La dignidad

Tener derechos es lo que nos hace ser dignos. La dignidad viene de la mano de los derechos. Cuando hablamos de derechos nos referimos a educación, sanidad, trabajo, vivienda… Tener esos derechos satisfechos es lo que dota a un ser humano de dignidad.

Somos producto de la evolución. Somos, de hecho, los únicos seres  sobre la tierra capaces de cambiarla, de transformar no sólo el espacio físico en el que nos movemos sino la esencia que nos conforma. Damos el salto de animal a humano y transformamos nuestra identidad en otra. Eso nos hace diferentes, eso nos hace amos y señores del mundo. El problema de ser amo, el problema de discernir es que siempre hay dos caminos que podemos seguir: uno bueno y uno malo. Por eso nos imponemos deberes que cumplir, tratamos así de seguir la vía recta, de hacer lo que nos conviene, de vivir éticamente.  De esos deberes nacen nuestros derechos y de esos derechos que se han de ir cumpliendo nace la dignidad que nos define.

Cuando elegimos el lado oscuro siempre prevalece el fuerte sobre el débil. No importa que los fuertes sean minoría y los débiles inmensa mayoría. Si callamos, si una vez más el silencio de los corderos otorga, entonces, nunca conseguiremos nada.

Las leyes, los derechos, los deberes, las normas, las necesidades, las obligaciones son o pueden ser diferentes. Eso nos hace discrepar, pelear, discutir y tratar de imponer de cualquier modo, en demasiadas ocasiones, nuestro criterio. El ser humano parece ser incapaz de ponerse de acuerdo. Hablamos entonces de democracia, de mayorías y de  respeto a las minorías. Hablamos sí, pero no hacemos. Casi siempre callamos.

Sólo existe un momento en la historia en el que nos hemos sentido unidos, al menos sobre el papel, sólo una vez hemos estado de acuerdo.  El diez de diciembre de 1948 todos los países del mundo atisbaron cierta esperanza. La declaración universal de los derechos humanos es, tras miles y miles de años de historia, el único lugar, el único principio y final en el que todos convergemos. Esa debería ser la única bandera.

Los treinta artículos que la componen hacen más por nuestra dignidad como personas que todas las batallas ganadas y perdidas, que todas las revoluciones inacabadas, que toda lucha, que todo convencimiento. Nada ha sido tan universal ni tan humano. Están ahí aunque no se cumplan. Están ahí para que al mirarnos en ellos nos sintamos menos animales y más humanos.  Banderas así son las únicas que nos unen. Banderas así hacen que las partes se disuelvan y que la dignidad resplandezca.

La dignidad, como ya se nos ha dicho tantas veces, es el único motor de la lucha.

Hasta la victoria, siempre.

Para J.A. por ser tan digno.

Coherencia y consecuencia

¿Cuántos principios ha de tener una persona? ¿Existe alguno inamovible? ¿Cuántos son los mínimos que nos es posible cumplir sin caer en contradicción entre lo que pensamos, decimos y hacemos? ¿Es posible ser coherente? ¿De qué sirven las ideas si no se actúa en consecuencia? ¿Existen las ideas si no las expresamos? ¿Hay libertad sin coherencia? ¿Puede ser feliz el inconsecuente?

¿Tienen cohesión mis ideas y mis actos? ¿Hay relación entre lo que digo y lo que pienso? ¿Es coherente prometer lo que no podremos cumplir? ¿De qué sirven los deseos no conectados a los actos? ¿Puede la inconsecuencia ser lógica? ¿Son compatibles subjetividad y coherencia? ¿Por qué no damos respuesta coherente a las necesidades?

¿Por qué acabamos por acostumbrarnos a los principios sin actos? ¿Dónde queda la conexión entre las ideas y los hechos? ¿Es posible la tranquilidad sin fidelidad al pensamiento? ¿Cómo compatibilizar mentira y respeto? ¿Existe autoestima sin coherencia? ¿Dónde queda la verdad sin ella? ¿Cómo concebir la honestidad incoherente?

¿Por qué siempre justificamos nuestros actos? ¿Por qué no actuamos como pensamos? ¿Por qué finalmente acabamos por pensar cómo actuamos? ¿Por qué nos gusta celebrar la contradicción en vez de maldecir la incoherencia? ¿Por qué tanto empeño en justificar los hechos y olvidar el pensamiento?

¿Respuestas? ¿Las tienes? ¿Dónde buscar coherencia sin valentía? ¿Dónde se esconden los valientes?

Una sociedad coherente es moral, una persona consecuente es ética. Un mundo coherente es, por lo menos, un lugar un poco más feliz.

¿Qué es la ética? El arte de saber vivir (bien). Sólo viven bien los coherentes. Sólo aspiran a la felicidad los valientes.

Sólo ellos  merecen auténtico respeto.

Sobre la libertad

Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles. Bertolt Brecht me viene a la cabeza siempre que pienso en él, en Richard quiero decir.

Sé que free es una palabra engañosa en inglés. Es libre y es gratuito. Libre se ha de ser siempre por voluntad, gratuito uno lo es por decisión. Imagino que Richard defiende la gratuidad cuando esta es posible y que respeta que exista el precio si éste es necesario. Lo que sí sé es que es libre. Libre por definición. Pocos como él pueden alardear de ser consecuentes con lo que piensan. Pocos los que toman las riendas de su vida y la llevan por el camino de la ética. Ética entendida como el camino de la buena vida. Buena entendida como conveniente. Menos son aún los que viven con alegría. Richard vive con la alegría de los que saben que su camino está basado en la consecuencia y por ende en la libertad. Alegría de vivir consecuentemente. Libertad de hacer lo que uno piensa.

Una definición clásica de la ética es aquella que la relaciona con el estudio del bien y del mal y de su relación con el comportamiento humano. Richard no suele usar la palabra mal sino algo más suave: malévolo. Malévolo es quien tiene mala intención. Juzgar intenciones es muy complicado. Él lo hace y cuando uno le lee o lo escucha tiende a pensar que casi siempre tiene razón. El privilegio de la libertad le da una visión más certera de las intenciones ajenas. No está atado a nada. No gana ni pierde por decir lo que piensa. No hay intereses ni precio. Hechos. Todo lo demás sobra.

Defender el software libre les parecerá a muchos algo marginal que a casi nadie afecta. Ir por el mundo hablando sin descanso en favor de un uso adecuado de la informática no se tiene por algo elevado ni digno de mención. No hace falta un quijote para eso. Ya tuvimos uno y murió perdido en su locura. Si además, quien hace tal cosa lleva un gnu de peluche en sus manos, abraza su ordenador como su más preciado bien, se descalza antes de hablar en público  y se coloca sobre la cabeza un antiguo disco duro a manera de aureola de nuevo santo laico, entonces, los necios creerán tener todo a su favor para despreciar las palabras que no entienden. Allá ellos. No pueden y no quieren ver más allá de sus narices.

Richard Stallman es un luchador por la libertad y a esa lucha decidió entregar su vida. Renunció voluntariamente a lo que casi nadie es capaz de renunciar: dinero, reconocimiento, fama, prestigio. No quiso pagar el precio que casi todo el mundo paga por conseguir estas cosas. No se vendió él ni nada vendió. Abandonó la comodidad por los principios. La estética por la ética y decidió seguir el camino recto. La linea recta no existe, no está ahí fuera. Sólo cada uno de nosotros la puede ir trazando con sus actos. Richard la lleva trazando con pulso firme más de treinta años.

Richard Stallman defiende la libertad desde su campo, ahí le tocó estar y a ello se dedica. La informática como instrumento para defender algo más grande e inmutable. Richard creó un sistema operativo que se enfrentó a monstruos sagrados. Malévolos embaucadores de incautas y desprevenidas víctimas. Abandonó el camino de la gloria repitiendo una y otra vez, no es ético, no es ético. Ese ha sido su mantra desde entonces.

Richard Stallman afirma que el conocimiento está hecho para compartirse. Nadie puede apropiarse de él ni impedir que sus semejantes puedan acceder a él. El conocimiento no es un monopolio y por tanto nadie debe poner barreras de entrada. No es ético. Lo increíble es que surjan dudas ante algo tan evidente.

Las principios defendidos por el software libre hablan de  libertad (libertad de ejecutar un programa como se desea, con cualquier propósito), estudio (estudiar cómo funciona el programa y cambiarlo para que haga lo que uno quiera) y compartición (redistribuir copias para ayudar al prójimo). Los principios del software libre se refieren a la libertad y al conocimiento, nos enfrentan al problema ético del bien y del mal y de su relación con el comportamiento humano. Nos sitúan ante la evidencia de la existencia de la comunidad, del otro como parte de nosotros.  De la ética. Negar lo evidente y lanzarse al lado oscuro es tentador pero no es ético.

¿A que no Richard?

Richard Stallman no es un quijote loco y solitario. Es uno de los hombres más cuerdos que conozco. Cuerdo y libre, cuerdo y alegre. Contento simplemente por abrazar un pequeño gnu de peluche. Feliz por poder aprovechar el tiempo. Alegre por abrir en cualquier momento su viejo ordenador y escribir en él lo que sale de su cabeza y de sus dedos.

Richard Stallman comparte lo que conoce. Puedes copiarlo, modificarlo y distribuirlo libremente. Puedes incluso cobrar por ello, si te apetece.

El que tenga oídos que oiga. gnu

Sobre la venganza

La venganza ocupa y preocupa. Casi siempre actúa de manera desmedida. Quien la practica cree dar sentido a sus expectativas. Cree, ingenuamente, que equilibrará con ella la balanza de los sufrimientos padecidos. Los sufridos y los otorgados.  Cree, en fin, que con el desquite sanará sus heridas, que la justicia surgirá del barro y aplacará la sed que le corroe.

La venganza es un apetito exclusivamente humano. Las ansias de venganza, entre otras cosas, definen nuestra especie. Para dominarla sólo sirven, por tanto, remedios propiamente humanos. La razón se convierte en el principal instrumento.

Como contraposición a la venganza algunos recomiendan el olvido. Otros, más comprometidos, sacan el perdón de la chistera. El olvido es involuntario pues la voluntad de olvidar de nada sirve. El perdón sin olvido se nos escapa de las manos. No sé, después de todo, si casa bien con la condición humana. La razón, por tanto, desprovista de actos voluntarios y sentimientos devastadores nos ha de guiar en la lucha contra la violencia que implica la venganza.

La razón mayor para desterrar la venganza es egoísta. No se trata tanto de dilucidar si es éticamente reprobable o no, sino, más bien, de considerar si nos conviene.

La venganza consume y obsesiona y es, por ello, absolutamente inconveniente. Así de simple. Disfrazarla después con el perdón o vestirla de suave olvido no deja de ser una metáfora. Una simple figura literaria.

La venganza se autoimpone.  Es una pasión incontrolable. Al cumplirla pensamos que nos traerá el alivio anhelado. La venganza se alimenta de literatura, la ficción hace de ella un plato de buen gusto. La realidad, por contra, se empeña en ser totalmente frustrante.

La metódica planificación para llevarla a cabo nos hace olvidar, como en un paréntesis, el daño sufrido. Creemos compensar con nuestra maníaca obsesión el dolor y trocarlo por alivio.

Una vez cumplida la venganza, como un fuego artificial se desvanece y con él el alivio soñado. En el fondo, dentro de nosotros, el agujero negro del dolor soportado no se cierra sino que sigue supurando desdicha y desconsuelo. El desquite no es más que una entelequia.

Tal vez, tras el honor, tantos siglos sublimado, la venganza se nos muestra como una seña de identidad inquebrantable. Concepto exaltado. Concepto literario y cinematográfico. Fácil de aceptar pues es primario y arrebatado. Fácil de compartir pues promete reparación. Es, por contra, difícilmente conjugable con la justicia y, lo que es peor, con nuestra conciencia.

La venganza, definitivamente, no nos conviene. Está, arrebatadamente, en la antípodas de toda ética.

Lo que la razón no consigue lo logra el olvido. El olvido, siempre sabio, llega finalmente a nuestro rescate. De otro modo la vida sería irrespirable. El olvido, en último término, ya nos lo dijo Borges, es la única venganza y el único perdón.

Estimado señor ministro:

Le escribo para hablar de religión. La docta academia de la lengua define la religión como el conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto. La wikipedia, menos docta y más popular, dice que la religión es una actividad humana que suele abarcar creencias y prácticas sobre cuestiones de tipo existencial, moral y sobrenatural.

La religión católica es la escogida por usted, basándose en su gran predicamento entre la población y en la tradición de siglos en nuestra cultura, para que sea estudiada por los alumnos de primaria y secundaria. Miento. No todos tienen que estudiarla. Los que no quieran tendrán que estudiar una asignatura alternativa que varía de nombre según el nivel. O bien se llamará Valores culturales y sociales o bien Valores éticos.

La primera pregunta es obvia. ¿Por qué se ha de sustituir la religión católica por una asignatura que hable de valores? La respuesta, mi querido ministro, está ante nuestros ojos. Los que no estudien religión católica parece que carecen de valores y por ello hay que enseñarles alguno. Si estos últimos son tan importantes, ¿por qué no los van a conocer los estudiantes de religión?, ¿es que para ellos no son necesarios?, ¿es que les basta lo que diga la santa madre iglesia?

Me estrujo el cerebro tratando de hallar solución ante tanta incógnita pero acabo rindiéndome. Quiero olvidarme del tema pero no puedo dejar de pensar en el motivo por el cual el católico no necesita conocer valores sociales o éticos tan necesarios para el resto de los mortales.

Si a la religión le hace falta una alternativa es que los no religiosos carecen de algo y si ese algo es precisamente y como única opción los valores y la ética es que es eso de lo que carecen. Si sólo fuese un problema de horas lectivas, de que todos los estudiantes tuvieran el mismo horario, entonces las alternativas serían infinitas y los alumnos podrían dedicar su tiempo a jugar al ajedrez, a aprender a cocinar, a leer o incluso a jugar al noble deporte del futbolín. Pero no, a usted esto no le convence y le parece menospreciar la religión católica si su alternativa no es algo con mucha enjundia.

Otra opción, bastante lógica en un país laico, es que la asignatura de religión fuese, en todo caso, voluntaria y, por supuesto, fuera del horario escolar. Podríamos llegar al extremo de considerar la religión como algo relativo al ámbito privado y que quedase fuera de la jurisdicción de los centros de enseñanza públicos. En ese caso quien quiera profundizar en el estudio de su fe, tendría que acudir a su propia congregación para recibir enseñanzas religiosas.

Sí, ya lo sé. Llegado a este punto usted me recordará que existe un concordato con la Santa Sede que nos obliga a cumplir unos compromisos en materia de educación. Si usted me dice eso, yo también le digo que la propia constitución nos dice, por ejemplo, que todos los ciudadanos tenemos derecho a una vivienda digna. Es claro que los poderes públicos no cumplen con los mandatos constitucionales. ¿Me va usted a pedir que yo cumpla con los concordatos?

La alternativa entre valores católicos y valores sociales y éticos que usted propone parece querer decir que son intercambiables. Esto sólo puede significar que ambos coinciden. Esto no es verdad. La religión católica no representa hoy en día los valores aceptados por la mayoría y no se diferencia de la ética solamente en que además de valores tiene unos dogmas y creencias.

Pienso, señor ministro, y creo que usted lo sabe perfectamente, que todo es una trampa. Usted quiere una asignatura alternativa para que los estudiantes elijan la asignatura de religión. No quiere que el futbolín sea su alternativa porque sabe que la mayoría preferiría practicar tan bello deporte, y quiere que sea dentro del horario lectivo no porque los creyentes tengan catequesis a la salida del colegio sino porque las aulas se quedarían vacías.

No contento con eso pretende que la asignatura de religión sea evaluable (la neurona que me queda se esfuerza sin éxito en comprender cómo). Este es otro truco. Es público y notorio que los profesores de religión suelen tender a puntuar altamente a sus alumnos como reclamo para conseguir más estudiantes. Estos, atraídos por el señuelo de subir sus medias, caen en la trampa como moscas. Por si esto fuera poco se ofrecen excursiones y viajes sólo para los estudiantes de religión y así poder visitar los santos lugares de París, Madrid o Lloret de Mar por poner sólo algunos ejemplos de ciudades representativas de los valores católicos.

Así está la situación.

¿Aceptará, señor ministro, que me declare insumiso ante las alternativas que me propone?

Espero no haberle robado mucho tiempo. Miento otra vez. Espero todo lo contrario y confío que estos minutos de distracción le hayan hecho olvidarse de alguna otra genial idea.

El mundo me lo agradecerá.

El camello, el león y el niño (recordando a Nietzsche)

Nietzsche se volvió loco. Eso le ha dejado marcado. Cuando alguien le refuta, saca pronto a colación su locura. Algunos han querido ver en el superhombre de Nietzsche la inspiración de Hitler en su concepción de la raza nueva que debería conquistar el mundo. Cuando quieren criticarlo se sacan también de la chistera al impresentable Adolf.

Mucho escribió Nietzsche antes de volverse loco. Lo que nos ha dejado escrito es terriblemente cuerdo. Si leemos su obra caemos en la cuenta de que, de una u otra forma, nos habla siempre de lo mismo. Lo que dijo, molestaba cuando lo dijo. Cuando alguien es oscuro es mejor aceptado. Él no lo era. Lo que pensaba era claro y conciso. Que le digan a uno la verdad a la cara suele ser elogiado pero pocas veces aceptado.

Hoy, con la distancia y con las mentiras que nos han contado, tenemos una imagen de Nietzsche desdibujada. Desenfocada.

Ha pasado ya más de un siglo, pero su pensamiento sigue vivo. Ahora, además, podemos leerlo con la distancia que nos regala el tiempo.

Nietzsche  habla siempre de ética. Es el punto central de toda su obra. Para él la ética no consiste sólo en saber vivir sino en saber vivir con valentía. Eso es lo que nos conviene. Para conseguirlo debe derrumbar los valores que, paradójicamente, los débiles impusieron a los fuertes. La resignación, el dolor merecido, el sufrimiento, el mundo como valle de lágrimas, la aceptación de un destino impuesto, la fatalidad, la esperanza en una vida mejor pero futura. Todo esto entorpece el nacimiento de un nuevo hombre que sepa vivir, que sea valiente, que peque, si pecar es ir en contra de los antiguos valores, que acepte y viva esta vida como la única. Una vida hecha por y para el hombre, una vida en la que dios no determina nuestro destino. Jugaba Nietzsche a llamar a este nuevo ser el superhombre. Esta creación no era más que la representación del abandono y la negación de los antiguos valores enquistados. Este nuevo hombre puede repetir una y otra vez sus decisiones y sus acciones. Por eso el hombre retorna siempre al origen. No porque no tenga dónde ir sino porque cuando escoge libremente, cuando disfruta de la verdadera vida repite acciones. Ese es el retorno, no una vuelta sin sentido. Hoy decido, y como me gusta lo que he decidido, vuelvo a decidir lo mismo. Lo mismo que el eterno retorno, visto así, se nos presenta elegido y no condena. Lo mismo que la muerte de un dios representa no su muerte sino la de los valores impuestos, esos que nos mantenían mudos y sumidos en la tristeza, buscando el sentido de esta vida en otra, así debemos abandonar la desesperanza de la falta de valores. Eliminar los anteriores no significa retozar en la nada. Ese no es nuestro destino. Levantarnos de ella, vivir siendo protagonistas de nuestras vidas, autores y no actores. Eso es el nihilismo positivo. Partimos de cero. El cero como inicio y no como destino. La vida como meta y único sentido. Partimos de cero para ser, de una vez por todas, humanos.

Nietzsche nos habla del camello que soporta la carga del pecado, del león que lucha y se desembaraza de esa losa pesada. Queda por fin el niño nuevo, el único que sabrá vivir con valentía. Ese simple niño, ese es el superhombre que tanto miedo nos daba. Ese ser, que Nietzsche representa con la imagen de un niño, es el símbolo de un nuevo hombre. Ese es el ser que empieza de cero y que para no quedarse en él tendrá que decidir valientemente.

Mala sangre para empezar el año

Pensaba, mejor dicho, quería pensar que con el nuevo año vendrían tiempos mejores. Sabía que era una ilusión vana, pero de ilusión, incluidas las vanas, también se vive. He tratado, lo juro, de buscar algo positivo sobre lo que escribir pero cuando lo intentaba me sentía forzado y falso. La balanza siempre se vence por el mismo lado. Era como escribir sin alma. Era como escribir sin ganas. No niego que haya cosas buenas en este mundo de dios. Lo que sé es que no me provocan escribir o no lo hacen suficientemente. No creo que esto me suceda sólo a mi, pienso más bien que es algo generalizado. Cuando uno se encuentra en paz con el mundo no tiene necesidad de manifestarlo excepto que lo haga en forma de compromiso. Normalmente la indignación es el motor que nos empuja a expresar el desacuerdo. El acuerdo y el asentimiento son más propios de la cortesía y de la buena educación. No tengo nada en contra de la buena educación, de hecho la recomiendo, pero es, al menos a la hora de expresar sentimientos, más limitante, menos radical y probablemente menos sincera.

Han transcurrido ya un par de semanas del nuevo año y en mi cabeza se van acumulando indicios de que el mundo no marcha nada bien. Sorprende ver el punto al que hemos llegado. El otro día escuché, por ejemplo, que en una importante ciudad se multaba con 750 euros a quien fuera pillado buscando comida en las basuras. Su delito era hurgar donde no debía y hacer que los demás presenciáramos algo que no nos agradaba ver. Hasta que punto de enfermedad social hemos llegado que al mismo tiempo que multamos al que tiene hambre somos capaces de crear fundaciones y dedicar ingentes cantidades de dinero para ayudar al que vomita voluntariamente. Entiendo a los dos como víctimas pero no alcanzo a entender el diferente comportamiento que ofrecemos en cada caso. Parece una broma macabra. Lo peor de todo es que no produzca indignación y rabia. Somos mansos. Somos de plastilina.

Tiene lugar estos días el juicio contra un juez que luchaba contra la corrupción. Son ahora los corruptos los que le sientan en el banquillo de los acusados. Tenemos que interpretar esto como un síntoma de que la democracia funciona y de que nadie está libre del peso de la ley. Un cuerno. Tengo para mi y creo que a muchos sucede lo mismo que esto no es más que un intento de hundir a una persona que resultaba molesta por perseguir la verdad, por tratar de destapar oscuros agujeros del pasado que otros consideran más oportuno no tocar. Me duele pensarlo. Injusticias como ésta sólo nos ponen de cara a la decadencia. El pragmatismo nunca puede estar por encima de la ética. La justicia no se puede repartir como una mandarina. Me duele también imaginar a Pinochet riéndose en la tumba.

En España sucedió que un ministro franquista, una persona que justificó el golpe de estado que propició la guerra civil, que formó parte de gobiernos que condenaron a muerte a inocentes, fundara después un  partido democrático que ahora nos gobierna. Ahora, este personaje ha muerto y todos se deshacen en halagos hacia él. Yo tampoco quería decir nada en su contra pero es indignante ver y escuchar las reacciones bobaliconas generalizadas. Un hombre que muere a los 89 años no nació en 1975. Su vida es toda su vida y no sólo una parte. Una cosa es dar el pésame a una familia por la muerte de un familiar, otra, muy distinta, es olvidar lo que no se puede ni se debe olvidar. Cientos de abuelos  mueren todos los días y nadie los recuerda ni los halaga. Ellos sí sufrieron en propia carne cómo se les arrebataba la libertad de las manos. Ellos tuvieron que vivir cuarenta años en la vergüenza, en la cárcel y en el exilio. Ahora ya no existen. Hacer borrón y cuenta nueva parece ser la mejor receta democrática. Mirar atrás no es fomentar el rencor. Mirar atrás es reconocer que somos lo que somos por lo que fuimos. Olvidar es un truco de la mente pero no de la verdad ni de la historia.

En España hay cada día más de 150 desahucios. 150 familias que se quedan sin casa de la noche a la mañana. Sus deudas no quedan saldadas con esto. Tienen, además, que seguir pagando a los bancos  lo no cubierto por la casa que les han arrebatado. Parece increíble pero es cierto. El banco me prestó para comprarme un casa. Devolvérsela no es suficiente. La vivienda es un derecho humano. Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. La constitución, después de todo, no era más que una novela. Mientras el poder económico esté por encima del poder político no podremos hablar de democracia. El poder económico manda porque nos hemos entregado desnudos y desarmados. La indignación parece ser la condición humana.

…(Añádase lo que proceda)

Pensaba, mejor dicho, quería pensar que con el nuevo año vendrían tiempos mejores. El calendario, para mi desgracia, no es más que una hoja de papel. Por qué caeré siempre en la trampa. Por qué me agarraré a la esperanza del cambio. El 31 de diciembre no fue otra época. El uno de enero no es un mundo nuevo. El hombre tropieza siempre en la misma piedra. Yo también, lo reconozco.

Elogio de la política

Tiempos modernos. Tiempos difíciles en los que una de las profesiones más necesarias es una de las más denostadas. Los políticos representan para la mayoría de las personas el modelo de lo que no se debe ser ni hacer.

La vida en sociedad es la que ha propiciado la civilización. Todo el desarrollo que disfrutamos, sea éste mucho o poco, es gracias a ese imperativo, parece que natural, que nos empuja a asociarnos. Los hombres y mujeres que habitan este planeta se necesitan y cada vez pasan más tiempo juntos. La ciudad es el exponente más claro. La revolución industrial supuso el abandono del campo y el triunfo definitivo de las ciudades. Cada vez un mayor porcentaje de la población mundial se aglutina en ellas. La ciudad como ejemplo de la tendencia humana a compartir. La ciudad como origen de toda innovación, creación y desarrollo. Los grupos humanos crean normas para organizarse, vigilan el cumplimiento de esas normas y se ven ante la necesidad de gobernar y ser gobernados. Siempre ha sido así y siempre, me temo, lo será. La posibilidad de la anarquía parece mucho más allá de la ciencia ficción.

Platón soñaba con una república dirigida por filósofos. Ellos representaban el único perfil digno de tal cometido. Nadie con intereses particulares podía cumplir con una misión enteramente dedicada al bien común. La educación y el conocimiento como condiciones indispensables de un buen gobernante. No somos Platón, y los filósofos actuales trabajan de camareros o de taxistas. Hemos creado una especie si no nueva, sí diferente: el político no aristocrático. No responde a un perfil determinado. Deberían ser como cada uno de nosotros ya que cada uno de nosotros debería poder ser uno de ellos.

No conozco a nadie que hable bien de los políticos. Ni tan siquiera ellos mismos hablan bien unos de otros. En España ha habido estos días elecciones generales y casi veintitrés millones de personas, que critican e incluso desprecian en muchos casos a quienes votan, han votado y dado su apoyo a los que, según ellos, son ladrones, personajes corruptos que nos chupan la sangre, hacedores de favores interesados, lameculos de otros más poderosos que ellos. Esto no es razón es pura contradicción. ¿Cómo se puede querer y odiar al mismo tiempo? ¿Cómo dar no la fe, esto es más fácil, sino la confianza a quien nos la quita, cómo la mano a quien nos da la espalda? Veintitrés millones de votos dando prácticamente un cheque en blanco a quien no les ofrece garantía alguna.

Todo esto se hace y se dice  pero al mismo tiempo se admite que da igual quien gobierne, que unos y otros no sirven para nada puesto que al final, el euro, el dólar, el dow jones, el índice nikey, el fondo monetario internacional, el banco central europeo, la bolsa o las agencias de calificación serán quienes decidan, a su capricho, nuestro futuro.

El capitalismo sitúa la economía por encima de la política. El capitalismo salvaje aplasta, sirviéndose de la economía, cualquier atisbo de política. A este punto hemos llegado.

El sistema capitalista se ha derrotado a sí mismo. Ha llegado más lejos de lo que nunca pudo imaginar.

La democracia queda de esta manera desarmada, impotente, herida de muerte. Vivimos en la ficción de gobernarnos a nosotros mismos, de ser los dueños de nuestros destinos cuando la realidad es que siglas, despachos y masas desconocidas de accionistas nos dejan sin trabajo, sin casa, sin medicina o sin escuela.

Dicen que la derecha es más complaciente con sus políticos y que la izquierda es, sin embargo, mucho más exigente. Si nos atenemos a las definiciones clásicas de izquierda y derecha esto es comprensible. Es más fácil conservar que innovar. Mantener que repartir. El que espera mucho y consigue poco no lo acepta, se frustra y se queja.

Hoy ya casi nadie acepta los conceptos de derecha y de izquierda tal y como los conocimos. No hay casi tiempo de detenerse a pensar en ello. La cultura política desaparece y todo se ha convertido en un sálvese quien pueda, en una tómbola en la que lo único que hacemos es comprar boletos. Unos más y otros menos. Eso no ha variado.

Lo cierto es que tras la victoria de un partido político en unas elecciones ya no pensamos en programas, leyes, ideas o tendencias. Lo que aparece al día siguiente en la prensa, lo que ocupa la primera plana de todos los periódicos  es el índice de la bolsa de Nueva York o París, la relación euro dólar o el precio del barril de petróleo. Mientras tanto continuamos con nuestras quejas. Político igual a corrupto, ladrón o vulgar chorizo. Cómo se tienen que reír los que se divierten comprando nuestra deuda pública.

Si éste no es tiempo de políticos, yo no entiendo nada. Si esto no es tiempo de política que venga dios y lo vea.

La política es, o debería ser, acuerdo. No es suficiente con que cada uno actúe según sus convicciones. Necesitamos el acuerdo del otro y para eso hemos de convencerle o debemos ser convencidos. Sin convencimiento no existe política. De ahí que su riesgo más evidente es el engaño, el encantamiento. Dejarnos llevar por cantos de sirenas. El convencido corre el peligro de ser engañado, el que convence se enfrenta a una ambición desmedida y su peor sueño es confundir poder con responsabilidad. El primero lleva casi siempre a la corrupción. La segunda debería mantener el deber siempre por delante del poder.

Cada uno de nosotros vive en un grupo, no pertenece a él. Cada uno de nosotros es un individuo. La política no debe agrupar, debe organizar la vida de los individuos. Los políticos son individuos que deben convencernos para conseguir ciertos objetivos. Su mayor problema es que no nos pueden dar nada de inmediato sino que se necesita tiempo. Este es sin duda el mayor enemigo. Acuerdos para lograr objetivos en el tiempo. Los acuerdos a veces se logran, los objetivos a veces se comparten pero el tiempo rompe casi siempre cualquier tipo de confianza.

El gran logro de la democracia es que los que participamos en ella aceptamos voluntariamente nuestra participación. Podemos gobernar o ser gobernados pero siempre de una forma voluntaria. Platón acepta que sea voluntario pero él sólo ve a unos pocos capaces de gobernar. La aristocracia es su forma ideal de gobierno. El riesgo que se corre es el de quedar atrapados en manos de esa élite. Hoy en día, a pesar de haber extendido la democracia, seguimos atrapados en manos de unos pocos. Probablemente no les vemos las caras ni les podemos poner nombres pero el riesgo que corrió Platón lo hemos corrido y hemos perdido. Él, al menos, soñaba con grandes filósofos, sabios que nos ayudarían a progresar. Los filósofos de hoy en día, los que gobiernan el mundo sin nuestro consentimiento, están escondidos en despachos, tienen nombres de acciones y poco o nada saben de filosofía.

Los políticos somos nosotros, no tenemos otro remedio. Somos seres éticos y  políticos. No podemos delegar esa función en otros. De la misma manera que buscamos lo que más nos conviene en nuestra vida privada tenemos también que organizarnos, gobernarnos y dirigirnos. El bien común es el bien de cada uno de nosotros. Lo que me conviene se transforma en lo que nos conviene y como es detestable la idea de que otro decida lo que es bueno para mí, no queda más remedio que alzar la voz y decirlo, proponerlo y tratar de convencer al otro, a los otros. El acuerdo al que lleguemos, acuerdo en el que probablemente todos perdamos un poco, es el objetivo a conseguir. Si estamos condenados o hemos decidido libremente vivir en sociedad me trae ahora sin cuidado. El hecho es que el hombre se hace hombre viviendo con otros hombres. El político debe organizar la vida en común para que cada vez seamos mejores hombres.

Si todos somos iguales y si está en mis manos nombrar a mis representantes no podemos hacer de ellos una especie diferente. Nos representan. Son una muestra de quienes los han elegido. El político soy yo y tiene mis mismas debilidades. Al político le doy el poder, él, a cambio,  me debe la responsabilidad.

Perdemos el tiempo vanamente luchando unos contra otros. Perdemos hasta las ganas de alcanzar acuerdos. Mientras tanto la máquina insaciable sigue en marcha. Nunca se detiene. La máquina no es el tiempo. Es lo que llamamos mercado. De tanto oírlo nombrar le queremos poner cara y hacemos igual que con los políticos, consolarnos pensando que el mercado no es obra nuestra, que es un invento del diablo que se divierte a nuestra costa. Pues no. El mercado también somos nosotros. ¿Por qué aceptamos que gobierne implacable nuestro destino? Somos débiles y en nuestra debilidad disfrutamos con la caída de los otros. Los hace más humanos. Compartir desgracias nos consuela de los fracasos. Por eso a los ídolos siempre les ponemos pies de barro. El mercado está hecho de otra materia. Está por encima de nuestras cabezas y como no tiene pies aceptamos sumisos que no podemos derribarlo.  Tenemos lo que nos merecemos, es cierto, pero también podemos tener y merecer otras cosas.

La política es necesaria y la política sin políticos es un sinsentido. Sólo hace falta que nos demos cuenta de que los políticos no son unos elegidos, mal que le pese a Platón. Los políticos somos nosotros y tienen nuestra cara y nuestros ojos y sus pies no son de barro por mucho que eso facilite la tarea de derribarlos.

Elogiar la política no implica un elogio automático de los políticos. Elogio también la ciencia pero no siempre a quien la hace. Elogio a la medicina pero no debo respeto ni confianza ciega en los médicos.

De la misma manera que la publicidad o la televisión proponen y nosotros disponemos, los políticos proponen y de nosotros depende dar o no nuestra confianza. La publicidad no es responsable de las modas o del consumo desatado. La televisión es como el público acepta que sea. Ante las propuestas políticas, si callamos, otorgamos y votamos. ¿De quién es la culpa?

De poco sirve llamarles después ladrones en el café de la esquina.

El mal, la maldad y el maligno

(Transcripción de una entrada ideada una tarde de julio sentado bajo un ciruelo.)

-¿Sobre qué escribo?

-El mal.

-¿Por qué?

-No lo sé. Es lo primero que me ha venido a la cabeza.

-Es extraño que se te ocurran esas ideas estando como estás rodeado de tanta belleza.

-También lo es que cuando acaba el día, me acuesto, cierro los ojos y en vez de corderitos me vengan oscuras y terribles imágenes a la cabeza.

-Siempre estás con lo mismo. Eres tú quien las convoca. A nadie se le ocurriría pensar en el mal viéndote. No a ti, sino al entorno.

-Ya.

-Dejémoslo. Es hora de que empieces.

-De acuerdo. ¿Cómo empiezo?

-Escribe primero algunas ideas, las primeras que se te ocurran sobre el tema que has escogido: el mal.

-Nadie nace malo ni bueno. Todos somos capaces de hacer el bien y el mal. Nos gusta pensar que finalmente el bien vencerá. Hacer el mal. Consentir el mal. Provocar el mal sin quererlo. Hacer el bien sin quererlo no tiene mérito alguno. Hacer el mal sin quererlo no conlleva responsabilidad. No hacer nada cuando somos testigos de un mal es actuar. Consentir el mal es otra forma de hacer el mal. El mal que puede ser hecho no conoce límites…

-Suficiente. Manos a la obra.

-Nadie nace malo. Es absurdo atribuir la categoría de malo a alguien que ni tan siquiera tiene consciencia de ser.

Hacer el mal es causar daño a sabiendas, es decir, conscientemente. Bien por el puro placer de causarlo o bien porque nuestro bienestar nos exige hacerlo. El sádico sería un ejemplo del primer caso y quien elimina a un testigo que pueda incriminarle lo sería del segundo.

Todos somos capaces de hacer el mal. No existen personas totalmente buenas ni absolutamente malas. Los propios santos, cuyas vidas ejemplares, nos hacían estudiar de pequeños, se consideraban a si mismos terribles pecadores. Los que tenemos como epítomes de la maldad procuraban también el bien a sus seres queridos o a sus seguidores.

Casi nunca es discutible si algo es malo o no. La cuestión radica en si creemos que merece la pena hacerlo. Quien acepta la idea del mal menor es consciente de que provoca un mal pero aun y todo lo hace. Viene a ser como el médico que corta un pie para evitar que la gangrena se extienda. Está convencido de que es necesario hacerlo para conseguir los frutos deseados.

La balanza está siempre ante nosotros y nuestra labor es juzgar qué consideramos más conveniente. El sujeto de la conveniencia podemos ser nosotros mismos o los otros. Independientemente de que el sujeto nos parezca más o menos generoso, el proceso es el mismo.

El mal puede ser hecho voluntaria o involuntariamente. Aunque el resultado sea igual de perjudicial para quien lo sufre, la diferencia estriba en la responsabilidad. Cuando somos capaces de prever las consecuencias de nuestras acciones nos hacemos responsables. Si no ha habido voluntad no existe responsabilidad.

El mayor error de todos es pensar que el mal requiere acción. Consideramos que no actuar, no hacer nada nos priva de provocar el mal. No. Esa es una tremenda mentira. No hacer nada cuando somos testigos del mal es otra manera de actuar. Consentir el mal es otra forma de hacer el mal. Éste es, sin duda alguna, el mal más extendido, el más humano de los males. Pensamos que si no tomamos parte el mal no nos alcanza. Miramos para otro lado o nos escudamos en que ese mal ha ocurrido muy lejos de nosotros. Estamos entrenados para sobrevivir consintiendo, para ser testigos mudos e inactivos y, por encima de todo, para convencernos de que el mal reside sólo en quien toma las decisiones y no en quien las acepta y las consiente.

Es difícil hallar una magnitud que sea capaz de medir el mal de manera clara y definida. Existen muchas variables: cantidad, calidad, intención, voluntad, causa, consecuencias…

El mal, como el tiempo, no tiene límites, no es posible poner barreras al mal que somos capaces de provocar.

Tendemos a representar el mal en seres concretos poseídos por la maldad. Eso los aleja de nosotros y nos hace sentir distintos. Existen seres perversos, existen incluso grupos perversos pero eso no saca la maldad o su posibilidad fuera de nosotros.

El mal no flota en el aire y nos posee. No somos sus víctimas. El mal está en nosotros, en nuestras acciones, omisiones y consentimientos.

El maligno no tiene cuernos ni rabo. No lleva tridente en sus manos ni habita en ningún infierno. El maligno no existe, esa es otra gran mentira, no nos embauca con sus promesas, no nos engaña, no nos tienta.

Nosotros mismos somos la tentación y la promesa.

-Cómo te enrollas

-No sé si hago algún mal con esta inactividad que me posee. Lo cierto es que se está muy bien bajo el ciruelo. Debe de ser el maligno que me tienta con estas redondas ciruelas verdes. Ya se sabe: la única manera de vencer una tentación…

-…es caer en ella.

-Exacto. Tu turno.

Olvido y perdón

Hay personas que se pasan la vida pidiendo perdón. Acaba siendo un tic. Un acto reflejo por el que saben que alcanzarán la paz. Su conciencia hace borrón y cuenta nueva en cuanto pronuncian la palabra mágica. Palabras como perdón y arrepentimiento acaban perdiendo todo su contenido en cuanto son usadas con tibieza. Pide perdón le decimos al niño y él lo repite como parte de su castigo. Con el tiempo el perdón en su boca estará hueco. No serán más que letras transparentes que se deshacen en cuanto la lengua las deja escapar. Perdonar es treméndamente difícil y a menudo lo confundimos con el olvido. Perdono pero no olvido no representa el estado real de las cosas. Es más bien su contrario: no perdonamos pero acabamos olvidando. En el olvido está la clave. El olvido permite vivir sin rencor. El olvido forma parte de nuestro proceso evolutivo y es el que nos permite una mejor adaptación al medio. Somos animales sociales y sin la capacidad de olvidar seríamos simplemente animales.
Los cristianos defienden el perdón. Lo subliman y hacen de él un acto de amor en el que no cree prácticamente nadie. Ve en paz, yo te perdono. El perdón así entendido nos sitúa por encima del otro. Le concedemos la gracia de nuestro perdón. Le regalamos la oportunidad de aplacar su conciencia. ¿Le amamos? La respuesta no está en el viento. La respuesta tiene dos letras. Empieza por n y acaba por o.
El perdón acaba siendo un negocio perfecto. Contenta a las dos partes que intervienen en él. La oferta y la demanda se encuentran y alcanzan el precio deseado. El que lo pide la paz y el que lo regala se ve sumergido entre las olas de la caridad y el amor. Los dos acabarán olvidando. Uno que lo pidió y el otro que lo dio. Uno lo que hizo y el otro lo que le hicieron. El perdón dejó de ser lo que fue desde el mismo momento en que se pronunció. No queda nada de él. Sólo letras que al juntarse forman una palabra y, ya se sabe, a las palabras se las lleva el viento. El perdón nos resulta tan lejano que acaba siendo un atributo de dios. Incluso él es incapaz de perdonar todos los pecados. Dios perdona pero es incapaz de olvidar. Nosotros, una burda imitación hecha de barro, nos limitamos a olvidar. Los más adelantados creen que perdonan y pasan por encima del otro. Eso es en definitiva perdonar.
En otras culturas no existe un buen concepto del perdón. El que perdona no es merecedor de respeto. Es un cobarde y los cobardes olvidan para no enfrentarse con su obligación. En esta situación no es posible implorar perdón ni declarar arrepentimiento. Se ofende aquel al que se lo pedimos pues le estamos obligando, si cede, a perder su autoestima y respeto y, también es sabido, antes que esto la muerte. La muerte es el olvido sin retorno. Se suicida quien es incapaz de olvidar. El peso de la conciencia sólo puede ser aliviado por el olvido y en última instancia por la muerte.
Perdonar nos conviene. Nos permite vivir mejor y por eso el perdón lo hemos transformado en un valor. Sin él viviríamos atenazados por el resentimiento y las ganas de venganza. El presente desaparecería pues el recuerdo de la ofensa nos retendría para siempre en el pasado. El perdón es conveniente y recomendable. Es la medicina que nos ayuda a sanar las heridas. Nuestra mente poética lo ha vestido después con ropajes de amor y comprensión. El perdón no es un acto libre y gratuito como tantas veces nos han dicho. El perdón es un acto conveniente. La ética es práctica pero así vista nos decepciona. Nos gusta adornar lo práctico con declaraciones pomposas. Del mismo modo que comemos verduras porque conviene a nuestra salud perdonamos porque perdonar nos permite seguir adelante. Las verduras no son poéticas, el perdón sí.
Los cristianos cuando rezan piden a dios que perdone sus ofensas como ellos perdonan a los que les ofenden. Creo que dios les ha tomado la petición al pie de la letra y ha hecho, aunque en él parezca imposible, lo que ellos hacen: olvidarles.

El dios del antiguo testamento prometía venganza. Era un dios justiciero. Perdonaba y castigaba a voluntad. Eso nos deja indefensos y aterrorizados. El dios del nuevo testamento habla de perdón como imperativo moral, se nos presenta misericordioso pero inhumano. No somos nada a su lado, su perfección nos hace sentir miserables. Sólo nos queda la esperanza de su infinita bondad.  Dejar a dios a un lado y transformarnos en seres llenos de dignidad y respeto nos obliga a estar siempre pendientes de quien nos ofende. Perseguirle hasta lavar nuestra honra de toda mancha es un trabajo agotador. Estar  siempre vigilantes y no perdernos en los sueños del olvido es cosa de samurais de piedra sin carne ni sangre. Yo, tú, nosotros hemos sucumbido al olvido. Sólo queda olvidar para seguir adelante. El ser humano, es cierto, tropieza dos veces en la misma piedra porque olvida. No es menos cierto que volvemos a levantarnos, sonreímos de nuevo y perdonamos porque antes olvidamos o luego olvidaremos.