Domingo y lunes de julio

DOMINGO

El verano con nubes no es verano. La lluvia en verano debería ser sólo cosa de furiosas tormentas. Las tormentas, dejarse sentir tan sólo de vez en cuando. El sol tendría que venir para quedarse.

Julio avanza poco a poco y yo me siento en febrero. Uno sabe dónde reclamar o a quién hacer responsable en casi todas las situaciones de la vida. Cuando se trata del tiempo, meteorológico, no del otro, ese es cosa nuestra, no se siente más que frustración. Nada ni nadie es culpable de que el color gris del cielo me moleste o afecte a mi delicado espíritu. Dejado dios en paz, no sé a quién me puedo dirigir cuando reclamo a quien corresponda.

Las cerezas este año están, pero penden de las ramas como de un hilo o como de un suspiro. Caen demasiado maduras del árbol y yo contemplo impotente cómo se estrellan contra el suelo sin remedio. Sólo los pájaros ladrones las aprovechan. Tentación caída por los suelos. Las cerezas ante mí y no puedo evitar que se me escapen de los dedos y de la boca.

Verano sin sol y sin cerezas. Pura contradicción. ¿Qué puedo hacer yo ante tamaña desgracia?

Nice, nice, very nice de D.M. es mi único consuelo en este domingo en el que inesperadas obligaciones laborales me obligan a desandar el camino andado y volver al despacho clausurado y ya casi olvidado. Recorro ahora la oscura carretera, bajo un oscuro cielo en esta gris y oscura tarde de domingo. Nice, nice, very nice, es verdad, es mi único alimento.

Mañana dos reuniones, varias tareas inesperadamente pendientes y espero, ojalá, dar media vuelta a mi retiro sin verano ni cerezas. Espero que en esta pequeña y forzosa pausa el sol recobre su sentido y tanto él como yo tengamos esa segunda oportunidad que, al parecer, todos o casi todos, merecemos.

Comienza a llover, no miento, the indy queens are waiting, y yo miro incrédulo a través de los cristales. La música me aísla en cierta forma de este mundo inaudito.

Julio sin sol, sin luz y sin cerezas. Julio plagado de lluvia. La casa está fría por la mañana. El jardín se ve triste desde la ventana.

De esta negrura inesperada tampoco se han librado las lecturas. He estado leyendo últimamente a Petros Markaris, el turco que vive en Atenas y, a pesar de los pesares y de las recomendaciones, tengo que admitir que no me ha tocado. Ni fu ni fa. No me gusta decir esto pero así ha sido y así, por tanto, lo cuento. Ahora empiezo con Bernardo Atxaga y sus Días de Nevada. Recién abierto el libro, recién empezado el camino pero presiento algo bueno. Me siento muy cómodo leyendo.

Con la música estoy más contento. Llevo un tiempo descubriendo grandes cosas. Eso me gusta mucho. Cada vez  son ellos más jóvenes y yo más viejo pero me encanta conocer lo que no conocía y tener todavía la dicha de lo nuevo y no estar siempre refugiado en lo sabido y conocido. Creo que tengo un sexto sentido para el diagnóstico. Yo mismo me fío de mí. Tengo grandes cosas entre manos. Las he traído conmigo para escucharlas a solas en mis paseos por el verde y por el amarillo. Esa es mi pista de pruebas. Paseos solitarios, caminos nuevos y caminos una y mil veces recorridos. Ellos me acompañan y juntos desbrozamos los senderos. Poco a poco ya los iré presentando.

He traído también conmigo películas para ver, casi siempre, en las primeras horas de la tarde, cuando el verano solía calentar demasiado. Momentos de cine y té tras la siesta.

De momento en vez de cine he visto dos series. Una alemana. Hijos del tercer reich. Un buen intento de los propios alemanes para analizar su historia reciente. Historia, por cierto, tantas veces silenciada. La otra, un clásico de mis últimos veranos. Downton Abbey. Es una serie británica. Decir serie y decir británica debería ser, en este caso, suficiente descripción. Nadie como ellos describe con tanto acierto, minuciosidad y belleza su propio pasado. Esta serie es un fresco de un tiempo terminado, comienzos del siglo XX. Está tan bien hacha que necesito beberla a grandes tragos. No puedo ver un capítulo hoy y otro dentro de diez días. Prefiero ver cada verano una temporada completa. Así, durante unos días, todo seguido, sin pausa vivo la vida en la gran casa en la campiña inglesa, vivo en ese microcosmos que a pesar de pequeño todo lo contiene.

Llueve más y más. El agua no me permite ver el paisaje. Una espesa niebla tras el agua. Más allá parece no haber nada. Me acerco en esta inesperada y momentánea vuelta a la nada cotidiana. Agua sin luz, niebla inerte que me dejan en paz por un momento mientras atravieso un túnel oscuro que me aleja todavía más del mundo.

No caigo derrotado. Dan y yo volvemos mañana. Ya no será lunes sino que será un día y luego vendrá otro día y después otro. Días sin nombre ni atributos. Días sin despertador, días sin horarios. Días de palabras, de vino, paseos, tierra seca, libros, música y películas. Días de verano recobrado.

LUNES

Cinco de la tarde de un lunes de julio. El cielo sigue nublado. Enfilo al sur iluminado.

He pasado la noche en mi casa vacía. Me he despertado de madrugada. Oscuridad y silencio. He recorrido la casa y todo estaba quieto. Olía a casa cerrada. Era, como en los sueños, mi casa y no lo era. Extraña sensación la de sentirse un intruso en tu propia casa, en tu propia cama. En esa irrealidad de madrugada, en esa soledad inesperada he pensado en todo y en nada. Sabía que por la mañana esas horas de insomnio serían otra cosa diferente. Imposible luchar por retener las impresiones nocturnas. No hay palabras, no hay recuerdos que resistan la luz de la mañana. Las horas sin sueño son como islas a las que sólo se llega involuntariamente. No se pueden buscar. A veces uno se encuentra allí varado sin casi saber cómo ha llegado.

Por la mañana, con demasiado sueño acumulado, he tratado de guardar las horas vividas en mis recuerdos. Un café, una ducha, ropa limpia y el ruido de la calle y de la gente me han devuelto a la vida cotidiana.

Las calles estaban mojadas por la lluvia. He caminado deprisa. He tenido, qué remedio, que pasar la mañana entre reuniones, papeles y discusiones. Al final y ya por fin solo he ido poniendo puntos finales.

He comido solo, sentado en un bar junto a la ventana. He visto a mucha gente pasar. Es curioso comprobar que nadie sonríe cuando camina por la calle. Quién lo hace parece un borracho o un loco. Es difícil discernir qué sucede en las cabezas de aquellos que se cruzan en nuestro camino. El mundo visto a través de los cristales me parece siempre un lugar solitario.

Estoy llegando ya a mi destino.Como buen presagio el sol se ha abierto paso entre las nubes. Con el cambio de luz y de paisaje el día de hoy se me hace ya lejano. Esta pasada madrugada vivida en la oscuridad se me antoja ya tan irreal como un recuerdo inventado.

Vendrá ahora la tarde tranquila, tal vez un paseo. Luego, para cenar las últimas cerezas, tomate y un poco de queso. Miraré antes de acostarme las infinitas estrellas que me acompañan cada verano. Un verano ya sin nubes será por fin verano.

Mi casa, la otra casa, la que hoy he dejado vacía, esperará paciente a que algún día vuelva.

Las horas de nuestras vidas

Cuatro de febrero. Llueve y el horizonte no existe. La niebla se interpone. Estoy volviendo a casa y esas cuatro tímidas letras se me antojan más acogedoras que nunca. Las calles están casi vacías. Sólo se ve algún que otro ser humano refugiado bajo un paraguas. Es un día solitario en una ciudad desierta.

El cielo está mojado. La niebla me deja entrever el mar por un momento. Hoy viste de verde y su color destaca entre el blanco y el gris que lo envuelve y lo engulle. Veo a unos hombres trabajando. Limpian las aceras. Parecen querer limpiar con agua el agua de la lluvia.

Hoy es cuatro de febrero y es lunes. Los lunes son días antipáticos y febrero lo es entre los meses. He dejado alguna cosa sin hacer en el trabajo. He decidido terminar en casa. Allí, rodeado de mis cosas y de mis luces, será más agradable.

Es terrible darse cuenta de que hay días que sólo existen para ser tachados. Esa imagen, la de un calendario en el que vamos tachando los días, es la imagen de un vida sin sentido. Tachas hoy y tachas mañana, esperando siempre un día sin mácula. Días que llegan para luego irse. Días que se van para no volver. Viernes al final del lunes como toda esperanza. Verano detrás del invierno. Mientras tanto, seguimos tachando los días, matando las horas que ya nacieron muertas. Días y horas oscuros y grises. Como éste.

Hoy es cuatro de febrero, es lunes y llueve.

Escribo ya desde el martes. Sigue lloviendo. El horizonte es hoy menos difuso. Los colores son los mismos pero yo soy diferente. Alcanzo a ver, allá, a lo lejos, un rayo de luz que lucha sin tregua por permanecer. Estoy volviendo también hoy a casa y el camino se me hace más caritativo. Un hombre a mi lado lee concentrado las noticias en el periódico. Sé, aunque él no lo sepa, que, de vez en cuando, mira con disimulo lo que escribo. Inútil esfuerzo. Mi letra es indescifrable. Una mujer descansa rodeada de bolsas de la compra. Parece perdida en sus pensamientos. Está aquí, frente a mí, pero está también muy lejos. Creo que no le gustará volver a sus bolsas y a sus prisas.

Ahora ya es de noche. Escucho la lluvia golpear en los cristales de la ventana. Todo lo demás es silencio. Tecleo estas casi quinientas palabras y pienso en estos días que a pesar de grises ya no volverán.

Cuántas horas de nuestra vida pasamos fuera de ella. Nuestra mente es, a la vez, cárcel y válvula de escape. Horizonte y frontera. Ella nos retiene, guarda todas nuestras obsesiones. Ella, también, nos libera. Puede ser, al mismo tiempo, el suelo que pisamos o imaginación desbocada. Mente que me ata y que me deja volar por los recuerdos o por los vericuetos de un futuro incierto.

Hoy es martes. Mañana será miércoles. Será también un día lluvioso. Yo volveré a casa. Estos son los días  que no volverán. Estas son las horas de nuestras vidas.

Tormenta de verano

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Me gustan mucho las tormentas.Más en verano.Más todavía en el campo.El calor aprieta, el aire se hace irrespirable y ansiamos la llegada del agua refrescante. Se vislumbra un relámpago  a lo lejos.Contamos los segundos que tarda en sonar el trueno y luego lo multiplicamos por 340.La distancia es cada vez menor.Las nubes negras, cargadas con el agua prometida, se resisten a derramarla sobre la tierra sedienta.El día se hace noche en unos minutos y el espectáculo da comienzo.

Hoy, al ver que la tormenta se acercaba, he hecho algo diferente.Al sentir que ya llegaba, me he sentado a esperarla frente a una pared blanca.El sol le daba de lleno.Hacía daño mirarla.La luz de la pared cambiaba. No hacía falta levantar la vista  hacia el cielo.Quería plasmar el momento previo al agua.Difícil explicar con palabras los colores.Diferentes tipos de blanco,grises, azules y sombras que aparecen,primero a medias, después trasformando los brillos en mates,finalmente resaltando los colores.Si no se ve el antes y el después no se comprende. La luz es más luz gracias a la sombras.Blanco resaltado por el negro.Colores transparentes.

El agua llega y arrasa con todo. Durante unos minutos todo pierde su color.Todo es monótono. La luz  es igual en todos los rincones.Es un paréntesis de agua. Cuando deja de caer la lluvia y el sol asoma de nuevo entre las cansadas nubes, vuelve a reinar la luz, otra vez distinta.La tierra, la hierba, las plantas y las flores respiran aliviadas.Todo huele distinto.

Miro la pared de nuevo y brilla como antes.La tormenta que llega está ahora atrapada en la cámara.Ya se ha ido pero la tengo.El agua está a punto de caer, sólo falta un segundo.En la fotografía no hay tiempo y ese segundo siempre será eterno. Nos queda la luz para mirarla.

El azar y el agua

Hoy ha amanecido un día lluvioso.Presagio tal vez de lo que luego sucedería.Yo tenía fiesta.Lunes de gloria.Si me dan a escoger un día laborable para que sea festivo siempre me decanto por el lunes.El domingo entonces sufre una metamorfosis y según se va acabando se transfosma por arte de birlibirloque en sábado otra vez.La noche y la madrugada presagian tranquilidad.No hay prisas y uno disfruta doblemente por el tiempo ganado al tiempo y por contemplar como todo lo que le rodea adquiere otro tono, otro color.Es dificil explicar cómo los mismos lugares se transforman completamente según los ojos con que los miremos o el tiempo en que los habitamos.La mesa a la que ahora estoy sentado, la habitación en la que me encuentro son completamente diferentes a mis ojos siendo como es víspera de fiesta .Miro a mi alrededor y contemplo los mismos muebles, idénticos libros y la luz que me ilumina es la misma que todos los días.Sin embargo, a pesar de que la función del nervio óptico sigue siendo la de siempre, la que le corresponde, yo percibo todo de diferente manera.¿Dónde está la realidad entonces?¿Qué es más importante lo que veo o cómo lo veo?¿De qué me sirve lo objetivo si lo que siento siempre ha de ser subjetivo?En cada momento, en cada situación percibo lo mismo de distinta manera.Estoy hablando del presente.No estoy imaginando ni soñando.Sé positivamente que hoy es lunes y que ahora está terminando el día.Para mí no es así.No importa lo que diga el calendario.Cuando hablamos de los recuerdos se nos hace más fácil comprender que los transformamos, que los adaptamos basándonos no en hechos reales sino en sensaciones.Nadie recuerda igual un mismo hecho.Yo defiendo que con el presente, con lo cotidiano hacemos lo mismo.La percepción de la realidad es un concepto vacío al que hace falta llenarlo de contenido.Ese contenido se lo dan nuestros ojos internos, no los globos oculares que cumplen las órdenes del cerebro.Cuando vemos una fotografía sucede algo parecido.No importa ni la hora del día ni el día de la semana en que fue tomada. Cada uno hacemos una interpretación de lo que vemos que escapa casi siempre, no sólo de lo que el fotógrafo quiso retratar sino del mismo motivo  que la imagen nos muestra.Nuestro estado de ánimo, el lugar en que nos encontremos,nuestras referencias serán las que nos hagan percibir algo en lo que vemos.

Como el día estaba lluvioso he bajado al garaje con mi hija pequeña para arreglar una bicicleta.No era lo que yo había imaginado para un día como hoy.Lleno de pereza he aceptado con resignación llenarme las manos de grasa.La bicicleta ha tenido que esperar  y por arte de magia la mañana se ha transformado en algo inesperado.El garaje estaba lleno de cajas, y las cajas de ropas, libros y juguetes antiguos.Viendo cómo mi hija sacaba de su encierro todo aquel pasado, cómo recordábamos los cuentos leidos hace años,cómo desempolvábamos juguetes hasta entonces olvidados ,he pasado los mejores momentos de este largo fin de semana.Casi siempre la vida nos sorprende.No importa lo que planifiquemos.Casi nada resulta ser lo que creíamos.El gruñón que apático comenzaba la mañana se ha convertido encerrado en un vulgar garaje, en el risueño padre que alegre contemplaba el pasado revisitado de las manos de su hija.El azar moldea nuestros días.A la vuelta de cualquier esquina surge siempre lo inesperado.Aunque la vida está hecha de rutinas no estamos nunca seguros de que vuelvan a repetirse.

Seguía lloviendo y hemos vuelto a casa pensando ya en una reconfortante comida.Después ya se vería.Tal vez una película o una partida a algún juego interminable.Llegar a casa y no sentir nada es prueba de que algo anda mal.La llave en la cerradura nos debe abrir el paso a la única patria razonable:nuestra casa.Hoy así ha sido, pero la sorpresa  nos ha dejado boquiabiertos.Toda la casa estaba inundada.No exagero, el agua  se extendía por todas partes.Mi pequeña Venecia.El alma se me ha caido a los pies.Mi hija, presa de terror ha corrido en busca de su pequeño hamster.Cuando ha visto que estaba sano y salvo haciendo gimnasia en su noria, ha transformado su terror en entusiasmo y alegría, como imagino que sólo los niños pueden hacerlo.Ansiosa me ha preguntado:¿puedo pasar yo la fregona?Manos a la obra, toallas por el suelo, cubos, trapos y el entusiasmo en su cara.Un par de horas después Venecia se iba secando.Con la situación ya controlada, hemos hecho un descanso.Teníamos hambre y hemos decidido salir a comer a un restaurante.Nos lo merecíamos.Más tarde ya continuaríamos con las labores de limpieza.De forma inesperada nos hemos visto todos allí sentados.Comiendo juntos e imaginando lo que podría haber pasado.No había pesar sino alegría.Casi todo resulta mejor de lo que uno piensa.

La persistente lluvia, hoy ha sido un día pasado por agua,nos ha obligado a regresar a casa y retomar las labores abandonadas.No sólo hemos secado y limpiado toda la casa sino que, ya puestos, hemos aprovechado para ordenar y tirar un sinfín de cosas.Al caer la tarde era imposible imaginar que aquel lugar había estado a punto de hundirse unas horas antes.Cuando iba a sentarme en mi sofá rojo y disfrutar de un té caliente y de cotemplar satisfecho la obra realizada.Ella, otra vez ella, me ha recordado la bicicleta.Aún no la habíamos arreglado.Hemos llevado primero a la basura todo lo que por la tarde habíamos recolectado.Llovía, y ella se ha empeñado en taparme con el paraguas.Tres golpes en la cabeza y una varilla en el ojo.Su risa ha podido con mi enfado.Otra vez el garaje,la grasa, la rueda que se empeña atascada y ella mientras tanto jugando al balón o montada en patinete.Cuando he terminado me ha preguntado: ¿ya está?.La desilusión pintada en su cara.¿Podemos arreglar otra cosa?

Miro por la ventana y la lluvia continúa.Ya es tarde.Estoy sólo.Todo el mundo duerme.Voy a contar un secreto: a pesar de la lluvia,de la inundación, de la grasa, la basura y de la varilla en el ojo ha sido sin duda el mejor día de este largo fin de semana.