Atrapado en el tiempo

Puedes tratar de sacar todo lo que quieras de tu mente. Puedes soñar con que el olvido se haga cargo de todo. Puedes vivir como si tus fantasmas ya no existen. Puedes repetirte una y mil veces que el pasado se ha convertido en presente. Puedes incluso fingir que sientes lo que no sientes. Puedes mirar atrás sin dolor de punzadas en la frente. Puedes, pero, cuando el tiempo del que huyes te alcanza, sabes que mientes.

Todo acaba por volver. Siempre que cierras los ojos te quedas completamente solo. Entonces, en ese silencio oscuro, la mentira se desvanece y agazapada la verdad se manifiesta indiferente. La ves y aceptas humildemente que estás atrapado en el tiempo. Cárcel sin la que no puedes vivir. Camino del que no puedes salir. No tiene límites ni abismos a su costado. No tiene principio ni fin. Tu vida sin él no es vida. Es nada o no es nada. Lo mismo da.

Sientes que cada vez el tiempo es más presente. Ahora que el pasado no se va, tienes que tratar de ser fuerte. No te dejes tentar por las caricias tramposas de la memoria. Los recuerdos te acompañan y a veces te hacen sonreír. Los recuerdos llegan para quedarse. Y lo hacen. Ganan siempre la batalla. Tú eres presa fácil. Los acoges y los guardas. Ten cuidado. Son afilados. Tienen dientes, tienes garras y hieren como amenazas.

No dejes de mirar al frente. Haz de tu vida un presente continuo que no te abandone. Tienes recuerdos, tienes sueños, de ambos estás hecho. Ahora es lo importante. Si no lo aceptas el abismo te espera. Caer es fácil. El ascenso te cuesta la vida. No te diluyas, permanece. No permitas que tu tiempo sea pasado, no lo conviertas en anhelos futuros. Pisa fuerte y mira la huella que dejas en cada instante.

La única solución que tienes es vivir en la mentira del presente. Sabes que no existe pero no importa, solo en él puedes quedarte. La verdad del pasado no puede devorarte. Miéntete, engáñate sabiendo que lo haces. Ser consciente te hará fuerte. Si vives en la mentira del tiempo por qué no vas a hacerlo en el presente.

Memoria, recuerdos, pasado, futuro y presente. Una y otra vez vuelves a lo mismo. No te quedan palabras para otras cosas. Es obsesivo. Pensamiento persistente. Latido constante en tu mente. Te lo dije, no puedes huir por mucho que lo intentes. Sueña si quieres con vaciarte, sueña con el olvido que nunca llega. Sueña, pero vive mientras tanto en el tiempo que no cesa.

Eres pasado que ya no existe. Tienes ante ti un futuro probable pero incierto. Sólo te queda agarrarte al presente que se desvanece a cada instante. Cuando cierres los ojos, duerme. No pienses, no sueñes. Simplemente duerme.

Recuerdos

Cuando recordamos malos momentos, cuando tristes o duros recuerdos asoman de nuevo a nuestra consciencia, no encontramos el alivio de habernos desembarazado de ellos, no nos sentimos mejor desde la distancia, no respiramos tranquilos por saber lejanos y perdidos en el tiempo aquellos momentos. Al contrario la angustia, el pesar y el dolor reaparecen y recordar enturbia el alma.

Cuando recordamos buenos momentos, cuando tratamos de sonreír de nuevo con los ojos abiertos al ver lo que fue y ya no es, no disfrutamos en el presente gracias al pasado, la alegría no se apodera de nosotros. No vuelve el pasado a ser presente. Al contrario, la nostalgia trepa hasta alcanzar la garganta, la melancolía del tiempo ya consumido, acabado y muerto nos oprime el pecho.

Cuando recordamos, en fin, no vivimos, más bien lamentamos tiempos perdidos o revivimos dolores pasados.

Recordar es pernicioso y siempre nos hace olvidar que ante nosotros y en nosotros sólo existe el ahora. A pesar de todo, no podemos evitar pasar la vida recordando.

El recuerdo como aprendizaje, como inspiración, como estudio. El pasado como presente. Escribimos, pintamos, cantamos y fotografiamos el pasado para que no se nos olvide y para recordarlo, para hacerlo eternamente presente. Lo hacemos a pesar de las heridas que nos causa.

El ser humano es contradicción. Una de las pruebas más feroces de ello es su apego por el recuerdo, apego que le hace olvidar el presente. Tal es así que su esencia son los recuerdos. De ellos estamos hechos y en ellos nos convertimos. Es nuestro sueño de inmortalidad. Permanecer en otros como memoria, como recuerdo.

El hombre así es hombre porque tiene memoria. Es consciente porque recuerda y la existencia del pasado le hace concebir un presente aunque sea momentáneo.

El hombre sin memoria, sin recuerdos se vuelve cosa, se disuelve en la ausencia de tiempo. El hombre que recuerda, el hombre memorioso concibe el futuro porque posee un pasado.

Recordar es, insisto, pernicioso pero absolutamente necesario. Sin el recuerdo dejamos de ser como dejan de ser los segundos cuando uno sustituye a otro, cuando el nuevo elimina al anterior y entonces deja de ser nuevo.

Para recordar basta con cerrar los ojos.

Los recuerdos han creado el tiempo.

El pasado es recuerdo.

Estamos hechos de recuerdos. En ellos casi siempre nos quedamos perdidos y olvidados.

Una y otra vez el tiempo

Todos los días pasan. Sólo algunos empiezan y acaban. No siempre es bueno ni lo uno ni lo otro. No siempre es malo tampoco. A veces la falta de límites permite al tiempo deslizarse sin dibujar contornos. Todo es uno y uno es todo. Otras, somos feliz o dolorosamente conscientes del paso de la vida. Sentimos que las horas y los días escapan como el agua entre los dedos. Nos aferramos a hitos que marcan principios y finales pero que dejan siempre huellas reconocibles por la memoria. La memoria entonces se adueña del tiempo y le da forma. Lo moldea como las manos moldean la arcilla y deja clavadas para siempre miradas, caras y palabras. Los recuerdos se mezclan con los minutos y con los segundos  y el tiempo se transforma en antes y después, en ayer y hoy, en tal vez mañana.

Todos los días pasan. Algunos se quedan y nos atormentan. Se empeñan en romper la línea recta y se retuercen en curvas imposibles volviendo siempre a nuestro lado aunque no les hayamos llamado.

Todos los días llegan y casi todos pasan de largo dejándonos huérfanos de tiempo en las manos. Se van y nunca vuelven la mirada. Se van pero no nos llevan con ellos. Estamos irremediablemente solos.

Todo los días acaban y sólo algunos los cuento. Todos los días llegan, pasan y acaban pero sólo un puñado transforma sus instantes en palabras. Esos días el tiempo se detiene en la tinta negra y se queda. Sólo las palabras crean recuerdos. Sólo la memoria está formada por fantasmas y por letras.

Una y otra vez sólo importa el tiempo.

Retenerlo, definirlo, repetirlo, recordarlo, olvidarlo, hablarlo, expresarlo, fotografiarlo, cantarlo, contarlo…pasarlo.

Todos estamos siempre en su interior. Fuera de él imaginamos todo pero sabemos muy bien que no existe nada. Fuera de él el silencio absoluto. En el silencio no hay memoria y sin memoria no somos nada. Pálidas sombras que se desvanecen como vapor de agua. Sombras que sin palabras que las nombren siempre se olvidan.

Somos tan solo tiempo. El que fuimos y el que nos queda.

La estela del tiempo

Después de estos años, compruebo con cierto desasosiego que la vida transcurre demasiado deprisa también en la red. No importa que tengamos delante de nosotros y ordenados cronológicamente todos los pasos que hemos ido dando en este universo. De hecho, es una peculiaridad de este mundo, eso de tener siempre a la vista todo lo que hemos dicho, visto y oído. Podemos revisitar constantemente lo que hicimos, pensamos, dijimos y hablamos ya que está antinaturalmente ordenado y guardado. No recordamos sino que volvemos a vivir. En la vida en la que un despertador nos despierta y hablamos con la boca y no con los dedos eso no sucede. La memoria es la que da razón de todo y la vida según pasa adapta mediante los recuerdos la percepción actual de lo que sucedió en el pasado. En este universo físico donde todo se solapa y superpone, el tiempo campa a sus anchas por la subjetividad y cada día somos más conscientes de que no es más que un capricho humano, a lo sumo un consenso, como tantos otros, que nos permite orientarnos. No importa que los físicos nos aseguren que tanto el tiempo como el espacio comenzaron con aquella explosión primigenia que nos ha traído hasta este momento en que escribo estas palabras.

En el universo sintético de los internautas, sin embargo, el tiempo impone su sentido y su estela nos lleva férreamente atados. Todo está controlado y ordenado y cada cosa está en su sitio. El problema es buscarla y encontrarla. No utilizamos los recuerdos ni la memoria para indagar en el pasado ni para representárnoslo en el presente. La constante utilización de fechas y horas, la importancia de la cronología y el orden que existe dentro de un aparente caos hace que el peso del tiempo sea abrumador y su constante y sentido peso marca claramente su camino inalterable.

La memoria de la red nada tiene que ver con la del cerebro. La red acumula y el cerebro olvida para sobrevivir. La red se expande como el universo mientras que nuestro cerebro tiende a encogerse. Memoria ordenada y organizada frente a selección, interpretación y olvido. Palabra e imágenes frente a memorias. Recuerdos con los ojos cerrados o con ellos bien abiertos.

A pesar de todo. A pesar de tener clara la marcha de los años y los días, uno siempre, cuando llega el momento y mira hacia atrás, siente con desvelo que el tiempo, cercano o distante, abstracto o concreto se le escapa de las manos. Siente que le huye y que todo fue tan breve como un instante. Es nuestra soberbia la que nos hace pensar que nuestro tiempo, esa infinitesimal disolución de días y horas en lo infinito, permanece y dura. Cuando nos detenemos nos damos cuenta de que, como estrellas fugaces, aparecemos y desaparecemos. Sólo unos pocos ojos nos han visto. Muchos menos nos miraron. Fuimos y no fuimos. En el tiempo nadie es porque el infinito todo lo disuelve.

A pesar de todo. A pesar de lo infinito yo no renuncio a capturar mi tiempo y llevármelo conmigo. No renuncio a recordar aún sabiendo que me engaño, no dejo de mirar con los ojos cerrados lo que un día vi en vivo y en directo. No ceso de recrearme en lo que quise y quiero seguir queriendo. No abandono las palabras a su suerte y les doto de nuevo sentido leyéndolas de nuevo. Veo piel lisa donde hay arrugas, infancia donde hace tiempo que nadie juega, colores debajo de otras capas de pintura, fotografías que pesan ya más en mí que el pasado que representan, recuerdos que pueblan cada una de las cosas que toco y miro, memoria en actividad constante.

A pesar de todo, y eso lo sabemos todos por propia experiencia, el tiempo pasa volando.

Seis años hace ya que vivo entre píxeles y teclas. Seis que es más que un lustro y menos que un decenio. Seis como cantidad arbitraria que nada representa pero que como todo número redondo nos hace reflexionar sobre el pasado y sobre el tiempo. No importa que ninguno de los dos existan. A su existencia nos agarramos porque si no seríamos piedras. Las piedras, todo el mundo lo sospecha, no albergan recuerdos y el tiempo, aunque les vaya cambiando de forma, pasa por ellas sin tocarlas.

Seis años que siento y padezco, seis que llevo una doble vida sin ser espía, seis años plagados de recuerdos aunque estén cronológicamente ordenados. Seis años de palabras dichas, de imágenes mostradas que son muchas veces mucho más yo que las imágenes que veía. Seis años de personas cercanas en la lejanía. De palabras dichas y de palabras calladas. Seis años que mirados desde ahora parecen a la vez pasado pasado y pasado presente. Parecen lejos y cerca. Parecen y son tan reales como la mano que los representa en palabras y las neuronas que los guardan en sus recuerdos.
Seis años que se van pero continúan. Todavía.

La estela del tiempo (o cómo los aniversarios nos hacen caer siempre en su trampa)

Lo cotidiano, lo personal y lo eterno

Divido así las facetas que pueblan nuestras horas y nuestros días. Una cambia constantemente y las otras dos permanecen en el tiempo.

La primera se impone, la segunda creemos haberla escogido y la tercera está, vive con nosotros  aunque nadie sepa cómo ha venido.

Lo cotidiano contiene desde lo nimio hasta lo extenso. Mi desayuno, mi trabajo, la lluvia, un partido de baloncesto y el mismo Obama reelegido.

Lo cotidiano ocupa siempre excesivas horas, llena de palabras papeles y pantallas. Es extenso, no íntimo. Despierta pasión y aburrimiento. Y siempre, llegado el momento, nos exige un descanso. Se nos hace absolutamente necesario.

Hoy he tenido revisión médica. Mi tensión está bien pero mis ojos ven un poco menos que el año pasado. He caminado después hasta el trabajo. He discutido en clase de elecciones, minorías y democracia. Ahora como con unos amigos y cuando se come, ya se sabe, se habla de comida. Luego mi hija me contará su día. Tenemos hoy que preparar el examen de matemáticas que le espera mañana.

Llegará la cena, las noticias en la radio y me iré a la cama como todos días.

Lo personal no se mueve dentro de un horario. Es parte de nosotros y lo formamos nosotros mismos, personas y elecciones. Lo personal es menos impuesto. La voluntad es su esencia. Las personas las elegimos, las decisiones las tomamos y nosotros no somos sino la suma de nuestras propias decisiones.

Por todo eso, cuando uno piensa en lo más suyo, cuando lo íntimo se impone, aparecen afectos y convicciones. Afectos por personas, afectos por objetos. Son nuestras huellas y nuestros apéndices. Siempre permanecen en la memoria. Siempre las tenemos presentes. Son realidad y son recuerdos. Recuerdos que fueron y continúan siendo. Mi casa, mis libros, la música que me acompaña, los viajes anclados en la memoria. Huellas indelebles que resisten el paso del tiempo. Las personas que queremos y, sobre todo, las que queremos querer. Aquellas que nos hacen sentir su ausencia.

Las convicciones, los límites que no traspasamos. La fuerza decidida que nos hace decir no. Vivimos llenos de dudas pero lo poco o mucho que somos es, sin duda, lo que queda más allá de la duda.

Lo eterno está ahí por sí solo. Es inútil rehuirlo. Sobrevuela nuestras vidas. Sabemos que existe aunque no lo pensemos.

Lo eterno es  siempre pregunta. Las preguntas sin respuesta crean zozobra. Esas preguntas que todos nos hacemos y que acaban siempre apareciendo. Esas preguntas que esconden su cabeza en lo cotidiano.

Lo eterno nunca empezó ni nunca termina. El universo poblado de interrogantes que nos acechan. El sentido y la referencia. La luz de la estrella muerta y el inmenso agujero que convierte todo en nada. Nosotros, en medio, perplejos, mudos de asombro, acabamos huyendo, cerrando siempre los ojos, imaginando futuros y acariciando el presente que nos ata los pies al suelo, que nos cobija en rutina protectora, que nos engaña, con nuestro permiso, y nos hace pasar del asombro al olvido.

Lo cotidiano entretiene, lo personal ocupa y lo eterno nos preocupa.

Los niños viven en lo cotidiano y se hacen adultos cuando su curiosidad, aún no domada, da ese salto hacia lo eterno. Al adulto le gustaría seguir siendo niño, jugar  hasta caer rendido y dormir con la cabeza llena de sueños. El hombre preocupado tiene dos opciones: olvidar o seguir adelante, seguir el camino de la voluntad o el de los deseos, ver o taparse los ojos, preguntar o callar, decidir o dejar que otros decidan por él, ser cobarde o valiente.

Si nos paramos a pensar en qué somos, si somos capaces de detenernos, veremos que el refugio acaba siendo cárcel, la valentía miedo y que la vida nos lleva por el camino de en medio. Lo personal y los afectos. Ellos no nos quitan el miedo  pero nos dan la seguridad necesaria para seguir viviendo.

Convertir la zozobra en asombro es lo que nos queda. El desánimo de la duda en ímpetu. Admirar la belleza de las preguntas despierta nuestra curiosidad y ésta se convierte en el motor que mueve la inteligencia. Lo eterno es siempre la base, por eso permanece. Las respuestas se ocultan en un horizonte que  apenas divisamos. El camino lo podemos hacer despiertos o dormidos. Anclados en la nada cotidiana, borrados del mapa o mirando hacia adelante. No siempre solos. Eso está reservado a los valientes. Pero sí acompañados por nuestros afectos, elecciones y decisiones.

Ahora que estoy bajo tu sombra

Y ahora que estoy bajo tu sombra, debo abrir los ojos, llenarme de amarillo y no olvidar lo que es indigno olvidar. Debo sentir en mis manos abiertas la brisa que pasa entre los dedos, cerrar el puño y apretar el aire solo. Debo guardar en la memoria el sonido de las hojas, las luces, las sombras y los pasos que alegres llegan corriendo a mi espalda.
Y ahora que estoy bajo tu sombra, debo tomar el cuaderno que descansa a mi lado, recorrer sus páginas en blanco y llenarlas con palabras que a borbotones se me escapan de los dedos. Debo tocar la hierba seca, la tierra caliente y las almendras que esparcidas por el suelo resisten el paso del tiempo. Debo ver sus piedras a lo lejos y recordar siempre el calor que guardan dentro, misteriosamente retenido.
Y ahora que estoy bajo tu sombra debo permanecer quieto y en silencio, olvidar todo lo olvidable y mirar sólo los ojos que merecen ser mirados. Debo acallar las dudas, ahogarlas hasta la muerte, sentir certezas como piedras y olvidarme de ese otro yo que me envenena.
Debo simplemente vivir, ahora que estoy bajo tu sombra.

 

Olvido y perdón

Hay personas que se pasan la vida pidiendo perdón. Acaba siendo un tic. Un acto reflejo por el que saben que alcanzarán la paz. Su conciencia hace borrón y cuenta nueva en cuanto pronuncian la palabra mágica. Palabras como perdón y arrepentimiento acaban perdiendo todo su contenido en cuanto son usadas con tibieza. Pide perdón le decimos al niño y él lo repite como parte de su castigo. Con el tiempo el perdón en su boca estará hueco. No serán más que letras transparentes que se deshacen en cuanto la lengua las deja escapar. Perdonar es treméndamente difícil y a menudo lo confundimos con el olvido. Perdono pero no olvido no representa el estado real de las cosas. Es más bien su contrario: no perdonamos pero acabamos olvidando. En el olvido está la clave. El olvido permite vivir sin rencor. El olvido forma parte de nuestro proceso evolutivo y es el que nos permite una mejor adaptación al medio. Somos animales sociales y sin la capacidad de olvidar seríamos simplemente animales.
Los cristianos defienden el perdón. Lo subliman y hacen de él un acto de amor en el que no cree prácticamente nadie. Ve en paz, yo te perdono. El perdón así entendido nos sitúa por encima del otro. Le concedemos la gracia de nuestro perdón. Le regalamos la oportunidad de aplacar su conciencia. ¿Le amamos? La respuesta no está en el viento. La respuesta tiene dos letras. Empieza por n y acaba por o.
El perdón acaba siendo un negocio perfecto. Contenta a las dos partes que intervienen en él. La oferta y la demanda se encuentran y alcanzan el precio deseado. El que lo pide la paz y el que lo regala se ve sumergido entre las olas de la caridad y el amor. Los dos acabarán olvidando. Uno que lo pidió y el otro que lo dio. Uno lo que hizo y el otro lo que le hicieron. El perdón dejó de ser lo que fue desde el mismo momento en que se pronunció. No queda nada de él. Sólo letras que al juntarse forman una palabra y, ya se sabe, a las palabras se las lleva el viento. El perdón nos resulta tan lejano que acaba siendo un atributo de dios. Incluso él es incapaz de perdonar todos los pecados. Dios perdona pero es incapaz de olvidar. Nosotros, una burda imitación hecha de barro, nos limitamos a olvidar. Los más adelantados creen que perdonan y pasan por encima del otro. Eso es en definitiva perdonar.
En otras culturas no existe un buen concepto del perdón. El que perdona no es merecedor de respeto. Es un cobarde y los cobardes olvidan para no enfrentarse con su obligación. En esta situación no es posible implorar perdón ni declarar arrepentimiento. Se ofende aquel al que se lo pedimos pues le estamos obligando, si cede, a perder su autoestima y respeto y, también es sabido, antes que esto la muerte. La muerte es el olvido sin retorno. Se suicida quien es incapaz de olvidar. El peso de la conciencia sólo puede ser aliviado por el olvido y en última instancia por la muerte.
Perdonar nos conviene. Nos permite vivir mejor y por eso el perdón lo hemos transformado en un valor. Sin él viviríamos atenazados por el resentimiento y las ganas de venganza. El presente desaparecería pues el recuerdo de la ofensa nos retendría para siempre en el pasado. El perdón es conveniente y recomendable. Es la medicina que nos ayuda a sanar las heridas. Nuestra mente poética lo ha vestido después con ropajes de amor y comprensión. El perdón no es un acto libre y gratuito como tantas veces nos han dicho. El perdón es un acto conveniente. La ética es práctica pero así vista nos decepciona. Nos gusta adornar lo práctico con declaraciones pomposas. Del mismo modo que comemos verduras porque conviene a nuestra salud perdonamos porque perdonar nos permite seguir adelante. Las verduras no son poéticas, el perdón sí.
Los cristianos cuando rezan piden a dios que perdone sus ofensas como ellos perdonan a los que les ofenden. Creo que dios les ha tomado la petición al pie de la letra y ha hecho, aunque en él parezca imposible, lo que ellos hacen: olvidarles.

El dios del antiguo testamento prometía venganza. Era un dios justiciero. Perdonaba y castigaba a voluntad. Eso nos deja indefensos y aterrorizados. El dios del nuevo testamento habla de perdón como imperativo moral, se nos presenta misericordioso pero inhumano. No somos nada a su lado, su perfección nos hace sentir miserables. Sólo nos queda la esperanza de su infinita bondad.  Dejar a dios a un lado y transformarnos en seres llenos de dignidad y respeto nos obliga a estar siempre pendientes de quien nos ofende. Perseguirle hasta lavar nuestra honra de toda mancha es un trabajo agotador. Estar  siempre vigilantes y no perdernos en los sueños del olvido es cosa de samurais de piedra sin carne ni sangre. Yo, tú, nosotros hemos sucumbido al olvido. Sólo queda olvidar para seguir adelante. El ser humano, es cierto, tropieza dos veces en la misma piedra porque olvida. No es menos cierto que volvemos a levantarnos, sonreímos de nuevo y perdonamos porque antes olvidamos o luego olvidaremos.

La identidad

¿Qué tiene de especial haber nacido en un lugar concreto? ¿Qué raíces nos atan  a los orígenes? ¿Por qué se nos hace necesario buscar  una identidad? ¿Por qué pintamos nuestros genes con los colores de una bandera? Si la identidad son sólo recuerdos, ¿qué somos realmente en el momento presente?

Tener grabados en la memoria paisajes y calles, casas y rincones es algo natural. La memoria es selectiva y al recordar deformamos la realidad que entonces vivimos. Es natural, también, que yo imagine ahora una infancia donde todo estaba en su sitio, donde nada necesitaba.La infancia, vista desde  el presente es el único momento sin pasado, no hay recuerdos más allá de la infancia y por eso la contemplamos como auténtica, como única. Por eso queremos hacer de ella nuestra patria. ¿Es esa mi identidad?

Es lógico que añore la casa donde nací, el olor de los sábados al mediodía, el sillón donde me sentaba y la cama cálida donde dormía. ¿Es esa mi identidad? El recuerdo deformador y selectivo inventa para mí un mundo que imagino sin fisuras, un lugar seguro que deseo me marcara de por vida. ¿Es eso mi patria? La identidad no es más que un deseo frustrado, es un necesidad creada para obtener seguridad. De la misma manera que  me refugio en el grupo para sentirme protegido, para no enfrentarme cara a cara con mis dudas, necesito sospechar que soy alguien marcado de antemano, esculpido por fuerzas inabarcables que  han hecho de mi lo que soy . Confundo el agradable recuerdo de un ayer inventado con una identidad que me conforma y que, inexorablemente, me lleva a sentir siempre carencias en el presente.

No entiendo sentir amor por unos colores, vibrar de emoción por un himno, matar por un pedazo de tierra. No entiendo sentirme diferente por hablar otra lengua. No entiendo la sacralización de las costumbres. No entiendo sentirme bien aquí y ahora por lo que fui en el pasado.

Confundimos la añoranza de un paisaje, el mar que ya no vemos, las calles que recorrimos, la luz en la que crecimos con nuestras señas de identidad. Creemos que esos sueños nos marcaron a fuego su impronta. El paisaje nos gusta porque pensamos que fuimos felices cuando lo vimos, el mar es un color que cambia, las calles nos llevaban siempre a casa y la luz acostumbró a nuestros ojos a ver de determinada manera.¿Por qué importa más eso que mis genes? ¿Por qué más que los libros que he leído  o la música que he escuchado? ¿Por qué tenemos que esperar siempre al futuro para sentirnos identificados en el pasado? La identidad siempre es pasado; la lengua de nuestros mayores, la historia de nuestro pueblo, la guerra que no vivimos, el dios en el que no creemos. La identidad es el bastón en el que nos apoyamos para deambular por el presente.

La identidad es peligrosa, nos hace rechazar lo que la pone en duda, lo diferente. La identidad es envidiosa y muchas veces asesina.

La poesía es útil cuando sabemos que es poesía. Las metáforas son bellas porque son puro artificio. Confundir, de verdad, los dientes y las perlas es pura tontería. La identidad como poesía podría ser tenida en cuenta. Allí guardaríamos nuestra infancia, nuestras primeras palabras, los cuentos que nos leyeron, los caminos  que  recorrimos, los colores del campo, la guerra de los abuelos, la bandera que bordaron, la historia que nos contaron, los sueños que soñamos. La identidad como pilar de nuestra existencia, como cuatro paredes que nos encierran es tremendamente peligrosa. La identidad es frustrante y neurótica; siempre vemos amenazas que la ponen en peligro. Nos sentimos constantemente atacados, existimos para mantenerla y defenderla, vivimos en la añoranza de la identidad perdida. La identidad  nos consume.

Somos ahora. En el pasado sólo fuimos. No somos uno sino muchos. Es bello recordar lo que creemos que fuimos. Es, a veces, un descanso. Yo no soy mi padre. Mi hijo no ha de ser yo. La identidad es múltiple y cambiante. En ella se juntan la ciudad en la que nací y la que más tarde descubrí. A ella se unirá la que mañana conoceré. Hay libros que me enseñaron a leer. Hay recuerdos que nunca olvidaré. Heridas permanentes, palabras grabadas en la mente, películas que me hicieron vivir, amigos a los que ya nunca veré. Hay muchas cosas que también olvidé. ¿Es eso mi identidad? ¿Es esa mi verdad?

Reivindico la libertad de no identificarme, de tener muchas aristas, de transformarme y de  decidir quién soy en cada momento. La identidad no es un número de serie, no es un color ni ninguna bandera. La identidad no es mi lengua, no es mi ciudad, no es mi país ni ninguna otra tierra. Mi única identidad soy yo. Sea eso lo que sea.

 

 

PS: Mañana es fiesta en mi ciudad. Es el día del patrón. Desde esta noche a las doce sus habitantes vibran de emoción al escuchar su himno, al ver izar su bandera, pasean con orgullo sus colores. Se oye ruido por la calle. Todos cantan.Todos se miran y se sienten uno. Mis vecinos ríen y se abrazan. Se oyen gritos de celebración. Se sienten en casa, en su infancia, en su patria, en su tierra, en su pequeño mundo por unas horas perfecto. El pasado es hoy. No existe por unas horas mañana.

Escritura automática

La ventana está cerrada.Agua, granizo y viento pugnan por entrar.La primavera no quiere acordarse de mí.Mis manos, entumecidas por el frío de la calle, van recuperando el color y el calor gracias a las teclas que pulso con las yemas de mis dedos.Su sonido me tranquiliza, me relaja.Las palabras surgen de la nada, son más veloces que mi pensamiento.No sé a dónde quieren ir a parar.Tampoco me importa.Me gusta ver cómo las letras se van combinando hasta formar nombres, ideas y conceptos que poco a poco logro desentrañar.No sé lo que voy a escribir a continuación.Ellas,con vida propia,van creando  un río negro sobre un lecho blanco.A veces juego a intentar no pensar en nada y comprobar qué es lo primero que se me ocurre.Es un juego sorprendente.Un recuerdo,una persona o un lugar aparece ante ti, sin que tú lo hayas llamado.Todo está dentro de nosotros.Es inútil preguntarse por qué ese recuerdo y no otro  se nos presenta sin razón aparente.Tal vez no habíamos pensado en ello desde hacía muchísimo tiempo.Pero ahí está.Revelándose.Voy a hacer lo mismo ahora, no hay trampa, lo prometo.Viene a mi memoria un día frío como hoy.Yo estoy en la vieja casa de mis padres.Abro el armario del pasillo donde tenía guardados mis juguetes.Me veo allí, rebuscando entre cajas y muñecos.Afilo más el recuerdo y , ahora sí, veo con claridad un fuerte  donde en vez de soldados había vaqueros que siempre eran atacados por indios multicolores.Me veo a mí mismo llevando mi fuerte junto a la ventana y allí, preparando por enésima vez la misma batalla.Yo sabía quién iba a ganar.Siempre triunfaban los mismos.Eso no era lo importante.Lo que ahora recuerdo, lo que veo con claridad transparente es la capacidad de mi yo niño creando un espacio impenetrable al que durante un rato nada afectaba.No había ya alfombra en el suelo. En su lugar rocas y arena componían el paisaje por el que los indios llegaban por sorpresa y al ataque.No había dolor aunque todos se disparaban y morían.No había tristeza.Solo ensimismamiento y el tiempo que volaba a través del tiempo.¿Será así el Dios que juega con nosotros? Para él no existe el tiempo y nuestras penas le son ajenas.Juega,crea, imagina y permanece ensimismado contemplando la tragedia que una y otra vez se repite.No sirve de nada que le gritemos, que mostremos nuestras heridas o que nos rebelemos.Él está en su mundo,jugando.Tan cerca y tan lejos como yo lo estaba del indio que herido de muerte caía del caballo sobre la alfombra-desierto.

Está oscureciendo,enciendo la luz.Me gusta más mi casa  con esta luz amarilla.Mis dedos se agitan indecisos sobre el teclado.Toco la mesa blanca y percibo lo agradable de tocar cuando uno está concentrado.La madera es más madera.La sensación permanece y todo acaba allí.No hay nada más que piel y madera.Me voy por las ramas.Vuelvo a jugar.Busco mi carpeta de música y  abro al azar un archivo.Billie Holiday canta desde el alma llenando con su voz  el tiempo y el espacio.Pienso en su trágica vida y entiendo por qué canta como canta.¿Por qué hace falta tanto sufrimiento?Yo, como Dios, me olvido, y disfruto escuchándola.Música, luz amarilla, madera blanca y el sonido de las teclas que al fondo me recuerdan  que lo único que tengo son palabras.Las miro, una y otra vez las miro y me asombro del milagro de que siempre digan algo.Tal vez no lo mismo para mí que para tí, pero siempre algo.

Pienso ahora en el día que ha pasado.Veo lluvia, una clase escuchándome, una reunión en la otra punta de la ciudad.El taxista que no me hablaba.Yo, agradecido, escuchaba con él las noticias en la radio.Todo me resultaba lejano.Al pasar junto al mar, he visto las olas gritar, todo espuma, todo gris.Al mediodía comida con los compañeros de trabajo y otra reunión por la tarde.Hablábamos de ellos, los alumnos, como siempre, y de qué podíamos hacer para ayudarles.En las caras se veía cansancio.Tanto esfuerzo para tan poca recompensa.Discusiones, risas y alguna que otra cara larga. Más tarde cuando me he quedado solo,me he sentado a mi mesa de trabajo.Una selva de papeles la inundaba.He tratado de poner orden en ese caos de notas,avisos, apuntes, libros y cuadernos.He mirado el correo, he contestado lo urgente y al fin he dicho: es suficiente.He salido a la calle desierta y he sentido el frío por todas partes.Lo que más me alegra es seguir sintiendo prisa por llegar a casa.Imaginar que allí dentro todo es cordura, que hay risas esperándome.Salir de casa para volver a entrar.Merece la pena.

Ahora, después de cenar, estoy aquí sentado, mirando las teclas y la pantalla.Queriendo que las palabras expresen por sí solas lo que se agita en mi cabeza.La ventana está cerrada.Agua, lluvia y granizo pugnan por entrar.Yo contento de estar aquí adentro.Robo  horas al sueño, no quiero perderme estos momentos.Mañana es viernes y Billie canta otra vez.