Cadena perpetua

¿Son compatibles la justicia y la cadena perpetua? La justicia nos empuja a dar a cada uno lo que se merece. La cadena perpetua es, por definición, una condena de carácter indefinido. ¿Es posible condenar a alguien indefinidamente?

Si estamos de acuerdo en que dios no pierde su tiempo en inmiscuirse en nuestras rencillas. Si partimos de la base de que la justicia divina no es más que un consuelo de tontos, tenemos que concluir que somos nosotros los que debemos impartir justicia.

A ese  nosotros le llamamos tontamente estado como si al hacerlo nos despojáramos de responsabilidad, como si ese ente impersonal, que a todos nos representa cuando no queremos dar la cara, fuese, por el mero hecho de ser todos y nada al mismo tiempo, capaz de defender más justamente los valores esenciales sobre los que se asienta la sociedad de la que formamos parte. El estado es entonces quien condena, no nosotros. Pues bien, el estado no tiene derecho a quitar a nadie la totalidad de su libertad ni, ya puestos, su vida. La cadena perpetua elimina definitivamente la autonomía de la persona que la sufre. Una persona sin autonomía deja de ser persona y desde un punto de vista moral eso es lo mismo que matarlo. La pena de muerte y la cadena perpetua eliminan de raíz la característica principal de la vida: la autonomía.

La cadena perpetua ha tranquilizado las conciencias de los que no se atrevían a defender la pena de muerte. En el fondo no es más que un sustituto. El estado no puede matar de una vez pero sí puede hacerlo lentamente. A los que claman por la pena de muerte, se les ha dado este caramelo envenenado para hacerles sentir más sabios y, sobre todo, más justos.

Muchos a lo largo de la historia han puesto el origen de la justicia en manos de dios y él, como hacedor de todas las cosas, sí se nos figura capaz de quitar lo que nos ha dado: la vida. Eso ha hecho que siguiendo ese imposible ejemplo hayamos jugado a ser dioses, a dar y quitar lo que no podemos dar ni quitar. Desde la ilustración, gracias a dios, le hemos ido abandonado y poco a poco hemos ido separando la justicia del castigo.

Si aceptamos que no podemos quitar la vida pues eso va en contra de nuestro concepto de vida como un todo, deberíamos aceptar también que no podemos quitar la libertad totalmente puesto que sin libertad no hay vida. La cadena perpetua entra así en contradicción con la aspiración de impartir justicia.

La venganza no es justicia aunque es fácil hacer que lo parezca. La venganza puede, tal vez, reparar algo en la víctima de un mal causado. Saltar de una persona a todas las personas, al estado que ya hemos mencionado, y creer que el estado repara un mal con la venganza es personalizar lo que debe ser despersonalizado. La justicia es reparación y armonía. La justicia da no quita. La venganza es un desquite y aunque personalmente uno no pueda evitar comprenderla individualmente, es imposible pensar que todos a una, el estado que nos representa, base su justicia trasladando el daño a quien lo produjo.

La cadena perpetua o prisión perpetua o la reclusión por tiempo indeterminado o como queramos llamarle es cruel.  La justicia no puede serlo. Quien la defienda que defienda la justicia como castigo y venganza. Que diga alto y claro que el que la hace la paga y que todos, escudados en la ciega justicia y en el estado todopoderoso, podemos exigirle al culpable que sufra de la misma manera que él hizo sufrir a su víctima. Quien crea que la venganza es justa que lo diga sin reparos.

La justicia, creo yo, dejo de ser eso hace mucho tiempo. La dignidad del justo hace que estemos por encima del injusto. Hace que no hagamos lo que él nos hizo. Y, que no lo hagamos, no por miedo al castigo, sino por convicción y por que conservamos la esencial característica que nos define: la libertad. La libertad de no hacerlo.

Llamar a la cadena perpetua prisión permanente no le quita las cadenas. Añadirle el adjetivo revisable no la hace más justa ni deseable.

Del objeto y del sujeto

La diferencia entre lo objetivo y lo subjetivo es que el primero nos da seguridad y el segundo no. Lo curioso es que debería ser al contrario. Lo subjetivo es lo real y lo objetivo no deja de ser algo imaginario; una idea, una hipótesis. Lo objetivo escapa, para nuestro descanso, de interpretaciones u opiniones. Lo subjetivo nos obliga a un cierto compromiso. La única manera de plantear una hipótesis es partiendo de un hecho subjetivo. Del elefante que vemos ascendemos a la idea de elefante. Del afecto que sentimos al amor y de nuestra opinión subjetiva al concepto de verdad. Hablar de absolutos termina siempre siendo tan impreciso como cualquier frase que comienza por yo pienso o yo creo.

Ni la verdad, ni el bien, ni la justicia ni la belleza pueden ser captados en términos absolutos ni objetivos. Son conceptos abstractos que nos guían. Son sentido y referencia. Son el destino que imaginamos después de experimentar nuestras percepciones. No hacemos el bien siguiendo el dictado de un valor absoluto sino que del pequeño bien cotidiano ascendemos al abstracto bien absoluto. Si la verdad fuera una, si fuera clara y convincente, se despejarían todas la dudas, no existirían interpretaciones ni mucho menos creencias. Tener una opinión se convertiría en mera entelequia.

La mayor aportación del ser humano, el arte, es un ejemplo perfecto para distinguir entre los fines que perseguimos y los medios utilizados. El arte recrea, no transmite, la belleza. La interpretación de un hecho artístico está en las antípodas de lo objetivo. Cuando digo que la belleza nos lleva indefectiblemente hacia la bondad no estoy diciendo realmente nada, y menos nada concreto. Si digo que la contemplación de objetos bellos hace que me comporte mejor, estoy diciendo algo más concreto y humano.

Las ideas platónicas estaban fuera de este mundo. La hipótesis fue suponer que aquel mundo inmarcesible era el verdadero. El propio Platón reconocería que sin un caballo o un árbol previos nunca podría haber ascendido tan alto. El mismo concepto de dios nos aleja de la realidad. Es otra hipótesis, plausible para algunos, a la que nos agarramos como a un clavo ardiendo. Dios, como entidad abstracta siempre acaba apartándonos de lo cotidiano y lo concreto. Decir que es una verdad necesaria es como hacer un salto al vacío con la lengua y sus trampas.

El dios cristiano, ese ser absoluto, infinitamente sabio y bueno tuvo que concretarse en carne y hueso ante los hombres para que sus seguidores comprendiesen que lo bueno se hace y no se piensa, para demostrar que la bondad duele  y no es ajena. El único fallo del plan divino es que lo que importa del hijo encarnado es su humanidad. Su ejemplo se convierte en referencia abandonando la hipótesis paterna. Dios trajo a su hijo para acercarnos al padre. El hijo acabó alejándonos de él.

La justicia funcionaría si nadie dudara de ella. Como lo nuestro es dudar, la justicia como hipótesis de nada nos sirve. Necesitamos actos justos que podamos comprender. Decisiones que convengan y no un concepto etéreo que vive en las alturas. El concepto de justicia no está ahí para que lo cojamos. Nace de la necesidad. Nace de algo tan práctico como la organización de la vida en común. Su concepción ha ido variando con el paso del tiempo. Sin embargo el concepto abstracto e irreal de justicia sigue viviendo, desde tiempo inmemorial, por encima de las nubes. No es difícil definir la justicia como dar a cada uno lo suyo. El uno es algo objetivo. Lo suyo terriblemente subjetivo.

La verdad  como base de todo conocimiento sigue siendo, a pesar de todos los humanos esfuerzos, un concepto escurridizo sobre el que nunca termina de haber acuerdo. Al hablar de ella lo mismo aparecen las revelaciones, la razón o  las experiencias. Demasiados mimbres para hacer un cesto que contenga algo limpio y objetivo. La dificultad está en ese algo que está dentro del cesto. Tal vez ese algo no haya nacido para ser verdadero. El empeño en buscar la verdad es tremendamente humano. La frustración de no encontrarla también. La tentación es, desde siempre, imponerla.

Mi opinión no está avalada por estudios científicos. No pretende, por incapacidad, ser objetiva. Las opiniones no tienen valor en sí mismas, por eso son subjetivas. Si a alguien le interesan estas palabras, ideas y opiniones, debe plantearse si lo que hace es dar valor a lo que lee o descubrir valores que ahora se le desvelan. En el primer caso sería algo totalmente subjetivo. En el segundo sería un descubridor de valores objetivos. Yo, aunque me atraiga la idea de ser descubierto como un nuevo continente o planeta lleno de nuevas verdades, me temo que no soy más que una opinión expresada con palabras escogidas. Tiendo a pensar que yo soy yo y que mi yo platónico sigue perdido en las nubes.

Los consoladores

¿Tiene algún sentido el consuelo?

El consuelo se convierte en necesidad para poder superar la incomprensión que provocan el mal y el dolor. El mal y el dolor, tomados genéricamente, representan el lado oscuro de la existencia. Ante ellos tomamos dos posturas: convencernos de que sirven para algo o bien, al contrario, no verles nada útil y sufrirlos, a poder ser, en la menor medida posible.

La primera opción trata, por imitación, de seguir el esquema de nuestro propio cuerpo y generaliza el dolor como un aviso para que tomemos medidas. Si la mano en el fuego no sintiera dolor nos quemaríamos. Análogamente, si no sufriéramos dolor moral, por llamarlo de alguna manera que lo distinga del dolor físico, seríamos insensibles y perderíamos los atributos que nos definen como humanos. El amor, por ejemplo, sólo se entiende así o sólo se alcanza y se disfruta si tiene también su contraparte.

El mal es un tema más peliagudo. El mal es complicado porque existe sólo en la ausencia. Lo bueno está lleno de atributos. El mal es la ausencia de ellos. El bueno, nos dicen, es caritativo, misericordioso…. El bueno tiene llenas las alforjas de calificativos. El malo, sin quererlo, lo es simplemente cuando su mochila está vacía. No existe punto intermedio. O se es bueno o malo. El bueno tiene. El malo lo es por no tener. El bueno es un ser moral. El malo carece de moral.

Extraer algo bueno del mal es harto complicado. A pesar de ello, está muy extendida la especie de que no hay mal que por bien no venga. No sé, si soy sincero, si tal afirmación resiste el menor análisis. Aceptar que el mal y que los malos existen es demasiado duro. Aparecen de nuevo las orejas del consuelo.

Nos empeñamos en creer que el ser humano es bueno en esencia y que la maldad, por tanto, sólo es posible en mentes desquiciadas. Este es nuestro primer consuelo. Vivimos, por lo que parece, rodeados de desquiciados.

Siempre se nos hablaba de un dios creador infinitamente bueno. Por ello la rebelión contra él provenía de la incomprensión de un ser que en su infinita bondad asistiera impasible a la diaria representación del mal en el mundo. Ante ello sólo quedaba deducir que la libertad está por encima del bien y del mal y que por ella pagamos el precio de todos los males.

Cuando me duele una muela acudo rápidamente al dentista (si no soy un cobarde y tengo suficiente dinero). Gracias al sufrimiento padecido he podido evitar un mal objetivamente mayor. Cuando nos duele el alma adónde vamos, a quién acudimos, de qué nos avisa ese dolor omnipresente.

Cuando alguien padece una injusticia sufre ante la impotencia desatada por la falta de recursos para subsanarla. Aparecen entonces la venganza y el castigo encumbradas en único consuelo. No nos engañemos. El mal, el dolor y la injusticia no tienen reparación posible. Se llevan parte de nosotros. La justicia no se alcanza por medio del castigo ni de la venganza. Ellos no reparan nada.

Castigar mal con mal no ha conducido nunca a buen puerto. Ojo por ojo, diente por diente suena muy justiciero pero precisamente lo justiciero suele ser lo más lejano de la justicia.

El mal personalizado en una víctima, el mal sufrido de uno en uno es inmisericorde y frustrante. El mal padecido por muchos tiene, a veces, el poder provocador de la rebelión. Casi siempre, para nuestra desdicha, acaba siendo consuelo de tontos.

La naturaleza seductora del mal, la ausencia de compromisos, de voluntad y de obligaciones es lo que le hace omnipresente. El poder que confiere, al no detenerse ante ninguna barrera, lo hace irresistible.

Al mal no se le vence con bondad sino con inteligencia. Sólo cuando concluimos que el mal no nos conviene podemos alejarnos de su camino. Ofrecer la otra mejilla no es señal de bondad ni de misericordia sino de inteligencia.

El dolor que provoca el mal envenena y como no conocemos el antídoto ideamos dioses, libertades, venganzas y castigos. Son simple consuelo.

El mal es debilidad, es impotencia, es búsqueda idiota de grandeza. Es el consuelo del débil que gracias a él cree hacerse fuerte.

¿Por qué seremos tan débiles?

¿Por qué somos incapaces de vivir sin consoladores?

Mala sangre para empezar el año

Pensaba, mejor dicho, quería pensar que con el nuevo año vendrían tiempos mejores. Sabía que era una ilusión vana, pero de ilusión, incluidas las vanas, también se vive. He tratado, lo juro, de buscar algo positivo sobre lo que escribir pero cuando lo intentaba me sentía forzado y falso. La balanza siempre se vence por el mismo lado. Era como escribir sin alma. Era como escribir sin ganas. No niego que haya cosas buenas en este mundo de dios. Lo que sé es que no me provocan escribir o no lo hacen suficientemente. No creo que esto me suceda sólo a mi, pienso más bien que es algo generalizado. Cuando uno se encuentra en paz con el mundo no tiene necesidad de manifestarlo excepto que lo haga en forma de compromiso. Normalmente la indignación es el motor que nos empuja a expresar el desacuerdo. El acuerdo y el asentimiento son más propios de la cortesía y de la buena educación. No tengo nada en contra de la buena educación, de hecho la recomiendo, pero es, al menos a la hora de expresar sentimientos, más limitante, menos radical y probablemente menos sincera.

Han transcurrido ya un par de semanas del nuevo año y en mi cabeza se van acumulando indicios de que el mundo no marcha nada bien. Sorprende ver el punto al que hemos llegado. El otro día escuché, por ejemplo, que en una importante ciudad se multaba con 750 euros a quien fuera pillado buscando comida en las basuras. Su delito era hurgar donde no debía y hacer que los demás presenciáramos algo que no nos agradaba ver. Hasta que punto de enfermedad social hemos llegado que al mismo tiempo que multamos al que tiene hambre somos capaces de crear fundaciones y dedicar ingentes cantidades de dinero para ayudar al que vomita voluntariamente. Entiendo a los dos como víctimas pero no alcanzo a entender el diferente comportamiento que ofrecemos en cada caso. Parece una broma macabra. Lo peor de todo es que no produzca indignación y rabia. Somos mansos. Somos de plastilina.

Tiene lugar estos días el juicio contra un juez que luchaba contra la corrupción. Son ahora los corruptos los que le sientan en el banquillo de los acusados. Tenemos que interpretar esto como un síntoma de que la democracia funciona y de que nadie está libre del peso de la ley. Un cuerno. Tengo para mi y creo que a muchos sucede lo mismo que esto no es más que un intento de hundir a una persona que resultaba molesta por perseguir la verdad, por tratar de destapar oscuros agujeros del pasado que otros consideran más oportuno no tocar. Me duele pensarlo. Injusticias como ésta sólo nos ponen de cara a la decadencia. El pragmatismo nunca puede estar por encima de la ética. La justicia no se puede repartir como una mandarina. Me duele también imaginar a Pinochet riéndose en la tumba.

En España sucedió que un ministro franquista, una persona que justificó el golpe de estado que propició la guerra civil, que formó parte de gobiernos que condenaron a muerte a inocentes, fundara después un  partido democrático que ahora nos gobierna. Ahora, este personaje ha muerto y todos se deshacen en halagos hacia él. Yo tampoco quería decir nada en su contra pero es indignante ver y escuchar las reacciones bobaliconas generalizadas. Un hombre que muere a los 89 años no nació en 1975. Su vida es toda su vida y no sólo una parte. Una cosa es dar el pésame a una familia por la muerte de un familiar, otra, muy distinta, es olvidar lo que no se puede ni se debe olvidar. Cientos de abuelos  mueren todos los días y nadie los recuerda ni los halaga. Ellos sí sufrieron en propia carne cómo se les arrebataba la libertad de las manos. Ellos tuvieron que vivir cuarenta años en la vergüenza, en la cárcel y en el exilio. Ahora ya no existen. Hacer borrón y cuenta nueva parece ser la mejor receta democrática. Mirar atrás no es fomentar el rencor. Mirar atrás es reconocer que somos lo que somos por lo que fuimos. Olvidar es un truco de la mente pero no de la verdad ni de la historia.

En España hay cada día más de 150 desahucios. 150 familias que se quedan sin casa de la noche a la mañana. Sus deudas no quedan saldadas con esto. Tienen, además, que seguir pagando a los bancos  lo no cubierto por la casa que les han arrebatado. Parece increíble pero es cierto. El banco me prestó para comprarme un casa. Devolvérsela no es suficiente. La vivienda es un derecho humano. Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. La constitución, después de todo, no era más que una novela. Mientras el poder económico esté por encima del poder político no podremos hablar de democracia. El poder económico manda porque nos hemos entregado desnudos y desarmados. La indignación parece ser la condición humana.

…(Añádase lo que proceda)

Pensaba, mejor dicho, quería pensar que con el nuevo año vendrían tiempos mejores. El calendario, para mi desgracia, no es más que una hoja de papel. Por qué caeré siempre en la trampa. Por qué me agarraré a la esperanza del cambio. El 31 de diciembre no fue otra época. El uno de enero no es un mundo nuevo. El hombre tropieza siempre en la misma piedra. Yo también, lo reconozco.

El juez y la zorra

Sobre las leyes se dicen muchas cosas. Casi siempre para mal. Todos (o casi) las aceptan como algo necesario o inevitable pero siempre (o casi) tras la aceptación viene la crítica. Nunca llueve a gusto de todos. Criticar las normas es fácil, hacerlas no. Un ejercicio altamente interesante sería que todos tuviéramos la obligación de participar en la elaboración de alguna ley. No pretendo hacer una defensa ni un elogio de legislador. Trato, simplemente,  de poner las cosas en su justo punto.

Quien trabaja pretende siempre (o casi) obtener un buen resultado. La tarea de legislar casi nunca lo consigue si nos atenemos a las críticas que siempre (o casi) reciben los resultados. El problema de las leyes es que nunca (o casi) logran encerrar dentro de ellas todas las posibilidades de aquello que legislan. Es imposible que exista una ley diferente para cada uno de los casos susceptibles de ser legislados. Detrás de un asesinato puede haber agravantes o atenuantes. Absurdo es pensar que el legislador prevea todas y cada una de las posibilidades que puedan ser consideradas atenuantes o agravantes. Lo mismo sucede en otras muchas ocasiones. Ante esta situación no tenemos más remedio que poner sobre las espalda de los jueces la responsabilidad de interpretar con buen juicio, nunca mejor dicho, el espíritu de la ley. El hecho de que una persona conduzca bajo los efectos del alcohol y que eso sea considerado atenuante o agravante puede ser discutible. Unos piensan una cosa y otros justo la contraria. Al final, una vez más, sólo el consenso nos puede sacar del apuro. En otros casos no es tan sencillo y es el juez quien, solo, con sus conocimientos, experiencia y conciencia tiene la difícil tarea de interpretar una norma para luego decidir en consecuencia. Este es el punto al que quería llegar.

¿Está la resolución del juez impregnada por su ideología? ¿Es posible ser neutral ante la imprecisión de una ley? Probablemente la respuesta a la primera pregunta sea siempre (o casi) afirmativa y negativa siempre (o casi) para la segunda.

Aceptamos que las leyes son interpretables. Aceptamos, también, que son los jueces los encargados de interpretarlas. Lo que es más difícil de asumir es el hecho de que la justicia pueda ser arbitraria.

Si una ley clara y concisa que no deja lugar a dudas es frecuentemente criticada, ¿qué pasará con la interpretación que de una norma más amplia y oscura haga una persona reunida tan sólo consigo misma?

En estos días todo el mundo habla de la sentencia de un juez en la que argumentaba que llamarle zorra a una mujer no podía ser considerado un insulto puesto que con tal vocablo lo que en verdad se quería resaltar era la astucia de la susodicha y no otra cosa que sólo mentes calenturientas podrían pensar. El juez, por lo que parece, ha dictado sentencia y se ha quedado tan ancho.
La primera conclusión es que semejante hombre de zorro no tiene ni un pelo. La segunda es que tiene muy buena opinión de las zorras. La tercera es que no hay que ser muy zorro para darse cuenta de que jueces así derriban con su ignorancia, desvergüenza y machismo lo que tanto esfuerzo ha costado construir: el endeble entramado de la justicia. Si ésta no despierta confianza no hay nada que hacer, y los sueños de una vida en pie de igualdad donde los ciudadanos acaten las reglas del juego es imposible (o casi).

Lo triste de todo esto es que de haber sido un hombre el que hubiera recibido el apelativo de zorro se habría ido a su casa tan contento al ver la alta estima en la que es considerado. La mujer, por contra, tiene que aguardar a que un sabio juez le informe y le explique que debería sentirse halagada por haber sido calificada de zorra.

¿Existen atenuantes o agravantes en este caso? ¿Es la buena voluntad del juez, su ingenuidad la que le ha llevado a interpretar el caso de esta manera? ¿No será más bien todo lo contrario y lo que subyace tras la sentencia es una ineptitud, una incapacidad y una despreciable ideología que nos impone abusando del poder que la toga le confiere?

En fin, con estas dudas me quedo y, en mi imaginación, veo pasar astutos zorros zorras que ven en este juez su particular Francisco de Asís.

Si vemos, en la cartelera cinematográfica, el anuncio de una película titulada El Zorro, todos (o casi) (el juez no) pensaríamos en aventuras, espadas y antifaces. Si la película se titulase La Zorra todos (o casi) (el juez no) pensaríamos en cualquier cosa menos en la astucia.

Olvido y perdón

Hay personas que se pasan la vida pidiendo perdón. Acaba siendo un tic. Un acto reflejo por el que saben que alcanzarán la paz. Su conciencia hace borrón y cuenta nueva en cuanto pronuncian la palabra mágica. Palabras como perdón y arrepentimiento acaban perdiendo todo su contenido en cuanto son usadas con tibieza. Pide perdón le decimos al niño y él lo repite como parte de su castigo. Con el tiempo el perdón en su boca estará hueco. No serán más que letras transparentes que se deshacen en cuanto la lengua las deja escapar. Perdonar es treméndamente difícil y a menudo lo confundimos con el olvido. Perdono pero no olvido no representa el estado real de las cosas. Es más bien su contrario: no perdonamos pero acabamos olvidando. En el olvido está la clave. El olvido permite vivir sin rencor. El olvido forma parte de nuestro proceso evolutivo y es el que nos permite una mejor adaptación al medio. Somos animales sociales y sin la capacidad de olvidar seríamos simplemente animales.
Los cristianos defienden el perdón. Lo subliman y hacen de él un acto de amor en el que no cree prácticamente nadie. Ve en paz, yo te perdono. El perdón así entendido nos sitúa por encima del otro. Le concedemos la gracia de nuestro perdón. Le regalamos la oportunidad de aplacar su conciencia. ¿Le amamos? La respuesta no está en el viento. La respuesta tiene dos letras. Empieza por n y acaba por o.
El perdón acaba siendo un negocio perfecto. Contenta a las dos partes que intervienen en él. La oferta y la demanda se encuentran y alcanzan el precio deseado. El que lo pide la paz y el que lo regala se ve sumergido entre las olas de la caridad y el amor. Los dos acabarán olvidando. Uno que lo pidió y el otro que lo dio. Uno lo que hizo y el otro lo que le hicieron. El perdón dejó de ser lo que fue desde el mismo momento en que se pronunció. No queda nada de él. Sólo letras que al juntarse forman una palabra y, ya se sabe, a las palabras se las lleva el viento. El perdón nos resulta tan lejano que acaba siendo un atributo de dios. Incluso él es incapaz de perdonar todos los pecados. Dios perdona pero es incapaz de olvidar. Nosotros, una burda imitación hecha de barro, nos limitamos a olvidar. Los más adelantados creen que perdonan y pasan por encima del otro. Eso es en definitiva perdonar.
En otras culturas no existe un buen concepto del perdón. El que perdona no es merecedor de respeto. Es un cobarde y los cobardes olvidan para no enfrentarse con su obligación. En esta situación no es posible implorar perdón ni declarar arrepentimiento. Se ofende aquel al que se lo pedimos pues le estamos obligando, si cede, a perder su autoestima y respeto y, también es sabido, antes que esto la muerte. La muerte es el olvido sin retorno. Se suicida quien es incapaz de olvidar. El peso de la conciencia sólo puede ser aliviado por el olvido y en última instancia por la muerte.
Perdonar nos conviene. Nos permite vivir mejor y por eso el perdón lo hemos transformado en un valor. Sin él viviríamos atenazados por el resentimiento y las ganas de venganza. El presente desaparecería pues el recuerdo de la ofensa nos retendría para siempre en el pasado. El perdón es conveniente y recomendable. Es la medicina que nos ayuda a sanar las heridas. Nuestra mente poética lo ha vestido después con ropajes de amor y comprensión. El perdón no es un acto libre y gratuito como tantas veces nos han dicho. El perdón es un acto conveniente. La ética es práctica pero así vista nos decepciona. Nos gusta adornar lo práctico con declaraciones pomposas. Del mismo modo que comemos verduras porque conviene a nuestra salud perdonamos porque perdonar nos permite seguir adelante. Las verduras no son poéticas, el perdón sí.
Los cristianos cuando rezan piden a dios que perdone sus ofensas como ellos perdonan a los que les ofenden. Creo que dios les ha tomado la petición al pie de la letra y ha hecho, aunque en él parezca imposible, lo que ellos hacen: olvidarles.

El dios del antiguo testamento prometía venganza. Era un dios justiciero. Perdonaba y castigaba a voluntad. Eso nos deja indefensos y aterrorizados. El dios del nuevo testamento habla de perdón como imperativo moral, se nos presenta misericordioso pero inhumano. No somos nada a su lado, su perfección nos hace sentir miserables. Sólo nos queda la esperanza de su infinita bondad.  Dejar a dios a un lado y transformarnos en seres llenos de dignidad y respeto nos obliga a estar siempre pendientes de quien nos ofende. Perseguirle hasta lavar nuestra honra de toda mancha es un trabajo agotador. Estar  siempre vigilantes y no perdernos en los sueños del olvido es cosa de samurais de piedra sin carne ni sangre. Yo, tú, nosotros hemos sucumbido al olvido. Sólo queda olvidar para seguir adelante. El ser humano, es cierto, tropieza dos veces en la misma piedra porque olvida. No es menos cierto que volvemos a levantarnos, sonreímos de nuevo y perdonamos porque antes olvidamos o luego olvidaremos.

Osama y Obama

No puedo dar crédito a lo que está pasando. Esta mañana me he desayunado con la noticia del asesinato de Bin Laden. Tras escuchar durante largo tiempo los detalles de lo sucedido, lo que me ha dejado perplejo es que ningún periodista se preguntara ni tan siquiera se molestara en explicar cómo es posible que un comando entre en un país no amigo, se dirija al lugar del escondite de su víctima, le mate de un tiro en la cabeza y se vaya tan tranquilo con el cadáver a cuestas ¿Es eso justicia?  El premio nobel de la paz Barack Obama considera que el asesinato de Osama Bin Laden es un acto de justicia. Hace 51 años el agente del Mosad Peter Malkin justificaba el secuestro de Adolf Eichmann en Argentina y su posterior traslado a Israel como un acto humano.

Momentos después de conocerse la noticia miles de norteamericanos salían enfervorecidos a las calles gritando USA, USA, USA.

El secuestro de Eichmann no fue un acto humano fue un secuestro. No importa lo repugnante que fuera la víctima del secuestro. El asesinato del terrorista  y arquitecto confeso del asesinato de miles de personas no es el asesinato de un terrorista es un asesinato. No importa la cantidad de víctimas inocentes que el asesinado tenga sobre su conciencia. Los gritos de miles de personas celebrando tal asesinato es fanatismo  y nada tiene que ver con la justicia. Nada importa que disfracen su sed de venganza en un absurdo patriotismo. El silencio de los periodistas al no indagar  el fondo de la cuestión es ignorancia en el mejor de los casos y cobardía en el más probable de ellos. La falta de crítica en las declaraciones  de los dirigentes políticos que se autodenominan democráticos por los métodos utilizados por el gobierno norteamericano es una de las mayores muestras de falta de ética, de bajeza moral, de cobardía  a la que he asistido en mucho tiempo.

Me siento un bicho raro. Ninguna de las personas con las que he hablado de este tema estaba extrañada por lo que había sucedido. Sólo eran capaces de articular el titular de la noticia. Nada había más allá. Un periodista  americano al ser preguntado por la cuestión de la legalidad de los métodos utilizados no se ha molestado en contestar y se ha limitado a decir, en un tono más bien jocoso, que más vale un Bin Laden muerto que escondido. Pensamiento peligroso, por cierto, pues lo podríamos poner fácilmente en boca de Hitler, Stalin o Pinochet por citar sólo unos cuantos ejemplos.

Es comprensible que los familiares de las víctimas de los asesinados en Nueva York, Londres o Madrid sientan alivio al conocer lo sucedido en Pakistán. Es humano incluso que se hayan alegrado y que duerman hoy un poco más tranquilos que ayer. Lo que no es de recibo es, una vez más, el silencio de los corderos que asisten impávidos a cualquier tropelía que su pastor tenga a gala llevar a cabo. Da igual que los que llevan la piel de cordero sean ciudadanos de a pie, periodistas o dirigentes políticos. Ese silencio los hace colaboradores y les deslegitima para más tarde enarbolar la bandera de los valores democráticos. Los corderos no hablan. Se limitan a balar.

La justicia no es saldar cuentas. Esto es lo único que hizo el Mosad y lo único que ha hecho la CIA. Ojo por ojo, diente por diente ha sido el lema. El peligro de este lema es que nunca tiene punto final.

Otro periodista, en un oportuno desliz, ha comunicado a sus oyentes que Barack Obama, en un discurso a la nación, había anunciado  el asesinato de Obama (Bin Laden).Tal vez este suicidio poĺitico sea tambíen un acto humano y de justicia.

Los resignados

Siempre recibes lo que das.Lo decimos y nos quedamos tan contentos.Si esto fuera así estaríamos aceptando una justicia última que se  impone  finalmente  más allá de toda  voluntad humana. Nos viene a decir que tras lo aparente hay algo más real que nosotros no decidimos y que para nuestro gozo  pondrá las cosas  en su sitio.Nos consuela, en definitiva, de nuestros fracasos o del absurdo que nos rodea.

Siembra y recogerás.Es cierto que para recoger hay que sembrar.No siempre se corresponden siembra y cosecha. La naturaleza no es buena ni mala, dulce o cruel.Simplemente es. Los seres humanos intentamos doblegar las leyes naturales.Está bien que así sea y es justo que pretendamos adecuar los frutos a los esfuerzos.Como esto no sucede en muchas ocasiones y la sombra del sinsentido nos asusta buscamos consuelo en las quimeras que inventamos.Verás  como al final todo se arregla.El final es un concepto tan equívoco que siempre podemos decidir cuando llega.Entonces, ufanos,  sonreímos  y nos creemos nuestros propios cuentos.

El bien vencerá.Hasta que no lo haga ¿qué hacemos? Ante una situación que nos parece injusta cerrar los ojos y esperar que el bien, como si fuera algo tangible, acabará por desterrar de nuestro entorno  todo vestigio de maldad es como decirle a  un enfermo terminal que esté tranquilo, que al final se curará.Cuando con el paso del tiempo su situación empeore sacaremos de la chistera otro  remedio y entonces le diremos que la esperanza es lo último que se pierde.

Poblamos nuestra vida de frases bonitas.Bonitas y peligrosas pues su fin último es más que dudoso. Unas están cargadas de buena intención. Otras, sin embargo, no son más que consoladores mentales, apaciguadores que  nos llevan a pensar que, a pesar de todo, siempre acaba por triunfar la justicia. El intento de traspasar el happy end cinematográfico a la vida real es una memez.Es una fuente de frustración, un consuelo de tontos o, más probablemente, un auténtico engañabobos.

La vida está llena de frustraciones y lo que predicamos es la resignación, no la aceptación.Una persona resignada está en cierta forma conforme con lo que le sucede, no lucha, se hunde como se hunden todos los sometidos.La resignación crea seres pacientes y la paciencia nos parece una virtud.Lo es en el que hace, no lo es en el que espera y menos en el que espera que la justicia, la verdad o dios todo poderoso le saquen las castañas del fuego.El mundo está lleno de resignados que se someten al dolor que su frustración les produce.El resignado deja de tener objetivo alguno y sólo espera.A tan largo plazo puede esperar que incluso confía en otras vidas donde se le resarcirá de tantos sufrimientos. Mientras tanto  no deja de ser un pelele en manos de los expendedores de consuelo y  esperanza.La resignación es cualquier cosa menos una necesidad.La resignación nos vacía de intenciones.La resignación  conduce irremediablemente al pesimismo.

La aceptación  es mirar la vida cara a cara y situarnos en la realidad.Aceptar que lo mismo que un cataclismo destruye todo lo que con tanto ahínco se había creado, un injusticia puede dejarnos solos y desamparados.Vernos hundidos y aceptarlo es lo que nos puede sacar a flote porque la realidad se nos presenta clara y meridiana.El resignado  simplemente se ahoga.Aceptar lo que nos sucede no significa estar conforme sino que  lo comprendemos. La aceptación no aniquila la intención. El que acepta tiene voluntad .Sólo el que tiene voluntad puede aspirar al optimismo y a cierta felicidad.

Seamos realistas, pidamos lo imposible es una frase ya muy gastada por el uso y que  va perdiendo el fondo por la forma. En cualquier caso sigue siendo un buen ejemplo de aceptación e intención.No es una frase para resignados.No busca conformes ni tolerantes.Nos dirige primero a la realidad y  su aceptación proponiéndonos a continuación un acto de voluntad.Expresa la intención clara de lograr un objetivo.Lo atractivo y lo poético es hacernos ver que lo que  los resignados consideran imposible es perfectamente posible.

Es en un mundo de resignados donde Dios es necesario.Sus designios inescrutables  explican lo inexplicable, su bondad infinita nos colmará de felicidad cuando llegue el momento y la justicia divina corregirá la torpe justicia humana.Los que aceptan no necesitan a Dios  o, al menos, no necesitan al mismo Dios  ni de la misma forma.

Es fácil convencer al sometido.Cualquier punto de apoyo que le demos será suficiente para que se lance a nuestros brazos.Se refugiará en ellos porque no tiene nada más a lo que agarrarse.Eso no es esperanza eso es aferrarse desesperadamente a un salvavidas de corcho que siempre acaba por pudrirse.

No dudo de la buenas intenciones  pero tengo que admitir que estoy harto de los errores que frecuentemente traen consigo.

Warlock

De niño soñaba a menudo con vivir en  un pueblo del oeste americano.Me gustaba imaginar el ruido de mis botas en el entarimado que iba del saloon a la oficina del sheriff,el polvo que siempre se levantaba cuando llegaba la diligencia, los  caballos atados mientras los vaqueros  se tomaban un whisky que indefectiblemente el camarero les lanzaba haciéndolo deslizar desde la otra esquina de la barra,el desierto amarillo que se intuía rodeándolo todo y Kitty, siempre Kitty, que,provocativa, dominaba con su falso lunar en la mejilla a los vaqueros que se gastaban su jornal de la semana en una partida de poker.

La conquista del oeste pone a nuestro alcance un escenario perfecto para estudiar , a la manera de las tragedias  griegas,la disputa del hombre entre lo salvaje y lo civilizado, el intento  de valores como la justicia o la paz por  hacerse necesarios,el impulso humano por llegar a entenderse y construir en vez de destruir.

La vida  en la frontera de todo provoca sensaciones diferentes. La necesidad de establecerse y de considerar un territorio nuevo como casa y la posibilidad de seguir siempre en movimiento con el cielo  y las estrellas como techo.La conquista del oeste es un búsqueda constante en un espacio que se antoja infinito.Todo es nuevo y todo es peligro.Lo desconocido  y la epopeya de su descubrimiento.

En mis ojos de niño todo aquello era aventura.A pesar de la violencia permanente no era consciente de su presencia. Era parte del juego. Aquellos hombres y mujeres, lanzados en pos de una nueva vida, se enfrentaban cara a cara con la muerte y con lo desconocido.Muchos caían en el camino y la pistola arreglaba  aquello que la palabra no podía resolver.Hombres primarios que nunca disparaban por la espalda.Era mejor morir de frente que matar como un cobarde.Vaqueros analfabetos que hablaban de honor y valentía. Buscadores de tesoros que consumían su vida  en la búsqueda,  valedores de la ley que sabían de antemano que una bala acabaría con su vida. Borrachos, prostitutas,mineros,cazarecompensas,pistoleros que nos hacían  insufribles al telegrafista, al banquero o a tía Polly que se santiguaba al verlos.

Escenario, como he dicho, perfecto para descubrir lo mejor y lo peor que llevamos dentro.Violencia y venganza mezclada con un sentido primario de la justicia.Vida errante  y búsqueda de un lugar en el mundo.Empezar de cero.Ese sueño que tantas veces soñamos pero que nunca es posible.Trágica lucha contra el destino y trágicos héroes que desafiaban a dios, la naturaleza y los demás hombres.

Levantarse, caer y volverse a levantar del suelo polvoriento que ensuciaba la ropa y las entrañas. Leyendas de forajidos que no producían miedo.Fragilidad de la vida que avanza entre balas que silban al pasar a nuestro lado.Todo efímero , nada constante.

Ley  y orden traicionadas por la llamada de lo salvaje.Hombres y mujeres sin pasado.Futuro incierto.

Creo que nunca había leído un western.El Far West es para mi cinemascope. Cow boys, Dogde City, Ok Corral,Pat Garret y Billy the Kid.El desierto y el polvo.Pañuelos ocultando la cara,sombreros, espuelas,colts , whisky y zarzaparilla.Dormir al raso en torno al fuego, cabalgar por inmensas praderas,sol abrasador, llegar a la ciudad y traspasar las puertas del saloon.

Ya lo he hecho. He leído una increíble novela que narra en ese fondo cinematográfico la lucha del alma humana por encontrarse.Ese viaje mucho más azaroso que el hecho por cualquier caravana en la búsqueda de un nuevo mundo.Oakley Hall narra con maestría el origen de la sociedad.Análisis certero sobre la dificultad de encontrar reglas que fundamenten la vida en común.Reflexión sobre el bien y el mal que conviven en cada uno de nosotros.

Warlock es un embrión de sociedad que parece condenada al fracaso.Ciudad sin ley y sin valores.Seres humanos que fabrican héroes siempre por su conveniencia. Héroes que luego  molestan y que han de desaparecer.Seres malvados que ofrecen la vida por amistad.Espíritus inquietos que prefieren la incertidumbre del camino a la tranquilidad del amor.Hombres que hacen y se humanizan y otros que dejan hacer y se animalizan.Valientes violentos y pacíficos cobardes.Toda la contradicción que el ser humano encierra mostrada en un mundo perdido y naciente.El hombre dejado a sí mismo para ver  quién de los que lleva dentro vence.

El hombre se une cuando lucha contra algo.Cuando se vislumbra la amenaza o cuando ya sucedió la catástrofe.Creemos entonces ver a  lo mejor del ser humano.Lo trágico , lo descorazonador es que el hombre se une siempre en contra de algo, nunca a favor.

Canning, el ayudante del sheriff, había sido la esperanza de Warlock.Durante el tiempo que desempeñó el cargo llegamos a creer, con ese eterno optimismo humano, que se realizaban progresos, aunque moderados, hacia la implantación de una especie de orden en Warlock. Desde luego era, con mucho, el mejor de la variopinta proliferación de agentes que se habían encargado de nuestra cárcel.

Seiscientas ochenta y siete páginas más tarde cerré el libro. Ya no quería vivir en un pueblo del lejano oeste americano.No me importaba el sonido de mis botas, no deseaba tomar un whisky en el saloon en compañía de Kitty.No quería nada de esto pero  conocía un poco mejor los entresijos del alma .

Juez y parte

Ayer estuve de visita en el Palacio de Justicia. Me acompañaba un grupo de estudiantes.Tuvieron oportunidad de conocer para qué sirve el registro civil. Por muchos esfuerzos que hizo la encargada no logró entusiasmarles en absoluto.Nos enseñaron los quirófanos donde se practican las autopsias a aquellos que han fallecido por muerte violenta.Aquí, la tensión y la atención fueron en aumento,sobre todo cuando la forense puso en funcionamiento la sierra que se utiliza para abrir cráneos.Más tarde los encerraron en un calabozo donde los detenidos esperan el comienzo de su juicio.Les gustó, no cabe duda, querían permanecer más tiempo.Estuvimos también en una sala de reconocimiento desde la que puedes mirar a través de un cristal a los sospechosos sin ser visto. Por último, asistieron a varios juicios.Guardaron el silencio que se les había pedido.Se respiraba seriedad en el ambiente.El que más les llamó la atención fue uno en el cual una mujer denunciaba a un hombre por amenazas e intento de agresión. Pudimos escuchar cómo, primero la mujer, y más tarde el hombre, contaban su versión de los hechos.Por supuesto, cada uno de ellos narró una historia totalmente diferente,o, mejor dicho,la misma historia de dos maneras distintas.Para complicarlo aún más, el único testigo presencial no se presentó al juicio.
Cuando la jueza, una vez oídos los testimonios y los alegatos de los abogados dejó el juicio visto para sentencia, todos nos quedamos pensativos.Salieron, creo yo, decepcionados al no poder conocer el desenlace.
Hoy, al comentar con los estudiantes lo que ayer presenciaron, tampoco hemos podido llegar a ningún consenso.
Para unos estaba claro que el acusado era culpable y que mintió todo el rato.Además, tenía antecedentes. Para otros, al contrario, la denunciante era una mujer histérica que vio amenazas donde no las había.Los partidarios de la culpabilidad del acusado les recordaron que la demandante había sido magistrada.Eso debían tenerlo en cuenta.
Les he pedido entonces que se pusieran en el papel de la jueza y que trataran de argumentar sus veredictos.Eso ha sido como pedir peras al olmo.A nadie se le ha ocurrido que la falta de pruebas obligaba a guardar silencio.Esta opción no la podían contemplar.Al culpable había que castigarle y si la justicia no lo hacía deberían hacerlo otros.
Cuando les he planteado si consideraban preferible que un culpable quedase libre al hecho de castigar a un inocente, me han mirado como si les hablase de algo inconcebible.Alguno,incluso, ha considerado la posibilidad de obtener la confesión del culpable utilizando cualquier medio.No saben lo que es un eufemismo pero sí saben utilizarlo.La rabia de que su presa se les escapara podía más que el tremendo peso de la duda.Les dolía más en su conciencia la injusticia de la libertad inmerecida que la injusticia del castigo sin pruebas.
Parece razonable pensar que alguno se hubiera mostrado más sereno y hubiese admitido que la fuerza de la ley es precisamente no utilizar la fuerza, que la justicia no es infalible pero que hemos de evitar que se aleje lo más posible de la imparcialidad, que lo arbitrario es todo menos justo.Pues, no. Estaban excitados y querían una solución ya.Es como si una película termina sin desvelar el misterio. Se sienten estafados.
Una jueza que deje en libertad a un acusado por falta de pruebas les parece un ser melifluo e indigno del cargo que ejerce.
Creo, y no tengo mucho temor a equivocarme, que prefieren la justicia tomada por la mano de uno, que el triunfo de la duda razonable.
He tratado de ser didáctico y les he planteado casos donde vieran la imposibilidad de llegar a una conclusión clara y concisa.Les he hablado de la palabra de uno contra la de otro, de la falta de pruebas, de la imposibilidad de que un juez base su sentencia en lo que él cree, en fin, he tratado de hacerles comprender que la justicia sólo vale si está basada en hechos, pruebas y datos objetivos.Me he inflamado cual pastor que trata de enseñar a su rebaño y sólo he encontrado decepción.Me miraban como si fuera un cobarde que no se atreve a agarrar al toro por los cuernos, que no tiene agallas para tomar decisiones ni para aceptar responsabilidades.
Visto esto y ante la imposibilidad de convencerles hemos hablado de otros temas. Les he explicado que el sentido de las penas no es, o no es tan sólo, castigar, les he hablado de la posibilidad de los presos de reducir condena,de cómo, a veces, las propias leyes obligan a excarcelar a personas de las que no tenemos certeza de si están preparados para ser libres, de cómo la sociedad y el poder judicial en su nombre no puede decir alegremente quién es merecedor o no de la libertad.
Ellos, jóvenes, han reaccionado con virulencia y clamaban justicia.Preguntaban por qué no existía en nuestro país la pena de muerte o al menos la cadena perpetua.Les parecía sospechoso y en el fondo injusto la posibilidad de reducir condenas gracias al buen comportamiento, trabajo o estudios. La reinserción es un cuento chino.El que la hace la paga.
Todo esto lo he escuchado y no me ha sorprendido.Lo he escuchado muchas veces.
¿Qué falla en una sociedad en la que cuando uno es el acusado exige todos los derechos, pero cuando el acusado es otro no hay derecho que valga?
Al acabar la clase, una alumna me ha contado orgullosa cómo un amigo suyo fue despedido del trabajo, denunció a la empresa y fue a juicio. Lo perdió.Como la justicia no le satisfizo pagó a otra persona para que quemara el coche de su ex-jefe. Para entonces teníamos a nuestro alrededor a un coro que reía satisfecho con el final de la historia.
He recogido mis libros y mis papeles y he abandonado el aula cabizbajo.
En la siguiente clase me he negado a corregir el trabajo de una alumna.Le he dicho que  ella no  era la autora de  esas palabras, que saltaba a la vista que se había limitado a cortar y pegar lo que otros habían escrito. Con el poder de la justicia en su mano, con el derecho que los romanos nos regalaron, me ha espetado triunfante: no tienes pruebas.Yo, que había aprendido la lección, le he puesto un cero.