Veinte de agosto

J. está leyendo en el jardín. Está sentada bajo la higuera. Come cacahuetes. Yo la miro desde la mesa en el porche de la casa. Ante ella, su futuro. Tiempo de decisiones. Tiempos difíciles.

Estoy tomando mi café de media mañana. Acabo de regar el jardín. Aún resuena el sonido del agua cayendo sobre la hierba. Verde, azul y amarillo. Algún toque de rojo.

Un grupo de hormigas intenta afanoso subir por el tronco del granado. Su objetivo, tratar de llegar a un incipiente fruto que asoma entre las ramas. Yo les hago la guerra y exprimo medio limón por el tronco. No provoco la desbandada. Retroceden, eso sí, increíblemente en orden. No dejan de asombrarme. Se preparan, seguro, para lanzar un contraataque.

M. ha vuelto a trabajar hoy. Se fue ayer con la tarde y llena de pereza. El otoño enseña sus garras. Está a la vuelta de la esquina. Sé que es verano todavía pero empieza a no parecerlo. Poco a poco, irá desvaneciéndose. La noche llega cada día más temprano.

S. está lejos, junto al mediterráneo. También trabaja. Está diseñando su vida. Dudas y certezas la acompañan. Como a todos. A su edad se notan más. Ambas. Ayer hablé con ella. Estaba en casa trabajando. Luego tal vez se acercara al mar para darse un baño. Alegría y pena a la vez. Alegría por verla llena de proyectos. Pena por la distancia.

Yo miro, observo, leo y escribo. Recuerdo, pienso. Recreo conversaciones tenidas. Me ayuda a clarificar ideas. Trato de reproducir lo que fue dicho. Trato de entender y saber lo que las palabras dichas querían decir vistas ahora desde el silencio y desde el tiempo. No sé si me ayuda o es una obsesión por retener todo en mi memoria, por revivir, por no dejar que algo se me escape de las manos. No lo sé pero no puedo evitarlo.

Son las doce. Lo han dicho las campanas del pueblo cercano. Ya es mediodía. Hoy no hace mucho calor. El cielo azul, los campos amarillos, la vida aparentemente quieta. Me pongo las zapatillas. La cámara de fotos y una botella de agua en la pequeña mochila. En marcha. Los caminos me esperan.

J. lee. S. y M. trabajan y yo, afortunado, me pierdo en la inmensa llanura camino de la ermita.

Palabras para julio

El mes de julio se me ha ido como el rayo. Me ha dejado sin palabras. He leído, he paseado, he descansado bajo el granado y bajo la higuera. He visto crecer las fresas, he probado las primeras cerezas de mi cerezo, los higos maduran poco a poco y los olivos, impertérritos, permanecen. Ese parece su destino.

La sombra de los plátanos ha crecido y allí me he refugiado bajo el sol de mediodía.

Por las tardes libros y siesta en la penumbra buscada de la casa, lejos del sol y de las horas en que quema inclemente. Después, con la llegada de la brisa, el jardín vuelve a ser amable. Es hora del trabajo con las manos: regar, cortar, sembrar. Clavar, pintar, serrar. Cambiar las piedras de sitio, tender luz donde no la había.

Fatiga, sudor y cansancio bienvenidos, dolor en las manos y en la espalda por la falta de costumbre. Satisfacción por ver lo que uno ha hecho.

Cae la tarde, la temperatura cae también casi sin darnos cuenta. El cielo deja el azul por el amarillo, pasa después a naranja casi rojo.

Sentado en un rincón del jardín, con un vaso de vino blanco en la mano, observo los colores cambiar, los campos de trigo ya cosechados, los pájaros volar, saltando de árbol en árbol, como jugando. Te sientes diluido en el todo y comprendes sin pensarlo el poder de la naturaleza.

Viento, luz, quietud y movimiento a espaldas del tiempo.

Se hace de noche y el cielo azul y negro se llena de estrellas. Levantas la cabeza y contemplas la inmensidad de lo inmenso. Tú eres el diminuto punto. No ellas. Ayer, sin ir más lejos, la luna se volvió roja, como llena de sangre.

Leer un buen rato en la cama. Sentir el sueño cuando llega, apagar la luz y caer dormido casi sin quererlo. Deseando alargar esos momentos previos al sueño en el que uno se siente desaparecer en la nada.

Soñar, despertar, abrir la ventana para que el sol llene hasta el último rincón que quedaba todavía de noche.

Salir, una vez más, al jardín y contemplar. Tal vez sea nuestro único destino.

El mes de julio se va y con él todas las palabras.

Agosto que acechas, no me gusta tu nombre.

Un verano sin cerezas

Este año las cerezas se han adelantado. Infieles a su cita conmigo, se han marchado todas antes de que yo llegara. Me consuelo pensando en el festín que se han dado los pájaros. Cinco cerezos para ellos solos. He estrenado mi comida en los árboles con unas pequeñas ciruelas rojas. Suena bien pero no es lo mismo. Enseguida será tiempo de albaricoques y,  con suerte, de ciruelas claudias.

La casa vacía y oscura se ha llenado de luz para recibirme. Parece que fue ayer cuando cerré ventanas y puertas. Han pasado meses pero en mi mente no llegan a unas horas. Cuando llegas a un lugar que guarda parte de ti el lapso de tiempo se desvanece. Luz del sol que entra por las ventanas recién abiertas, polvo acumulado y dormido (¿qué sentido tiene el polvo?) y ruido de pasos que recorren pasillo y habitaciones. Tiempo de maletas. Ropa en los armarios, camas por hacer, alacenas que hay que llenar con comida, libros que esperan ser leídos, cámara de fotos, ordenador, cables y una carpeta con el trabajo pendiente.

El jardín habitado de nuevo. Un vaso de vino bajo el almendro tantas veces recordado. Un libro cerrado a mi lado. No es tiempo de palabras sino de paisajes. Pierdo la vista en los campos que se pierden en la distancia. Colores de verano. Brisa que me hace sentir vivo. Un lugar en el mundo.

Primer paseo entre el trigo. Piso de nuevo la tierra que dejé fría y ahora se siente caliente. Polvo que se levanta al andar. Primera pausa, primera fotografía. Una vez más mi mirada se fija en un camino vacío. Parece blanco en la distancia. Corta en dos los campos y me invita a seguir caminando. Wilko me canta al oído That’s what you said. Acaba y la escucho de nuevo. Llego en volandas a la ermita y me detengo. Me siento en una piedra y la contemplo. Mil años lleva ahí detenida. Atravieso su pequeña entrada y aparezco en un mundo de sombras. Oscuridad y frescor. La luz del sol se intuye a través del alabastro. Tiempo de silencio.

De vuelta en casa. Preparo la comida. Melón, tomates, queso y vino de pueblo. El sol está en lo más alto. Es el momento de verlo desde la sombra. Cierro los postigos de las ventanas, corro las cortinas y me refugio en la penumbra de la alcoba. Me tumbo en la cama. Leo a Boris Pahor hasta que un dulce sueño me vence. Tiempo de siesta.

Por la tarde siempre se levanta el cierzo. La temperatura va cayendo y el jardín se puebla del sonido que producen las hojas de los árboles al agitarse. Descubro en un rincón una gata con tres lindos gatitos. Tienen hambre. Los tres pequeños huyen. La madre aguanta mi mirada. Devoran la leche que aparece como por encanto en un plato.

Película de media tarde. La fortuna de vivir. Me gusta y asiento. Yo también soy afortunado. La vida tendría que ser así. Algo para ser disfrutado. Vivir lo que uno quiere vivir. Elegir y no ser elegido. Tiempo de reflexión.

Los días largos de verano. Un paseo por el pueblo. Recorrer sus escasas calles, ver a los niños que pasan corriendo con una sonrisa cosida en la cara. Imaginar las vidas dentro de las casas, mirar por las ventanas, detenerte a charlar con algún conocido. Volver a casa y respirar tranquilo. El jardín de noche. Tiempo de estrellas. No sé el nombre de casi ninguna pero no por eso dejan de ser mis estrellas.

Pepino y acelgas de la huerta de un vecino. Ha sido su regalo de bienvenida. Comer de tu propia tierra. Recoger los platos y el mantel de la mesa. Encender una luz  y escuchar el silencio que llega desde el jardín dormido. Decido escribir lo vivido. Tiempo de palabras.

Punto final. La cama con sábanas blancas. Las paredes vacías y también blancas. Me acuesto. Abro el libro y sigo leyendo. Tiempo robado al tiempo. Dejo de leer por un momento. Miro al techo y suspiro. Mañana también será tiempo de ciruelas, caminos, gatos hambrientos, tomates y estrellas.

In the garden

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In the garden es una canción extraordinaria de Van Morrison.Es muy espiritual.Mi jardín, para mí, también lo es en cierta manera.Cuando estoy en mi jardín me acuerdo muchas veces de ella.Es aquí donde paso muchas horas del día.Me da luz y me da sombra,calor y fresco.En verano me regala cerezas,ciruelas y albaricoques.En invierno la nieve le sienta muy bien.

Tiene muchos rincones.Dependiendo de la época del año busco uno u otro.Debajo del almendro las novelas son más novelas y junto al nogal las conversaciones no acaban nunca.De día los colores se adueñan de los ojos, de noche no hay más remedio que levantar la vista  y contar las estrellas.

El jardín no tiene límites, donde acaba empieza el amarillo que se extiende hasta donde alcanza la mirada.Poder mirar y no aburrirse nunca de hacerlo ocurre pocas veces.

Las fotografías que acompañan estas líneas no están ahí por ser mejores o peores. Son simplemente las primeras que tomé al llegar este verano.Así me recibió.Desgreñado y seco.Así lo muestro. Hoy tengo ganas de desvelar secretos.

No guru, no method, no teacher
Just you and I and nature
And the father and the
Son and the holy ghost
In the garden wet with rain
No guru, no method, no teacher
Just you and I and nature and the holy ghost
In the garden, in the garden, wet with rain
No guru, no method, no teacher
Just you and I and nature
And the father in the garden