Nos gusta pensar, cuando oímos una historia terrible, que la única explicación posible es la locura. Si alguien comete un acto horrible, nos quedamos más tranquilos si nos convencemos de que el autor estaba loco. Después de sesenta años, todavía no nos explicamos cómo pudo suceder el horror nazi. Nadie puede entender lo acontecido, salvo si nos imaginamos una especie de demencia colectiva. Un grupo de líderes enajenados hipnotizó a todo un pueblo y les hizo asistir o participar de una de las danzas más macabras de la historia de la humanidad. ¿Es esto de verdad creíble? ¿Fue todo aquello obra de locos? Responder afirmativamente nos permite distanciarnos de los autores de tamaña barbaridad al considerarlos diferentes a nosotros. Decir no a esas cuestiones nos hace sentir un escalofrío al darnos cuenta, al aceptar que entre los más abyectos nazis y nosotros no hay diferencia alguna que explique por qué hicieron lo que hicieron. Hoy mismo están sucediendo en el mundo miles de hechos parecidos a los narrados anteriormente. Lo sabemos y no hacemos nada, o casi nada, que no es lo mismo, pero es igual. Somos testigos a diario de situaciones que demuestran a las claras el grado de degeneración al que el ser humano es capaz de llegar. ¿Cuál es nuestra respuesta? Siempre la misma. Mirar para otro lado. ¿Cómo es posible que convivamos sin mayor problema con injusticias tan flagrantes, con comportamientos tan aberrantes y no hagamos nada? En algunas ocasiones, la distancia hace que no asimilemos como nuestras las tragedias que tristemente acompañan desde la radio o la televisión nuestras comidas o cenas. En otras, pensamos que eso nunca nos podría suceder a nosotros. Nosotros somos más civilizados y aquí los problemas se resuelven hablando. Los hutus y los tutsis no consiguen hacernos vomitar la ensalada. Ruanda está muy lejos y esa pobre gente no ha alcanzado nuestro grado de desarrollo. El instinto de supervivencia no tiene reparos en hacer lo que sea necesario para conseguir su objetivo. Este principio hoy va mucho más lejos; ya no se trata solo de sobrevivir. Somos capaces de hacer o no hacer cualquier cosa con tal de mantener nuestro estatus. El primer paso es adormecer nuestras conciencias, el segundo es pensar que no está en nuestras manos la solución de los conflictos, el tercero es desestimar, tener en poco o, lo que es lo mismo, despreciar a la parte de la humanidad que no ha alcanzado nuestro grado de desarrollo. El cuarto, por último, cuando no nos sirve ninguno de los otros tres, es pensar que el autor o autores de actos que se escapan a nuestra comprensión están sencillamente locos.
Las conciencias no se adormecen solas. De la misma manera que arrullamos a un bebé para que se duerma, acunamos a nuestra conciencia para que en las brumas del sueño perciba como lejanos e inasibles acontecimientos que de otra forma no nos permitirían vivir tranquilos. Depositar la solución de los problemas del mundo en manos de dirigentes e instituciones a los que luego criticamos con vehemencia por inoperantes no es más que una excusa para eximirnos de responsabilidades. Si ellos no pueden, ¿cómo voy a poder yo? Pensar que media humanidad padece lo que padece por no haber sido capaz de alcanzar el nivel de vida y desarrollo que la otra mitad disfruta, creer incluso que ellos mismos se lo han buscado por no haber seguido nuestro ejemplo, no es más que una muestra de la desfachatez que nos permite mirar por encima del hombro a las víctimas de nuestros propios pecados. Considerar, en fin, obra de locos todo aquello que no entendemos y que nos dejaría en evidencia en caso de hacerlo, no es más que comernos un caramelo que sabe muy bien aunque sepamos que está envenenado.
Los seres humanos han demostrado ser capaces de las mejores obras. Aceptemos también que somos también artífices de las peores y no nos refugiemos en ambigüedades sin sentido para poder seguir siquiera sobreviviendo. Esto es una falacia. Los nazis, los hutus, los tutsis, los inquisidores, los dictadores, los mercenarios, los asesinos, son personas como nosotros. Aceptemos que podemos ser malos para poder dejar de serlo.
Para D. y M.
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