El hombre ante la muerte

La muerte está presente siempre en nuestra mente. La muerte da sentido a nuestra vida ya que la dota de tiempo. La tenemos como cierta aunque nunca la hayamos experimentado. No me importa ahora si luego o antes hubo otras vidas, no me interesa hablar de la vida después de la vida. No sé qué es la vida eterna. Vivimos porque morimos. Sólo en la infancia, tal vez, la muerte no existe. Sólo los niños, entonces, pueden vivir el momento, lo demás son vanos intentos. Cuando el niño reconoce la muerte, cuando es consciente de que ella siempre llega, entonces, deja de ser niño. Primero viene la angustia de saber, de reconocer y de admitir que los seres que le quieren morirán algún día. Ésta es la primera pesadilla con sentido de todo el que ha sido niño. También es su primera certeza.

El error que todos cometemos cuando no podemos resolver un conflicto es no enfrentarnos a él, apartarlo de nuestro lado, fingir que no existe. Los seres humanos somos maestros en ese difícil arte. De entre todos los problemas que nos acechan a lo largo de la vida al que más damos la espalda es al de la muerte. Queremos vivir como si ésta no existiera, deseamos ser eternos adolescentes que creen ser inmortales, enterramos la cabeza en la arena y vivimos con el engaño, pretendiendo que la muerte no vendrá nunca a visitarnos.

No voy a discutir si las religiones son simplemente un consuelo ante la muerte, me dan igual ahora las creencias. El hecho cierto es que vivimos negando la única evidencia, posponiendo encarar este problema por los siglos de los siglos. ¿Qué conseguimos con eso? ¿Nos sirve realmente de ayuda?

Lo terrible de la muerte es que llega en cualquier momento. No está allá, en un final lejano al que nos enfrentaremos a su debido tiempo. Está aquí, a nuestro lado, y lo sabemos. No tiene por qué ser un momento culminante al que nos encararemos decisivamente. La muerte no avisa, está detrás de cualquier esquina. Yo no pretendo un adiestramiento para saber morir, no quiero que pasemos el tiempo pensando en que éste puede ser nuestro último momento. Sólo insinúo, que la aceptemos.

De entre todas las diferencias entre los seres humanos y los animales la única que es patente es la consciencia de la muerte. Podemos decir sin temor a equivocarnos que somos los únicos seres vivos que viven sabiendo que su vida tiene un límite. Somos inteligentes, es cierto,tenemos sentido del humor, nos reímos, hemos desarrollado un lenguaje, creado incluso conceptos abstractos, nos enamoramos, el sexo no tiene sólo fines reproductivos, creamos, inventamos y soñamos. Los animales en pequeño o mayor grado algo de todo esto tienen. Lo que marca la diferencia, lo que nos hace verdaderamente únicos es que nacemos sabiendo que moriremos.

¿Qué pasaría, pues, si aprendiésemos a aceptar la muerte? Yo no tengo duda. Aprovecharíamos mejor la vida. Todos somos mortales. Todos somos iguales al menos ante la muerte. Ésta es la única igualdad que no hace falta reivindicar. Vivir sabiéndonos finitos no implica vivir amargados y derrotados. Éste debería  ser el gran triunfo de la vida. Para saber vivir sí hace falta entrenamiento. En ello debemos poner todo nuestro empeño.

Cuando una persona tiene que vérselas con cualquier problema siempre se le dice que ha de  seguir adelante, que debe rehacerse y volver a ser lo que era. Cuando nos encaramos con la muerte, sin embargo, la tratamos de intrusa, le damos la espalda  y buscamos bálsamo y consuelo para desvirtuarla, para no creerla. El hombre ante la muerte tiene un único deber; aceptarla y afirmar con ello la vida. Sin muerte seríamos como piedras del camino sin consciencia de estar vivos. La muerte nos hace ser lo que somos: seres humanos, nos regala el espíritu que nos hace únicos.

Lo verdaderamente insoportable de la muerte es que mueran otros, no nosotros. La pesadilla infantil persiste. Lamentar nuestra propia muerte no tiene ningún sentido. Ya no somos, o, si somos, tendremos vida propia. Si aún y todo persistimos en el miedo y en la angustia, es que temores atávicos nos dominan, infundados castigos creados para gobernarnos. Tememos a la muerte y ese temor nos hace menos libres en la vida.

La muerte a todos nos iguala, la vida nos hace irrepetibles.

Trece de enero

Siempre que recuerdo aquel día suena Para Elisa. Me veo a mí mismo sentado al piano practicando monótonas escalas. Estudiar música es aburrido. Más aún para un principiante. Para Elisa era mi máxima proeza. Mis dedos luchaban con las teclas cuando, molesto como siempre, sonó el teléfono. Una voz, seca y contundente, me comunicó que mi hermano había tenido un accidente. La partitura quedó muda en el piano y yo salí corriendo hacia el hospital. En el camino, mi padre a mi lado, no hablamos. ¿Qué decir cuando todo se agolpa en la cabeza? Verborrea o silencio. Los dos optamos por lo segundo.Y por el miedo.

Lo encontramos en una pequeña sala, tumbado en una camilla. Los médicos lo examinaban y él, nervioso, sonrió levemente al vernos. Quiero dormir, quiero cerrar los ojos, decía. Un médico nos explicó que al caer de la moto se había golpeado la cabeza. Le habían suministrado un tranquilizante y al tratarse de la cabeza quedaría en observación. La buena noticia era que no le habían encontrado nada preocupante. Se trataba, simplemente, de una cuestión de precaución. Aliviados nos acercamos a él y le tranquilizamos. Yo decidí pasar la noche a su lado. Mi padre volvió a casa junto a mi madre. Lo llevaron a una habitación, estaba solo. Me senté junto a la cama y lo observé dormir durante un rato. ¡Qué indefensa parece la gente cuando duerme! ¡Qué rato me has hecho pasar hermano! Míranos. Tú tan tranquilo durmiendo y yo aquí, sentado, con toda la noche por delante. No tenía más que mis pensamientos para pasar el tiempo. Pensé y recordé las recién terminadas navidades. En aquellos días de vacaciones habíamos dejado de ser hermanos para ser amigos. Pasamos largas horas hablando de muchas cosas de las que nunca antes habíamos hablado, y yo sentí, por primera vez, que ya no sólo era mi hermano pequeño. ¿Dónde estuvo la frontera? ¿Qué pasó que los dos lo vimos tan claro? No lo sé, no tengo la respuesta. El hecho es que entre los dos se abrió un camino nuevo. Recuerdo que me habló de sus amigos, de sus dudas y de lo que imaginaba sería su futuro. Sé, también, aunque no me lo dijera, que estaba orgulloso de estar así conmigo.

Lo miré, dormía plácidamente. Nunca le había observado tan detenidamente. Pude ver en él los rasgos de mi padre. Olvidado el susto inicial, me encontraba bien allí. Era una noche extraña. Fuera del tiempo ordinario. Solos sus sueños y mis pensamientos. Lo sentí cercano. Pasé varias horas en este paréntesis de la vida real. Estaba en otra parte. En una burbuja en la que no contaba el día de ayer ni el día de mañana.

Creo que había cerrado un momento los ojos cuando sentí un ruido. Noté que todo su cuerpo se movía. Una extraña convulsión lo recorría. Me acerqué, tenía los ojos cerrados y como un terrible presagio una espuma rosácea comenzó a salir por su nariz. La burbuja estalló, salí corriendo en busca de ayuda y ya nada volvió a ser como antes. Sí recuerdo lo que paso a continuación, veo una sucesión de rápidas imágenes superpuestas: gritos, médicos, carreras, monitores, caras serias…yo allí en el fondo, olvidado, mudo de asombro, incrédulo, lívido de miedo ante lo inesperado. Percibí tensión, urgencia y una voz me pidió que me fuera de allí, que saliera de la habitación. Yo, convertido en un autómata obedecí lentamente y al salir, oí a alguien decir que había que operar a vida o muerte. ¿Qué delgada línea separa la vida de la muerte? ¿Como pueden los ojos perder la luz en un segundo?

Minutos después, aún tengo grabada la imagen en mi mente, vi como se lo llevaban. Iban deprisa, allí estaba él, inconsciente, le habían rapado la cabeza. Ese cráneo desnudo que le hacía viejo en un instante, se quedó en mí para siempre. Algo había pasado. Una hemorragia inesperada. Sólo quedaba operar y esperar. Detesto esperar. Desde aquel día lo detesto aún más.

Solo en el hospital, perdido y mudo, deambulando por los pasillos, esperando impaciente algo. Avisé a mis padres. Fue terrible ver sus ojos pasmados. Los años echados encima de repente. Ellos lamentando no haber estado presentes, yo consolando lo inconsolable y el tiempo otra vez más detenido, alargando la terrible espera. Oscuras horas en el silencio de la noche, solos en la madrugada de un día de enero. Con el alba llegaron las noticias, la operación había terminado, tenía una inflamación en alguna parte del cerebro, si remitía se salvaría. Nada más podía hacerse. Lo dejaron en cuidados intensivos. Pudimos verle a través de un cristal.Ya no parecía humano.Tubos y más tubos lo conectaban a máquinas parpadeantes. Su cabeza vendada y sus ojos cerrados. Ya no parecía dormido. Parecía más bien un espectro. El cristal que nos separaba dividía el mundo en dos mitades. En una comenzaban  los ruidos y las luces, en la otra, oscuridad y silencio.

En esos momentos uno no sabe qué hacer con las palabras. Suenan huecas, inexpresivas. Tal vez sólo se siente. Se percibe claramente la fragilidad del edificio al que llamamos vida. Todo en un momento desaparece, tragado por el agujero negro  de la muerte. La niebla de las horas que siguieron, el aturdimiento de la mente, el espesor del tiempo que inmóvil mostraba su cara más siniestra y las palabras que traidoras escapaban llenaron el entorno de dolor y negrura. Uno se quiere agarrar a lo inasible y al mismo tiempo siente que se cae por la pendiente terrible del sinsentido y de la nada. No es posible no hacerse preguntas que sabemos sin respuesta, rogar a un dios desconocido, clamar contra la injusticia y llorar no sólo de dolor sino de rabia. Rabia infinita contra un mundo tenebroso. Venderíamos nuestra alma al diablo por volver el tiempo atrás y desandar lo andado. La vida, en fin, ya no nos merece ningún respeto.

Lo vi por última vez a través del cristal. Traté de ver vida en su cuerpo pero sé que la muerte ya acechaba. Imaginé como sería su vida si ganaba la batalla, pero no vi nada.

Cuando un rato después  un médico enfundado en su bata blanca apareció tras una puerta, no me hizo falta escuchar sus palabras para comprender lo que decía. Lo que no pude hacer fue mirar a mis padres a la cara.

Quietud y tiempo

Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza.(No sé si expreso esto bien).Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero, donde todo hombre una vez ha vivido libre del aguijón de la muerte.(Luis Cernuda)

La vida en movimiento es inapreciable. Todo sucede deprisa, las sensaciones se nos escapan de entre los dedos. La calma y la quietud son indispensables para reflexionar y ser conscientes de que el mundo se mueve. Por eso, cuando pensamos cerramos los ojos. Queremos estar solos y contemplar lo que antes no podíamos ver. Una fotografía,en su eterna quietud,refleja el tiempo detenido en un instante que ya jamás volverá. El tiempo lo devora todo,hasta nuestros recuerdos. Somos sus prisioneros, es la única cárcel de la que es imposible escapar. Recordar es luchar contra el tiempo,fotografiar momentos,enmarcarlos y dejarlos anclados en nuestra memoria. Mirar nuestras fotografías es viajar al pasado, romper las reglas del juego, revivir sensaciones perdidas y olvidar que el que nos mira ya no somos nosotros. Mirar las fotografías de otros, contemplar otros rostros y otros mundos nos enseña que la verdad solo es aprehensible desde la quietud y el silencio. La velocidad y la prisa clavan sus dientes en nuestra consciencia, nos aturden, nos ciegan y recorremos nuestra milla verde sin volver la vista atrás.

La vida pasa. Pasado,presente y futuro conforman ese pasar. La línea del tiempo la vamos creando nosotros en nuestro caminar. Detengámonos de vez en cuando, plantémosle cara a ese monstuo inexorable, que como todos los monstruos ha nacido en nuestra imaginación. Haced una prueba, dejad de mirar a la gente pasar. Detened vuestra mirada en vuestras fotografías y seguro que veréis mucho más que a un niño o a un joven que os contempla desde la distancia y desde el tiempo. Desde la quietud contemplamos, en el movimiento sólo miramos, y el tiempo siempre, siempre nos alcanza.

Time it was and what a time it was it was,
a time of innocence a time of confidences.
Long ago it must be, I have a photograph
preserve your memories, they’re all that’s left you (Simon & Garfunkel)

Brevedad y belleza

Si de la muerte tememos lo desconocido, es que pensamos que hay algo tras ella.Si desaparecemos, si solo queda la nada ,¿qué tenemos?.

El miedo a la muerte es miedo a perder lo que poseemos,pena de dejar lo que queremos.No levantarnos más de la cama y dormir  para siempre,una eternidad sin sueños.El miedo a la muerte no nos aferra a la vida,tan solo provoca miedo.Temerla es morir en vida.Aceptarla, como se acepta la vida,sin pensarlo,es la única oportunidad que nos queda para saborearla.

La tragedia de la vida empieza cuando de niños, un día cualquiera,somos conscientes de la existencia de la muerte.Ahí empieza en realidad la edad adulta.Por eso olvidamos esa etapa de la infancia,corremos un tupido velo y tratamos desesperadamente,durante toda la vida,de volver a ser niños.Negamos lo evidente,lo rechazamos y nos entrenamos para no enfrentarnos a la única verdad permanente: nuestra muerte.Vivimos en una gran mentira, dando la espalda a la certeza que desde lejos nos mira.Inventamos dioses,imaginamos premios futuros,queremos pensar que tras la vida hay muchas vidas y que la muerte no es más que un puente,una sigilosa compañera que nos transporta del ominoso presente al tranquilo reino sin tiempo.

Mientras tanto, la vida se nos escapa de las manos,y vivimos entre nuestros temores y la muerte.Aceptar la muerte, mirarla de frente y convivir con ella, es la única manera de ser ,en verdad,personas.¿De qué sirve engañarnos?,¿para qué tantas mentiras?.La muerte la sufren quienes nos lloran.No nosotros.Estemos donde estemos.

Si vivimos esperando recompensas en un futuro incierto, si el temor al castigo no nos permite elegir la opción que nuestra razón desea, es que no entendemos nada y nos merecemos lo que tenemos.Si los únicos momentos plenos son aquellos en que hemos olvidado la muerte, si solo buscamos refugio en la inconsciencia tendremos cualquier cosa menos conocimiento.Si la vida es ausencia de muerte,eso no es vida, será otra cosa, no se cual, pero no vida.La vida y la muerte no se pueden separar como no  lo hace la noche del día.Lo que nos hace personas es precisamente eso ,ser mortales.Los animales no saben que van a morir, por eso siguen siendo animales.La razón es una hija de la muerte.El chispazo que nos hace comprender que hay que agarrarse al instante.La vida es bella porque es breve.

Vivir y competir

Lo peor de haber sido feliz es estar recordándolo  constántemente. Lo peor de ser feliz es estar siempre con miedo a no serlo. Lo mejor de no haber sido feliz es que no hay nada que recordar. Si no hay nada que recordar, no hay nada que lamentar, y, si nada lamentamos, seremos felices sin saberlo, que es la única manera de serlo, como muchos niños y algunos locos nos demuestran.

Probablemente, esto no es más que un juego de palabras. Lo que si defiendo seriamente es que a veces es esencial no querer algo para lograrlo.Los empeños, las metas, los objetivos son muchas veces vallas, no acicates en un camino que debería ser llano.Si tuviéramos que ser conscientes de que respiramos, la tranquilidad que produce la respiración se transformaría en angustía.Si para escribir un libro pensamos en venderlo nunca escribiremos el libro que queríamos.Si buscamos amigos o pareja acabamos no siendo nosotros quien lo hace sino un actor que nos interpreta.

Una de las cosas más terribles de la época que nos ha tocado vivir es esa mentalidad empresarial que ha inundado nuestra vida cotidiana.Todo son objetivos a lograr ,metas que superar y, tristemente, competiciones que ganar.Quien no gana no mama.Desde  el colegio nos inundan con objetivos, procedimientos,calidades,calificaciones y competiciones.Nuestra vida laboral nos obliga a mirar de reojo a quien viene detrás.I+D+I, Q de oro, Q de plata, excelencia,calidad de calidades.Los incentivos son la zanahoria tras la cual corremos.Y,¡vaya zanahoria! , en el mejor de los casos todo se reduce a un viaje  a Canarias con todos los gastos pagados y pulsera VIP para no salir nunca del hotel y así poder hablar con los colegas de los objetivos del próximo año.

La competitividad es uno de los mayores y más peligrosos venenos que existen.Si alguien nos muestra un antídoto, el sistema ,maquinaria perfectamente engrasada,se encarga rápidamente de eliminarlo.Se lo considera un daño colateral.¡Qué bonita expresión! Sonando tan bien no puede ser nada malo.Cerrando ojos y oidos, seguimos hacia delante.Pasa la vida como pasa la corriente y de repente nos morimos.¡Ah! la muerte, la única certeza que conocemos. En vez de aceptarla, la ignoramos.Así nos luce el pelo.

La Nada

Yo, de pequeño, creía que meditar era pensar detenidamente en cosas, en muchas cosas. Y, hete aquí, que después uno se entera de que la meditación consiste en no pensar en nada, en dejar la mente en blanco. La sensación más cercana a ese estado que conozco es la concentración. Yo, cuando estoy concentrado, salgo de mi, no soy consciente de que estoy y el tiempo fluye sin darme cuenta. Pero en el fondo yo sé que me engaño, que estoy pensando en uno, en algo, y uno es más lo contrario de nada que todo. Cuando uno piensa y divaga no se concentra y sin concentración no hay meditación. Cuando muchas ideas afluyen a nuestra cabeza acaban por dominarnos y algo, no sé qué, nos controla desde dentro. Nos gobierna y acaba dándonos órdenes. Meditar es vencer a ese invasor que se ha hecho fuerte en nuestro cerebro, es callar la voz que oímos dentro de nosotros pero que no es nuestra, es cerrar los ojos y no ver nada, es diluirnos, desaparecer, es el silencio o tal vez la muerte. Meditar es lo contrario de lo que estoy haciendo: pensar, razonar, escribir, elucubrar y concluir. Quien medita no concluye puesto que nada ha empezado. Quien medita no piensa puesto que nada hay que pensar. Quien medita contempla y solo se contempla la nada.