Veinte de agosto

J. está leyendo en el jardín. Está sentada bajo la higuera. Come cacahuetes. Yo la miro desde la mesa en el porche de la casa. Ante ella, su futuro. Tiempo de decisiones. Tiempos difíciles.

Estoy tomando mi café de media mañana. Acabo de regar el jardín. Aún resuena el sonido del agua cayendo sobre la hierba. Verde, azul y amarillo. Algún toque de rojo.

Un grupo de hormigas intenta afanoso subir por el tronco del granado. Su objetivo, tratar de llegar a un incipiente fruto que asoma entre las ramas. Yo les hago la guerra y exprimo medio limón por el tronco. No provoco la desbandada. Retroceden, eso sí, increíblemente en orden. No dejan de asombrarme. Se preparan, seguro, para lanzar un contraataque.

M. ha vuelto a trabajar hoy. Se fue ayer con la tarde y llena de pereza. El otoño enseña sus garras. Está a la vuelta de la esquina. Sé que es verano todavía pero empieza a no parecerlo. Poco a poco, irá desvaneciéndose. La noche llega cada día más temprano.

S. está lejos, junto al mediterráneo. También trabaja. Está diseñando su vida. Dudas y certezas la acompañan. Como a todos. A su edad se notan más. Ambas. Ayer hablé con ella. Estaba en casa trabajando. Luego tal vez se acercara al mar para darse un baño. Alegría y pena a la vez. Alegría por verla llena de proyectos. Pena por la distancia.

Yo miro, observo, leo y escribo. Recuerdo, pienso. Recreo conversaciones tenidas. Me ayuda a clarificar ideas. Trato de reproducir lo que fue dicho. Trato de entender y saber lo que las palabras dichas querían decir vistas ahora desde el silencio y desde el tiempo. No sé si me ayuda o es una obsesión por retener todo en mi memoria, por revivir, por no dejar que algo se me escape de las manos. No lo sé pero no puedo evitarlo.

Son las doce. Lo han dicho las campanas del pueblo cercano. Ya es mediodía. Hoy no hace mucho calor. El cielo azul, los campos amarillos, la vida aparentemente quieta. Me pongo las zapatillas. La cámara de fotos y una botella de agua en la pequeña mochila. En marcha. Los caminos me esperan.

J. lee. S. y M. trabajan y yo, afortunado, me pierdo en la inmensa llanura camino de la ermita.

Domingo y lunes de julio

DOMINGO

El verano con nubes no es verano. La lluvia en verano debería ser sólo cosa de furiosas tormentas. Las tormentas, dejarse sentir tan sólo de vez en cuando. El sol tendría que venir para quedarse.

Julio avanza poco a poco y yo me siento en febrero. Uno sabe dónde reclamar o a quién hacer responsable en casi todas las situaciones de la vida. Cuando se trata del tiempo, meteorológico, no del otro, ese es cosa nuestra, no se siente más que frustración. Nada ni nadie es culpable de que el color gris del cielo me moleste o afecte a mi delicado espíritu. Dejado dios en paz, no sé a quién me puedo dirigir cuando reclamo a quien corresponda.

Las cerezas este año están, pero penden de las ramas como de un hilo o como de un suspiro. Caen demasiado maduras del árbol y yo contemplo impotente cómo se estrellan contra el suelo sin remedio. Sólo los pájaros ladrones las aprovechan. Tentación caída por los suelos. Las cerezas ante mí y no puedo evitar que se me escapen de los dedos y de la boca.

Verano sin sol y sin cerezas. Pura contradicción. ¿Qué puedo hacer yo ante tamaña desgracia?

Nice, nice, very nice de D.M. es mi único consuelo en este domingo en el que inesperadas obligaciones laborales me obligan a desandar el camino andado y volver al despacho clausurado y ya casi olvidado. Recorro ahora la oscura carretera, bajo un oscuro cielo en esta gris y oscura tarde de domingo. Nice, nice, very nice, es verdad, es mi único alimento.

Mañana dos reuniones, varias tareas inesperadamente pendientes y espero, ojalá, dar media vuelta a mi retiro sin verano ni cerezas. Espero que en esta pequeña y forzosa pausa el sol recobre su sentido y tanto él como yo tengamos esa segunda oportunidad que, al parecer, todos o casi todos, merecemos.

Comienza a llover, no miento, the indy queens are waiting, y yo miro incrédulo a través de los cristales. La música me aísla en cierta forma de este mundo inaudito.

Julio sin sol, sin luz y sin cerezas. Julio plagado de lluvia. La casa está fría por la mañana. El jardín se ve triste desde la ventana.

De esta negrura inesperada tampoco se han librado las lecturas. He estado leyendo últimamente a Petros Markaris, el turco que vive en Atenas y, a pesar de los pesares y de las recomendaciones, tengo que admitir que no me ha tocado. Ni fu ni fa. No me gusta decir esto pero así ha sido y así, por tanto, lo cuento. Ahora empiezo con Bernardo Atxaga y sus Días de Nevada. Recién abierto el libro, recién empezado el camino pero presiento algo bueno. Me siento muy cómodo leyendo.

Con la música estoy más contento. Llevo un tiempo descubriendo grandes cosas. Eso me gusta mucho. Cada vez  son ellos más jóvenes y yo más viejo pero me encanta conocer lo que no conocía y tener todavía la dicha de lo nuevo y no estar siempre refugiado en lo sabido y conocido. Creo que tengo un sexto sentido para el diagnóstico. Yo mismo me fío de mí. Tengo grandes cosas entre manos. Las he traído conmigo para escucharlas a solas en mis paseos por el verde y por el amarillo. Esa es mi pista de pruebas. Paseos solitarios, caminos nuevos y caminos una y mil veces recorridos. Ellos me acompañan y juntos desbrozamos los senderos. Poco a poco ya los iré presentando.

He traído también conmigo películas para ver, casi siempre, en las primeras horas de la tarde, cuando el verano solía calentar demasiado. Momentos de cine y té tras la siesta.

De momento en vez de cine he visto dos series. Una alemana. Hijos del tercer reich. Un buen intento de los propios alemanes para analizar su historia reciente. Historia, por cierto, tantas veces silenciada. La otra, un clásico de mis últimos veranos. Downton Abbey. Es una serie británica. Decir serie y decir británica debería ser, en este caso, suficiente descripción. Nadie como ellos describe con tanto acierto, minuciosidad y belleza su propio pasado. Esta serie es un fresco de un tiempo terminado, comienzos del siglo XX. Está tan bien hacha que necesito beberla a grandes tragos. No puedo ver un capítulo hoy y otro dentro de diez días. Prefiero ver cada verano una temporada completa. Así, durante unos días, todo seguido, sin pausa vivo la vida en la gran casa en la campiña inglesa, vivo en ese microcosmos que a pesar de pequeño todo lo contiene.

Llueve más y más. El agua no me permite ver el paisaje. Una espesa niebla tras el agua. Más allá parece no haber nada. Me acerco en esta inesperada y momentánea vuelta a la nada cotidiana. Agua sin luz, niebla inerte que me dejan en paz por un momento mientras atravieso un túnel oscuro que me aleja todavía más del mundo.

No caigo derrotado. Dan y yo volvemos mañana. Ya no será lunes sino que será un día y luego vendrá otro día y después otro. Días sin nombre ni atributos. Días sin despertador, días sin horarios. Días de palabras, de vino, paseos, tierra seca, libros, música y películas. Días de verano recobrado.

LUNES

Cinco de la tarde de un lunes de julio. El cielo sigue nublado. Enfilo al sur iluminado.

He pasado la noche en mi casa vacía. Me he despertado de madrugada. Oscuridad y silencio. He recorrido la casa y todo estaba quieto. Olía a casa cerrada. Era, como en los sueños, mi casa y no lo era. Extraña sensación la de sentirse un intruso en tu propia casa, en tu propia cama. En esa irrealidad de madrugada, en esa soledad inesperada he pensado en todo y en nada. Sabía que por la mañana esas horas de insomnio serían otra cosa diferente. Imposible luchar por retener las impresiones nocturnas. No hay palabras, no hay recuerdos que resistan la luz de la mañana. Las horas sin sueño son como islas a las que sólo se llega involuntariamente. No se pueden buscar. A veces uno se encuentra allí varado sin casi saber cómo ha llegado.

Por la mañana, con demasiado sueño acumulado, he tratado de guardar las horas vividas en mis recuerdos. Un café, una ducha, ropa limpia y el ruido de la calle y de la gente me han devuelto a la vida cotidiana.

Las calles estaban mojadas por la lluvia. He caminado deprisa. He tenido, qué remedio, que pasar la mañana entre reuniones, papeles y discusiones. Al final y ya por fin solo he ido poniendo puntos finales.

He comido solo, sentado en un bar junto a la ventana. He visto a mucha gente pasar. Es curioso comprobar que nadie sonríe cuando camina por la calle. Quién lo hace parece un borracho o un loco. Es difícil discernir qué sucede en las cabezas de aquellos que se cruzan en nuestro camino. El mundo visto a través de los cristales me parece siempre un lugar solitario.

Estoy llegando ya a mi destino.Como buen presagio el sol se ha abierto paso entre las nubes. Con el cambio de luz y de paisaje el día de hoy se me hace ya lejano. Esta pasada madrugada vivida en la oscuridad se me antoja ya tan irreal como un recuerdo inventado.

Vendrá ahora la tarde tranquila, tal vez un paseo. Luego, para cenar las últimas cerezas, tomate y un poco de queso. Miraré antes de acostarme las infinitas estrellas que me acompañan cada verano. Un verano ya sin nubes será por fin verano.

Mi casa, la otra casa, la que hoy he dejado vacía, esperará paciente a que algún día vuelva.

Fin de curso y Deja vu

Acabo de ordenar todas  mis cosas. En mi mesa ya sólo quedan una carpeta roja y unos cuantos papeles. Serán los primeros en ser leídos a mi vuelta, allá en el lejano septiembre. Antes de apagar el ordenador he mirado por última vez el correo; ningún mensaje nuevo. Aliviado  he dirigido el puntero a la esquina inferior izquierda de la pantalla (en el trabajo sigue mandando windows) y cuando estaba a punto de clicar en ” apagar equipo” he cambiado de opinión y he decidido congelar este momento.

Según escribo esto me he dado cuenta de que escribí exactamente lo mismo hace años. Me quedo estupefacto. ¿Cómo es posible? Ni el azar ni la casualidad son capaces de tanto. ¿Será que el tiempo no pasa? ¿Estaré viviendo eternamente este momento? Dicen que la felicidad es un momento eternamente repetido pero del que no nos damos cuenta que se repite. Yo no estoy feliz pero si me siento repetido.

Hoy es uno de julio, por las dos ventanas que tengo a mi derecha entra el sol a raudales y se oye el bullicio de la gente al pasar. Aquí dentro, sin embargo, estoy solo,todo está vacío. Me siento como el capitán que abandona el último su barco.

Sólo una palabra no coincide. Eso me da ciertas esperanzas. Me fijo bien y lo único diferente es un número y los números, bien es sabido, no son nada expresivos. Me afano por rebelarme y escribir algo distinto. Me rindo. No puedo. Una fuerza invisible gobierna mi mano y teclea una tras otra las teclas que me llevan al pasado.

Ha sido un mes de junio terrible. No recuerdo haber trabajado tantas horas nunca. Junio que debería ser como el viernes de los meses, el anticipo del descanso, el disfrute por anticipado  se ha convertido en una lenta agonía, en una cuesta arriba en la que nunca divisas el final. He entendido al ciclista que levanta la cabeza buscando la cima a la vuelta de la curva y descubre que tras ella hay otra y luego otra. Ahora que todo ha terminado, o casi, no disfruto como pensaba que iba a  disfrutar.¿Por qué lo que uno imagina es siempre mejor que la realidad misma?. Tengo delante de mí dos meses de vacaciones, eso es un gran privilegio y soy consciente de ello, mi lugar en el mundo me espera, los campos que recorreré, los libros que leeré y la música que escucharé me están aguardando. ¿Por qué, entonces, no salto de alegría?

Dos años haciéndome las mismas preguntas y sigo sin respuestas. No he aprendido nada. ¿Cómo puede ser que la curiosidad nos empuje a hacer preguntas y se conforme con ello? Yo estoy curioso  de respuestas. Dejaré de plantear dudas y preguntas y buscaré afanoso la rspuesta que me esquiva.

A veces pienso que soy yo quien falla, hay algo que me impide aprovechar el momento presente, sueño con momentos que cuando llegan ya no son sueños. También sé que cuando lea esto el próximo otoño, este instante me parecerá único e irrepetible y sentiré una nostalgia dolorosa que me atravesará de parte a parte. Sé todo esto, lo escribo y, a pesar de todo, olvidaré esta extraña sensación que me domina y pensaré, en la distancia y en el tiempo, que este momento sí era irrepetible.

Escribo y ratifico cada una de las palabras. ¿No somos puro cambio? ¿Por qué permanezco yo inmutable? ¿Por qué se de antemano lo que pasará? ¿Qué sentido tiene conocer con antelación  nuestros propios sentimientos?

Miro ahora a mi alrededor y veo la mesa de reuniones que  tantas discusiones ha padecido, veo la máquina del café, las sillas vacías,el teléfono que, misericordioso, permanece en silencio (detesto los teléfonos).Los papeles que todo lo inundan, ahora están como dormidos, cada uno en su sitio, y siento un poco de cansancio y un poco de hartazgo. Me parece imposible que en un par de meses todo esto deje de ser silencio y vacío y  sea, de nuevo, ruido y ajetreo. ¿ Por qué da tanta pereza hacer lo que uno tiene que hacer?

Imagino que ya nunca volveré a sentarme frente a esta pantalla, que ya nunca golpearé estas teclas  y que las caras que han ido estos días desapareciendo de mi vista seguirán ausentes y no  siento nada. ¿Aumenta el desapego con los años?,¿el corazón se va haciendo de piedra con el tiempo?, ¿por qué cada vez echo en falta a menos gente?

Me da miedo ver lo que he escrito. Es mi vivo retrato. Por mí parece no pasar el tiempo. Sólo me queda la duda de si la piedra será todavía un poco más dura que antes. El desapego que tanto soñamos a veces, se cobra su venganza y me hace sentir distante hasta de mí mismo. Ayer me parece ya lejano. Echo en falta todo y nada al mismo tiempo.

Languidecen los minutos y mis dedos ya no se agitan nerviosos como hace un rato.La voz de un niño contento llega desde la calle.La grapadora, el lápiz, el sacapuntas, los post-it y un taco de folios en blanco parecen descansar, ajenos a mi presencia.Todo será silencio y sombra, nadie hablará, no habrá sonidos ni colores pues nadie oirá ni verá nada.¿De qué color es algo cuando nadie lo mira?

Los miro, y los vuelvo a mirar. La grapadora azul creo que se ríe de mi. Los post-it de un tristísimo color amarillo se aprietan unos contra otros y el lápiz sin punta está tumbado sin vida, humillado por las teclas que resuenan en este escandaloso silencio. Yo me voy a ir y ellos se quedan. ¿Hay alguna diferencia?

Llegó el momento. Quedan atrás diez intensos meses de trabajo. Alegrías, problemas, cansancio y discusiones. Decisiones, aciertos, errores, malas caras y sonrisas. Decepciones, arrepentimientos, dudas y ayuda.

Todos ellos son  ingredientes que no mezclan bien. Lo más que hacen unos es consolarnos de los otros. La vida así vivida, más alla de la literatura, no es más que un mal cocktail, un aviso de resaca inevitable.

Ahora sí, apago el equipo, bebo un vaso de agua, recogo mis cosas, miro por última vez la mesa y el despacho y cierro la puerta.

¿Dónde se quedó la alegría? ¿Estará alegrando los días de los folios vacíos y blancos?

No pienso en nada, salgo a la calle y me pierdo entre la gente que continúa su camino tan ajeno al mío. Me pongo  los auriculares y Bob Dylan me canta al oido The times they are a- changing mientras camino lentamente hacia casa.

Bob Dylan se equivoca. Yo tengo la prueba. Los tiempos no cambian en absoluto.

 

Mañana será otro día. En vez de gris, se vestirá de amarillo.

Un nuevo día

El despertador me ha sacado de mis sueños a las 6 y 23.He abierto un ojo y lo primero que he visto ha sido el techo blanco sobre mi cabeza.En esos momentos la vida pierde todo sentido.No entiendo cómo hay gente que es capaz de levantarse con una sonrisa.Los odio a todos.
Con el andar de un fantasma me he dirigido a oscuras hacia la cocina.Allí mi brazo, autónomo,desconectado de mi brumosa mente,se ha extendido y los dedos de la mano han atrapado un plátano.Me he preaparado un vaso de cacao y he robado un trozo de bizcocho que dormía sobre la mesa.Imagen grotesca la mía. Sentado a oscuras en la cocina, mirando a la nada y comiéndome el postre de mis hijas.
Con gran esfuerzo y el ánimo arrastrándose por el suelo he mirado el pronóstico del tiempo en el ordenador.Me gusta más mirar por esta ventana que por la real que da a la calle.Vanas esperanzas. LLuvia ,lluvia, lluvia.El país del agua.
Cabizbajo y pesaroso he encaminado mis pasos hacia el baño.Allí, inmóvil y con la mirada fija en una baldosa gris perla he dejado que el agua caliente me resbalara de la cabeza a los pies. Tan falto de energía estoy por las mañanas que por ahorrar tiempo y esfuerzo me lavo los dientes bajo la ducha,con agua caliente.
Vestirme no ha sido fácil pero lo he conseguido.La casa en silencio.Hasta el aire dormía.Me he sentido víctima y verdugo.Víctima por lo que me hace la vida, verdugo por lo que  yo mismo me hago.
Salgo a la calle.Llovizna. En el bar tres o cuatro zombies untan croissant en cafés con leche.Paso de largo.Empieza la caminata.
Detesto los paraguas,así que me resisto a llevarlo.Me coloco los auriculares de mi Creative Zen negro y ,tras darle al play, comienza la banda sonora de mi mañana.What a difference a day make me canta Dinah Washington al oído.Arrebujado en mi abrigo recorro calles vacías bajo la luz de las farolas.Juego a imaginar que estoy volviendo a casa tras una intensa noche en un recóndito Jazz Club.Quiero pensar que mi boca está pastosa por el exceso de whisky y me coloco bien el sombrero que no llevo.Un camión de la basura me saca de mi ensoñación y me transporta de nuevo a las calles de siempre, los sonidos y las luces de siempre. Dejo a Humphrey a un lado y Felipe, el mejor amigo de Mafalda, se apodera de mí. Mirando al suelo, como él, arrastro los pies por el gris asfalto.
Blossom Deary me lanza el salvavidas y al compás de su voz de niña mala mi ánimo se levanta del suelo.Aprovechando esa repentina energía hago un repaso mental de lo que me deparará la mañana que aún no llega.Tres clases con alumnos aturdidos,con la navidad todavía colgando de sus mentes,la redacción de una memoria plagada de mentiras y exageraciones con el noble fin de conseguir una subvención,una reunión con una madre indeseable que hace que ame locamente a su indeseable hija, la lectura del correo y un claustro con todos los profesores mirando el reloj como si les esperase la cita de sus vidas.Qué lejos queda el mediodía en el que al fin me quedaré solo y podré sentarme en mi mesa y mirar al vacío antes de ponerme de nuevo mi abrigo,el sombrero imagiario y cerrar la puerta de una triste mañana de enero.
Estoy a mitad de camino.Ha parado la lluvia. A mi izquierda el mar y a mi derecha los coches que vierten su vómito de humo.Suena Sabina,mi vecino de la calle Melancolía.Miro al mar y veo a un abuelo vestido de neopreno que, enajenado, trata de meterse en el agua.Cree, seguro, que un baño de madrugada se llevará con él los años que le aprisionan el alma.Hoy es trece de enero.Cuento los pasos que voy dando para tratar de quitar los pensamientos venenosos que luchan por apoderarse de mi apaleado cerebro.
Una ventana encendida en una casa a oscuras llama mi atención. Me gusta el refugio que proclama.Me detengo, saco la cámara y click, me guardo la ventana en el bolsillo. Me encanta imaginar las casas por dentro, me gustaría entrar a escondidas y espiar cómo son, cómo es la luz que las ilumina, qué libros duermen en sus baldas, cómo se ve la calle desde su altura.
Pasan dos mujeres corriendo.No sé si me dan envidia pero sí echo de menos el impulso que las lleva.Esto es duro, Chet Baker toca la trompeta y me destroza, lo imagino tirado en el asfalto,caído o tirado desde aquella ventana de Amsterdam.Almost blue.Me quito la idea de la cabeza y sigo andando.Hoy es miércoles.¿Qué sentido tienen los miércoles?Siempre habrá preguntas sin respuesta.
Maldición. Conocido a la vista.Soy como un buho, detecto cualquier cosa en la oscuridad de la noche.Le veo venir, allá a lo lejos,sé que se parará y me hará hacer y contestar preguntas absurdas,indecentes a estas horas del día.Saco un libro de mi mochila y aunque es ridícula mi imagen de lector a la luz de las farolas, camino leyendo concentrado, como si mi vida me fuera en ello.No aparto la vista de las hojas cuando siento su sombra pasar a  mi lado. No le doy opción. Continúo mi camino, no me paro y sonrío.Soy un maestro.
Coleman Hawkins me acompaña en el último trecho.El horizonte clarea y los barcos del muelle dejan ver ya sus colores.Un último intento de escapar,dar media vuelta y largarme,recorrer el camino andado y volver a casa, esconderme entre sus paredes y olvidar el tiempo, las clases,las memorias y las reuniones.
Soy cobarde y no lo hago.Siempre acabo traicionándome.En vez de eso, pongo mi mejor sonrisa en mi cara y, al llegar a la puerta del colegio, me acerco vigoroso a los alumnos que esperan resignados la hora de entrada.Con ademán de hombre despierto,me detengo un momento, les saludo y ellos atónitos me preguntan: ¿cómo puedes estar tan animado a estas horas?
Entro y pienso que tal vez el mundo perdió un actor como la copa de un pino.

Miro el reloj.Son las ocho de la mañana de un miércoles trece de enero.

Un ocio distinguido

El letrero del campo de concentración de Auswitch rezaba: “el trabajo os hará libres”.Cuando Dios expulsó a Adán y a Eva del paraíso los condenó, sin embargo, a ganarse el pan con el sudor de su frente. Este castigo no parece precisamente  un dulce camino hacia la libertad.Sea dios el responsable o no, los humanos nos hemos visto desde siempre obligados a trabajar para conseguir cubrir las necesidades que hace mucho tiempo dejaron de ser básicas.El aumento de éstas crece y crece sin parar y nuestro esfuerzo por satisfacerlas no puede crecer tan deprisa.

Las palabra trabajar viene de trebejare (esforzarse), que a su vez  deriva de la palabra latina tripaliare (torturarse).

¿Cuánta gente está contenta con el trabajo que realiza?No sé la respuesta a ciencia cierta, pero me atrevería a decir que, sea la cantidad que sea, es un minoría.Los hombres pasan los días de trabajo anhelando que se terminen y que lleguen las fiestas, los descansos, las vacaciones.Sé que es un error no tratar de sacar partido de aquello que tenemos entre manos en cada momento.A pesar de eso, creo que la insatisfacción, la pereza, el aburrimiento, el cansancio son ingredientes fundamentales en la rutina diaria de buena parte de la humanidad.Esta inmensa mayoría trabaja por necesidad.No hay un ápice de entusiasmo ni de realización en las tareas y esfuerzos que llevan a cabo.

No somos tan crueles como los genocidas que escribieron en la entrada de Auswitch un mensaje tan hipócrita y despreciable, pero lo que subyace en la sociedad actual tiene un origen común.Queremos hacer creer que el trabajo es necesario, no sólo para obtener los recursos necesarios que nos permitan vivir con cierta dignidad, sino que se quiere extender la especie de que el trabajo, así tomado en genérico, es un bien en sí mismo, que  hace de nosotros seres más dignos y desarrollados. Esto es una mentira.El trabajo dignifica y el trabajo embrutece, el trabajo saca lo mejor pero también lo peor de cada uno de nosotros. Las condiciones  en las que trabaja  la mayor parte de la humanidad embrutecen más que otra cosa.

Es cierto que si miramos la evolución del trabajo desde la Revolución Industrial, la situación ha mejorado notablemente. Esto sólo sucede en los países industrializados, que, sobra decirlo, son los menos.La pregunta clave es si esta mejora se irá extendiendo por todo el planeta o si, por el contrario, las diferencias serán cada vez más grandes y las mejoras del grupo de elegidos serán posibles mientras haya un mayoría de torturados trabajando en condiciones deleznables.

Considerar el  trabajo,hoy en día, como decisión voluntaria, libre, como posibilitador del desarrollo de nuestras capacidades creativas, como fuente de colaboración y de resolución de problemas comunes, como desarrollo y realización personal no es más que un ejercicio de cinismo, de mala fe o, en el mejor de los casos, de ignorancia.Para una gran parte de trabajadores el trabajo sigue siendo una maldición,algo que en vez de unir desune,que en vez de potenciar el desarrollo personal lo paraliza.

La solución a este dilema la hemos encontrado en la sublimación del trabajo humano.Interesa a todos. A los poderosos para engañar y a los débiles para engañarse.Unos ponen, como la zanahoria delante del burro, los bienes materiales a los que nos dará acceso el trabajo. Los otros no tienen más remedio que creérselo para así poder seguir adelante soñando  con que un coche, una semana en la playa o un mueble de diseño les hará alcanzar la felicidad en la tierra.

¿ No es una insensatez creer que el trabajo que realiza la mayoría de las personas constituye la esencia de sus vidas, la fuente de su satisfacción? Lo cierto es que creer esto no es más que una forma de adaptación al medio.No queremos ser desgraciados y menos reconocerlo.La felicidad, todos decimos convencidos, no la da el dinero.El trabajo tampoco.Nos pasamos la vida, pese a todo, tratando de conseguirlos, en el mejor de los casos para comprar tiempo.En el intento se nos va la vida.Los hombres pasan un tercio de la vida durmiendo, y mucho más de un tercio trabajando.¿Qué queda después? Sólo nos queda descansar del trabajo.A eso le llamamos ocio.Decía Oscar Wilde, con sorna pero con toda la razón, que la única ocupación digna del hombre es un ocio distinguido.Las actividades de ocio a las que nos entregamos habitualmente pueden ser calificadas, en general, de muchas formas pero me temo que no precisamente como distinguidas.

Cuando es la necesidad la que nos empuja a un esfuerzo tremendo por sobrevivir, por sacar a nuestra familia adelante, por conseguir lo indispensable para llevar una vida digna, estamos hablando de víctimas. Estas víctimas tienen casi imposible alcanzar un desarrollo y una formación suficientes para lograr lo que el irlandés llamaba ocio distinguido.

Cuando es la necesidad de acumular la que nos mueve.Cuando el trabajo está al servicio del beneficio a cualquier precio y cuando olvidamos que hay otras muchas cosas más allá del trabajo, estamos hablando de insensatos.Suelen,estos, quejarse  de la falta de tiempo para disfrutar de todo lo que han logrado gracias a su esfuerzo.Además de insensatos, la palabra idiota se nos escapa de la boca.También dijo Oscar Wilde, y se puede aplicar a estos últimos, que el trabajo es el refugio de los que no tienen otra cosa  que hacer.

Es  peligroso, a fin de cuentas, hablar alegremente del trabajo, como origen de incontables bondades. Puede serlo, no cabe duda. Pero ese trabajo, ése que es libre, escogido y en el que desarrollamos nuestras capacidades y habilidades, ése en el que el esfuerzo siempre merece la pena, se les escapa de los dedos y de las ganas a la mayoría de víctimas que pueblan este planeta.

Reconocer cómo están las cosas no es lanzar una sentencia contra los seres humanos.Hay quien, eso siempre se puede,ve posibilidades de mejora en un futuro no muy lejano y, cuando contempla el pasado reciente y remoto , se congratula de vivir en un tiempo en el que se puede mirar al futuro con optimismo.Lo malo es la autosatisfacción de los afortunados y la aceptación de su destino por parte de los menos favorecidos.Ambas son caras de la misma moneda.

El trabajo nos hará libres cuando seamos nosotros quienes lo escojamos.Entonces,verdaderamente,el trabajo será un ocio distinguido.

Fin de curso

Acabo de ordenar todas  mis cosas.En mi mesa ya sólo quedan una carpeta roja y unos cuantos papeles.Serán los primeros en ser leídos a mi vuelta, allá en el lejano septiembre.Antes de apagar el ordenador he mirado por última vez el correo; ningún mensaje nuevo.Aliviado  he dirigido el puntero a la esquina inferior izquierda de la pantalla (en el trabajo sigue mandando windows) y cuando estaba a punto de clicar en ” apagar equipo” he cambiado de opinión y he decidido congelar este momento.

Hoy es tres de julio, por las dos ventanas que tengo a mi derecha entra el sol a raudales y se oye el bullicio de la gente al pasar.Aquí dentro, sin embargo, estoy sólo,todo está vacío.Me siento como el capitán que abandona el último su barco.

Ha sido un mes de junio terrible.No recuerdo haber trabajado tantas horas nunca. Junio que debería ser como el viernes de los meses, el anticipo del descanso, el disfrute por anticipado  se ha convertido en una lenta agonía, en una cuesta arriba en la que nunca divisas el final.He entendido al ciclista que levanta la cabeza buscando la cima a la vuelta de la curva y descubre que tras ella hay otra y luego otra. Ahora que todo ha terminado, o casi, no disfruto como pensaba que iba a  disfrutar.¿Por qué lo que uno imagina es siempre mejor que la realidad misma?.Tengo delante de mí dos meses de vacaciones, eso es un gran privilegio y soy consciente de ello, mi lugar en el mundo me espera, los campos que recorreré, los libros que leeré y la música que escucharé me están aguardando.¿Por qué, entonces, no salto de alegría?

A veces pienso que soy yo quien falla, hay algo que me impide aprovechar el momento presente, sueño con momentos que cuando llegan ya no son sueños.También sé que cuando lea esto el próximo otoño, este instante me parecerá único e irrepetible y sentiré una nostalgia dolorosa que me atravesará de parte a parte.Sé todo esto, lo escribo y, a pesar de todo, olvidaré esta extraña sensación que me domina y pensaré, en la distancia y en el tiempo, que este momento sí era irrepetible.

Miro ahora a mi alrededor y veo la mesa de reuniones que  tantas discusiones ha padecido, veo la máquina del café, las sillas vacías,el teléfono que, misericordioso, permanece en silencio (detesto los teléfonos).Los papeles que todo lo inundan, ahora están como dormidos, cada uno en su sitio, y siento un poco de cansancio y un poco de hartazgo. Me parece imposible que en un par de meses todo esto deje de ser silencio y vacío y  sea, de nuevo, ruido y ajetreo. ¿ Por qué da tanta pereza hacer lo que uno tiene que hacer?

Imagino que ya nunca volveré a sentarme frente a esta pantalla, que ya nunca golpearé estas teclas  y que las caras que han ido estos días desapareciendo de mi vista seguirán ausentes y no  siento nada. ¿Aumenta el desapego con los años?,¿el corazón se va haciendo de piedra con el tiempo?,¿por qué cada vez echo en falta a menos gente?

Languidecen los minutos y mis dedos ya no se agitan nerviosos como hace un rato.La voz de un niño contento llega desde la calle.La grapadora, el lápiz, el sacapuntas, los post-it y un taco de folios en blanco parecen descansar, ajenos a mi presencia.Todo será silencio y sombra, nadie hablará, no habrá sonidos ni colores pues nadie oirá ni verá nada.¿De qué color es algo cuando nadie lo mira?

Llegó el momento. Quedan atrás diez intensos meses de trabajo.Alegrías,problemas,cansancio y discusiones.Decisiones, aciertos, errores, malas caras y sonrisas.Decepciones, arrepentimientos, dudas y ayuda.

Ahora sí, apago el equipo, bebo un vaso de agua,recogo mis cosas, miro por última vez la mesa y el despacho y cierro la puerta.

No pienso en nada, salgo a la calle y me pierdo entre la gente que continúa su camino tan ajeno al mío. Me pongo  los auriculares y Bob Dylan me canta al oido The times they are a-changing mientras camino lentamente hacia casa.

Mañana será otro día.

La vida no vale nada

La esperanza de vida en un país desarrollado es hoy en día, si hacemos la media entre hombres y mujeres, de unos 80 años.Si analizamos en qué invertimos todo ese tiempo obtendremos los siguientes resultados:

  • Dormir: 8 horas/día x 365días/año x 80 años =  +- 26 años
  • Comer: 1’5  x 365 x 80  =   +-5 años
  • Higiene, vestido y cuidado personal: 1 x 365 x 80 =+- 4 años
  • Transporte: 1 x 365 x 80 = +- 4 años-
  • Estudio y trabajo: 8 x 365 x 60 = +- 20 años
  • Tareas domésticas: 2 x 365 x 65 = +- 6 años
  • Televisión: 2’5 x 365 x 70 = +- 8 años
  • Teléfono: 0’5 x 365 x 65 = +- 1 años

No hay que ser  un experto matemático para hacer las cuentas necesarias. Si a los 80 años que nos tocan  de vida les restamos los que gastamos en las actividades señaladas tenemos:

80-26-5-4-4-20-6-8-1= 6

¡6 años! Los que nos dedicamos a nosotros mismos son 6 miserables años. Estos 6 años podrían ser los 6 primeros de nuestra vida. Esos que todos dicen que son los más importantes y felices de nuestra existencia, pero de los que no recordamos prácticamente nada.

Conclusión 1: Las actividades más interesantes, más personales y enriquecedoras  que el ser humano realiza sobre el planeta tierra son ver la televisión y hablar por teléfono.

Conclusión 2: Si no hay nada después de esta vida, todo esto es absurdo.

Si nos reencarnamos, volveremos a cometer los mismos errores y de esa rueda  nadie nos sacará.

Si existe un infierno el viaje no merece la pena.

Si hay algo parecido a un cielo, espero que haya televisión  y teléfono móvil.

P.D.: Siempre nos quedarán los nueve meses que pasamos en el útero  de nuestra madre.(De eso sí que no queda memoria alguna, pero siempre es interesante decir que fue la época más enriquecedora y creativa de nuestra vida)