No quiero que cambien los tiempos

Junio se va como siempre lo hace, sin avisar. Cuando llega, sin embargo, anuncia triunfante su entrada. Lo recibo anhelante, siempre soñando con otra manera de vivir. Hoy que se me escapa siento pena porque con él se van las expectativas. Comienza de verdad otro tiempo y no puedo ya vivir acomodado en la espera. Toca hacer y yo cada vez me pierdo más en los pensamientos. Se vive cómodo ahí, en un mundo poblado de ideas.

Esta tarde, como todas las últimas tardes de junio, me he vuelto a quedar solo. Me gusta pasear por los pasillos y las aulas vacías. El sol y el calor entran por las ventanas. Las mesas y las sillas están llenas de recuerdos, de palabras dichas, de risas, de buenos y malos momentos. Hay historias que duelen, otras dan esperanza y animan a seguir haciendo. Hay fracasos que se han quedado sentados, que me miran a la cara y que con el tiempo cambian rabia por pena, distancia por cercanía. Cuánto sufrimiento olvidado. Está ahí y no lo vemos. Lo esencial, es cierto, permance invisible a los ojos.

Lo que puebla hoy el silencio ayer estaba lleno de ruido. Hoy puedo oir mis pasos según bajo por las escaleras, hoy puedo abrir una puerta y ver sólo recuerdos. Se desvanecen como el polvo que flota en los rayos de luz. Qué sonoro puede llegar a ser el vacío. En la pizarra está escrita la fecha de otro día. En las mesas, casi todas vacías,  hay algunos papeles y libros olvidados. Qué facil perderse en el pasado cuando el futuro se nos echa encima. Qué tentáculos invisibles me retienen en el tiempo ya ido.

Sentado, como tantas veces, a la mesa de mi despacho, contemplando el curso que se ha marchado. Cada vez se me hace más difícil separar sentimientos. Nostalgia, alegría y pena conviven sin el memor contratiempo. Añorar lo que quisiste olvidar, reír con lo que te hizo llorar, no esperar ya lo que hasta ayer te hacía soñar. Eterno insatisfecho que anhela para luego olvidar, que vive de, para y con palabras que luego se lleva el viento. Viejo y adolescente al mismo tiempo.

Toco el bolígrafo azul, el lápiz desgastado por el tiempo, ordeno papeles, los amontono en grupos que yo sólo entiendo. Clasifico carpetas por colores, abro mi agenda roja,  tacho lo hecho y hago una lista de lo que aún queda por hacer. Releo en ella las notas tomadas en los últimos diez meses. Hay cosas que recuerdo, otras se han ido ya de mi memoria. Las primeras páginas que escribí, allá por septiembre, están muy ordenadas. Buena letra y todo en su sitio. Según pasan los días y las semanas todo se hace más difuso, los rasgos, las letras, las propias ideas y los mensajes. Es como si la prisa se apoderara de la vida y quedara allí retratada. Escribo, tacho, resalto, borro, repito, subrayo. Cuando todo está cumplido cruzo la página con un línea en diagonal. Me da paz no tener cosas pendientes. Siempre me ha gustado acabar lo que he empezado.

Es el momento de recoger y de irme. De salir de mi cueva silenciosa a la calle llena de sol y de gentes alegres que caminan en la dicha de un viernes por la tarde. Yo, idiota, sólo disfruto las cosas en la espera, en el anhelo, en la distancia, en la imaginación, en la palabra. Decir para no hacer. Ganar al tiempo con antelación. Lamentar lo que aún no ha terminado. Cada vez me gusta menos el tiempo que avanza. Me gusta más que se repita. La rutina es el enemigo del que siempre quise huir y que ahora, vengativa, me da refugio. Poder escoger que el tiempo se repita a tu antojo. Sentirte bien porque estás donde sabes que estás y no dependes de la sorpresa, de lo incierto. Paz, silencio, palabra sin tiempo.

Todo está en orden, cada cosa en su sitio y yo, antes de irme me acuerdo de ellos, de todos los que han pasado ante mí este año duro e incierto. Les aprecio más hoy que ayer y me alegro. No lo lamento. Ellos y ellas son al fin y al cabo la causa de mis desvelos. Si he conseguido, que alguno, llegue a tener criterios, pueda tomar decisiones que marquen su vida, que la hagan así, de hecho, me doy por satisfecho. Llegará septiembre y con él la pereza. Llegará también el próximo junio y aquí estaré escribiendo las mismas palabras, como todos los años celebrando después de todo el eterno retorno.

Reviso por última vez mis papeles, mis libros y mis cosas. Me llevaré sólo unas cuantas. El resto pasará aquí su verano. Ya sólo me queda, como todos los años, levantarme, avanzar hacia la puerta, abrirla, echar una última mirada atrás, apagar la luz y marcharme.

Salgo a la calle y vuelve a sonar. Doy los primeros pasos entre la gente. Cierro los ojos y escucho.

Cuando todo está oscuro

Cuando todo está oscuro, cuando todo está quieto, cuando ocultos en la noche cerramos los ojos y tratamos de no pensar en nada. Cuando entre las sábanas todo es difuso. Cuando se acaba hoy y no queremos mañana. Cuando tú y yo estamos juntos y a infinita distancia. Cuando el sueño trata de doblegar la consciencia. Cuando vemos bajo los párpados más nítidamente que a la luz del día. Cuando empezamos a sospechar qué puede ser la muerte. Cuando nos vamos, poco a poco, hundiendo en el dulce olvido de la nada. Cuando caemos, al fin, fuera del tiempo. Cuando sin luz ni consciencia creemos encontrar la paz del descanso. Surgen entonces imágenes, palabras, sonidos. recuerdos desfigurados, rostros ocultos, deseos desvelados. Todos mezclados, todos sin la estricta lógica del tiempo ordenado. Aparecen miedos que nos agitan, obsesiones disfrazadas para hacerse irreconocibles, palabras dichas entonces pero entendidas ahora. Nuestros ojos se mueven bajo los párpados, ven sin luz, no pueden detenerse. Nuestro cuerpo inconsciente se agita, se mueve, camina e incluso vuela sin dejar de estar completamente inmóvil. El descanso, la paz, la dulce muerte dejan paso a las inquietudes del alma. La vida continúa.

Al abrir los ojos, perdidos aún entre dos mundos, vamos lentamente recobrando una consciencia y perdiendo la otra. Aparecen de nuevo los objetos que nos devuelven al mundo mensurable. La lámpara, el cuadro en la pared, los libros en la mesilla y el reloj que incansable deja escapar los segundos. A mi lado sigues tú fuera aún de este mundo. Respiras tranquila, estás quieta. Transmites paz pero yo sé que allí adentro no corre el tiempo y mezclas en un presente continuo las calles de tu infancia, personas que no están, visitas inesperadas, caras desconocidas, miedos olvidados y mundos perdidos.

También tú despiertas. Abres los ojos, los vuelves a cerrar para permanecer allí donde estabas. También tú entre dos mundos que por un instante se mezclan. Al final la hiriente luz del día te saca del limbo buscado que habitabas. Ahora sí, el olvido se hace dueño y sólo ves ante ti el tiempo marcando las horas.

Me levanto. Te levantas. El mundo que hasta hace poco habitábamos se escurre como agua entre los dedos, se va, es imposible detenerlo. Humo desvanecido por el viento.

Miro la hora, miro a través de la ventana. El cielo está gris. La calle aún está vacía. Huele a café. El agua está caliente. La ropa en el armario. Ordeno mis papeles. Antes de irme miro la cama blanca. Aún conserva el contorno de los cuerpos. No puedo recordar el mundo del que vengo. Sé que está ahí. Sé que se escapa.

Abro la puerta. Doy un paso adelante. Me engulle el tiempo.

Hoy hace un día precioso

Hoy hace un día precioso. Comienza la primavera y ya echo de menos el invierno. Es terrible estar esperando que algo termine para luego lamentar su ausencia. Disfrutar más de la espera que de la llegada. De la ficción que de la realidad. Con la ficción somos todopoderosos y la realidad se nos impone. Es más fácil modificar lo que no ha ocurrido que lo que está sucediendo.

Hoy es primavera y ya sueño con el verano. Llegará y parecerá que con su llegada ya termina. Imagino ahora los largos días a la sombra de la higuera, los caminos que me esperan, el sol de la mañana. Imagino ahora todo lo que podrá ser y me recreo. Llegará y tendré nostalgia de mi propio recuerdo. Estoy enfermo. El tiempo me atrapa con sus garras. Lo sé y me permito ser su prisionero.

Esta mañana he dado un paseo. Todo era luz. Todo era intenso. Cada paso era tiempo que se quedaba atrás en el camino. Un trocito de pasado abandonado en el asfalto. Un ayer ya sin mañana. Es imposible escapar de la senda que nosotros mismos vamos marcando. La quietud no para el tiempo, simplemente corre por dentro. Avanzamos con él. No hay voluntad que lo detenga.

Sentado a la mesa de un café tranquilo he sacado de mi mochila el cuaderno marrón. He abierto sus páginas y al azar he recorrido palabras y páginas escritas hace ya tiempo. Leer es recordar lo que fuimos y lo que quisimos ser. Lo que sentimos entonces y lo que sentimos ahora al recordarlo. Palabras como fotografías que se detienen en el tiempo pero que nos hacen vivirlo siempre de forma diferente.

Ya estoy de vuelta en casa. Cierro las ventanas que antes de irme había abierto. La recorro y en cada habitación, en cada rincón veo palabras e imágenes en el tiempo. Guardo la compra en la cocina. Los armarios y los cajones están vacíos pero yo los lleno de recuerdos. Entre ellos se hacen hueco el pan, las frutas, el te verde y las nueces. Guardo todo, lo ordeno todo, lo cierro todo. Ahí se quedan poblando oscuros lugares llenos de recuerdos.

Miro por la ventana. El cielo está azul y el aire transparente. Allá abajo en la calle los veo moverse. Me gusta imaginar hacia dónde se dirigen, quiénes son, qué hacen y en qué piensan cuando yo los estoy mirando. Que cada uno sea un mundo diferente al mío, ajeno completamente, con su tiempo, sus recuerdos y sus palabras, con su pasado clavado a su espalda y su futuro incierto me asombra y me hace sentir una pequeña isla perdida en la inmensidad del espacio y del tiempo.

Me siento a mi mesa. Escribo. Quiero hablar de tantas cosas. Quiero ordenar mis ideas. Quiero opinar, razonar, convencer, gritar, reclamar. Quiero y no quiero al mismo tiempo. Cuanto más me preocupo de las cosas todo se me hace más ajeno. En el fondo sé, como cuando hablamos el otro día en aquél café de Cracovia, que sólo la libertad, la felicidad y el tiempo me interesan. Quiero reflexionar sobre las tres pero no puedo separarlas. Son tres y son una. Son mi santísima trinidad. El dogma central sobre la naturaleza del dios que yo soy en la isla mínima de mi mundo.

Tras tanto pensar, tras tanta meditación profunda mis dedos solo escriben hoy hace un día precioso y se dejan llevar por el futuro incierto. Futuro que se dirige inexorablemente hacia un punto final. Yo, mientras pueda, seguiré utilizando el punto y seguido. Dejo de escribir y escucho.

La carpeta azul

Yo escribía diarios. Yo escribía diarios cuando era adolescente. Cuando era adolescente y medio idiota como casi todos los adolescentes. Yo tiré mis diarios a la basura en un arrebato de pudor y cierta vergüenza hace ya muchos años. Han pasado décadas desde entonces.

Yo escribía poemas cuando era adolescente. Yo me creía poeta cuando pensaba que era artista sin ser adolescente. Yo tiré mis poemas a la basura cuando decidí que si no era Rimbaud prefería no ser artista ni poeta. Tiré todo lo escrito y seguí siendo un inadaptado adolescente. Como casi todos los adolescentes.

Yo escribía obras de teatro cuando era adolescente. Escondido en la oscuridad de la noche, robaba horas al sueño y poseído de un frenesí enfermizo llenaba de palabras hojas hasta entonces en blanco. Pensé en cambiar el mundo, estaba convencido de ello. Como casi todos los adolescentes. Pasado el furor del acto creativo, releía lo escrito y rompía los papeles en mil pedazos. Después de haber sufrido tanto pariendo las palabras, después de no sentir miedo a nada, me acobardaba. Como casi todos los adolescentes.

Yo escribía cuando era adolescente. Creé un mundo nocturno y escondido que nadie conocía. Almacenaba cuadernos. Diarios, poemas, pensamientos. Con seudónimo participaba en concursos literarios sin decírselo a nadie. Con seudónimo enviaba mis textos a un programa de radio. Cuando luego los oía, recitados por una voz que no era la mía, no sé bien lo que sentía. Miedo, orgullo, vergüenza, emoción, dentera. Todo cabía en el alma del adolescente que quería ser artista y no se atrevía a decirlo en voz alta.

Yo quería ser algo sin saber muy bien lo que quería. Como casi todos los adolescentes.

El otro día, escondida en el último rincón del último cajón del último cuarto de mi casa, encontré una carpeta azul de cartón. Estaba cubierta de polvo. No fui consciente de lo que tenía entre mis manos hasta que retiré las gomas rojas de las esquinas y vi que dentro sobrevivían poemas, textos y ocho cuadernos que nadie había visto hace cuarenta años. ¿Cómo sobrevivió esa carpeta a las iras de un Rimbaud frustrado, ¿cómo seguía allí después de varias mudanzas?, ¿cómo se libraron de las llamas a las que todas las demás carpetas fueron condenadas por un Dostoievski decepcionado? Son preguntas para las que no tengo respuesta. El hecho es que limpié el polvo, retire las gomas, abrí la carpeta, ordené los cuadernos numerados del uno al ocho. Dudé y para vencer la tentación caí en ella. Esos ocho cuadernos milagrosamente supervivientes narran casi dos años de mi vida adolescente. La narran enfermizamente al detalle. Abrí la primera hoja del primer cuaderno y no paré hasta apurar la última palabra del octavo.

Han pasado ya unos días de esta lectura inquietante. Se mezclan sensaciones. La más extraña de todas ha sido revivir cosas de las que yo no me acordaba. Volvían a nacer al ser leídas. Recuerdos que sí creía tener han sido cambiados por la realidad dormida hace cuarenta años. He vuelto a recorrer las calles de entonces, a hablar con mis amigos de entonces, he revivido con tanto detalle lo que viví entonces que ya no sé bien lo que es realidad, recuerdo o memoria. Esa sensación poderosa se ha impuesto a la dura verdad de verme tal y como era, al sonrojo que he sentido ante tanto sentimiento perdido, a la extraña sensación de que un mundo olvidado o deformado reaparece con todo detalle. No sólo había olvidado horas y días, había olvidado sentimientos, amigos, amores, deseos, anhelos de futuro, determinaciones. Había borrado de mi cabeza cobardías y amedrantamientos. Ingenuidades sonrojantes que me hacían entonces adaptar el mundo a lo que convenía a mis miedos y debilidades.

Han pasado ya unos días y se me hace extraño ahora poder recordar con todo detalle lo que viví entonces. Las personas con las que trataba entonces, algunas que no he  visto en años han vuelto a aparecer en mi vida y he recuperado el afecto que entonces sentía por ellas. Las palabras escritas por el artista que no quería ser adolescente han tenido la fuerza de un reencuentro, han roto el olvido, han reformado recuerdos, han aclarado dudas y han hecho despertar todo lo que yo creía olvidado y sólo estaba dormido.

Ha sido tan fuerte para mí la experiencia, he descubierto que me he leído a mí mismo con la misma pasión con que entonces escribía. Más allá del bien y del mal, más allá de sonrojos y vergüenzas, ha quedado ante mí la vida tal y como era, tal y como yo la viví. He sentido lo que sentía y he vuelto a soñar lo que soñaba.

Cuánto lamento ahora haber quemado mi vida en las llamas. Qué duro fue que tras el octavo cuaderno no hubiera un noveno. A partir de allí ya sólo me quedan recuerdos.

Vivo en el tiempo, no tengo otro remedio, él me contiene. Contiene también a mi realidad y mis recuerdos. Ha sido un shock intercalar un trozo de realidad entre tanto recuerdo. Ha sido inquietante viajar en el tiempo. Ha sido un placer después de tantos años querer al adolescente que nunca quise ser y fui. Como casi todos los adolescentes. Otros para su suerte o desgracia lo continúan siendo durante toda su vida.

En la carpeta azul, además de los ocho cuadernos, hay más cosas. Creo que textos y poemas. Aún no los he abierto. No sé si atreverme. Me da miedo que Rimbaud y Dostoievski se fueran de allí hace cuarenta años y ahora sólo quede el retrato de un idiota adolescente.

Divinas palabras

Tiempo hace que no escribía. Los días han ido pasando y yo con ellos. Me detuve en ese ocho de marzo que vino para quedarse, espero. En este mes transcurrido, a velocidad de vértigo, si lo miro desde ahora. A paso de tortuga si me recuerdo anclado en el insomnio de las primeras horas del día. En este mes, mezcla de marzo y abril, lleno de lluvia y de tantas horas sin poesía, asoma el sol de vez en cuando y la luz que parecía escondida, se deja ver por fin para teñir de alegría horas, sueños y minutos diminutos. Ellos son faro en las noches más oscuras. Ellos y ellas abrigo para el frío, sombra de un verano lejano, descanso merecido, ventana para mirar al mundo.

Tiempo hace que no escribía. Tiempo de hojas vacías. No sé por qué, a veces, las palabras son esquivas y otras surgen a borbotones, escapan de las manos y de los dedos. Tienen, así me lo parece, vida propia. Las palabras son anteriores al pensamiento, me da igual que hoy en día digan lo contrario, sin embargo no todo pensamiento se traduce en palabras. Pueden convivir una mente despierta con unas manos quietas. No todas las palabras son dichas para quedarse. A veces se quedan las que no lo merecen. Otras, por el contrario, las más bellas, escapan o tienen la vida efímera de un soplo de aire.

Tiempo hace que no escribía. Hoy me detengo en cada palabra negra que se posa sobre el fondo blanco. Hoy las miro, las digo y vuelvo a disfrutar del milagro de hacer inteligible lo incomprensible. Las pones ahí y permanecen quietas, tranquilas en una inmovilidad que me atrae y me aterra simultáneamente. Ahora las puedo leer y según cómo lo haga suenan y representan algo diferente. Divinas palabras que nunca me abandonan. Terrible tormento que nunca me deja estar en silencio. Mi mente son palabras en constante movimiento. Muchas escapan sin dejar huella, otras insisten en quedarse. Unas para hacer la vida más bella, otras, compuestas de las mismas letras, se quedan y disfrutan atormentándome.

Tiempo hace que no escribía. Me quedo pensando en los temas que han llenado mis noches y mis días. Ninguno me arranca ahora la energía necesaria, ninguno hace brotar de mi la rabia ni la melancolía. Ninguno, en fin, me impele a gastar la tinta de la pluma, el grafito del lápiz, a pulsar con fuerza las teclas que dan fe de penas y alegrías, de pasiones u obsesiones, de la muerte y de la vida. Hay veces en que uno quiere o necesita hablar de todo, otras, sin embargo, nada le empuja a hacerlo. Es preferible el silencio. En esos momentos, si queremos liberarlas, tal y como respiramos, sin darnos cuenta, es como debemos dejar que los pensamientos y las palabras que los expresan surjan como de la nada. Pensar y hablar al mismo tiempo. Palabras que van del dedo al pensamiento.

Tiempo hace que no escribía. Luego siempre me arrepiento. Tiempo sin palabras que  acaba por perder su sentido. Tiempo sin palabras tantas veces igual a olvido. Me obligo por tanto a ver cómo las letras se juntan, símbolos que nada dicen tomados de uno en uno, pero cobran vida cuando juntos dejan de ser nada y se transforman en todo. Cuando nacidos, en efecto, del vacío, se transforman, en casa, tierra, amor, agua, color, alegría, recuerdo, cielo y dolor. El infinito dentro de mi cabeza, mi cabeza llena de pensamientos, pensamientos creados por palabras que a veces hablan pero muchas más callan.

Tiempo hace que no escribía. Al final siempre la misma duda: ¿qué es primero la palabra o el tiempo?

El abuelo que perdió el tiempo

Sentado a la sombra de un árbol tararea suavemente canciones de ayer. El abuelo viene todos los días a un pequeño parque cercano a mi casa. Siempre solo. Siempre se sienta en el mismo lugar. Llega, se sienta y canta. No se entiende lo que dice, sólo se intuyen melodías antiguas que él interpreta para un público inexistente. Si pasas a su lado parece no verte. Mira con sus ojos abiertos un pasado que se fue y que ya no volverá. Todas las mañanas, cuando termina de cantar, se levanta y se va. Sé que vive en una residencia de ancianos rodeado de abuelos como él. Sé que le cuidan bien y que le atienden con cariño.  Su vida presente no le interesa. Por eso, todos los días, escapa durante un rato a su pasado. Por eso viene solo, para que nada ni nadie le recuerde sus días y sus noches sin futuro. Solo, rememora la vida que vivió. Vida que le trajo hasta aquí sin su permiso. Recuerda la música que le acompañó, la música que formó parte de su historia, de sus pasos y de sus amores. Recuerda aquellos bailes que aún hoy, si cierra los ojos, le hacen girar por la plaza de un pueblo perdido. Le hacen sentir otra mano agarrada a la suya. Le hacen sentir de nuevo la vida.

Cuando se levanta y se va se hace el silencio. El sonido de su bastón se va alejando poco a poco. El parque queda vacío. Silencioso. Solo. A veces, me acerco a su banco y me siento. Si cierro los ojos y escucho atentamente llegan de lo lejos  canciones que yo nunca escuché, melodías que llenaron de vida y sentido otras vidas. Sonidos que poblaron otros tiempos y que vagan dolorosos en busca de recuerdos.

Sé que el abuelo dejó sus emociones enterradas en el tiempo. Me gustaría que supiera que yo todavía me emociono al verlo.

¿Qué sentido tiene la vida cuando ya sólo somos pasado?

Viejas canciones se pierden en el tiempo y en el espacio. ¿Qué será de ellas cuando nadie las recuerde?

Cuando el abuelo ya no cante se llevará con él el tiempo. Entonces, aunque me siente en su banco, aunque cierre los ojos y con todas mis fuerzas lo intente, nada escucharé. Sólo habrá silencio.

Escribo

Escribo para entenderme. En el camino me pierdo en los recuerdos. Uno tras otro deberían traerme hasta aquí, hasta hoy, hasta ahora. Hasta estar en esta mesa de mármol blanco, junto a la pequeña lámpara roja que ilumina el papel en el que escribo.

Debería ser así, pero invariablemente me pierdo en los entresijos del tiempo que una vez fue y ya no es pero yo reinvento.

Retorcer recuerdos para explicar por qué miro fijamente a través de la ventana, por qué no hay horizonte sino ayer y palabras, por qué una mirada perdida dice más que todas las letras.

Recuerdos que siempre son puntos de partida hacia mundos que no son ese en el que estaba, en los que tampoco están la mesa de mármol blanco ni la pequeña lámpara roja. No está siquiera la música que me llevó por ese viaje en el tiempo.

Escribo para explicarme, para no perderme, pero al final siempre me pierdo.

Cierro el cuaderno, guardo el lápiz verde. Me levanto de la mesa, miro mi silla vacía. Me invento otra vez, allí, escribiendo.

El bar se llena de gente. Yo me pierdo en las calles y en el tiempo.

Escribo para encontrarme.

Nostalgia

Echa un último vistazo al lugar en el que vives. Cierra los ojos, cierra la puerta y vete. No vuelvas la vista atrás. Esa es la cárcel que te retiene.

Recuerdos, eso es lo único que te queda, de eso estás hecho. Ellos son la tela de araña que te atrapa.

Ella, agazapada, te observa, se acerca a ti sigilosa y te inocula el veneno más peligroso: la nostalgia.

Nostalgia disfrazada de momentos pasados, perdidas motas de polvo en el espacio infinito, infinitesimales partículas de tiempo que sabemos que existió pero que indefectiblemente ya no existe.

Olvida, levántate y anda.

No hay otra cosa que puedas hacer.

Treinta de junio

Revisando los archivos del blog, me he dado cuenta de que el año pasado rompí la tradición de casi todos los junios. Me gusta recrearme en este comienzo de verano que visto desde su inicio todo lo ilumina. Una semana ha pasado ya desde que la hoguera de San Juan incendiara la noche más corta del año. Una semana y siento ya nostalgia. Soy tan estúpido que siento que las cosas terminan cuando justo acaban de nacer. Escribo estas líneas ahora y pienso sin remedio en el lejano otoño que se esconde tras el verano. Sé que me espera agazapado. Sé que cuando llegue, esto me parecerá demasiado lejano. Lo leeré y pensaré que en este treinta de junio todo era diáfano y tranquilo. Sé que inventaré un pasado tal vez no vivido. Sé que entonces me acechará el negro invierno. Estúpido, digo. Aún me quedo corto.

Estoy solo en el trabajo. Estoy solo en el despacho en el que siempre estoy solo. He apartado por un rato los papeles, las actas, los informes y las memorias. He dejado de pensar en otros y me he concentrado en mí mismo. Pienso mejor con música, aunque sé que según cuál sea, pienso de manera diferente. En esta tarde tranquila y solitaria del último día de junio, donde las voces y las prisas de la mañana hace tiempo que han desaparecido, estoy escuchando a Daniel Waples. Su música hace que mis manos dejen de pulsar las teclas. Los ojos tienden a permanecer inmóviles y la cabeza a mecerse suavemente. Música para no pensar y dejarse llevar.

El curso termina y los recuerdos se amontonan tras la retina. Todo lejano y cercano al mismo tiempo. No es un juego de palabras. Cuantos más años pasan esta sensación ambivalente se me hace más presente. El tiempo es y será siempre lo único que nos contiene. Hace tiempo que sabemos que no es una línea recta y en ese continente que siempre tiende a deformarse debemos aprender a vivir. Sin él no hay nada. Paradoja asombrosa esa de vivir en un invento.

El curso termina y con la distancia todo se ve menos grave. Los días en que venía a trabajar en la negrura del día todavía sin nacer, con el frío en la cara y el sueño atrasado en el cuerpo. Las discusiones, las clases, el café de media mañana, las reuniones interminables donde uno empieza siendo muy duro y acaba cediendo a la evidencia que te da ponerte en la piel del otro. Las horas pasadas sentado a esta mesa, los papeles amontonados, los archivos, los libros, las conversaciones mantenidas con profesores y alumnos, las discrepancias, los acuerdos, las mañanas y las tardes consumidas pensando en ellos, ellos a los que a veces defiendes y otras atacas sin misericordia. Lápices moribundos, la agenda atestada de apuntes y recordatorios, carpetas llenas de folios escritos que no sé si alguien mirará algún día. Mi silla, mi mesa, el archivador a mi derecha, la pequeña mesa de reuniones, las estanterías y los armarios que guardan el tiempo consumido en este espacio.

A todos ellos les espera ahora un tiempo de silencio. Yo no estaré para verlos, leerlos o tocarlos. Ese es mi poder, si yo no estoy, ellos tampoco.

Suena Jan Garbareck y con él me quedo mirando la nada, absorto por un momento. Pienso ahora en los días que están por venir, en la luz que tanto añoro a pesar de ser más yo por la noche, cuando la luz es otra, inventada también como el tiempo. Pienso y anticipo paseos, libros y fotografías. Trigo amarillo, cereza roja y tierra marrón. Cielos azules, hierba verde y noches tan llenas de estrellas que en vez de negras parecen blancas. Puedo recordar lo que voy a vivir y eso me gusta. Lo hermoso de sentirse en casa. La aventura de vivir para adentro. Pienso en colores, sí, y me gusta imaginarlos como la paleta que llenará mis días. Repetir tiene la ventaja de luchar contra la nostalgia. Repetir es confirmar, asentir ante una buena vida.

Días que se acercan y que temo que corran veloces. No los primeros, esos engañan, crees que los tienes controlados, pero no, imperceptiblemente te atrapan y te arrastran hasta que uno pierde la noción del tiempo, y entonces, las horas y los días vuelan, te gustaría detenerlos pero eso no es posible. Es como cuando uno se concentra, el tiempo se va y tú ya no cuentas. No ser consciente del tiempo es la mejor señal de que de verdad estamos viviendo. La consciencia, sin embargo, siempre termina imponiéndose y las pequeñas agujas de un reloj nos acaban indefectiblemente atrapando.

Divagaciones sobre el tiempo en esta tarde de junio. Recuerdos y expectativas al mismo tiempo. Tiempo que se va y tiempo que viene. Tiempo pasado y futuro. Tiempo que cambia.

Como todos los últimos días de junio, recojo mis cosas, cierro los libros, guardo papeles y ordeno por última vez mi mesa. Me levanto, me voy, cierro la puerta y salgo a la calle. Hoy no quiero mirar atrás. Tiempo habrá  para hacerlo.

 

 

Ciertas dudas (again)

Me asaltan las dudas. Están ahí, vigilantes, al acecho. Nunca duermen porque su existencia es movimiento. Detestan el silencio. Viven, como las olas, en un constante vaivén que recorre siempre en sentido contrario el camino andado. Me sobresaltan con sus interrogantes. Agitan la conciencia que creía tranquila y caigo inevitablemente en sus garras. Dónde quedó la ansiada certeza. Dónde el descanso de lo cierto. Cuándo empezó a moverse de nuevo el tiempo que creía detenido.

Asoman las dudas su cara borrosa, dejan su huella en la consciencia. Vuelven siempre y es un sueño creer que se han marchado definitivamente. La dudas nunca quedan solas. Viven acompañadas de zozobra. Nos habitan, nos llenan, nos ocupan con su alma gris y siempre opaca. Están tan dentro de mí que no se qué sería de mi sin ellas.

Las dudas me mueven, me agitan, me dan vida pero también me matan. Dudar es necesario. La verdad sin dudas siempre esconde un engaño. La certeza impuesta o regalada es perniciosa. No importa la intención con que nos fuera dada. La duda vive dentro de nosotros. Somos carne, hueso, sangre y duda.

La dudas como motor del pensamiento. Impulso hacia un horizonte cambiante. Alimento tóxico pero necesario. Desconfiad de quien no duda.

Pensaba que y ya no lo pienso. Creía que y ahora creo un cosa diferente. Creer, a pesar de lo que nos digan, es todo menos certeza. Es pura duda. Creo que, no es más que un intento de tener algo por cierto. Un intento, sí,  pero desesperado de ir más allá de la  simple opinión, del mero pensamiento.

Creer en algo o en alguien no pretende más que descansar de las dudas que provoca el más valiente yo pienso.

Después de tanto pensar, de tanto creer, de tantas dudas y opiniones es cruel ser consciente de que además de la muerte la duda es la otra certeza que nos queda.

Las dudas, en plural, son, pues, parte de nosotros. La duda, como concepto, es absolutamente humana. Componente, bastón, acicate, dolor. Compañera, enemiga, insomnio, motor. Movimiento, desazón y sobre todo tiempo. Sin tiempo no hay duda pero, creamos lo que creamos, tampoco vida.