Palabras sueltas

Las navidades se fueron tan rápido como vinieron. Finaliza enero y me enfrento a un nuevo año con cara de pocos amigos. Desde mi ventana se ve caer la noche en mitad del invierno. El frío y la lluvia hacen de mi casa refugio. Color entre tanto blanco, gris y negro. Enciendo las luces y entre ellas me siento mejor, más cómodo. Música de fondo.

Hace unos días murió la madre de un amigo. Noventa y nueve años. Se apagó en pocos días. Simplemente se fue. Muerte plácida y dulce de quien ya vivió lo suficiente. ¿Podremos escoger alguna vez cuándo, dónde y cómo morir? Mi madre cuando murió ya no era mi madre. Dejó de serlo poco a poco. Se fue olvidando de ser. Yo celebré su muerte porque ya no era mi madre. Era carne, piel y huesos. Ni un hálito de vida.

A veces mi trabajo se me hace cuesta arriba. Creo que he cerrado un círculo y no me apetece recorrerlo otra vez. Es una mala sensación. La duda y cierta desazón se apoderan de mí. Es difícil dudar cuando el esfuerzo requiere de tanto entusiasmo. No sé si ya lo tengo. Despertar e iniciar un nuevo día sólo para completarlo, para cumplir con el tiempo es triste y descorazonador. Soy cada vez más egoísta con el tiempo. Lo quiero para mí.

¿Dónde se está mejor, en la rutina tranquila y algo aniquilante o en el cambio y movimiento? Nunca lo sé del todo. Siempre se quieren ambas cosas a la vez. Correr para luego detenerse. Marcharse para volver. ¿Cuál es el momento mejor, la ida o la vuelta? Qué fácil se olvida lo nuevo. Cada vez me cuesta más desprenderme de mis libros, de mi mesa o de los caminos y calles tantas veces recorridos.

La enfermedad que más temo es la nostalgia. Es tan fácil caer en ella y tan difícil abandonarla. Estamos hechos de recuerdos y cuanto más tiempo vivimos más recordamos. Mi vida comienza a ser más ayer que mañana. Caer en la tentación es demasiado sencillo. Tengo dos hijas, una vive a seiscientos kilómetros y la otra piensa ya en volar. Tienen, cruzo los dedos, mucho más mañana que ayer. Irremediable nostalgia.

El silencio que antes anhelaba, ahora a veces me asusta. Se siente amenazante. Duele. Impone saber que ya no controlo su duración. Ya no es un invitado. Viene cuando quiere y se queda, en ocasiones, demasiado tiempo. En medio del silencio puedo, aún y todo, oír voces, pasos, y músicas que nuca se fueron. Están ahí para salvarme.

Mirar fotografías empieza a ser doloroso. Es recurrente caer en ello. Inevitable sentir punzadas que hieren a través del tiempo. Están siempre allí pero cada vez más lejos.

Con la música, sin embargo, siempre estoy buscando. Busco cosas nuevas y cuando descubro algo interesante lo celebro como un tesoro hallado en tierras desconocidas. Lo desentierro y lo agradezco.

Los libros permanecen. Siempre están conmigo. Me son fieles y yo a ellos. Es lo que más me gusta comprar, tener y tocar. Cuando pienso en un objeto, en algo hecho por el hombre, siempre aparece un libro.

Es noche cerrada. El viento sopla y trata de atravesar los intersticios de las ventanas. La lluvia se oye ahí fuera. Estoy dentro, estoy en casa. Sentado en mi silla vieja. Rodeado de fotografías y de libros. Las miro y los toco. Pienso, vivo y recuerdo.

Escucho una canción y escribo estas palabras sueltas.

Mi madre ha muerto hoy

Mi madre ha muerto hoy. Descanse en paz. Lo primero es un hecho, lo segundo, una necesidad y un derecho.

Mi madre ha muerto hoy. Casi siento miedo por haberlo deseado. Me siento un monstruo solidario y compasivo. Solidario porque me rebelo junto a ella contra una vida que de miserable ya no era vida. Compasivo por la lástima que provocaba en mí tanta desdicha.

Mi madre ha muerto hoy y sólo ahora puedo recordar cómo era cuando vivía.

Mi madre ha muerto hoy y yo contemplo contento cómo se aleja en busca de un camino nuevo.

Mi madre ha muerto hoy y en su cuerpo ya no estaba.

Se fue.

Mi madre ha perdido la cabeza

Mi madre ha perdido la cabeza. Yo no lo lamento. Su vida se estaba reduciendo a respirar y dormir. Su vida era esperar. Yo detesto esperar. Ahora cuando me mira con sus ojos cada vez más pequeños ya no ve nada. Ni tan siquiera el constante lamento de la consciencia.

Mi madre ha perdido la cabeza y ahora vive como viven las piedras. Se sienta, se levanta y camina muy lentamente sin soltar su recién estrenado andador que como perro fiel le guía a todas partes. Tiene él más voluntad que ella. Camina y se vuelve a sentar. Permanece, allí, sentada y quieta. Siempre ausente. Dios sabe dónde. Sin mirar a nada ni a nadie y creo, firmemente, que sin pensar ni recordar absolutamente nada. Mente en blanco, pero no buscada, mente aspirada, que no liberada de ideas. Cerebro encogido hasta no ser más grande que una nuez, imagino.

Mi madre ha perdido la cabeza y cada vez habla menos. Cuando lo hace repite frases hechas, preguntas y respuestas una y mil veces repetidas. Palabras que han perdido cualquier significado. Hace mucho tiempo que hablar, lo que se dice hablar, no hablo con ella. Yo también repito mi guión escrito. Me lo sé tan de memoria que puedo decirlo, recitarlo, declamarlo si es necesario pensando en otra cosa, lejos del espacio y el tiempo. Ya no espero su réplica, la conozco de antemano. Nuestro estéril intercambio de palabras parece un texto escrito por una máquina; aburrido, repetido y sin sentido.

Mi madre ha perdido la cabeza y cuando estoy con ella, he de admitirlo, los segundos son minutos y los minutos horas. Siento alivio cuando el tiempo de mi visita termina y vuelvo a la calle donde en vez de piedras hay al menos movimiento, donde en vez de angustioso silencio el ruido está vivo. Ya no sé si siento pena cuando la dejo o simplemente alivio. Alivio por escapar de la nada. De la vida convertida en nada.

Mi madre ha perdido la cabeza y yo no sé si quiero que siga viviendo. Con este tiempo malgastado está arruinando una vida que dejó terminada hace ya tiempo, en lo que ahora me parece un remoto pasado. Casi ya no me acuerdo de cuando era ella. Me resulta difícil pensar que alguna vez fue mi madre. Imposible imaginar la madre de mi infancia. Se fue. Ya no está.

Mi madre ha perdido la cabeza. Siento pena, dolor, remordimiento y hastío. Siento rabia pero no puedo negarme lo que siento. Son tantos días intensos de nada, de vacío inmenso, de perdida y de lamento. Son tantas horas perdidas de vida que se me hace terrible ser testigo impotente de tanta nada. Siento enfado y vergüenza, amor y odio. Es tan leve y ligero el salto que va del uno al otro. Quiero engañarme y no puedo, me digo que no puedo pensar claro, que no sé lo que digo. Miento, lo sé perfectamente, las palabras que digo o escribo las puedo fingir, a veces incluso creer pero yo me conozco y cuando cierro los ojos no miento. Nadie me ve, nadie lo sabe pero no miento.

Qué difícil es querer a una piedra.

Mi madre ha perdido la cabeza y yo maldigo el momento en que la vida se convierte en broma macabra. Maldigo mi egoísmo, mi incapacidad de ver a través de la nada. Maldigo el tiempo innecesario. Maldigo la piedra en que también yo me he convertido.

Mi madre ha perdido la cabeza y ni tan siquiera sé si verme le supone el más mínimo alivio. A mí verle a ella me hunde en el pozo del remordimiento. Me ahogo y huyo. Huyo y no quiero volver a ese pozo tan negro y oscuro como yo por dentro.

Mi madre ha perdido la cabeza. No lo celebro pero tampoco lo lamento. ¿Qué sentido tiene una vida sin sentido?

Olvido y perdón

Hay personas que se pasan la vida pidiendo perdón. Acaba siendo un tic. Un acto reflejo por el que saben que alcanzarán la paz. Su conciencia hace borrón y cuenta nueva en cuanto pronuncian la palabra mágica. Palabras como perdón y arrepentimiento acaban perdiendo todo su contenido en cuanto son usadas con tibieza. Pide perdón le decimos al niño y él lo repite como parte de su castigo. Con el tiempo el perdón en su boca estará hueco. No serán más que letras transparentes que se deshacen en cuanto la lengua las deja escapar. Perdonar es treméndamente difícil y a menudo lo confundimos con el olvido. Perdono pero no olvido no representa el estado real de las cosas. Es más bien su contrario: no perdonamos pero acabamos olvidando. En el olvido está la clave. El olvido permite vivir sin rencor. El olvido forma parte de nuestro proceso evolutivo y es el que nos permite una mejor adaptación al medio. Somos animales sociales y sin la capacidad de olvidar seríamos simplemente animales.
Los cristianos defienden el perdón. Lo subliman y hacen de él un acto de amor en el que no cree prácticamente nadie. Ve en paz, yo te perdono. El perdón así entendido nos sitúa por encima del otro. Le concedemos la gracia de nuestro perdón. Le regalamos la oportunidad de aplacar su conciencia. ¿Le amamos? La respuesta no está en el viento. La respuesta tiene dos letras. Empieza por n y acaba por o.
El perdón acaba siendo un negocio perfecto. Contenta a las dos partes que intervienen en él. La oferta y la demanda se encuentran y alcanzan el precio deseado. El que lo pide la paz y el que lo regala se ve sumergido entre las olas de la caridad y el amor. Los dos acabarán olvidando. Uno que lo pidió y el otro que lo dio. Uno lo que hizo y el otro lo que le hicieron. El perdón dejó de ser lo que fue desde el mismo momento en que se pronunció. No queda nada de él. Sólo letras que al juntarse forman una palabra y, ya se sabe, a las palabras se las lleva el viento. El perdón nos resulta tan lejano que acaba siendo un atributo de dios. Incluso él es incapaz de perdonar todos los pecados. Dios perdona pero es incapaz de olvidar. Nosotros, una burda imitación hecha de barro, nos limitamos a olvidar. Los más adelantados creen que perdonan y pasan por encima del otro. Eso es en definitiva perdonar.
En otras culturas no existe un buen concepto del perdón. El que perdona no es merecedor de respeto. Es un cobarde y los cobardes olvidan para no enfrentarse con su obligación. En esta situación no es posible implorar perdón ni declarar arrepentimiento. Se ofende aquel al que se lo pedimos pues le estamos obligando, si cede, a perder su autoestima y respeto y, también es sabido, antes que esto la muerte. La muerte es el olvido sin retorno. Se suicida quien es incapaz de olvidar. El peso de la conciencia sólo puede ser aliviado por el olvido y en última instancia por la muerte.
Perdonar nos conviene. Nos permite vivir mejor y por eso el perdón lo hemos transformado en un valor. Sin él viviríamos atenazados por el resentimiento y las ganas de venganza. El presente desaparecería pues el recuerdo de la ofensa nos retendría para siempre en el pasado. El perdón es conveniente y recomendable. Es la medicina que nos ayuda a sanar las heridas. Nuestra mente poética lo ha vestido después con ropajes de amor y comprensión. El perdón no es un acto libre y gratuito como tantas veces nos han dicho. El perdón es un acto conveniente. La ética es práctica pero así vista nos decepciona. Nos gusta adornar lo práctico con declaraciones pomposas. Del mismo modo que comemos verduras porque conviene a nuestra salud perdonamos porque perdonar nos permite seguir adelante. Las verduras no son poéticas, el perdón sí.
Los cristianos cuando rezan piden a dios que perdone sus ofensas como ellos perdonan a los que les ofenden. Creo que dios les ha tomado la petición al pie de la letra y ha hecho, aunque en él parezca imposible, lo que ellos hacen: olvidarles.

El dios del antiguo testamento prometía venganza. Era un dios justiciero. Perdonaba y castigaba a voluntad. Eso nos deja indefensos y aterrorizados. El dios del nuevo testamento habla de perdón como imperativo moral, se nos presenta misericordioso pero inhumano. No somos nada a su lado, su perfección nos hace sentir miserables. Sólo nos queda la esperanza de su infinita bondad.  Dejar a dios a un lado y transformarnos en seres llenos de dignidad y respeto nos obliga a estar siempre pendientes de quien nos ofende. Perseguirle hasta lavar nuestra honra de toda mancha es un trabajo agotador. Estar  siempre vigilantes y no perdernos en los sueños del olvido es cosa de samurais de piedra sin carne ni sangre. Yo, tú, nosotros hemos sucumbido al olvido. Sólo queda olvidar para seguir adelante. El ser humano, es cierto, tropieza dos veces en la misma piedra porque olvida. No es menos cierto que volvemos a levantarnos, sonreímos de nuevo y perdonamos porque antes olvidamos o luego olvidaremos.

Obsesión y resistencia

El día de San Juan habría cumplido un siglo. No ha querido esperar tanto y ha decidido que una bronquitis se lo llevara con 99 años.

Él no se consideraba un escritor al uso. La razón por la que escribía era volcar sus obsesiones más profundas. Si no lo hacía, moría. Destruyó toda la literatura que escribió excepto tres novelas. En ellas  disecciona con bisturí el mal, las tinieblas, la esperanza y el sentido de la existencia.

Siempre fue un tipo descontento. Su mérito consistió en resistir. Luchó siempre por sus ideas: la libertad y la justicia social. Dijo sentirse a menudo desamparado y triste pero siempre resurgió y continuó resistiendo.

Yo lo conocí hace muchísimos años. Hoy, después de tantos, he vuelto a ver su cara, sus grandes gafas y sus pequeños ojos casi ciegos. Cuando lo veía sabía que ya había muerto. La vida y la muerte al mismo tiempo. He sentido tristeza. Morir a su edad es un hecho dificilmente discutible. Su ausencia, sin embargo, no entiende de edades. Lo que me queda de él son sus libros. Los tengo aquí delante. Los toco, los miro, leo las palabras que los llenan y mi cabeza se puebla de recuerdos. De entre todos sobresale uno: Ernesto Sábato me enseñó a leer.

Ausencia

Qué haces cuando no está, cuando la aguja del reloj detiene su marcha, cuando el sol es tan negro como el maldito petróleo. Dónde vas cuando tus pies luchan por quedarse  y tus manos se aferran como lapas al pasado. Por qué después de un día llega otro igual, después de la noche amanece otra noche más densa y oscura. Por qué estás aquí y ahora. Te quieres ir pero las fuerzas no alcanzan, te quieres morir y no tienes agallas para dar el salto, quieres dormir pero tus ojos permanecen abiertos.

Te llenan de palabras de consuelo. Abrazos y besos te aturden. Las manos cerradas, los puños cerrados, las uñas en la carne. La sangre que no brota permanece helada, detenida, quieta. Sientes que ya nada sientes, el aire inmóvil te rodea y te aísla, las bocas a tu alrededor  expulsan palabras, sonidos que tú  percibes inconexos, sin sentido, ajenos al vacío que te llena.

Agazapado, el corazón helado por el miedo  late débilmente. Cada latido es dolor, cada paso esfuerzo inconmensurable, cada minuto eterno, cada parpadeo cansancio y tras el cansancio nada. No hay reposo del guerrero. No hay consuelo en la distancia. No hay mañana en tu esperanza. Clavado en este miserable momento tan solo esperas que llegue, que algo pase, que el dolor estrangule la consciencia, que el viento te parta en dos y para siempre.

Y, a pesar de todo, hay otra mañana. Te levantas, desayunas y sales a la calle. A pesar de todo el sueño te vence y descansas. A pesar de todo vuelves a tener hambre. A pesar de todo los pasos que das te llevan a algún sitio, las palabras encuentran un sentido y el sol, estos días tan distante, vuelve a calentar tu cuerpo congelado. La inercia te lleva pero eres tú el que decide girar a izquierda o derecha, abrir la boca, cerrar los ojos, reír, llorar, gritar, soñar, pensar, decir, callar. La inercia te hunde en la nada pero eres tú quien se escapa y vive. A pesar de ella, a pesar de todo y de nada. Sabes, en fin, que mañana será. No importa lo que quieras. Sabes, sin atisbo de duda, que mañana te levantarás, te vestirás y volverás a pisar la calles. Sabes con certeza que los recuerdos llenarán tus bolsillos, que pesarán toneladas de lágrimas, que te tirarán al suelo, que no querrás levantarte. Sabes, aunque no quieras saberlo, que llegará otro verano y que tu abrigo será por fuerza mucho más liviano, que los recuerdos más que peso serán compañía y, al menos de vez en cuando, sonrisa.

El caramelo procrastinado

Un defecto muy común y que muchos humanos padecen consiste en no disfrutar de lo que se tiene ante el temor de que se termine.

Sucede, muy  a menudo, que el deleite del momento presente se ve disminuido, sino eliminado, por la amenazante sombra del futuro.

Un niño guarda un caramelo para que no se le acabe, la segunda mitad de las vacaciones ya no cuenta porque el fin está cerca, no uso unos zapatos nuevos para que no se estropeen. Todas son modalidades diferentes del mismo fenómeno.

Lo mismo, en esencia, ocurre, en muchas ocasiones, con la propia vida. Hacemos de la muerte, futuro inexorable, nuestra máxima preocupación y la muerte en vez de dar sentido a la vida se lo quita. Al final, como el niño que se resiste a comer su caramelo, guardamos la vida, no la usamos porque no queremos que se estropee y nos morimos sin haberla vivido realmente y mucho menos disfrutado.

El que no se consuela es porque no quiere.

Tenemos diversas opciones para compensar la desazón que nos produce este breve lapso de tiempo al que llamamos vida. Queremos más y nos inventamos, sacándola de una chistera mágica, la vida eterna. Un más allá donde podremos comernos todos los caramelos que queramos, una venganza eterna  de los sinsabores que hemos soportado, una sublimación de lo que no somos capaces de conseguir aquí y ahora, una resignación, en el peor de los casos, para así soportar nuestro destino sobre este diminuto y maldito planeta.

Puro consuelo.

Otra opción, más sofisticada si cabe, que nos ayuda a soportar nuestras miserias, es la reencarnación. Hemos vivido y viviremos diferentes vidas a lo largo del tiempo. No somos más que un espíritu encarnado que va cambiando de cuerpo. Unos lo ven como proceso de perfeccionamiento, otros como rueda sin fin. Si nuestra vida actual no es satisfactoria es porque aún no hemos progresado lo suficiente. Necesitamos un desarrollo superior y otras vidas futuras están esperándonos para poder conseguirlo. También tiene esta opción el peligro de caer en la tentación de la aceptación y en la esperanza de mejora en un futuro indeterminado.

Entiendo la desazón que produce vernos como un instante diminuto de tiempo en medio de la eternidad, figurarnos una despreciable mota de polvo en el infinito. Entiendo también la curiosidad que nos lleva a preguntarnos por la vida más allá de la vida. Comprendo lo duro que es aceptar nuestra condición insignificante si tomamos como referencia el tiempo y el espacio en el que vivimos y que hemos tomado como medida de todas las cosas. Comparto el nudo en el estómago al contemplar la negrura llena de estrellas muertas que nos rodea. Somos nanotecnología primitiva, proyecto imperfecto, casualidad, capricho de los dioses pero somos. Y como somos tenemos que ser algo. No vale quedarse en la nada, en la quietud, en la esperanza embobada en el futuro perfecto.

Quien tiene caramelo lo guarda para más adelante, quien no lo tiene imagina cómo será de grande el que le aguarda. Quien se lo come es tildado de tonto por no haber ahorrado o, peor aún, por haber dilapidado su riqueza. El glotón se siente marginado en un mundo de avaros conservadores o resignados rencorosos que no pueden soportar que alguien haga algo en vez de no hacer nada.

No tengo nada en contra de quien vive seguro de la existencia eterna. Comprendo el deseo de una vida después de esta vida. Me interesa la reencarnación como propuesta o como creencia. La duda que me corroe es qué tiene que ver todo eso con esta vida, qué nos hace desinteresarnos del ahora para centrarnos sólo en mañana. Se me dirá que ambas cosas son compatibles. Razón tiene quien lo diga pero estoy harto de ver actitudes que demuestran todo lo contrario. Si hay una vida después de esta, ya llegará y allí nos veremos las caras o el alma. Si antes de ser quien soy he sido otro, o yo mismo en otra carne, qué más me da si ahora soy lo que soy ahora.

La vida nos acerca inexorablemente hacia la muerte. Recorremos un camino plagado de ideas, de sueños y de colores. Si agachamos la cabeza y andamos mirando al suelo, o si guardamos todo en las alforjas llegaremos a la frontera con todo o con nada. Lo mismo da una cosa que otra. Allá no nos servirá de nada. Quien se para en el camino, quien contempla, sonríe y llora, quien piensa, quien quiere, quien siente y padece cada paso que da deja de estar vacío y muere por que hay que morir no por que le ha llegado la hora. Si después, despertamos en un túnel con una luz al fondo o recubiertos de otra carne y otros huesos aprovechemos también el tiempo que tantos desvelos nos ha costado crear.

Es terrible tener que haber estado enfermo para disfrutar la salud, tener que haber sudado sangre para apreciar el descanso, tener que llorar para desahogarnos. Más terrible se me representa tener que vivir miserablemente para ser felices eternamente.

Procrastinar es el más común de los errores. Me voy a comer un caramelo.

Lo que Heráclito no dijo

  • Los ansiosos tienen una meta: la alegría, los depresivos otra: la serenidad.
  • No hay nada que cueste más que decidir.
  • Quien medita, contempla y sólo se contempla la nada.
  • Cuando la ignorancia y la vanidad se unen siempre vence esta última.
  • La ficción,entendida como mentira, nos debe ayudar a interpretar la realidad que nos rodea,no a inventarnos la realidad que nos conviene.
  • La ambición es un arma de doble filo que siempre termina cortándonos.
  • Lo más cercano  a la felicidad es algo tan cabal como ser consecuente con uno mismo.
  • El problema de fondo es que no tratamos el fondo.
  • Lo peor de haber sido feliz es estar recordándolo  constántemente.
  • La competitividad es uno de los mayores y más peligrosos venenos que existen.
  • La muerte es la única certeza que tenemos.
  • El que pudiendo aprender no aprende es un necio.
  • Los abismos tienen sentido, no cuando caemos en ellos sino cuando conseguimos salir.
  • El pasado y el futuro no existen, son sólo conceptos que inventamos para no hablar de lo único evidente: el presente.
  • Aceptar la muerte, mirarla de frente y convivir con ella, es la única manera de ser ,en verdad,personas.
  • La vida es bella porque es breve.
  • Nuestra vida no sólo es un cúmulo de experiencias y vivencias sino que, fundamentalmente, es el camino que han ido creando nuestra decisiones.
  • La perfección, o al menos algo que se acerque a ella, suele provocar cierto rechazo.
  • El tiempo es la única cárcel de la que es imposible escapar.
  • Lo más notable que tiene el ser humano es el deseo de conocer.
  • La vida consciente, el yo, el alma, la mente, el espíritu comenzó en el momento en que alguien llamó piedra a la piedra, sol al sol y muerte a la muerte.
  • En la vida real gobiernan las disyuntivas, tenemos que escoger entre esto o lo otro. En nuestro mundo interior dominan las copulativas, queremos esto y lo otro.
  • Ni dios, ni el destino, tal vez el azar, pero decir el azar es no decir nada, nos arrebatan la responsabilidad de nuestros actos.
  • La felicidad está en el camino.
  • Una delgada línea  separa los  opuestos.
  • La libertad nos puede llevar a la equivocación, ese es el precio que pagamos.
  • Saber vivir es la más dificil de todas las artes.
  • Las fantasías son para tenerlas, no para vivirlas.
  • Hacer lo que nos gusta, decir lo que pensamos,sentirnos en definitiva a gusto con nosotros mismos, querernos, ser valientes y tomar decisiones es nuestra tarea si queremos vivir dignamente.
  • El uso de la violencia , aunque nos lleve a conseguir el logro que nos proponíamos, es siempre hijo de un fracaso anterior.
  • La maldición de los idiotas  es no disfrutar de las cosas a su debido tiempo.
  • El ser humano tiene una clara, tal vez innata, tendencia a preferir que los demás decidan por él.
  • Siempre sucede que tenemos más claro aquello que no sabemos  que lo contrario.
  • La existencia de verdades objetivas y universalmente aceptadas sería una buena cosa y nos facilitaría mucho la tarea, pero ,para nuestra desgracia,no existen.
  • No somos respetables por lo que pensamos sino porque pensamos.
  • El perdón, casi siempre, no es sino una versión condimentada del olvido.
  • La muerte da sentido a nuestra vida ya que la dota de tiempo.
  • Somos contradicción.
  • El terror a lo desconocido nos ha hecho crear dioses a nuestra imagen y semejanza.
  • La vida, la naturaleza carecen de valores.
  • Tener conciencia de que el tiempo pasa es tener conciencia de que existimos, de que somos y, trágicamente, de que tenemos un principio y un final.
  • En el infinito nada sucede, todo es quietud, no hay movimiento.
  • Concebimos la felicidad como un momento pleno que nunca termina. No es más que un sueño, eso nos mataría. Lo que nunca termina no existe.
  • No hay que confundir el azar con lo inexplicable.El azar es aquello que escapa de nuestro control.
  • Somos máscaras que poco a poco hemos ido tallando, que ocultan hasta el olvido la verdadera expresión de nuestra cara.
  • La actitud razonable es aquella que se plantea la posibilidad de poner todo en el aire,hacer como que lo que parece que es no lo sea, y, a partir  de ahí,ir hacia delante.
  • La duda es el motor que nos empuja.

He dicho

Conciencia y libertad (recordando a Sartre)

El hombre nace siendo nada. La piedra es piedra y es inmutable. Lo que es inmutable no tiene conciencia y por eso nunca aspira a cambio alguno.

El ser humano tiene todas las posibilidades ante sí. Lo sabe porque es consciente y puede salir de la nada porque es libre.

Conciencia y libertad son los atributos que la piedra no posee. Nosotros,los mutantes, nos vamos conformando a través de nuestras decisiones.

Yo no estoy predeterminado, mis decisiones me transforman. Las decisiones no quedaron varadas en el tiempo como una ballena en una playa. Tras una viene la otra y nosotros nos vamos haciendo según sea el camino que hemos ido tomando.

La responsabilidad es nuestra. No vale refugiarse en no tuve remedio o en no pude hacer otra cosa. Echar la culpa a las circunstancias es esconder la cabeza en la arena. Ellas no toman decisión alguna, somos nosotros. Cuando nos refugiamos en esta excusa estamos en realidad dando la razón a Sartre cuando hablaba de mala conciencia. Las circunstancias no nos obligaron, lo que hicimos fue decidir no hacer algo. El propio Sartre nos pone el ejemplo de la libertad del esclavo. Él puede decidir no obedecer, sabe que si lo hace puede morir, pero la decisión está en sus manos. Si obedece es porque quiere vivir no porque esté obligado a obedecer.

Cuando elegimos actuamos. Nosotros decidimos lo que está bien y lo que está mal. Los valores no nos son dados, no están ahí para que los obedezcamos. La vida, la naturaleza carecen de valores.

Sabernos responsables es lo que nos provoca angustia. El precio de la libertad es la angustia.

El cobarde no hace, se queda paralizado, atenazado por la temporalidad, por la muerte segura. Volver a la nada y sabernos solos hacen que la responsabilidad sea un peso excesivo sobre nuestras espaldas. Nos refugiamos en dioses que todo lo pueden, que nos lo dan todo hecho, que nos muestran el camino, que nos dicen de qué árbol comer y de cuál no, que nos quitan, en definitiva, el peso de la angustia y de la duda .Pagamos,sin dudarlo, como tributo nuestra propia libertad.

El valiente, por el contrario, acepta el reto de hacerse a sí mismo y de ser, a pesar de que su último destino pueda ser desvanecerse en la nada de nuevo.

La conciencia nos hace presentes a los otros y nosotros lo estamos en ellos. Ellos existen, nos observan y nos piensan. No estamos solos. Nuestras decisiones les afectan. Cuando decimos que nada pudimos hacer por los demás estamos otra vez ante la mala conciencia. No vale alegar nuestra impotencia. Mentimos. Lo cierto es que elegimos no hacer nada. Quisimos dedicarnos en exclusiva a nuestra angustia.

Esa conciencia de los otros nos debería impulsar a liberar al ser humano, a pasar de la nada al ser. No importa que la vida en sí, tenga sentido o no lo tenga. Nosotros se lo damos. Esa es ,tal vez, la decisión más importante.

El valiente es generoso.

Nos guste o no, lo entendamos o no, también esto lo dijo Sartre , estamos condenados a ser libres.

Bendita condena.

Nada

He cogido el lápiz, he abierto el cuaderno  y he sentido lo inútil que es todo esto.
Iba montado en el autobús. Volvía a casa. El atardecer azul, preludio de un verano que se acerca. Miraba por la ventana a la gente que paseaba tranquila, ajena a su ausencia. Él ya no está y se ha llevado consigo muchas cosas. Ha dejado otras, no me bastan.
Ahora oiremos y leeremos durante unos días lo bueno que era. Un genio dirán algunos, irrepetible, otros. Después nada.
El tiempo insaciable todo lo traga. Pasará a ser un recuerdo, la sombra de lo que fue. Le harán un disco homenaje, encenderán mecheros al oír sus canciones y alguna lágrima  asomará curiosa. Hablarán de él los que nunca lo hicieron antes. Venderá más discos que nunca y muchos pretenderán añorarle. Después nada.
Permanecerá como aquel chico huidizo y triste. La chica de ayer, los ochenta, Nacha, la movida, de Madrid al cielo. Después nada.
Yo, mientras tanto, aquí sentado, te recuerdo cantando, veo en tus ojos vacíos tu vida y en tu ausencia, la muerte.

He guardado el lápiz, he cerrado el cuaderno, he mirado por la ventana y no había nada.