Cadena perpetua

¿Son compatibles la justicia y la cadena perpetua? La justicia nos empuja a dar a cada uno lo que se merece. La cadena perpetua es, por definición, una condena de carácter indefinido. ¿Es posible condenar a alguien indefinidamente?

Si estamos de acuerdo en que dios no pierde su tiempo en inmiscuirse en nuestras rencillas. Si partimos de la base de que la justicia divina no es más que un consuelo de tontos, tenemos que concluir que somos nosotros los que debemos impartir justicia.

A ese  nosotros le llamamos tontamente estado como si al hacerlo nos despojáramos de responsabilidad, como si ese ente impersonal, que a todos nos representa cuando no queremos dar la cara, fuese, por el mero hecho de ser todos y nada al mismo tiempo, capaz de defender más justamente los valores esenciales sobre los que se asienta la sociedad de la que formamos parte. El estado es entonces quien condena, no nosotros. Pues bien, el estado no tiene derecho a quitar a nadie la totalidad de su libertad ni, ya puestos, su vida. La cadena perpetua elimina definitivamente la autonomía de la persona que la sufre. Una persona sin autonomía deja de ser persona y desde un punto de vista moral eso es lo mismo que matarlo. La pena de muerte y la cadena perpetua eliminan de raíz la característica principal de la vida: la autonomía.

La cadena perpetua ha tranquilizado las conciencias de los que no se atrevían a defender la pena de muerte. En el fondo no es más que un sustituto. El estado no puede matar de una vez pero sí puede hacerlo lentamente. A los que claman por la pena de muerte, se les ha dado este caramelo envenenado para hacerles sentir más sabios y, sobre todo, más justos.

Muchos a lo largo de la historia han puesto el origen de la justicia en manos de dios y él, como hacedor de todas las cosas, sí se nos figura capaz de quitar lo que nos ha dado: la vida. Eso ha hecho que siguiendo ese imposible ejemplo hayamos jugado a ser dioses, a dar y quitar lo que no podemos dar ni quitar. Desde la ilustración, gracias a dios, le hemos ido abandonado y poco a poco hemos ido separando la justicia del castigo.

Si aceptamos que no podemos quitar la vida pues eso va en contra de nuestro concepto de vida como un todo, deberíamos aceptar también que no podemos quitar la libertad totalmente puesto que sin libertad no hay vida. La cadena perpetua entra así en contradicción con la aspiración de impartir justicia.

La venganza no es justicia aunque es fácil hacer que lo parezca. La venganza puede, tal vez, reparar algo en la víctima de un mal causado. Saltar de una persona a todas las personas, al estado que ya hemos mencionado, y creer que el estado repara un mal con la venganza es personalizar lo que debe ser despersonalizado. La justicia es reparación y armonía. La justicia da no quita. La venganza es un desquite y aunque personalmente uno no pueda evitar comprenderla individualmente, es imposible pensar que todos a una, el estado que nos representa, base su justicia trasladando el daño a quien lo produjo.

La cadena perpetua o prisión perpetua o la reclusión por tiempo indeterminado o como queramos llamarle es cruel.  La justicia no puede serlo. Quien la defienda que defienda la justicia como castigo y venganza. Que diga alto y claro que el que la hace la paga y que todos, escudados en la ciega justicia y en el estado todopoderoso, podemos exigirle al culpable que sufra de la misma manera que él hizo sufrir a su víctima. Quien crea que la venganza es justa que lo diga sin reparos.

La justicia, creo yo, dejo de ser eso hace mucho tiempo. La dignidad del justo hace que estemos por encima del injusto. Hace que no hagamos lo que él nos hizo. Y, que no lo hagamos, no por miedo al castigo, sino por convicción y por que conservamos la esencial característica que nos define: la libertad. La libertad de no hacerlo.

Llamar a la cadena perpetua prisión permanente no le quita las cadenas. Añadirle el adjetivo revisable no la hace más justa ni deseable.

El renacido: aparición y fantasma

La flecha le atraviesa el corazón, la sangre fluye viscosa y caliente. Asistimos estupefactos a lo que parece una colección de hermosas fotografías. La imponente naturaleza por encima del diminuto ser humano que se pierde en ella. Pues no. Precisamente ese ser pequeño y oscuro, apenas un punto en medio de la inmensidad, es el terrible protagonista de esta terrible historia. No es la epopeya personal de un hombre que resiste los embates del frío, el hambre, el agua y el hielo. No, lo que hiela la sangre no son los sobrecogedores paisajes, no es la blancura inmaculada, fría y enorme que nos envuelve, lo que de verdad nos atraviesa como aquella flecha es contemplar cómo es el mundo cuando lo único que importa es sobrevivir, comprobar cómo se pudre el alma del homo sapiens, constatar la animalidad que todavía escondemos a pocos milímetros de la superficie en cuanto escarbamos bajo la piel de la civilización hace tan poco lograda, cuando contemplamos que sólo el odio y la sed de venganza son los motores que empujan a la vida, a la resistencia, a la supervivencia. Ser testigos de todo eso es lo que nos sacude por dentro.

Ayer, antes de salir de mi casa, apagué sus cálidas luces y programé la calefacción para que estuviera caliente a mi vuelta. Paseé luego por las calles de la ciudad civilizada, me detuve ante un semáforo en rojo y observé a otros ciudadanos que bien vestidos y peinados se dirigían pacíficamente a sus asuntos.

Abandoné la ciudad tranquilizadora y me introduje en una sala oscura donde sin opción a mentalizarme me vi en segundos perdido entre inmensas montañas heladas, sentí que el frío que desprendían las imágenes helaban poco a poco mi corazón. La majestuosidad del escenario, la naturaleza desprendida de adjetivos se adueñaba de mis ojos y de mi consciencia. No podemos culparla a ella, la naturaleza no es ni mala ni buena, áspera o suave, dura, terrible o miserable. La naturaleza es la casa en la que ellos viven y donde se muestran como lo que son: seres fríos, distantes, violentos; movidos sólo por el egoísmo. Sobrevivir a toda costa, por encima de todo y de todos. Cuando la misión del hombre es sobrevivir, y así ha sido durante casi toda su historia, no existe la esperanza. No hay opción alguna al sentimiento.

El personaje principal de la historia conserva algo que parece hacerlo humano: la paternidad entendida más allá de la procreación, la paternidad como sentimiento que nos saca de nosotros mismos y nos lleva al otro. Por un momento atisbamos en su mirada algo humano. Otra mentira. Sólo es la venganza la que hace que sus piernas se muevan, que sus pulmones respiren y que su corazón siga latiendo.

Una vez saciada la sed de venganza, en broche terrible y de oro, el protagonista queda solo y desnudo de toda esperanza, de toda posibilidad de vida. Cuando la pantalla se funde en negro, seguimos oyendo su respiración entrecortada pero sabemos que no sobrevivirá, que sólo se le concederá el consuelo de la muerte.

Historia que se envuelve de imponentes imágenes. Bellas y terribles. Son sólo el envoltorio de algo más terrible: el espectáculo del hombre al que únicamente le queda la supervivencia. El espectáculo de la vida donde las montañas, los ríos, el agua, la nieve y los árboles son mas amables que los fantasmas que por allí transitan.

Autorretrato incompleto

No soy rencoroso. Se me olvidan todos los males que creo que me han hecho. No soy vengativo. La venganza, además de improductiva, requiere atención constante y, eso, es demasiado laborioso. No soy envidioso. Me encuentro bien con lo que tengo y soy como soy sin más ambiciones. No soy avaricioso. Vivo sin saber lo que poseo. No por tener demasiado sino suficiente. No soy mentiroso, o al menos en lo importante. Siempre suelo decir lo que pienso y guardo las mentiras para lo conveniente. No soy presuntuoso. Trato de no dar nada por sentado. No soy cobarde. Lucho por vivir como pienso. No soy ambicioso. Tal vez me equivoque pues algo debe de tener la ambición cuando hay tanto empeño en valorarla. No soy egoísta, o no lo soy de manera desmedida. Pienso mucho en mí, pero también en nosotros. No tengo prejuicios. Lo que sé o sospecho no trato de utilizarlo en contra de nadie. No soy imparcial. Tamaña labor queda en manos de los jueces y ellos, que son como yo, tampoco pueden serlo. No soy violento. No porque no pueda sino porque no quiero. No soy manso, que dios me perdone. Siempre he preferido el lobo al cordero. No soy idiota. Nunca miro el dedo cuando señala a la luna. No soy vanidoso, aunque después de lo dicho parezca serlo.

No soy nada de eso. Al menos así lo creo. Y sin embargo, no me siento bueno.

Sobre la venganza

La venganza ocupa y preocupa. Casi siempre actúa de manera desmedida. Quien la practica cree dar sentido a sus expectativas. Cree, ingenuamente, que equilibrará con ella la balanza de los sufrimientos padecidos. Los sufridos y los otorgados.  Cree, en fin, que con el desquite sanará sus heridas, que la justicia surgirá del barro y aplacará la sed que le corroe.

La venganza es un apetito exclusivamente humano. Las ansias de venganza, entre otras cosas, definen nuestra especie. Para dominarla sólo sirven, por tanto, remedios propiamente humanos. La razón se convierte en el principal instrumento.

Como contraposición a la venganza algunos recomiendan el olvido. Otros, más comprometidos, sacan el perdón de la chistera. El olvido es involuntario pues la voluntad de olvidar de nada sirve. El perdón sin olvido se nos escapa de las manos. No sé, después de todo, si casa bien con la condición humana. La razón, por tanto, desprovista de actos voluntarios y sentimientos devastadores nos ha de guiar en la lucha contra la violencia que implica la venganza.

La razón mayor para desterrar la venganza es egoísta. No se trata tanto de dilucidar si es éticamente reprobable o no, sino, más bien, de considerar si nos conviene.

La venganza consume y obsesiona y es, por ello, absolutamente inconveniente. Así de simple. Disfrazarla después con el perdón o vestirla de suave olvido no deja de ser una metáfora. Una simple figura literaria.

La venganza se autoimpone.  Es una pasión incontrolable. Al cumplirla pensamos que nos traerá el alivio anhelado. La venganza se alimenta de literatura, la ficción hace de ella un plato de buen gusto. La realidad, por contra, se empeña en ser totalmente frustrante.

La metódica planificación para llevarla a cabo nos hace olvidar, como en un paréntesis, el daño sufrido. Creemos compensar con nuestra maníaca obsesión el dolor y trocarlo por alivio.

Una vez cumplida la venganza, como un fuego artificial se desvanece y con él el alivio soñado. En el fondo, dentro de nosotros, el agujero negro del dolor soportado no se cierra sino que sigue supurando desdicha y desconsuelo. El desquite no es más que una entelequia.

Tal vez, tras el honor, tantos siglos sublimado, la venganza se nos muestra como una seña de identidad inquebrantable. Concepto exaltado. Concepto literario y cinematográfico. Fácil de aceptar pues es primario y arrebatado. Fácil de compartir pues promete reparación. Es, por contra, difícilmente conjugable con la justicia y, lo que es peor, con nuestra conciencia.

La venganza, definitivamente, no nos conviene. Está, arrebatadamente, en la antípodas de toda ética.

Lo que la razón no consigue lo logra el olvido. El olvido, siempre sabio, llega finalmente a nuestro rescate. De otro modo la vida sería irrespirable. El olvido, en último término, ya nos lo dijo Borges, es la única venganza y el único perdón.

Los consoladores

¿Tiene algún sentido el consuelo?

El consuelo se convierte en necesidad para poder superar la incomprensión que provocan el mal y el dolor. El mal y el dolor, tomados genéricamente, representan el lado oscuro de la existencia. Ante ellos tomamos dos posturas: convencernos de que sirven para algo o bien, al contrario, no verles nada útil y sufrirlos, a poder ser, en la menor medida posible.

La primera opción trata, por imitación, de seguir el esquema de nuestro propio cuerpo y generaliza el dolor como un aviso para que tomemos medidas. Si la mano en el fuego no sintiera dolor nos quemaríamos. Análogamente, si no sufriéramos dolor moral, por llamarlo de alguna manera que lo distinga del dolor físico, seríamos insensibles y perderíamos los atributos que nos definen como humanos. El amor, por ejemplo, sólo se entiende así o sólo se alcanza y se disfruta si tiene también su contraparte.

El mal es un tema más peliagudo. El mal es complicado porque existe sólo en la ausencia. Lo bueno está lleno de atributos. El mal es la ausencia de ellos. El bueno, nos dicen, es caritativo, misericordioso…. El bueno tiene llenas las alforjas de calificativos. El malo, sin quererlo, lo es simplemente cuando su mochila está vacía. No existe punto intermedio. O se es bueno o malo. El bueno tiene. El malo lo es por no tener. El bueno es un ser moral. El malo carece de moral.

Extraer algo bueno del mal es harto complicado. A pesar de ello, está muy extendida la especie de que no hay mal que por bien no venga. No sé, si soy sincero, si tal afirmación resiste el menor análisis. Aceptar que el mal y que los malos existen es demasiado duro. Aparecen de nuevo las orejas del consuelo.

Nos empeñamos en creer que el ser humano es bueno en esencia y que la maldad, por tanto, sólo es posible en mentes desquiciadas. Este es nuestro primer consuelo. Vivimos, por lo que parece, rodeados de desquiciados.

Siempre se nos hablaba de un dios creador infinitamente bueno. Por ello la rebelión contra él provenía de la incomprensión de un ser que en su infinita bondad asistiera impasible a la diaria representación del mal en el mundo. Ante ello sólo quedaba deducir que la libertad está por encima del bien y del mal y que por ella pagamos el precio de todos los males.

Cuando me duele una muela acudo rápidamente al dentista (si no soy un cobarde y tengo suficiente dinero). Gracias al sufrimiento padecido he podido evitar un mal objetivamente mayor. Cuando nos duele el alma adónde vamos, a quién acudimos, de qué nos avisa ese dolor omnipresente.

Cuando alguien padece una injusticia sufre ante la impotencia desatada por la falta de recursos para subsanarla. Aparecen entonces la venganza y el castigo encumbradas en único consuelo. No nos engañemos. El mal, el dolor y la injusticia no tienen reparación posible. Se llevan parte de nosotros. La justicia no se alcanza por medio del castigo ni de la venganza. Ellos no reparan nada.

Castigar mal con mal no ha conducido nunca a buen puerto. Ojo por ojo, diente por diente suena muy justiciero pero precisamente lo justiciero suele ser lo más lejano de la justicia.

El mal personalizado en una víctima, el mal sufrido de uno en uno es inmisericorde y frustrante. El mal padecido por muchos tiene, a veces, el poder provocador de la rebelión. Casi siempre, para nuestra desdicha, acaba siendo consuelo de tontos.

La naturaleza seductora del mal, la ausencia de compromisos, de voluntad y de obligaciones es lo que le hace omnipresente. El poder que confiere, al no detenerse ante ninguna barrera, lo hace irresistible.

Al mal no se le vence con bondad sino con inteligencia. Sólo cuando concluimos que el mal no nos conviene podemos alejarnos de su camino. Ofrecer la otra mejilla no es señal de bondad ni de misericordia sino de inteligencia.

El dolor que provoca el mal envenena y como no conocemos el antídoto ideamos dioses, libertades, venganzas y castigos. Son simple consuelo.

El mal es debilidad, es impotencia, es búsqueda idiota de grandeza. Es el consuelo del débil que gracias a él cree hacerse fuerte.

¿Por qué seremos tan débiles?

¿Por qué somos incapaces de vivir sin consoladores?

Warlock

De niño soñaba a menudo con vivir en  un pueblo del oeste americano.Me gustaba imaginar el ruido de mis botas en el entarimado que iba del saloon a la oficina del sheriff,el polvo que siempre se levantaba cuando llegaba la diligencia, los  caballos atados mientras los vaqueros  se tomaban un whisky que indefectiblemente el camarero les lanzaba haciéndolo deslizar desde la otra esquina de la barra,el desierto amarillo que se intuía rodeándolo todo y Kitty, siempre Kitty, que,provocativa, dominaba con su falso lunar en la mejilla a los vaqueros que se gastaban su jornal de la semana en una partida de poker.

La conquista del oeste pone a nuestro alcance un escenario perfecto para estudiar , a la manera de las tragedias  griegas,la disputa del hombre entre lo salvaje y lo civilizado, el intento  de valores como la justicia o la paz por  hacerse necesarios,el impulso humano por llegar a entenderse y construir en vez de destruir.

La vida  en la frontera de todo provoca sensaciones diferentes. La necesidad de establecerse y de considerar un territorio nuevo como casa y la posibilidad de seguir siempre en movimiento con el cielo  y las estrellas como techo.La conquista del oeste es un búsqueda constante en un espacio que se antoja infinito.Todo es nuevo y todo es peligro.Lo desconocido  y la epopeya de su descubrimiento.

En mis ojos de niño todo aquello era aventura.A pesar de la violencia permanente no era consciente de su presencia. Era parte del juego. Aquellos hombres y mujeres, lanzados en pos de una nueva vida, se enfrentaban cara a cara con la muerte y con lo desconocido.Muchos caían en el camino y la pistola arreglaba  aquello que la palabra no podía resolver.Hombres primarios que nunca disparaban por la espalda.Era mejor morir de frente que matar como un cobarde.Vaqueros analfabetos que hablaban de honor y valentía. Buscadores de tesoros que consumían su vida  en la búsqueda,  valedores de la ley que sabían de antemano que una bala acabaría con su vida. Borrachos, prostitutas,mineros,cazarecompensas,pistoleros que nos hacían  insufribles al telegrafista, al banquero o a tía Polly que se santiguaba al verlos.

Escenario, como he dicho, perfecto para descubrir lo mejor y lo peor que llevamos dentro.Violencia y venganza mezclada con un sentido primario de la justicia.Vida errante  y búsqueda de un lugar en el mundo.Empezar de cero.Ese sueño que tantas veces soñamos pero que nunca es posible.Trágica lucha contra el destino y trágicos héroes que desafiaban a dios, la naturaleza y los demás hombres.

Levantarse, caer y volverse a levantar del suelo polvoriento que ensuciaba la ropa y las entrañas. Leyendas de forajidos que no producían miedo.Fragilidad de la vida que avanza entre balas que silban al pasar a nuestro lado.Todo efímero , nada constante.

Ley  y orden traicionadas por la llamada de lo salvaje.Hombres y mujeres sin pasado.Futuro incierto.

Creo que nunca había leído un western.El Far West es para mi cinemascope. Cow boys, Dogde City, Ok Corral,Pat Garret y Billy the Kid.El desierto y el polvo.Pañuelos ocultando la cara,sombreros, espuelas,colts , whisky y zarzaparilla.Dormir al raso en torno al fuego, cabalgar por inmensas praderas,sol abrasador, llegar a la ciudad y traspasar las puertas del saloon.

Ya lo he hecho. He leído una increíble novela que narra en ese fondo cinematográfico la lucha del alma humana por encontrarse.Ese viaje mucho más azaroso que el hecho por cualquier caravana en la búsqueda de un nuevo mundo.Oakley Hall narra con maestría el origen de la sociedad.Análisis certero sobre la dificultad de encontrar reglas que fundamenten la vida en común.Reflexión sobre el bien y el mal que conviven en cada uno de nosotros.

Warlock es un embrión de sociedad que parece condenada al fracaso.Ciudad sin ley y sin valores.Seres humanos que fabrican héroes siempre por su conveniencia. Héroes que luego  molestan y que han de desaparecer.Seres malvados que ofrecen la vida por amistad.Espíritus inquietos que prefieren la incertidumbre del camino a la tranquilidad del amor.Hombres que hacen y se humanizan y otros que dejan hacer y se animalizan.Valientes violentos y pacíficos cobardes.Toda la contradicción que el ser humano encierra mostrada en un mundo perdido y naciente.El hombre dejado a sí mismo para ver  quién de los que lleva dentro vence.

El hombre se une cuando lucha contra algo.Cuando se vislumbra la amenaza o cuando ya sucedió la catástrofe.Creemos entonces ver a  lo mejor del ser humano.Lo trágico , lo descorazonador es que el hombre se une siempre en contra de algo, nunca a favor.

Canning, el ayudante del sheriff, había sido la esperanza de Warlock.Durante el tiempo que desempeñó el cargo llegamos a creer, con ese eterno optimismo humano, que se realizaban progresos, aunque moderados, hacia la implantación de una especie de orden en Warlock. Desde luego era, con mucho, el mejor de la variopinta proliferación de agentes que se habían encargado de nuestra cárcel.

Seiscientas ochenta y siete páginas más tarde cerré el libro. Ya no quería vivir en un pueblo del lejano oeste americano.No me importaba el sonido de mis botas, no deseaba tomar un whisky en el saloon en compañía de Kitty.No quería nada de esto pero  conocía un poco mejor los entresijos del alma .