Sobre las leyes se dicen muchas cosas. Casi siempre para mal. Todos (o casi) las aceptan como algo necesario o inevitable, pero siempre (o casi) tras la aceptación viene la crítica. Nunca llueve a gusto de todos. Criticar las normas es fácil, hacerlas no. Un ejercicio altamente interesante sería que todos tuviéramos la obligación de participar en la elaboración de alguna ley. No pretendo hacer una defensa ni un elogio del legislador. Trato, simplemente, de poner las cosas en su justo punto.
Quien trabaja pretende siempre (o casi) obtener un buen resultado. La tarea de legislar casi nunca lo consigue si nos atenemos a las críticas que siempre (o casi) reciben los resultados. El problema de las leyes es que nunca (o casi) logran encerrar dentro de ellas todas las posibilidades de aquello que legislan. Es imposible que exista una ley diferente para cada uno de los casos susceptibles de ser legislados. Detrás de un asesinato puede haber agravantes o atenuantes. Absurdo es pensar que el legislador prevea todas y cada una de las posibilidades que puedan ser consideradas atenuantes o agravantes. Lo mismo sucede en otras muchas ocasiones. Ante esta situación no tenemos más remedio que poner sobre las espaldas de los jueces la responsabilidad de interpretar con buen juicio, nunca mejor dicho, el espíritu de la ley. El hecho de que una persona conduzca bajo los efectos del alcohol y que eso sea considerado atenuante o agravante puede ser discutible. Unos piensan una cosa y otros justo la contraria. Al final, una vez más, solo el consenso nos puede sacar del apuro. En otros casos no es tan sencillo y es el juez quien, solo, con sus conocimientos, experiencia y conciencia, tiene la difícil tarea de interpretar una norma para luego decidir en consecuencia. Este es el punto al que quería llegar.
¿Está la resolución del juez impregnada por su ideología? ¿Es posible ser neutral ante la imprecisión de una ley? Probablemente la respuesta a la primera pregunta sea siempre (o casi) afirmativa y negativa siempre (o casi) para la segunda.
Aceptamos que las leyes son interpretables. Aceptamos, también, que son los jueces los encargados de interpretarlas. Lo que es más difícil de asumir es el hecho de que la justicia pueda ser arbitraria.
Si una ley clara y concisa que no deja lugar a dudas es frecuentemente criticada, ¿qué pasará con la interpretación que de una norma más amplia y oscura haga una persona reunida tan solo consigo misma?
En estos días, todo el mundo habla de la sentencia de un juez en la que argumentaba que llamarle zorra a una mujer no podía ser considerado un insulto, puesto que con tal vocablo lo que en verdad se quería resaltar era la astucia de la susodicha y no otra cosa que solo mentes calenturientas podrían pensar. El juez, por lo que parece, ha dictado sentencia y se ha quedado tan ancho.
La primera conclusión es que semejante hombre de zorro no tiene ni un pelo. La segunda es que tiene muy buena opinión de las zorras. La tercera es que no hay que ser muy zorro para darse cuenta de que jueces así derriban con su ignorancia, desvergüenza y machismo lo que tanto esfuerzo ha costado construir: el endeble entramado de la justicia. Si esta no despierta confianza, no hay nada que hacer, y los sueños de una vida en pie de igualdad donde los ciudadanos acaten las reglas del juego son imposibles (o casi).
Lo triste de todo esto es que, de haber sido un hombre el que hubiera recibido el apelativo de zorro, se habría ido a su casa tan contento al ver la alta estima en la que es considerado. La mujer, por contra, tiene que aguardar a que un sabio juez le informe y le explique que debería sentirse halagada por haber sido calificada de zorra.
¿Existen atenuantes o agravantes en este caso? ¿Es la buena voluntad del juez, su ingenuidad la que le ha llevado a interpretar el caso de esta manera? ¿No será más bien todo lo contrario y lo que subyace tras la sentencia es una ineptitud, una incapacidad y una despreciable ideología que nos impone, abusando del poder que la toga le confiere?
En fin, con estas dudas me quedo y, en mi imaginación, veo pasar astutos zorros y zorras que ven en este juez su particular Francisco de Asís.
Si vemos, en la cartelera cinematográfica, el anuncio de una película titulada El Zorro, todos (o casi) (el juez no) pensaríamos en aventuras, espadas y antifaces. Si la película se titulase La Zorra, todos (o casi) (el juez no) pensaríamos en cualquier cosa menos en la astucia.
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