







Son días de sentimientos, no de pensamientos. El camino del corazón se abre paso entre neuronas dormidas. Hoy he vuelto a recorrer estos caminos y he vuelto a sentir lo mismo: olvido y paz. No sé qué tienen que me absorben. Consiguen extraer de mí hasta el último recuerdo. Me disuelvo entre la tierra y el cielo, veo con el gran ojo de los girasoles, bebo del agua que riega los maizales y me asomo entre el trigo a la luz y los colores.
Hace calor, pasan cabizbajos los peregrinos y yo me asombro de que sólo miren al suelo. Prefiero tomar senderos solitarios, donde las hormigas, las libélulas y alguna mariposa blanca comparten conmigo la tierra seca y el aire caliente.
Ayer y hoy, atardecer y mañana, me he topado al final del camino con estas piedras cargadas de siglos a sus espaldas. Sólo la luz las vestía y yo, como un tonto, me he quedado contemplándolas.
Si las piedras hablaran, ¿qué nos contarían?
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