Pensaba colgar el cartel de cerrado por vacaciones en el blog y dedicarme a otros menesteres en el lugar donde ahora me refugio. Resulta, sin embargo, que este tiempo suspendido en el que me encuentro y la absoluta calma que me rodea invitan a ver la vida pasar y comentarla.
Las vacaciones hay dos maneras de vivirlas: una va acompañada del conocido síndrome de aprovecha todos los minutos del día que ya queda poco para volver, que suele traer consigo un mayor estrés al regresar a casa del que sufríamos al salir. Este tipo de vacaciones nunca se parece al tipo de vida que nos gustaría llevar durante todo el año. Queremos vivir lo que imaginamos como un lujo y la obsesión es ver, conocer, hacer, comer, beber en unos días lo que no seríamos capaces de apreciar ni digerir en años. Esto no son vacaciones. Son otra cosa, no sé qué, bueno sí, pero me lo callo. Cuando la víctima de este desaguisado es una persona que no dispone de medios ni tiempo suficiente para disfrutar de su merecido descanso, podemos comprender que el mercado le deja muy pocas opciones. Al disponer solo de unos pocos días, es normal caer en la tentación de intentar exprimirlos al máximo. El resultado suele ser decepcionante en lo más íntimo. Hay que ser valiente para admitirlo. Eso no suele ocurrir, y al volver a casa y al trabajo se cuentan maravillas de lo que quizá pudo haber sido, pero que en la realidad no fue. Esto nos lo callamos e incluso a veces lo olvidamos. La capacidad del ser humano para creerse lo que inventa nunca dejará de asombrarme. Eso sí, los que, disponiendo de todos los medios a su alcance, eligen ir a disfrutar de sus días de asueto a un hotel entre rejas y esposados a una pulsera de colores que les da derecho a untodoincluido (¿?), juro que no los entiendo. Eso por decir algo suave. El resumen de sus vacaciones suele ser la calidad o no del buffet o la disputa sobre si con la pulsera de marras podían tomar daiquiris o no.
El otro tipo de vacaciones es aquel en el que el tiempo se detiene, se suspende y lo importante es estar, ser, existir y descubrir una forma de vida, donde sentimos que respiramos y aprendemos cosas tan sencillas como el color del cielo o el olor de la tierra tras una tormenta. Reparamos en que leer no es algo que se hace para conciliar el sueño, que la televisión puede estar apagada y que es imposible conocer Italia en una semana. Son vacaciones en las que podemos dar un corte de mangas a los touroperadores y a las agencias de viajes, y en las que nos pondremos una pulsera, si queremos, comprada en el último mercadillo del pueblo más ignoto. Si tenemos la suerte de disfrutar de esta experiencia, nos daremos cuenta de que vivir en paz con uno mismo es posible y querremos ese tipo de vida para siempre; por natural, no por extraordinaria. Aquí viene el problema. Este es el verdadero peligro de experiencias que nos hacen encontrarnos a nosotros mismos. No podemos quedarnos colgados, enganchados y añorando el resto del año unos momentos estelares. Si nos hemos encontrado, no podemos perdernos. Encontrarse a uno es para siempre. Lo que tendríamos que hacer es ser valientes y luchar por conseguir transformarnos nosotros y, con nosotros, nuestra vida.
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