mis amigos huían despavoridos. Nueva York volvió a ser en blanco y negro desde Manhattan, La Rosa púrpura de El Cairo me dejó con la boca abierta, Delitos y Faltas puedo verla y volverla a ver sin nunca cansarme, Alice es pura sensibilidad, Todos dicen I love You hace creíble lo increíble, Granujas de medio pelo y Un final made in Hollywood  demuestran que la risa es la mejor medicina, Match Point, Si la cosa funciona y tantas otras son pura inteligencia hecha palabras. La lista podría ser más exhaustiva pero no quiero  aburrir a nadie.

Sobre Woddy Allen hay varios tópicos. Uno de ellos es el que insiste en considerarlo el más europeo de los directores norteamericanos y el otro es el de esperar cada año una obra maestra. Cuando ésta no llega parece que  todo se ha quedado en agua de borrajas. Surge entonces el crítico que nos recuerda que una película normal suya es muy superior a la mayoría de las que se proyectan en las salas de cine. Tal vez los dos tópicos sean ciertos.  Es curioso que un director europeizado sea el que más ha dado a conocer Manhattan al mundo y lo es también que  persista su fama de genio cuando  su éxito comercial y de crítica es bastante relativo.

Si tuviera que decir lo primero que se me ocurriese al oír su nombre creo que sin duda diría inteligencia. Sus películas son inteligentes, sus diálogos más, su humor  más todavía.

Normalmente Woody Allen gusta mucho o no gusta nada. Es raro el término medio y no suele suceder que gusten unas películas sí y otras no. Está condenado a tener amantes de sus obras completas o detractores de todas las líneas que ha escrito e imágenes que ha rodado.

Llevo muchos años viendo sus películas y reconozco que, de vez en cuando, me someto a una terapia personal que consiste en ver durante unos cuantos días seguidos algunos de sus títulos. A mi me sienta de lo más bien. Lo recomiendo. Es mucho más interesante, divertido y barato que la visita a cualquier psicoanalista. Es uno de mis estimulantes preferidos y, de momento, todo se andará, no creo que esté en ninguna lista de sustancias prohibidas.

La pena de esperar un año con sus trescientos sesenta y cinco días para ver su último trabajo es que todo se acaba en noventa míseros minutos. Es terrible cuando los créditos con tipografía windsor te anuncian que todo ha terminado y que todavía quedan doce meses para asistir al mismo espectáculo.

Sé que Woody  Allen se repite, que trata una y mil veces los mismos temas, que sólo refleja a una burguesía intelectual y acomodada que se mueve en ambientes exquisitos. Sé que la Nueva York, o últimamente el Londres, que pinta es sólo una de las miles que existen. Sé que en sus películas todos son escritores, escultores o galeristas y que discuten de lo humano y lo divino en  restaurantes y casas  que casi nadie pisa. ¿Y? ¿Es que no hacemos todos lo mismo en nuestro ámbito? ¿Es que nosotros no nos pasamos la vida dando vueltas a los mismos temas y visitando los mismos lugares? Si el protagonista de una de sus películas fuera un granjero de Arkansas ya no sería  Woody Allen. Lo mismo que yo no sería yo sin mis circunstancias. Tengo la suerte de que Woody Allen sea una de  las mías.

Hace un tiempo regalé a S. una colección de películas de Woody. El otro día, para mi alegría, me mandó un mensaje en el que me proponía ir hoy juntos al estreno. Respiré aliviado primero al comprobar que mi regalo no le había causado indigestión alguna y contesté que sí inmediatamente. También S. (otra S.) ha querido venir con nosotros. La segunda S. me tiene que aguantar más a menudo y yo no sabía si su afición al  neoyorkino era un hábil método para tenerme contento. Las dos eses y yo hemos ido con tiempo al cine para poder escoger unas buenas butacas (detesto que los cines sigan vendiendo entradas sin numerar). Cuando las luces de la sala se han apagado una preciosa canción ha comenzado a sonar, los créditos en blanco sobre un fondo negro han aparecido ante nuestros ojos y se ha hecho el silencio. Una voz en off nos ha sumergido una vez más en el ingenio y la inteligencia.

Al acabar la película, han encendido las luces inmediatamente (esto también lo detesto), con los créditos aún en la pantalla el público ha ido abandonando sus localidades (eso lo detesto más si cabe) y al verles, me he dado cuenta de que la media de edad era superior a la mía (que no es poca). He mirado entonces a mi izquierda y a mi derecha y he visto a una S de dieciséis años y a otra de diecinueve. Las dos tenían caras de pena porque la película había terminado. Querían más.

Woody,  puedes estar tranquilo. Queda gente en el mundo que se preocupa de extender la buena nueva. Una nueva generación de eses espera impaciente el rito anual de cada una de tus nuevas películas.

Conocerás al hombre de tus sueños era el título de la película de hoy. No tengo duda de que mejor que hablar de ella es verla. Por lo tanto, me callo.

Para S. y S. (en el orden que prefieran)


Tierra amarga

Ciento treinta y ocho minutos sin quitar los ojos de la pantalla.Cuando algo consigue atrapar tu atención hasta el punto de olvidar que estás sentado en una butaca y que hay otras personas alrededor,entonces has experimentado el cine.¿Qué ha sucedido?Simplemente has tenido la demostración de que es posible vivir fuera de ti mismo.Cuando recuerdas una experiencia así, nunca te ves a ti sentado mirando las imágenes.Tú no existes en ese recuerdo, te has desvanecido y la vida de otros pasa a ser tu propia vida.No hay una frontera que separe los ojos de la pantalla.Esa experiencia, única e intransferible es muy difícil de explicar.Lo que queda después es la prueba del tiempo.Hay ocasiones en las que, como sucede con los sueños,las imágenes vividas y las sensaciones experimentadas se van desvaneciendo y al cabo de un tiempo no queda huella alguna,al menos consciente.En otras, sin embargo, sientes que algo ha anidado en ti y que pasa a ser parte de tu biografía.La vida nos va conformando y son estas experiencias las que se encargan de moldearnos.

Ayer vi una película que probablemente no pasará a la historia, pero que para mi es un perfecto ejemplo de maestría.Todo está en su justo lugar.Martin Scorsese,su director, juega con los espectadores,les lleva de una posibilidad a otra, de un punto de vista a su contrario y nosotros le seguimos dócilmente sin rechistar.Contar una historia es difícil.Contar una historia inverosímil y hacerla creíble lo es más todavía.Él lo consigue.Creo que esta película es un ejemplo de lo que  debe ser el trabajo de un director de cine.

Miedo, misterio,suspense y los intrincados caminos que la mente humana puede recorrer se nos muestran de tal manera que uno no juzga, según ve la película, verosímiles o no.Se participa de la historia, se vive en la piel del protagonista como si todo lo que sucede fuera más real que nuestros propios ojos que la ven, que nuestros oídos que  la escuchan,  que nuestro corazón que siente y  que nuestro cerebro, incapaz de detenerse a pensar en lo que está viendo.El Señor Scorsese nos lleva de la mano y le seguimos.No cerramos los ojos para no ver lo que nos asusta,no somos capaces de asimilar las pistas y las claves que él va dejando ante nosotros.Vivimos en ese mundo de pesadilla que nos muestra como si el mundo entero fuera una pesadilla.De la misma manera que no podemos escapar de nosotros mismos tampoco podemos huir de la isla a la que él nos ha llevado.La isla,en verdad, somos cada uno de nosotros y en ella pueden ocurrir todas las cosas imaginables.Creer en todo eso, vivirlo como la realidad más cercana,esa es la experiencia fundamental del cine.El poso que la historia nos deje,las enseñanzas que podamos aprender  son otro asunto.Shutter Island es un ejercicio de cine.Shutter Island es una historia que nos engulle y que cuando acaba nos da la oportunidad de comprender que el arte ante todo es arte.El arte no entiende de moral.El arte es creación.El influjo que pueda tener en cada uno de nosotros es un tema completamente diferente.

Expresiones manidas como cine en estado puro vienen bien en casos como éste.No sé si esta película es una obra maestra. Lo que sí sé es que es una enorme lección de cine.

Al acabar la película,no sé por qué, la gente se levanta de sus asientos y abandona la sala presurosa.Yo no puedo.Me quedo clavado en el asiento.El último regalo de Scorsese es sólo para mí. Con el cine ya vacío,todavía a oscuras, y mientras pasan los créditos  suena una guinda perfecta que se incrusta en mi cerebro.Anonadado por lo que he visto,soy presa fácil de lo que ahora escucho.Los acomodadores preparaban la sala para la próxima sesión.Parecían no ser conscientes de lo que estaba ocurriendo.

Salí del cine.Vine a casa.Busqué esa música hasta encontrarla y la escuche una y otra vez.Hoy la dejo aquí para quien quiera apreciarla.Si alguien quiere ser director de cine que pase primero por taquilla.

Dolce far niente

Tengo un buen trancazo. Dolor de cabeza, congestión nasal, estornudos y cansancio. Nada grave, pero la excusa perfecta para no hacer nada. Febrero campa por sus anchas en la calle. La primavera está a igual distancia que el otoño que se fue. Hoy, me he quedado solo en casa. La idea, en principio, era dedicar el tiempo a descansar. Sofá, algún libro, siesta, algo de música y una buena película.

Acabo de terminar dos libros de autores que nunca había leído y me siento contento porque en ambos casos pasarán a la lista de los que volveré a leer. He dedicado un rato a mirar mi estantería de libros pendientes. En estos casos siempre ocurre lo mismo. Uno se asusta de la enormidad de lo que aún le falta por conocer. Basta con hacer un simple cálculo y contabilizar lo que ya hemos leído y compararlo con el tiempo que nos queda por delante. Es necesario ser humilde y rendirse a la evidencia. Lo mismo que nuestro planeta es una mota de polvo perdida en una esquina del espacio, lo que podemos llegar a conocer no es sino una parte infinitesimal de lo que se nos ofrece. Hay un exceso de oferta. Viene a ser lo mismo que sentarse frente al ordenador, teclear google y navegar. Navegar por las rutas gobernadas por el azar que nos harán detenernos donde no lo teníamos pensado y desviarnos por caminos que ni siquiera sabíamos que existían. La experiencia es buena pero a mi me crea desasosiego. La falta de control, sentir que las posibilidades no tienen fin y que, en el fondo, el caos domina un aparente orden me hace sentir perdido en un mundo demasiado grande.

Sólo quería coger unos cuantos libros para echarles un vistazo en un mullido sofá. Sólo quería leer unas líneas para atrapar unos minutos de sueño reparador. Nuestro espacio interior es tan grande como el exterior. Es como un negro abismo que nos atrae irremediablemente. No podemos poner puertas al campo. No tenemos límites. Nuestro empeño es ponerlos para no caer en la locura.

Voy a tomar una aspirina.

Cierro los  ojos, los libros sin abrir a mi lado esconden palabras que forman vidas, sentimientos, pensamientos y todo el material del que estamos hechos. Me duermo pero mi cerebro no se detiene. Nunca lo hace. Sueño y en mi sueño estoy yo. Camino por calles que no conozco pero que me resultan en cierto modo familiares, aparecen personas en las que no había pensado en años y hablo, discuto, río y lloro. El sueño es real hasta que me despierto. Entonces el entorno conocido va haciendo disolverse en la nada la experiencia recién vivida. Me incorporo, miro la hora, sólo han pasado veinte minutos. Trato de recordar lo soñado y trato también de explicarme su significado. El tiempo interior nada tiene que ver con el exterior.

Bebo un vaso de agua.

Pongo música y escucho voces del pasado, recuerdo lugares y sonrío. La música me acompaña siempre. Recuerdo cuando descubrí la música como un tesoro, eso debe de ser una revelación. Han pasado muchos años pero el efecto sigue siendo el mismo. La música nos lleva por caminos propios, tiene su forma de hacernos sentir, ver y creer. Desde aquel niño que pegado a su tocadiscos ponía día tras día el mismo disco hasta este sábado de febrero en que ligeramente enfermo hago sonar, con mando a distancia, la banda sonora de mi vida han pasado muchas cosas, cosas que jamás pude imaginar que ocurrirían, he conocido personas y lugares, he cambiado de casas y de trabajos, he sido incluso feliz. Desde entonces hasta ahora la música ha envejecido conmigo, y la música de entonces y la de ahora han permanecido a mi lado. Escucho y recuerdo, escucho e imagino. Cierro los ojos y me dejo llevar. La música suena  y llena el espacio, el de dentro y el de fuera, de algo que tampoco se puede explicar.

Suena el teléfono. Odio el teléfono.

Tras el odio la calma y aprovecho que me he levantado para escoger una película. Tengo ante mí la posibilidad de trasladarme  a los años veinte en Nueva York, de mirar por la ventana indiscreta, de jugar a ser el Padrino, de venderle seguros a Barbara Stanwyc, de luchar en la guerra de Vietnam, de pasar un día en las carreras, de encerrarme en un hotel de alta montaña para escribir una novela. Tengo ante mi la posibilidad de vivir otras vidas, de comprender que todo es posible y que, poco más o menos, lo fundamental es inalterable. El mundo parece cambiar pero la esencia es inmutable. Apago las luces  y la pantalla me devuelve a la vida. Salgo un poco de mí y veo con otros ojos, hablo con otras palabras y comprendo lo que otros sienten.

Tengo hambre. Voy a la cocina y cojo un puñado de pasas.

Cansado incluso después de descansar pienso en el tiempo que pasa, la tarde avanza, ya está oscuro. Libros, música, cine, cansancio y soledad. Soledad de la buena, de esa que escogemos y que sabemos que acabará cuando oigamos el ruido de las llaves en la cerradura de la puerta.

Veo el ordenador, lo enciendo, me siento y escribo.

Ellas, ellos y yo

Intento imaginar cómo sería yo sin los libros que he leido, sin la música que he escuchado, sin las películas que he visto.Recuerdo quedarme mudo tras la lectura de un libro y ver pasar los días sin poder empezar uno nuevo, abandonarme durante horas con la música en mi cerebro,ver la vida en blanco y negro y querer atravesar la pantalla hacia otra vida posible.Esos momentos de ensimismamiento,de paz, de iluminación, de razón y verdad son más reales en mi consciencia que cientos de horas vividas con el desasosiego de perderlas.Confunde uno en el recuerdo personajes con autores,compositores,intérpretes,actores y directores.Son amigos,referentes y maestros que se han ido incorporando a nuestra existencia. Miro hacia atrás y los veo.Su recuerdo es parte de lo que soy ahora y tengo la suerte de tenerlos siempre a mano.Puedo tocarlos, leerlos, oirlos y verlos.Ellos permanecen idénticos. Yo soy el que ha cambiado.Ellos son mi geografía y mi biografía.Cuando nos preguntan sobre nuestra vida nos limitamos a contar dónde y cuando nacimos,en qué ciudades hemos vivido y que trabajo tenemos.Datos,nada más que datos.¿Qué es lo que verdaderamente nos define?.Unos dicen que la lengua, otros el paisaje y los más inspirados, la infancia.Yo me siento mejor explicado si hablo de libros que cayeron en mis manos,de músicas que abrieron mis sentidos o de películas que me enseñaron que la realidad no siempre es de carne y hueso.Con el paso del tiempo son innumerables los ejemplos que se amontonan en nuestros recuerdos.Al final, lo mismo que con amigos o amores,sólo unos cuantos permanecen a nuestro lado.De vez en cuando se produce la magia de un nuevo encuentro y nunca nos cansamos de celebrar esa llegada.Cuando es así, le damos cobijo, lo guardamos con cuidado en nuestro fuero interno.El tiempo dirá si permanece o se desvanece por los resquicios del alma.

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¿Cómo dejar fuera de mí todo esto?Casi todos los momentos importantes de mi vida tienen una banda sonora,imágenes y palabras impresas que me han ido marcando el camino,enseñando y emocionando.Todo cabe en una maleta.Es poco peso para llevar encima.Ligero equipaje que, sin embargo,deja huellas indelebles,tatuajes en el alma que uno lleva orgulloso del mismo modo que se presume de buenos amigos.Son amigos íntimos de los que no sabemos si hablar o quedárnoslos para nosotros solos.Ambiguo sentimiento que lucha por decidir si compartir o no nuestros más queridos secretos.Son parte de mi vida, viven dentro de mi y me acompañan.Sé que hubo y que habrá muchos más.Cuando uno los enumera y no hace esfuerzo alguno por recordarlos es porque están a flor de piel,asoman solos por los poros y  los sentimientos.Palabras, imágenes y sonidos que son tan nosotros como nuestros pensamientos.Soy incapaz de pensar como sería yo sin ellos puesto que no sería yo, sería otro, y a ese otro no le conozco.

Somos también otras cosas, somos a veces paisajes, lugares,luz y cuatro paredes.Somos aquellos a quien queremos,somos amigos y en algunos casos, pocos, somos nosotros.