El abuelo que perdió el tiempo

Sentado a la sombra de un árbol tararea suavemente canciones de ayer. El abuelo viene todos los días a un pequeño parque cercano a mi casa. Siempre solo. Siempre se sienta en el mismo lugar. Llega, se sienta y canta. No se entiende lo que dice, sólo se intuyen melodías antiguas que él interpreta para un público inexistente. Si pasas a su lado parece no verte. Mira con sus ojos abiertos un pasado que se fue y que ya no volverá. Todas las mañanas, cuando termina de cantar, se levanta y se va. Sé que vive en una residencia de ancianos rodeado de abuelos como él. Sé que le cuidan bien y que le atienden con cariño.  Su vida presente no le interesa. Por eso, todos los días, escapa durante un rato a su pasado. Por eso viene solo, para que nada ni nadie le recuerde sus días y sus noches sin futuro. Solo, rememora la vida que vivió. Vida que le trajo hasta aquí sin su permiso. Recuerda la música que le acompañó, la música que formó parte de su historia, de sus pasos y de sus amores. Recuerda aquellos bailes que aún hoy, si cierra los ojos, le hacen girar por la plaza de un pueblo perdido. Le hacen sentir otra mano agarrada a la suya. Le hacen sentir de nuevo la vida.

Cuando se levanta y se va se hace el silencio. El sonido de su bastón se va alejando poco a poco. El parque queda vacío. Silencioso. Solo. A veces, me acerco a su banco y me siento. Si cierro los ojos y escucho atentamente llegan de lo lejos  canciones que yo nunca escuché, melodías que llenaron de vida y sentido otras vidas. Sonidos que poblaron otros tiempos y que vagan dolorosos en busca de recuerdos.

Sé que el abuelo dejó sus emociones enterradas en el tiempo. Me gustaría que supiera que yo todavía me emociono al verlo.

¿Qué sentido tiene la vida cuando ya sólo somos pasado?

Viejas canciones se pierden en el tiempo y en el espacio. ¿Qué será de ellas cuando nadie las recuerde?

Cuando el abuelo ya no cante se llevará con él el tiempo. Entonces, aunque me siente en su banco, aunque cierre los ojos y con todas mis fuerzas lo intente, nada escucharé. Sólo habrá silencio.

Escribo

Escribo para entenderme. En el camino me pierdo en los recuerdos. Uno tras otro deberían traerme hasta aquí, hasta hoy, hasta ahora. Hasta estar en esta mesa de mármol blanco, junto a la pequeña lámpara roja que ilumina el papel en el que escribo.

Debería ser así, pero invariablemente me pierdo en los entresijos del tiempo que una vez fue y ya no es pero yo reinvento.

Retorcer recuerdos para explicar por qué miro fijamente a través de la ventana, por qué no hay horizonte sino ayer y palabras, por qué una mirada perdida dice más que todas las letras.

Recuerdos que siempre son puntos de partida hacia mundos que no son ese en el que estaba, en los que tampoco están la mesa de mármol blanco ni la pequeña lámpara roja. No está siquiera la música que me llevó por ese viaje en el tiempo.

Escribo para explicarme, para no perderme, pero al final siempre me pierdo.

Cierro el cuaderno, guardo el lápiz verde. Me levanto de la mesa, miro mi silla vacía. Me invento otra vez, allí, escribiendo.

El bar se llena de gente. Yo me pierdo en las calles y en el tiempo.

Escribo para encontrarme.

Nostalgia

Echa un último vistazo al lugar en el que vives. Cierra los ojos, cierra la puerta y vete. No vuelvas la vista atrás. Esa es la cárcel que te retiene.

Recuerdos, eso es lo único que te queda, de eso estás hecho. Ellos son la tela de araña que te atrapa.

Ella, agazapada, te observa, se acerca a ti sigilosa y te inocula el veneno más peligroso: la nostalgia.

Nostalgia disfrazada de momentos pasados, perdidas motas de polvo en el espacio infinito, infinitesimales partículas de tiempo que sabemos que existió pero que indefectiblemente ya no existe.

Olvida, levántate y anda.

No hay otra cosa que puedas hacer.

Treinta de junio

Revisando los archivos del blog, me he dado cuenta de que el año pasado rompí la tradición de casi todos los junios. Me gusta recrearme en este comienzo de verano que visto desde su inicio todo lo ilumina. Una semana ha pasado ya desde que la hoguera de San Juan incendiara la noche más corta del año. Una semana y siento ya nostalgia. Soy tan estúpido que siento que las cosas terminan cuando justo acaban de nacer. Escribo estas líneas ahora y pienso sin remedio en el lejano otoño que se esconde tras el verano. Sé que me espera agazapado. Sé que cuando llegue, esto me parecerá demasiado lejano. Lo leeré y pensaré que en este treinta de junio todo era diáfano y tranquilo. Sé que inventaré un pasado tal vez no vivido. Sé que entonces me acechará el negro invierno. Estúpido, digo. Aún me quedo corto.

Estoy solo en el trabajo. Estoy solo en el despacho en el que siempre estoy solo. He apartado por un rato los papeles, las actas, los informes y las memorias. He dejado de pensar en otros y me he concentrado en mí mismo. Pienso mejor con música, aunque sé que según cuál sea, pienso de manera diferente. En esta tarde tranquila y solitaria del último día de junio, donde las voces y las prisas de la mañana hace tiempo que han desaparecido, estoy escuchando a Daniel Waples. Su música hace que mis manos dejen de pulsar las teclas. Los ojos tienden a permanecer inmóviles y la cabeza a mecerse suavemente. Música para no pensar y dejarse llevar.

El curso termina y los recuerdos se amontonan tras la retina. Todo lejano y cercano al mismo tiempo. No es un juego de palabras. Cuantos más años pasan esta sensación ambivalente se me hace más presente. El tiempo es y será siempre lo único que nos contiene. Hace tiempo que sabemos que no es una línea recta y en ese continente que siempre tiende a deformarse debemos aprender a vivir. Sin él no hay nada. Paradoja asombrosa esa de vivir en un invento.

El curso termina y con la distancia todo se ve menos grave. Los días en que venía a trabajar en la negrura del día todavía sin nacer, con el frío en la cara y el sueño atrasado en el cuerpo. Las discusiones, las clases, el café de media mañana, las reuniones interminables donde uno empieza siendo muy duro y acaba cediendo a la evidencia que te da ponerte en la piel del otro. Las horas pasadas sentado a esta mesa, los papeles amontonados, los archivos, los libros, las conversaciones mantenidas con profesores y alumnos, las discrepancias, los acuerdos, las mañanas y las tardes consumidas pensando en ellos, ellos a los que a veces defiendes y otras atacas sin misericordia. Lápices moribundos, la agenda atestada de apuntes y recordatorios, carpetas llenas de folios escritos que no sé si alguien mirará algún día. Mi silla, mi mesa, el archivador a mi derecha, la pequeña mesa de reuniones, las estanterías y los armarios que guardan el tiempo consumido en este espacio.

A todos ellos les espera ahora un tiempo de silencio. Yo no estaré para verlos, leerlos o tocarlos. Ese es mi poder, si yo no estoy, ellos tampoco.

Suena Jan Garbareck y con él me quedo mirando la nada, absorto por un momento. Pienso ahora en los días que están por venir, en la luz que tanto añoro a pesar de ser más yo por la noche, cuando la luz es otra, inventada también como el tiempo. Pienso y anticipo paseos, libros y fotografías. Trigo amarillo, cereza roja y tierra marrón. Cielos azules, hierba verde y noches tan llenas de estrellas que en vez de negras parecen blancas. Puedo recordar lo que voy a vivir y eso me gusta. Lo hermoso de sentirse en casa. La aventura de vivir para adentro. Pienso en colores, sí, y me gusta imaginarlos como la paleta que llenará mis días. Repetir tiene la ventaja de luchar contra la nostalgia. Repetir es confirmar, asentir ante una buena vida.

Días que se acercan y que temo que corran veloces. No los primeros, esos engañan, crees que los tienes controlados, pero no, imperceptiblemente te atrapan y te arrastran hasta que uno pierde la noción del tiempo, y entonces, las horas y los días vuelan, te gustaría detenerlos pero eso no es posible. Es como cuando uno se concentra, el tiempo se va y tú ya no cuentas. No ser consciente del tiempo es la mejor señal de que de verdad estamos viviendo. La consciencia, sin embargo, siempre termina imponiéndose y las pequeñas agujas de un reloj nos acaban indefectiblemente atrapando.

Divagaciones sobre el tiempo en esta tarde de junio. Recuerdos y expectativas al mismo tiempo. Tiempo que se va y tiempo que viene. Tiempo pasado y futuro. Tiempo que cambia.

Como todos los últimos días de junio, recojo mis cosas, cierro los libros, guardo papeles y ordeno por última vez mi mesa. Me levanto, me voy, cierro la puerta y salgo a la calle. Hoy no quiero mirar atrás. Tiempo habrá  para hacerlo.

 

 

Ciertas dudas (again)

Me asaltan las dudas. Están ahí, vigilantes, al acecho. Nunca duermen porque su existencia es movimiento. Detestan el silencio. Viven, como las olas, en un constante vaivén que recorre siempre en sentido contrario el camino andado. Me sobresaltan con sus interrogantes. Agitan la conciencia que creía tranquila y caigo inevitablemente en sus garras. Dónde quedó la ansiada certeza. Dónde el descanso de lo cierto. Cuándo empezó a moverse de nuevo el tiempo que creía detenido.

Asoman las dudas su cara borrosa, dejan su huella en la consciencia. Vuelven siempre y es un sueño creer que se han marchado definitivamente. La dudas nunca quedan solas. Viven acompañadas de zozobra. Nos habitan, nos llenan, nos ocupan con su alma gris y siempre opaca. Están tan dentro de mí que no se qué sería de mi sin ellas.

Las dudas me mueven, me agitan, me dan vida pero también me matan. Dudar es necesario. La verdad sin dudas siempre esconde un engaño. La certeza impuesta o regalada es perniciosa. No importa la intención con que nos fuera dada. La duda vive dentro de nosotros. Somos carne, hueso, sangre y duda.

La dudas como motor del pensamiento. Impulso hacia un horizonte cambiante. Alimento tóxico pero necesario. Desconfiad de quien no duda.

Pensaba que y ya no lo pienso. Creía que y ahora creo un cosa diferente. Creer, a pesar de lo que nos digan, es todo menos certeza. Es pura duda. Creo que, no es más que un intento de tener algo por cierto. Un intento, sí,  pero desesperado de ir más allá de la  simple opinión, del mero pensamiento.

Creer en algo o en alguien no pretende más que descansar de las dudas que provoca el más valiente yo pienso.

Después de tanto pensar, de tanto creer, de tantas dudas y opiniones es cruel ser consciente de que además de la muerte la duda es la otra certeza que nos queda.

Las dudas, en plural, son, pues, parte de nosotros. La duda, como concepto, es absolutamente humana. Componente, bastón, acicate, dolor. Compañera, enemiga, insomnio, motor. Movimiento, desazón y sobre todo tiempo. Sin tiempo no hay duda pero, creamos lo que creamos, tampoco vida.

Enero taimado y tramposo

No te vayas enero sin saber nada de mí que tengo algo que contarte. Te vas y me dejas en lo profundo del invierno, rodeado de agua, viento, frío y nieve amenazante. Te vas mientras miro por la ventana y te veo escapar como los cobardes: sin decir nada. Te vas y yo me quedo viéndote huir en silencio, mudo y con el rabo entre las piernas.

Has sido un mes duro conmigo, exigente. Demasiado, diría yo, para empezar el año. Tú te has encargado de romper todas las ilusiones que me había hecho antes de tu llegada. Me has tirado de la oreja como si yo fuera un niño malcriado. Te odio por todo lo que siempre me quitas. Te odio, dulcemente, pero lo hago. Has sido más largo que los días que te forman, más oscuro que tus noches sin luz y tus días grises. Has sido, como siempre, el primero en llegar y eres el primero en marcharte. No siento perderte de vista. Más bien me alegro. Sólo lamento que te lleves el tiempo contigo.

He deambulado por tus horas adaptándome al cambio necesario. Saltando del  fin engañoso del año al puente que tiendes tramposo. Prometes novedad y sólo traes retorno. Vuelta a lo cotidiano que sólo añoramos cuando no sabemos ni queremos hacer nada especial. Enero rutinario. Vuelta a la norma. Vuelta a despertar cuando es debido y a cerrar los ojos aunque no lo pida el cansancio.

Enero de propósitos que se van antes de que tú lo hagas. Enero de proyectos pospuestos,  proyectos que nos pesan en la espalda de tanto traerlos a cuestas.

Enero te vas y ¿qué nos dejas? Febrero asoma su fría sombra por la puerta. ¿Hay mes más triste que febrero? Febrero como paréntesis. Tierra de nadie.

Me olvido de ti, de él y de vuestros nombres. Me aferro una vez más a lo único importante, al tiempo que me das. Trato, y es difícil, de vivirlo, de aprovecharlo como dicen, sin poner fechas ni nombres. El tiempo, lo único que nos es dado, lo único inventado que es más real que lo evidente. El tiempo como lugar donde vivir, pensar, reír, llorar, sufrir, disfrutar, lamentar, hablar. El tiempo como casa en la que permanecer siempre y para siempre. Tiempo siempre lleno de realidades y esperanzas, tiempo pasado que se hace presente y se convierte en futuro sin dejar de ser ahora.

Gracias, en fin, enero taimado y tramposo por dejar que te quite el nombre, por permitir que lo eche al fuego que me calienta  y comprobar que en el fondo, así desnudo, eres bueno conmigo. Gracias por dejarme un tiempo irrepetible.

Junio repetido

La vida está llena de momentos que se repiten. No siempre son iguales pero lo que los une puede más que las circunstancias que se empeñan en separarlos. El tiempo, por ejemplo, pone distancia entre ellos pero nuestra habilidad para medirlo hace que disfracemos su paso con la coincidencia del aniversario, la situación o el momento.

Junio como todos los años termina y cuando lo hace se lleva con él un año de trabajo. Es también el fin de la víspera y como fin impone. Anhelas que llegue y temes también que se vaya. Todo lo que es fin acaba siendo principio y combina en él nostalgia y esperanza. Junio es como esos momentos tan presentes que conjugan pasado y futuro, que tienden a hacernos olvidar que existen, que son, que se viven. Tan preocupados estamos de que lleguen y de que se vayan.

En días como hoy uno se vuelve ritual. El rito, bien es sabido, es una costumbre que siempre se repite de la misma manera. Algo me empuja a hacer las mismas cosas, a pensarlas y sentirlas de igual modo, a recordar lo que sucedió en días como hoy hace uno y mas años. Disfruto deteniendo mis ojos en los mismos lugares, releyendo las mismas páginas, haciendo lo que ya hice. Junio repetido.

Mi agenda este año es negra. Las hojas suenan a infinitas letras que la llenan. Sus primeras páginas son ordenadas, claras y concisas. Después, poco a poco, se van transformando y al final yo sólo entiendo lo que escribo. Surgen colores, letras grandes y pequeñas, subrayados, flechas y tachones. Cuando la cierro veo claramente lo que ha engordado con el paso del tiempo.

La mesa de trabajo está llena de papeles. Tan sólo me queda ordenarlos. Elegir cuál sobrevivirá y cual acabará en la papelera. Mirarlos uno a uno y decidir. El pulgar arriba o abajo. Cada uno es un momento vivido, trabajo mejor o peor hecho, tiempo pasado. Tiempo olvidado que guardo o rompo.

Estoy solo. En días así siempre me gusta quedarme solo. El rito hace que termine por sentir siempre cosas parecidas. Mirar hacia delante y hacia detrás, al año que se fue, al verano que me llega. Ordeno palabras y papeles y con ellos los recuerdos. Ordeno el tiempo y lo ordeno en silencio. Trato de que pese, al menos por una vez, más el mañana que el ayer. Trato de pensar en que me voy. Me convenzo de que la vuelta está tan lejos que pierde peso y amenaza. No sé por qué, en días como hoy, con la luz por delante, acabo siempre por parecer sombrío.

Despacho, mesa, libros, letras y papeles. Soledad y silencio roto por las teclas que a veces corren deprisa y otras se detienen para que yo descanse. Cuatro paredes, una puerta y dos ventanas que quedarán aquí cuando me vaya. Eterna pregunta que siempre me asalta. ¿Que habrá aquí cuando yo ya no esté y nadie lo mire? Estoy convencido de que no quedará absolutamente nada. Negrura y vacío. Sólo los ojos dan vida.

Recuerdo buenos y malos momentos. Días de frío y lluvia y días en que el sol entraba por la ventana. Recuerdo palabras amables y también discusiones. Recuerdo entusiasmos y aburrimiento. Ganas de llegar y deseos de irme. Recuerdo el otoño lejano, el invierno que siempre parece eterno y la primavera con su halo de cierta alegría. Recuerdo algún grito pero también resuenan las sonrisas.

Acaba mi tiempo en silencio, lucha ya por completarse el círculo del rito. Suena ya en mi cabeza la banda sonora de mi último día de junio. Imposible explicar por qué es esta y no otra. No hay ciencia ni psiquiatra que pueda dar respuesta. Lo cierto es que todos los años en momentos como este surge del silencio su voz rota que me canta y me acompaña mientras me levanto, apago la luz, cierro puertas y ventanas y piso la calle nuevamente. El siempre me hace, eso es lo mejor de todo, mirar hacia delante. La llave cerró el pasado y su voz me dice como siempre que los tiempos están cambiando.

Dejo el gris y ya pienso en amarillo.

 

Una y otra vez el tiempo

Todos los días pasan. Sólo algunos empiezan y acaban. No siempre es bueno ni lo uno ni lo otro. No siempre es malo tampoco. A veces la falta de límites permite al tiempo deslizarse sin dibujar contornos. Todo es uno y uno es todo. Otras, somos feliz o dolorosamente conscientes del paso de la vida. Sentimos que las horas y los días escapan como el agua entre los dedos. Nos aferramos a hitos que marcan principios y finales pero que dejan siempre huellas reconocibles por la memoria. La memoria entonces se adueña del tiempo y le da forma. Lo moldea como las manos moldean la arcilla y deja clavadas para siempre miradas, caras y palabras. Los recuerdos se mezclan con los minutos y con los segundos  y el tiempo se transforma en antes y después, en ayer y hoy, en tal vez mañana.

Todos los días pasan. Algunos se quedan y nos atormentan. Se empeñan en romper la línea recta y se retuercen en curvas imposibles volviendo siempre a nuestro lado aunque no les hayamos llamado.

Todos los días llegan y casi todos pasan de largo dejándonos huérfanos de tiempo en las manos. Se van y nunca vuelven la mirada. Se van pero no nos llevan con ellos. Estamos irremediablemente solos.

Todo los días acaban y sólo algunos los cuento. Todos los días llegan, pasan y acaban pero sólo un puñado transforma sus instantes en palabras. Esos días el tiempo se detiene en la tinta negra y se queda. Sólo las palabras crean recuerdos. Sólo la memoria está formada por fantasmas y por letras.

Una y otra vez sólo importa el tiempo.

Retenerlo, definirlo, repetirlo, recordarlo, olvidarlo, hablarlo, expresarlo, fotografiarlo, cantarlo, contarlo…pasarlo.

Todos estamos siempre en su interior. Fuera de él imaginamos todo pero sabemos muy bien que no existe nada. Fuera de él el silencio absoluto. En el silencio no hay memoria y sin memoria no somos nada. Pálidas sombras que se desvanecen como vapor de agua. Sombras que sin palabras que las nombren siempre se olvidan.

Somos tan solo tiempo. El que fuimos y el que nos queda.

Días tranquilos

Me gusta mi Semana Santa de días tranquilos. Me gustan las horas que pasan sin esperar que otras distintas lleguen. Me gusta recorrer mi ciudad de punta a punta bajo un cielo azul recién estrenado y un sol aún tibio. Me gusta perder la noción del tiempo y olvidar en casa reloj y calendario. Me gusta andar, leer, observar, pensar sin prisa y detenerme cuando y donde quiera. Me gusta, en fin, vivir sólo en el presente.

Me gusta estirar el día robándole horas a la noche acogedora. Me gusta hacer las cosas lentamente y dejar para mañana lo que hoy no puede hacerse. Me gusta dormir y despertar cuando los ojos lo piden. Me gusta mirar por la ventana y escudriñar lentamente otras vidas a través de los cristales. Me gusta respirar consciente de que lo hago y acompasar respiración y silencio. Me gusta, en fin, vivir perdido en un mundo que ruge.

Me gusta leer y ver letras e ideas. Me gusta recorrer caminos trillados y verlos de un color distinto. Me gusta ver películas en medio de la tarde. Me gusta hablar tranquilamente sobre aquello que ocupa mi mente. Me gusta quedarme quieto y escuchar lo que dice y no dice la gente. Me gusta pasar junto al mar y no verlo. Me gusta salir y me gusta volver. Me gusta cerrar la puerta con llave y ocultarme. Me gusta, en fin, escribir sobre días como este.

Me gusta mi casa, mi mesa, mis libros, mis discos y todo lo que antes parecía inerte. Me gustan el sol y la luna vistos ahora de forma diferente. Me gustan las músicas que pueblan mis horas nocturnas. Me gusta la mañana, la tarde y la noche. Me gustan los días que se mezclan, que se funden unos con otros. Me gusta estar en medio de las horas y de los días. Me gusta confundirlos. Me gusta no tener que dividir el tiempo en partes. Me gusta, en fin, descubrir que la vida y el tiempo están en mí y no ahí fuera donde pensaba la gente.

La estela del tiempo

Después de estos años, compruebo con cierto desasosiego que la vida transcurre demasiado deprisa también en la red. No importa que tengamos delante de nosotros y ordenados cronológicamente todos los pasos que hemos ido dando en este universo. De hecho, es una peculiaridad de este mundo, eso de tener siempre a la vista todo lo que hemos dicho, visto y oído. Podemos revisitar constantemente lo que hicimos, pensamos, dijimos y hablamos ya que está antinaturalmente ordenado y guardado. No recordamos sino que volvemos a vivir. En la vida en la que un despertador nos despierta y hablamos con la boca y no con los dedos eso no sucede. La memoria es la que da razón de todo y la vida según pasa adapta mediante los recuerdos la percepción actual de lo que sucedió en el pasado. En este universo físico donde todo se solapa y superpone, el tiempo campa a sus anchas por la subjetividad y cada día somos más conscientes de que no es más que un capricho humano, a lo sumo un consenso, como tantos otros, que nos permite orientarnos. No importa que los físicos nos aseguren que tanto el tiempo como el espacio comenzaron con aquella explosión primigenia que nos ha traído hasta este momento en que escribo estas palabras.

En el universo sintético de los internautas, sin embargo, el tiempo impone su sentido y su estela nos lleva férreamente atados. Todo está controlado y ordenado y cada cosa está en su sitio. El problema es buscarla y encontrarla. No utilizamos los recuerdos ni la memoria para indagar en el pasado ni para representárnoslo en el presente. La constante utilización de fechas y horas, la importancia de la cronología y el orden que existe dentro de un aparente caos hace que el peso del tiempo sea abrumador y su constante y sentido peso marca claramente su camino inalterable.

La memoria de la red nada tiene que ver con la del cerebro. La red acumula y el cerebro olvida para sobrevivir. La red se expande como el universo mientras que nuestro cerebro tiende a encogerse. Memoria ordenada y organizada frente a selección, interpretación y olvido. Palabra e imágenes frente a memorias. Recuerdos con los ojos cerrados o con ellos bien abiertos.

A pesar de todo. A pesar de tener clara la marcha de los años y los días, uno siempre, cuando llega el momento y mira hacia atrás, siente con desvelo que el tiempo, cercano o distante, abstracto o concreto se le escapa de las manos. Siente que le huye y que todo fue tan breve como un instante. Es nuestra soberbia la que nos hace pensar que nuestro tiempo, esa infinitesimal disolución de días y horas en lo infinito, permanece y dura. Cuando nos detenemos nos damos cuenta de que, como estrellas fugaces, aparecemos y desaparecemos. Sólo unos pocos ojos nos han visto. Muchos menos nos miraron. Fuimos y no fuimos. En el tiempo nadie es porque el infinito todo lo disuelve.

A pesar de todo. A pesar de lo infinito yo no renuncio a capturar mi tiempo y llevármelo conmigo. No renuncio a recordar aún sabiendo que me engaño, no dejo de mirar con los ojos cerrados lo que un día vi en vivo y en directo. No ceso de recrearme en lo que quise y quiero seguir queriendo. No abandono las palabras a su suerte y les doto de nuevo sentido leyéndolas de nuevo. Veo piel lisa donde hay arrugas, infancia donde hace tiempo que nadie juega, colores debajo de otras capas de pintura, fotografías que pesan ya más en mí que el pasado que representan, recuerdos que pueblan cada una de las cosas que toco y miro, memoria en actividad constante.

A pesar de todo, y eso lo sabemos todos por propia experiencia, el tiempo pasa volando.

Seis años hace ya que vivo entre píxeles y teclas. Seis que es más que un lustro y menos que un decenio. Seis como cantidad arbitraria que nada representa pero que como todo número redondo nos hace reflexionar sobre el pasado y sobre el tiempo. No importa que ninguno de los dos existan. A su existencia nos agarramos porque si no seríamos piedras. Las piedras, todo el mundo lo sospecha, no albergan recuerdos y el tiempo, aunque les vaya cambiando de forma, pasa por ellas sin tocarlas.

Seis años que siento y padezco, seis que llevo una doble vida sin ser espía, seis años plagados de recuerdos aunque estén cronológicamente ordenados. Seis años de palabras dichas, de imágenes mostradas que son muchas veces mucho más yo que las imágenes que veía. Seis años de personas cercanas en la lejanía. De palabras dichas y de palabras calladas. Seis años que mirados desde ahora parecen a la vez pasado pasado y pasado presente. Parecen lejos y cerca. Parecen y son tan reales como la mano que los representa en palabras y las neuronas que los guardan en sus recuerdos.
Seis años que se van pero continúan. Todavía.

La estela del tiempo (o cómo los aniversarios nos hacen caer siempre en su trampa)