Veinte de agosto

J. está leyendo en el jardín. Está sentada bajo la higuera. Come cacahuetes. Yo la miro desde la mesa en el porche de la casa. Ante ella, su futuro. Tiempo de decisiones. Tiempos difíciles.

Estoy tomando mi café de media mañana. Acabo de regar el jardín. Aún resuena el sonido del agua cayendo sobre la hierba. Verde, azul y amarillo. Algún toque de rojo.

Un grupo de hormigas intenta afanoso subir por el tronco del granado. Su objetivo, tratar de llegar a un incipiente fruto que asoma entre las ramas. Yo les hago la guerra y exprimo medio limón por el tronco. No provoco la desbandada. Retroceden, eso sí, increíblemente en orden. No dejan de asombrarme. Se preparan, seguro, para lanzar un contraataque.

M. ha vuelto a trabajar hoy. Se fue ayer con la tarde y llena de pereza. El otoño enseña sus garras. Está a la vuelta de la esquina. Sé que es verano todavía pero empieza a no parecerlo. Poco a poco, irá desvaneciéndose. La noche llega cada día más temprano.

S. está lejos, junto al mediterráneo. También trabaja. Está diseñando su vida. Dudas y certezas la acompañan. Como a todos. A su edad se notan más. Ambas. Ayer hablé con ella. Estaba en casa trabajando. Luego tal vez se acercara al mar para darse un baño. Alegría y pena a la vez. Alegría por verla llena de proyectos. Pena por la distancia.

Yo miro, observo, leo y escribo. Recuerdo, pienso. Recreo conversaciones tenidas. Me ayuda a clarificar ideas. Trato de reproducir lo que fue dicho. Trato de entender y saber lo que las palabras dichas querían decir vistas ahora desde el silencio y desde el tiempo. No sé si me ayuda o es una obsesión por retener todo en mi memoria, por revivir, por no dejar que algo se me escape de las manos. No lo sé pero no puedo evitarlo.

Son las doce. Lo han dicho las campanas del pueblo cercano. Ya es mediodía. Hoy no hace mucho calor. El cielo azul, los campos amarillos, la vida aparentemente quieta. Me pongo las zapatillas. La cámara de fotos y una botella de agua en la pequeña mochila. En marcha. Los caminos me esperan.

J. lee. S. y M. trabajan y yo, afortunado, me pierdo en la inmensa llanura camino de la ermita.

Junio aunque ya sea julio

El termómetro marca treinta y siete grados. El verano ha llegado para quedarse, parece. Por la ventana abierta entra fuego. Decido cerrarla. Me siento una vez más y miro. Una mesa grande de reuniones sobre la que he colocado papeles y carpetas clasificados por temas. Ahí dormirán hasta septiembre, espero. Mi mesa, a la que ahora estoy sentado, ha quedado casi desnuda. Parece otra. Hasta hace un rato era difícil buscar un centímetro cuadrado blanco. Sobre ella reposa una carpeta verde, que contiene el trabajo que no he podido quitarme de encima, y  mi molesquine, este año también verde. Las dos, carpeta y molesquine, contienen mis tareas pendientes. Vendrán conmigo en mi vieja y cansada mochila negra. ¿Seré capaz de sacarlas de ella y abrirlas? Espero, al menos, que su presencia se vaya disipando según pasen los días y cambien colores y costumbres. El teléfono mudo, cruzo los dedos, a mi izquierda, soy zurdo. El ordenador frente  a mí abre su gran ojo para guardar estas palabras que confío sean las últimas que recibe por una buena temporada. Está un poco viejo también, no le vendrá mal un descanso. Un pequeño calendario me sitúa en el tiempo. Tres de julio. Yo me iré y el tiempo pasará conmigo. Cuando vuelva el seguirá anclado en el mismo instante en que ahora lo dejo. Yo, al verlo, sentiré una terrible añoranza. La presiento, la conozco, la sé y ya la lamento. El bote para guardar bolígrafos y lápices queda bien lleno, sobre todo de lápices. Unos pequeñitos pues ya han vivido mucho y han dado de sí casi todo lo que tienen. Otros, larguiruchos y afilados, pasarán el verano sin hacer nada. Escucharán las historias que les cuenten sus hermanos mayores, seguro. Las estanterías, ahora ordenadas, guardan los libros carpetas y cuadernos que he ido leyendo, enseñando y rellenando. Ahí quedan, reposando.

Hay un archivador, al fondo, con fichas llenas de datos y fotografías de hombres y mujeres ya pero que un día, en su camino hasta hoy, por aquí pasaron y quedaron guardados tal y como fueron. Parte de lo que hoy en día son, imagino. De vez en cuando los miro, por necesidad o curiosidad. Impresiona siempre comprobar lo profunda que es la huella del tiempo.

Últimos minutos. Una última mirada. Ya no queda nada. Bueno sí. Una impresora apagada, una grapadora, una calculadora y un sello de caucho. Poca poesía veo en ellos. Lo siento. Los veo como simples instrumentos. Los vuelvo a mirar y no me dicen nada.

Ahora sí. Punto final. Me levanto por última vez de mi silla negra. Apago la luz. No miro hacia atrás y cierro la puerta. Doble vuelta de llave.

Salgo a la calle. El calor y la luz me engullen. Como siempre el mismo pensamiento. Los tiempos están cambiando.

Enchufo los auriculares. Play.

Domingo y lunes de julio

DOMINGO

El verano con nubes no es verano. La lluvia en verano debería ser sólo cosa de furiosas tormentas. Las tormentas, dejarse sentir tan sólo de vez en cuando. El sol tendría que venir para quedarse.

Julio avanza poco a poco y yo me siento en febrero. Uno sabe dónde reclamar o a quién hacer responsable en casi todas las situaciones de la vida. Cuando se trata del tiempo, meteorológico, no del otro, ese es cosa nuestra, no se siente más que frustración. Nada ni nadie es culpable de que el color gris del cielo me moleste o afecte a mi delicado espíritu. Dejado dios en paz, no sé a quién me puedo dirigir cuando reclamo a quien corresponda.

Las cerezas este año están, pero penden de las ramas como de un hilo o como de un suspiro. Caen demasiado maduras del árbol y yo contemplo impotente cómo se estrellan contra el suelo sin remedio. Sólo los pájaros ladrones las aprovechan. Tentación caída por los suelos. Las cerezas ante mí y no puedo evitar que se me escapen de los dedos y de la boca.

Verano sin sol y sin cerezas. Pura contradicción. ¿Qué puedo hacer yo ante tamaña desgracia?

Nice, nice, very nice de D.M. es mi único consuelo en este domingo en el que inesperadas obligaciones laborales me obligan a desandar el camino andado y volver al despacho clausurado y ya casi olvidado. Recorro ahora la oscura carretera, bajo un oscuro cielo en esta gris y oscura tarde de domingo. Nice, nice, very nice, es verdad, es mi único alimento.

Mañana dos reuniones, varias tareas inesperadamente pendientes y espero, ojalá, dar media vuelta a mi retiro sin verano ni cerezas. Espero que en esta pequeña y forzosa pausa el sol recobre su sentido y tanto él como yo tengamos esa segunda oportunidad que, al parecer, todos o casi todos, merecemos.

Comienza a llover, no miento, the indy queens are waiting, y yo miro incrédulo a través de los cristales. La música me aísla en cierta forma de este mundo inaudito.

Julio sin sol, sin luz y sin cerezas. Julio plagado de lluvia. La casa está fría por la mañana. El jardín se ve triste desde la ventana.

De esta negrura inesperada tampoco se han librado las lecturas. He estado leyendo últimamente a Petros Markaris, el turco que vive en Atenas y, a pesar de los pesares y de las recomendaciones, tengo que admitir que no me ha tocado. Ni fu ni fa. No me gusta decir esto pero así ha sido y así, por tanto, lo cuento. Ahora empiezo con Bernardo Atxaga y sus Días de Nevada. Recién abierto el libro, recién empezado el camino pero presiento algo bueno. Me siento muy cómodo leyendo.

Con la música estoy más contento. Llevo un tiempo descubriendo grandes cosas. Eso me gusta mucho. Cada vez  son ellos más jóvenes y yo más viejo pero me encanta conocer lo que no conocía y tener todavía la dicha de lo nuevo y no estar siempre refugiado en lo sabido y conocido. Creo que tengo un sexto sentido para el diagnóstico. Yo mismo me fío de mí. Tengo grandes cosas entre manos. Las he traído conmigo para escucharlas a solas en mis paseos por el verde y por el amarillo. Esa es mi pista de pruebas. Paseos solitarios, caminos nuevos y caminos una y mil veces recorridos. Ellos me acompañan y juntos desbrozamos los senderos. Poco a poco ya los iré presentando.

He traído también conmigo películas para ver, casi siempre, en las primeras horas de la tarde, cuando el verano solía calentar demasiado. Momentos de cine y té tras la siesta.

De momento en vez de cine he visto dos series. Una alemana. Hijos del tercer reich. Un buen intento de los propios alemanes para analizar su historia reciente. Historia, por cierto, tantas veces silenciada. La otra, un clásico de mis últimos veranos. Downton Abbey. Es una serie británica. Decir serie y decir británica debería ser, en este caso, suficiente descripción. Nadie como ellos describe con tanto acierto, minuciosidad y belleza su propio pasado. Esta serie es un fresco de un tiempo terminado, comienzos del siglo XX. Está tan bien hacha que necesito beberla a grandes tragos. No puedo ver un capítulo hoy y otro dentro de diez días. Prefiero ver cada verano una temporada completa. Así, durante unos días, todo seguido, sin pausa vivo la vida en la gran casa en la campiña inglesa, vivo en ese microcosmos que a pesar de pequeño todo lo contiene.

Llueve más y más. El agua no me permite ver el paisaje. Una espesa niebla tras el agua. Más allá parece no haber nada. Me acerco en esta inesperada y momentánea vuelta a la nada cotidiana. Agua sin luz, niebla inerte que me dejan en paz por un momento mientras atravieso un túnel oscuro que me aleja todavía más del mundo.

No caigo derrotado. Dan y yo volvemos mañana. Ya no será lunes sino que será un día y luego vendrá otro día y después otro. Días sin nombre ni atributos. Días sin despertador, días sin horarios. Días de palabras, de vino, paseos, tierra seca, libros, música y películas. Días de verano recobrado.

LUNES

Cinco de la tarde de un lunes de julio. El cielo sigue nublado. Enfilo al sur iluminado.

He pasado la noche en mi casa vacía. Me he despertado de madrugada. Oscuridad y silencio. He recorrido la casa y todo estaba quieto. Olía a casa cerrada. Era, como en los sueños, mi casa y no lo era. Extraña sensación la de sentirse un intruso en tu propia casa, en tu propia cama. En esa irrealidad de madrugada, en esa soledad inesperada he pensado en todo y en nada. Sabía que por la mañana esas horas de insomnio serían otra cosa diferente. Imposible luchar por retener las impresiones nocturnas. No hay palabras, no hay recuerdos que resistan la luz de la mañana. Las horas sin sueño son como islas a las que sólo se llega involuntariamente. No se pueden buscar. A veces uno se encuentra allí varado sin casi saber cómo ha llegado.

Por la mañana, con demasiado sueño acumulado, he tratado de guardar las horas vividas en mis recuerdos. Un café, una ducha, ropa limpia y el ruido de la calle y de la gente me han devuelto a la vida cotidiana.

Las calles estaban mojadas por la lluvia. He caminado deprisa. He tenido, qué remedio, que pasar la mañana entre reuniones, papeles y discusiones. Al final y ya por fin solo he ido poniendo puntos finales.

He comido solo, sentado en un bar junto a la ventana. He visto a mucha gente pasar. Es curioso comprobar que nadie sonríe cuando camina por la calle. Quién lo hace parece un borracho o un loco. Es difícil discernir qué sucede en las cabezas de aquellos que se cruzan en nuestro camino. El mundo visto a través de los cristales me parece siempre un lugar solitario.

Estoy llegando ya a mi destino.Como buen presagio el sol se ha abierto paso entre las nubes. Con el cambio de luz y de paisaje el día de hoy se me hace ya lejano. Esta pasada madrugada vivida en la oscuridad se me antoja ya tan irreal como un recuerdo inventado.

Vendrá ahora la tarde tranquila, tal vez un paseo. Luego, para cenar las últimas cerezas, tomate y un poco de queso. Miraré antes de acostarme las infinitas estrellas que me acompañan cada verano. Un verano ya sin nubes será por fin verano.

Mi casa, la otra casa, la que hoy he dejado vacía, esperará paciente a que algún día vuelva.

Junio repetido

La vida está llena de momentos que se repiten. No siempre son iguales pero lo que los une puede más que las circunstancias que se empeñan en separarlos. El tiempo, por ejemplo, pone distancia entre ellos pero nuestra habilidad para medirlo hace que disfracemos su paso con la coincidencia del aniversario, la situación o el momento.

Junio como todos los años termina y cuando lo hace se lleva con él un año de trabajo. Es también el fin de la víspera y como fin impone. Anhelas que llegue y temes también que se vaya. Todo lo que es fin acaba siendo principio y combina en él nostalgia y esperanza. Junio es como esos momentos tan presentes que conjugan pasado y futuro, que tienden a hacernos olvidar que existen, que son, que se viven. Tan preocupados estamos de que lleguen y de que se vayan.

En días como hoy uno se vuelve ritual. El rito, bien es sabido, es una costumbre que siempre se repite de la misma manera. Algo me empuja a hacer las mismas cosas, a pensarlas y sentirlas de igual modo, a recordar lo que sucedió en días como hoy hace uno y mas años. Disfruto deteniendo mis ojos en los mismos lugares, releyendo las mismas páginas, haciendo lo que ya hice. Junio repetido.

Mi agenda este año es negra. Las hojas suenan a infinitas letras que la llenan. Sus primeras páginas son ordenadas, claras y concisas. Después, poco a poco, se van transformando y al final yo sólo entiendo lo que escribo. Surgen colores, letras grandes y pequeñas, subrayados, flechas y tachones. Cuando la cierro veo claramente lo que ha engordado con el paso del tiempo.

La mesa de trabajo está llena de papeles. Tan sólo me queda ordenarlos. Elegir cuál sobrevivirá y cual acabará en la papelera. Mirarlos uno a uno y decidir. El pulgar arriba o abajo. Cada uno es un momento vivido, trabajo mejor o peor hecho, tiempo pasado. Tiempo olvidado que guardo o rompo.

Estoy solo. En días así siempre me gusta quedarme solo. El rito hace que termine por sentir siempre cosas parecidas. Mirar hacia delante y hacia detrás, al año que se fue, al verano que me llega. Ordeno palabras y papeles y con ellos los recuerdos. Ordeno el tiempo y lo ordeno en silencio. Trato de que pese, al menos por una vez, más el mañana que el ayer. Trato de pensar en que me voy. Me convenzo de que la vuelta está tan lejos que pierde peso y amenaza. No sé por qué, en días como hoy, con la luz por delante, acabo siempre por parecer sombrío.

Despacho, mesa, libros, letras y papeles. Soledad y silencio roto por las teclas que a veces corren deprisa y otras se detienen para que yo descanse. Cuatro paredes, una puerta y dos ventanas que quedarán aquí cuando me vaya. Eterna pregunta que siempre me asalta. ¿Que habrá aquí cuando yo ya no esté y nadie lo mire? Estoy convencido de que no quedará absolutamente nada. Negrura y vacío. Sólo los ojos dan vida.

Recuerdo buenos y malos momentos. Días de frío y lluvia y días en que el sol entraba por la ventana. Recuerdo palabras amables y también discusiones. Recuerdo entusiasmos y aburrimiento. Ganas de llegar y deseos de irme. Recuerdo el otoño lejano, el invierno que siempre parece eterno y la primavera con su halo de cierta alegría. Recuerdo algún grito pero también resuenan las sonrisas.

Acaba mi tiempo en silencio, lucha ya por completarse el círculo del rito. Suena ya en mi cabeza la banda sonora de mi último día de junio. Imposible explicar por qué es esta y no otra. No hay ciencia ni psiquiatra que pueda dar respuesta. Lo cierto es que todos los años en momentos como este surge del silencio su voz rota que me canta y me acompaña mientras me levanto, apago la luz, cierro puertas y ventanas y piso la calle nuevamente. El siempre me hace, eso es lo mejor de todo, mirar hacia delante. La llave cerró el pasado y su voz me dice como siempre que los tiempos están cambiando.

Dejo el gris y ya pienso en amarillo.

 

Días tranquilos

Me gusta mi Semana Santa de días tranquilos. Me gustan las horas que pasan sin esperar que otras distintas lleguen. Me gusta recorrer mi ciudad de punta a punta bajo un cielo azul recién estrenado y un sol aún tibio. Me gusta perder la noción del tiempo y olvidar en casa reloj y calendario. Me gusta andar, leer, observar, pensar sin prisa y detenerme cuando y donde quiera. Me gusta, en fin, vivir sólo en el presente.

Me gusta estirar el día robándole horas a la noche acogedora. Me gusta hacer las cosas lentamente y dejar para mañana lo que hoy no puede hacerse. Me gusta dormir y despertar cuando los ojos lo piden. Me gusta mirar por la ventana y escudriñar lentamente otras vidas a través de los cristales. Me gusta respirar consciente de que lo hago y acompasar respiración y silencio. Me gusta, en fin, vivir perdido en un mundo que ruge.

Me gusta leer y ver letras e ideas. Me gusta recorrer caminos trillados y verlos de un color distinto. Me gusta ver películas en medio de la tarde. Me gusta hablar tranquilamente sobre aquello que ocupa mi mente. Me gusta quedarme quieto y escuchar lo que dice y no dice la gente. Me gusta pasar junto al mar y no verlo. Me gusta salir y me gusta volver. Me gusta cerrar la puerta con llave y ocultarme. Me gusta, en fin, escribir sobre días como este.

Me gusta mi casa, mi mesa, mis libros, mis discos y todo lo que antes parecía inerte. Me gustan el sol y la luna vistos ahora de forma diferente. Me gustan las músicas que pueblan mis horas nocturnas. Me gusta la mañana, la tarde y la noche. Me gustan los días que se mezclan, que se funden unos con otros. Me gusta estar en medio de las horas y de los días. Me gusta confundirlos. Me gusta no tener que dividir el tiempo en partes. Me gusta, en fin, descubrir que la vida y el tiempo están en mí y no ahí fuera donde pensaba la gente.

Intendencia, organización y alguna que otra cereza

Veinticuatro horas después la situación ha cambiado radicalmente. Ayer en el despacho. Ahora me encuentro sentado frente a la chimenea apagada. Tan sólo es un recuerdo del lejano invierno. Esta mañana he dejado mi ciudad y mi casa y he venido a la otra. Dejé la costa y el mar por la tierra marrón, el cereal amarillo y las suaves colinas de color cambiante. He estado tantas veces aquí que no sé explicar muy bien lo que siento cuando vuelvo. Tiene lo bueno de lo cotidiano y de lo nuevo y sorprendente.  Abro la verja de entrada y veo el jardín agazapado bajo el sol de verano. Lo primero que hago es ir detrás de la casa, allí escondidos viven los cinco cerezos de mis desvelos. Este año han sido pródigos conmigo. Ha llovido más de la cuenta este invierno y eso hace que las cerezas cuelguen todavía orgullosas de las ramas. El primer sabor de este verano recién estrenado han sido estos frutos rojos y amarillos. Allí a la sombra de los cerezos he ido probando las cerezas más rojas de cada uno de ellos. Agradecido he recorrido después el resto del jardín. El tilo, el almendro, los ciruelos y el granado siguen siendo testigos de su tiempo y del mío. La hierba que piso está más verde esta vez. Ha bebido agua suficiente. Me asomo al paisaje y al horizonte. Tierras que se extienden hasta donde alcanza la mirada. La silueta de la ermita recortada al fondo. Caminos que incesantemente recorro y que no me canso nunca de mirar. Suspiro y media vuelta. Entro en la casa que está llena de penumbra. La respiro y la recorro. Todo está en su lugar y siento que yo también estoy en el mío.

Se acabó la poesía. Es hora de deshacer el equipaje, de abrir armarios, colgar la ropa y preparar la cama. Al final ordeno los libros que he traído conmigo. Sé que son demasiados pero nunca puedo evitarlo. Aquí están ahora, junto a mi, bajo la chimenea. Hannah Arendt, Murakami, Warburton y Shriver. John Rawls, Grossmann, Cavafis, Neruda y Pessoa. Kazuo Ishiguro, Waugh, Guerra, Dicker y Barbara Vine. De todo y para todos. Para leer bajo el almendro o en la alcoba, en el sofá después de comer o en el jardín al caer la tarde. Sé cuál será el primero porque ya lo estoy leyendo, luego vendrán otros que escogeré con mimo. Me rodearé de ellos y según el día y el momento uno se quedará en mis manos y los otros tendrán que seguir esperando.

Toca hacer la compra. Cargar el coche con bolsas. Frutas, verduras, carnes y pescados. Después del trasiego de la ciudad y del supermercado es aliviante llegar de nuevo a la casa enclavada en medio del silencio y de la nada. Otra vez colocar todo en su sitio. Llenar armarios y estanterías con leche, aceite, mermelada y galletas. El frigorífico hasta hace unas horas vacío está replero ahora de sabores y colores.

Por hoy es suficiente. Me preparo una taza de cacao caliente. Me siento en mi sillón preferido y observo. La luz de la lámpara, la chimenea apagada, la enorme mesa de madera. El sofá de las siestas, la vieja televisión donde veré todas las películas pendientes, las cortinas rojas. Me siento y observo. También escucho  el silencio.

Ya es madrugada. Estoy cansado. Ha sido una larga jornada. Intendencia, organización y alguna que otra cereza.  Ha merecido la pena. Ya estoy instalado. Sé que en unos días este será mi mundo. Digo mío porque la certeza que me anima es que este mundo ha sido al menos escogido.

Digo adiós a todos los libros menos a uno . Me voy con él a la cama.

Llegará la luz mañana para despertarme y con ella un nuevo día.

Fin de junio, ritos y Mr.Zimmerman

Nunca creíste ser un tipo ritual y ahora resulta que cada vez lo eres más. Todo se te repite. Te veo otra vez en este final de junio y te veo haciendo y pensando las mismas cosas. Has trabajado duro este año y mucho más este mes. Te miro y me parece estar viendote hace un año y hace dos y hace… Todo está igual excepto por alguna cana más y porque te has dado el lujo de disponer de otro modo tu despacho. Ahora tienes más luz y tu mesa blanca es mucho más grande. Se te ve tranquilo ahora. Estás cansado pero, como se suele decir, con la satisfacción del deber cumplido. El deber objetivo de cumplir con todas tus obligaciones y el subjetivo de  ganarle la carrera a junio. No se te ha visto el pelo este mes. Todo por largarte unos días antes y no permitir que julio te vea sentado a esta mesa. Sueñas ya con el descanso y con el retiro. Con paseos interminables y con las mismas fotografías de todos los años. ¿No te aburres? Llegará el fin de agosto y volveremos a ver los mismos campos, los mismos colores y las mismas luces. ¿Ves cómo te repites? Volverás a quitarte los calcetines hasta primeros de septiembre. Para entonces ya nadie te aguantará. Pensarás que la vida no tiene sentido  y querrás como siempre retirarte a tu rincon predilecto. Eres bastante predecible y ya no engañas a nadie. Voy a hacer un punto y aparte.

Te gusta mirar tu despacho casi vacío. Acabas de tirar al contenedor decenas de kilos de papel. Has guardado libros y carpetas y ahora te dedicas a contemplar el silencio. Te has levantado de tu silla y has ido hasta la sala de profesores. Ellos se han ido hace ya horas y sus mesas estás también vacías, los ordenadores apagados y en la penumbra parece imposible pensar que esta mañana esto era todo movimiento. Últimos papeles por firmar, última reunión apresurada, último café en el que habéis hablado de los planes para el verano.  Todos varían de año a año menos tú que insistes en hacer siempre lo mismo. Creo que piensan que estás un poco loco. No pueden entender cómo te gusta pasar el verano entre el azul y el amarillo. Perdido de todos y de todo. En un momento en que te has levantado han comentado resignados que lo tuyo no tiene remedio.

¿Por qué será que siempre que deseas que llegue algo, que pase algo siempre lo imaginas con antelación mejor de lo que luego resulta ser? Aquí estas, aporreando las teclas, en el momento que añorabas desde hace tiempo y no puedo ver una sonrisa en tu cara. Aquí estás mirando a tu alrededor las paredes, los muebles y las carpetas rojas y negras llenas de papeles y no veo nada en tu mirada. ¿También es esto parte del rito?

Fisgo en tu molesquine y veo que te llevas trabajo. Tareas pendientes. Veo marcados días de julio con cosas que hacer. Ya no estarás aquí sino sentado en la enorme mesa de comedor junto a la ventana. Por ella mirarás el horizonte y soñarás en poder trabajar así: a distancia. Tú siempre fuiste defensor del teletrabajo. Ése donde no hay horarios ni lugar de trabajo. Ése que te permite creer que tú diriges tus días y tus horas. Sueña angelito, sueña.

Es casi la hora de irte. Apenas te quedan unas cosas por terminar. Debes llenar tu pendrive de información que te permita ser independiente allá en la distancia. Copias datos, documentos, direcciones de correo, marcadores y mientras lo haces piensas en el camino a casa. Camino que todos los años, quién sabe por qué, tiene la misma banda sonora. Bob Dylan te cantará al oído una vez más que los tiempos están cambiando. ¿Qué tendrá que ver esta canción con junio, con el fin del trabajo y con tus campos dorados? Te lo dije al principio. No es más que un rito. Y tú caminarás  absorto mientras escuchas la canción. Y soñarás.

Levántate ya. Apaga el ordenador primero y luego las luces. Cierra la puerta y no mires atrás. Te espera un día nublado, las calles llenas de gente. No deseperes. Mañana saldrá el sol. En cuanto pises el cemento irás lentamente olvidando los recuerdos de los meses pasados. Es junio, es viernes, el verano comienza y cuando el viejo Bob te anuncie que the times they are a-changin’ tú sentirás que algo te empuja a seguir caminando.

¿Sonreirás? Sabes que sí. No importa que lo niegues.

Fin de curso y Deja vu

Acabo de ordenar todas  mis cosas. En mi mesa ya sólo quedan una carpeta roja y unos cuantos papeles. Serán los primeros en ser leídos a mi vuelta, allá en el lejano septiembre. Antes de apagar el ordenador he mirado por última vez el correo; ningún mensaje nuevo. Aliviado  he dirigido el puntero a la esquina inferior izquierda de la pantalla (en el trabajo sigue mandando windows) y cuando estaba a punto de clicar en ” apagar equipo” he cambiado de opinión y he decidido congelar este momento.

Según escribo esto me he dado cuenta de que escribí exactamente lo mismo hace años. Me quedo estupefacto. ¿Cómo es posible? Ni el azar ni la casualidad son capaces de tanto. ¿Será que el tiempo no pasa? ¿Estaré viviendo eternamente este momento? Dicen que la felicidad es un momento eternamente repetido pero del que no nos damos cuenta que se repite. Yo no estoy feliz pero si me siento repetido.

Hoy es uno de julio, por las dos ventanas que tengo a mi derecha entra el sol a raudales y se oye el bullicio de la gente al pasar. Aquí dentro, sin embargo, estoy solo,todo está vacío. Me siento como el capitán que abandona el último su barco.

Sólo una palabra no coincide. Eso me da ciertas esperanzas. Me fijo bien y lo único diferente es un número y los números, bien es sabido, no son nada expresivos. Me afano por rebelarme y escribir algo distinto. Me rindo. No puedo. Una fuerza invisible gobierna mi mano y teclea una tras otra las teclas que me llevan al pasado.

Ha sido un mes de junio terrible. No recuerdo haber trabajado tantas horas nunca. Junio que debería ser como el viernes de los meses, el anticipo del descanso, el disfrute por anticipado  se ha convertido en una lenta agonía, en una cuesta arriba en la que nunca divisas el final. He entendido al ciclista que levanta la cabeza buscando la cima a la vuelta de la curva y descubre que tras ella hay otra y luego otra. Ahora que todo ha terminado, o casi, no disfruto como pensaba que iba a  disfrutar.¿Por qué lo que uno imagina es siempre mejor que la realidad misma?. Tengo delante de mí dos meses de vacaciones, eso es un gran privilegio y soy consciente de ello, mi lugar en el mundo me espera, los campos que recorreré, los libros que leeré y la música que escucharé me están aguardando. ¿Por qué, entonces, no salto de alegría?

Dos años haciéndome las mismas preguntas y sigo sin respuestas. No he aprendido nada. ¿Cómo puede ser que la curiosidad nos empuje a hacer preguntas y se conforme con ello? Yo estoy curioso  de respuestas. Dejaré de plantear dudas y preguntas y buscaré afanoso la rspuesta que me esquiva.

A veces pienso que soy yo quien falla, hay algo que me impide aprovechar el momento presente, sueño con momentos que cuando llegan ya no son sueños. También sé que cuando lea esto el próximo otoño, este instante me parecerá único e irrepetible y sentiré una nostalgia dolorosa que me atravesará de parte a parte. Sé todo esto, lo escribo y, a pesar de todo, olvidaré esta extraña sensación que me domina y pensaré, en la distancia y en el tiempo, que este momento sí era irrepetible.

Escribo y ratifico cada una de las palabras. ¿No somos puro cambio? ¿Por qué permanezco yo inmutable? ¿Por qué se de antemano lo que pasará? ¿Qué sentido tiene conocer con antelación  nuestros propios sentimientos?

Miro ahora a mi alrededor y veo la mesa de reuniones que  tantas discusiones ha padecido, veo la máquina del café, las sillas vacías,el teléfono que, misericordioso, permanece en silencio (detesto los teléfonos).Los papeles que todo lo inundan, ahora están como dormidos, cada uno en su sitio, y siento un poco de cansancio y un poco de hartazgo. Me parece imposible que en un par de meses todo esto deje de ser silencio y vacío y  sea, de nuevo, ruido y ajetreo. ¿ Por qué da tanta pereza hacer lo que uno tiene que hacer?

Imagino que ya nunca volveré a sentarme frente a esta pantalla, que ya nunca golpearé estas teclas  y que las caras que han ido estos días desapareciendo de mi vista seguirán ausentes y no  siento nada. ¿Aumenta el desapego con los años?,¿el corazón se va haciendo de piedra con el tiempo?, ¿por qué cada vez echo en falta a menos gente?

Me da miedo ver lo que he escrito. Es mi vivo retrato. Por mí parece no pasar el tiempo. Sólo me queda la duda de si la piedra será todavía un poco más dura que antes. El desapego que tanto soñamos a veces, se cobra su venganza y me hace sentir distante hasta de mí mismo. Ayer me parece ya lejano. Echo en falta todo y nada al mismo tiempo.

Languidecen los minutos y mis dedos ya no se agitan nerviosos como hace un rato.La voz de un niño contento llega desde la calle.La grapadora, el lápiz, el sacapuntas, los post-it y un taco de folios en blanco parecen descansar, ajenos a mi presencia.Todo será silencio y sombra, nadie hablará, no habrá sonidos ni colores pues nadie oirá ni verá nada.¿De qué color es algo cuando nadie lo mira?

Los miro, y los vuelvo a mirar. La grapadora azul creo que se ríe de mi. Los post-it de un tristísimo color amarillo se aprietan unos contra otros y el lápiz sin punta está tumbado sin vida, humillado por las teclas que resuenan en este escandaloso silencio. Yo me voy a ir y ellos se quedan. ¿Hay alguna diferencia?

Llegó el momento. Quedan atrás diez intensos meses de trabajo. Alegrías, problemas, cansancio y discusiones. Decisiones, aciertos, errores, malas caras y sonrisas. Decepciones, arrepentimientos, dudas y ayuda.

Todos ellos son  ingredientes que no mezclan bien. Lo más que hacen unos es consolarnos de los otros. La vida así vivida, más alla de la literatura, no es más que un mal cocktail, un aviso de resaca inevitable.

Ahora sí, apago el equipo, bebo un vaso de agua, recogo mis cosas, miro por última vez la mesa y el despacho y cierro la puerta.

¿Dónde se quedó la alegría? ¿Estará alegrando los días de los folios vacíos y blancos?

No pienso en nada, salgo a la calle y me pierdo entre la gente que continúa su camino tan ajeno al mío. Me pongo  los auriculares y Bob Dylan me canta al oido The times they are a- changing mientras camino lentamente hacia casa.

Bob Dylan se equivoca. Yo tengo la prueba. Los tiempos no cambian en absoluto.

 

Mañana será otro día. En vez de gris, se vestirá de amarillo.

Cuarenta días

En los últimos cuarenta días no he escuchado una sola noticia, no he leído ningún periódico ni he visto un minuto la televisión. En los últimos cuarenta días el color del cielo ha sido infinitamente más importante que la crisis financiera internacional. En los últimos cuarenta días el tiempo ha sido compañero, ha pasado, eso no lo puede evitar, me ha dado los buenos días y se ha ido sin prisa ni pesar. En los últimos cuarenta días las noches han sucedido a los días, las lunas a los soles mientras yo me limitaba a contemplar. En los últimos cuarenta días mis pies han recorrido caminos, mis manos han tocado la tierra que acababa de pisar. Me he detenido y he podido volver la vista atrás.

En los últimos cuarenta días no he visto el mar.

En los últimos cuarenta días he hablado cuando tenía que hablar, las palabras descansaban sin esperar una oportunidad. Los silencios entre ellas estaban llenos de buscada soledad. En los últimos cuarenta días la sombra del almendro, la cereza madura, el olivo plateado y el cuco con su canto han sido mi ciudad. En los últimos cuarenta días he leído sin cesar, han pasado ante mí páginas de libros, unos olvidados, otros hallados, que me han hecho recordar a aquel niño que un día descubrió gozoso, negro sobre blanco, la historia de nunca jamás. En los últimos cuarenta días he fotografiado  flores, insectos, árboles, piedras y caminos, cielos azules, cielos con nubes, sonrisas y colores.

En los últimos cuarenta días no he visto llorar.

En los últimos cuarenta días me he sentado a la puerta de la casa, he visto la lluvia caer y al sol salir tras la tormenta. He olido el jardín recién regado, he observado el trabajo incansable de hormigas y abejas, he visto al caracol sacar sus cuernos al sol y a los conejos huir hacia sus madrigueras. En los últimos cuarenta días el trigo ha sido segado, el maíz ha crecido y las viñas han teñido de verde los campos amarillos. En los últimos cuarenta días he compartido pan y vino, he hablado de lo humano y lo divino y he reído. En los últimos cuarenta días he arreglado bicicletas, he cortado sarmiento, he visto flores azules, he recorrido los campos, he tendido la ropa, he visitado ermitas, he puesto el mantel sobre la mesa, he mirado las estrellas y la luna llena me ha pillado por sorpresa.

En los últimos cuarenta días no he vuelto a soñar.

Fin de curso

Acabo de ordenar todas  mis cosas.En mi mesa ya sólo quedan una carpeta roja y unos cuantos papeles.Serán los primeros en ser leídos a mi vuelta, allá en el lejano septiembre.Antes de apagar el ordenador he mirado por última vez el correo; ningún mensaje nuevo.Aliviado  he dirigido el puntero a la esquina inferior izquierda de la pantalla (en el trabajo sigue mandando windows) y cuando estaba a punto de clicar en ” apagar equipo” he cambiado de opinión y he decidido congelar este momento.

Hoy es tres de julio, por las dos ventanas que tengo a mi derecha entra el sol a raudales y se oye el bullicio de la gente al pasar.Aquí dentro, sin embargo, estoy sólo,todo está vacío.Me siento como el capitán que abandona el último su barco.

Ha sido un mes de junio terrible.No recuerdo haber trabajado tantas horas nunca. Junio que debería ser como el viernes de los meses, el anticipo del descanso, el disfrute por anticipado  se ha convertido en una lenta agonía, en una cuesta arriba en la que nunca divisas el final.He entendido al ciclista que levanta la cabeza buscando la cima a la vuelta de la curva y descubre que tras ella hay otra y luego otra. Ahora que todo ha terminado, o casi, no disfruto como pensaba que iba a  disfrutar.¿Por qué lo que uno imagina es siempre mejor que la realidad misma?.Tengo delante de mí dos meses de vacaciones, eso es un gran privilegio y soy consciente de ello, mi lugar en el mundo me espera, los campos que recorreré, los libros que leeré y la música que escucharé me están aguardando.¿Por qué, entonces, no salto de alegría?

A veces pienso que soy yo quien falla, hay algo que me impide aprovechar el momento presente, sueño con momentos que cuando llegan ya no son sueños.También sé que cuando lea esto el próximo otoño, este instante me parecerá único e irrepetible y sentiré una nostalgia dolorosa que me atravesará de parte a parte.Sé todo esto, lo escribo y, a pesar de todo, olvidaré esta extraña sensación que me domina y pensaré, en la distancia y en el tiempo, que este momento sí era irrepetible.

Miro ahora a mi alrededor y veo la mesa de reuniones que  tantas discusiones ha padecido, veo la máquina del café, las sillas vacías,el teléfono que, misericordioso, permanece en silencio (detesto los teléfonos).Los papeles que todo lo inundan, ahora están como dormidos, cada uno en su sitio, y siento un poco de cansancio y un poco de hartazgo. Me parece imposible que en un par de meses todo esto deje de ser silencio y vacío y  sea, de nuevo, ruido y ajetreo. ¿ Por qué da tanta pereza hacer lo que uno tiene que hacer?

Imagino que ya nunca volveré a sentarme frente a esta pantalla, que ya nunca golpearé estas teclas  y que las caras que han ido estos días desapareciendo de mi vista seguirán ausentes y no  siento nada. ¿Aumenta el desapego con los años?,¿el corazón se va haciendo de piedra con el tiempo?,¿por qué cada vez echo en falta a menos gente?

Languidecen los minutos y mis dedos ya no se agitan nerviosos como hace un rato.La voz de un niño contento llega desde la calle.La grapadora, el lápiz, el sacapuntas, los post-it y un taco de folios en blanco parecen descansar, ajenos a mi presencia.Todo será silencio y sombra, nadie hablará, no habrá sonidos ni colores pues nadie oirá ni verá nada.¿De qué color es algo cuando nadie lo mira?

Llegó el momento. Quedan atrás diez intensos meses de trabajo.Alegrías,problemas,cansancio y discusiones.Decisiones, aciertos, errores, malas caras y sonrisas.Decepciones, arrepentimientos, dudas y ayuda.

Ahora sí, apago el equipo, bebo un vaso de agua,recogo mis cosas, miro por última vez la mesa y el despacho y cierro la puerta.

No pienso en nada, salgo a la calle y me pierdo entre la gente que continúa su camino tan ajeno al mío. Me pongo  los auriculares y Bob Dylan me canta al oido The times they are a-changing mientras camino lentamente hacia casa.

Mañana será otro día.