Del dicho al hecho

Todas las personas tienen derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye la libertad de mantener opiniones sin interferencia y de buscar, recibir e impartir información e ideas a través de cualquier medio y sin importar las fronteras. Esto es lo que dice el artículo 19 de la declaración universal de los derechos humanos.

Existe en España una corriente de opinión que aboga por establecer como delito la apología del franquismo. Bajo el argumento de que que no se puede homenajear a tiranos se defiende el castigo para quien los ensalce. No son las palabras las que delinquen sino los actos. Lo que se diga carece de importancia si no incita a poner en práctica actos de odio y violencia. Por muy repugnate que pueda resultarnos una idea al ser expresada no deja de ser una idea. Palabras que cualquiera puede lanzar al viento. Opiniones que quien quiera puede verter.

La libertad de expresión no debería tener límites. Definir la frontera entre palabra y acto es lo difícil. Demostrar que lo dicho ha provocado lo hecho es lo que debiera preocupar a los juristas. La justicia que castiga las palabras no es justicia.

Se está juzgando en España en estos días a un conocido actor por haber herido la sensibilidad de algunos creyentes católicos con unas palabras sobre dios y la virgen. Gracia, no para él, tendría que fuera condenado por decir palabras que no han desencadenado ningún acto. Ser condenado por hablar, ser castigado por decir en alto cualquier cosa es un absurdo. Alegar para ello que lo dicho ofende no se sostiene. La sensación de haber sido ofendido sí, por supuesto, todos somos libres de sentir lo que queramos, el castigo no. Las palabras se las lleva el viento. Los actos tienen consecuencias y estos sí, se quedan. Defender que las palabras son causa pero no mostrar más consecuencia que mi ofensa podrá servir para que yo no perdone pero nunca para defender una justicia punitiva que defienda a los ofendidos y castigue a los ofensores.

¿Cuáles han de ser los colectivos protegidos ante las ofensas verbales? ¿Los de género distinto, los niños, los de orientación sexual diferente, los de otro color, las víctimas de violencia física o política, los sin techo, los de países extraños, los creyentes en sea cual sea el credo, los otros?

Sentirse ofendido incluso odiado puede ser, dependiendo del caso, ridículo o terrible. En lo terrible no hay broma posible. Quien hablando provoca ofensa dolor y odio es despreciable. Quien se ofende es libre de hacerlo pero no siempre es respetable. Sería infinito hacer un catálogo de posibles ofendidos.

No hay mala voluntad en quien quiere prohibir o castigar ideas que nos resultan repugnantes. No hay maldad en el propósito de eliminar la posibilidad de expresarlas pero sí hay error porque confunde palabra y acción. Idea, causa y consecuencia.

La libertad de expresión nos condena a escuchar lo que no queremos escuchar, a apretar los dientes y tragarnos la rabia, a compadecer a los que en muchas ocasiones pueden sentirse de verdad ofendidos.

La libertad de expresión nos permite, también, contestar palabras con palabras, 0piniones con opiniones que nos hacen sentir más dignos, ideas con ideas que nos elevan por encima de la basura. La libertad de expresión nos permite, del mismo modo, reirnos, de los ridículamente ofendidos y sobre todo, no respetar las palabras, ideas u opiniones que no merecen nuestro respeto. Es siempre importante recordar que las  personas, aunque a veces nos cueste una úlcera, merecen respeto pero no sus opiniones y la libertad de expresión me permite despreciar las ideas y opiniones despreciables y también, evidentemente, las ofensas gazmoñas y ridículas .

Justicia, castiga, en todo caso, al que me haga daño, no al que se limite a querer hacerlo, diciéndolo. De ese, espero, poder defenderme yo solito.

Que los creyentes pidan a sus dioses que les defiendan de quienes les ofenden. Yo prefiero que la justicia ocupe su tiempo en actuar contra los que nos hacen víctimas de sus acciones.

Nos podemos reír de casi todo lo que un rubio presidente dice. Lo que nos debe preocupar es lo que hace. Nos podemos reír de todo lo que al actor español le dicen en el juicio por su ofensas sus ofendidos. Lo que nos debe preocupar es lo que la justicia haga contra él en defensa de los ofendidos. Nos podemos reír de todo lo que dicen y piensan los nostálgicos de dictadores trasnochados. Lo que nos debe preocupar es que haya gente que hace, votando a favor de partidos que defienden lo que los sátrapas defendieron.

Todas las personas tiene derecho decir libremente lo que piensan. Todas las personas deben responder por sus actos. Todas las personas tienen derecho a sentirse ofendidas porque, además, es inevitable. Nadie debe ser condenado por sus ideas. Lo debe ser por sus actos, relizados o incitados. Nadie puede perseguir ni castigar al que ofende porque en tal caso todos seríamos perseguidos y castigados. Todos ofendemos y todos nos podemos sentir ofendidos.

Tan lejos ha de llegar la libertad. Aunque a veces escuchar lo que se escucha nos haga cerrar los puños con rabia infinita.

Del dicho al hecho hay un trecho. Se llama libertad de expresión.

Comunicación y reflexión (recordando a Habermas)

La emancipación del ser humano sólo puede venir a través de la libertad y de la justicia. La racionalidad tradicional ponía en primer término a la técnica y a la ciencia pero olvidaba la razón práctica, esa que nos hace ocuparnos de temas morales y políticos. El individuo necesita ser el centro como primera condición, siendo la segunda la relatividad de la moral.

La emancipación sólo es  posible si hay consenso entre seres humanos. El consenso  sólo tiene cabida después de la comunicación y la comunicación es indisociable del lenguaje. Las decisiones morales y políticas no son irracionales. Surgen de la autorreflexión de los individuos. Con la ayuda del lenguaje nos comunicamos, interactuamos, se da una acción comunicativa y llegamos a consensos que marcan las reglas del juego: nuestras obligaciones.

La razón científica observa la realidad y hace pronósticos sobre los fenómenos que observa. Los pronósticos pueden ser verdaderos o falsos. Los éxitos y fracasos vienen dados por el acierto o no de los pronósticos efectuados. La razón científica separa, porque así quiere hacerlo, la teoría de la práctica. Encumbra  la técnica. Abandona lo moral y lo político por no seguir el método científico.

Pues bien, sólo cuando se da la comunicación entre seres humanos, sólo cuando buscamos llegar a un consenso, sólo cuando el lenguaje utiliza los mejores argumentos podemos llegar a acordar normas sociales, reglas aceptadas por todos alcanzadas gracias a la comunicación lingüística.  Las normas, así consensuadas, sólo tienen validez si hay reconocimiento  entre los individuos, si hay aceptación de que las obligaciones nos alcanzan a todos. Sólo así son posibles libertad y justicia.

El objetivo de la comunicación  entre individuos, el objetivo del consenso libre de coacción es la emancipación.

Sólo seres emancipados, sólo seres que reflexionan y se comunican entre sí pueden criticar el poder vigente en cada momento.

Ciencia sí, técnica que dignifique la vida humana también. Progreso siempre. Pero cuidado con la ciencia que se olvida de la razón práctica, que se olvida de la comunicación intersubjetiva entre individuos, que olvida que la moral y la política no son fenómenos observables sobre los que lanzar pronósticos.

Necesitamos relaciones interpersonales, conocimientos compartidos, acuerdos tomados desde la confianza mutua, decir lo que se piensa, no mentir y atenerse a un conjunto de normas aceptadas por todos o casi todos.

Si no, tendremos herramientas, máquinas y mano de obra, tendremos materias primas pero no tendremos pensamiento. Sin él no habrá individuos ni progreso verdadero, no habrá crítica ni libertad. Seremos meros  instrumentos.

Alegría y tristeza

Dos imágenes permanecen en mi cabeza. Las dos han tenido lugar en estos últimos días. Una es buena, la otra es mala. En la primera las mujeres, en primera persona, exigían igualdad. Algo tan simple como eso. Lo hacían de manera decidida, combativa pero fundamentalmente alegre. Esa alegría contagió de entusiasmo las palabras que reivindicaban tozudamente su derecho inalienable a ser, en primer lugar, a ser visibles, en segundo y a ser iguales como consecuencia final. La fuerza de la razón estaba de su lado pero la mayor lección, la más poderosa de todas, fue sin duda la necesidad de alegría como prueba irrefutable de evidencia, la alegría como condición necesaria para el cambio, la alegría como motor de acontecimientos favorables, la alegría como único camino al bienestar. Si tuviera que representar con una imagen o con una palabra la síntesis de todo lo ocurrido escogería sin lugar a dudas una sonrisa.

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Después de estar todo el día observando, después de asentir con la cabeza no pude evitar preguntarme si había en mí rastros de machismo, si, a pesar de apoyarles a ellas, de pensar como ellas, de aceptar sus propuestas, yo no seguía, en el fondo y todavía, lejos de su alegría. Es duro, es difícil decirlo pero es un paso necesario: yo también soy machista. Había, es verdad, mil motivos para la protesta y para la huelga. Yo no sabía muy bien qué se esperaba de mí ese día. Unirme o estar separado, levantar el puño o ir de la mano. Finalmente decidí asentir en silencio. Aceptar lo que ellas habían decidido.

Aún me queda recorrer un largo camino.

La otra imagen que ha llenado estos días es la de un niño muerto, asesinado por la sinrazón, parece, de los celos. Una mujer, su madrastra, acabó con la vida de un inocente de ocho años. Dolor, tristeza, incredulidad. Hay veces en que uno no puede entender lo que sucede. Nos cuesta aceptar la existencia de la maldad en sí misma. Queremos pensar que el autor de una atrocidad semejante tiene que ser un enajenado, no puede razonar como nosotros. Queremos que la locura le haga escapar de nuestro juicio. Siendo como es, este caso, una tragedia, habiendo visto tanto dolor acumulado, la única reacción posible es la compasión. Padecer junto a los que padecen, servirles de fugaz consuelo que tal vez un día recuerden.

Lo que se me hace aborrecible es ver a la multitud enardecida clamar venganza y no justicia. Exigir castigo, dolor y muerte con espuma entre los dientes. La presunción de inocencia sólo cuando nos interesa. Las leyes para mí, no para los otros. La igualdad sobre el papel. Ojo por ojo, diente por diente.

El dolor por la muerte no hay que explicarlo, se siente. La rabia y la ira se comprenden. La justicia, el derecho a un juicio justo, la defensa, incluso, de los más abyectos, se decide. La reacción brutal y vengativa, el refugio en la chusma, el grito clamando muerte nos hace animales malolientes. La decisión de juzgar, de dar al otro la oportunidad de defenderse, de aceptarlo como humano, con sus derechos y responsabilidades, por duro y difícil que sea, nos hace seres humanos.

Gracias a dios, hace tiempo que dejamos de ser dioses.

Cadena perpetua

¿Son compatibles la justicia y la cadena perpetua? La justicia nos empuja a dar a cada uno lo que se merece. La cadena perpetua es, por definición, una condena de carácter indefinido. ¿Es posible condenar a alguien indefinidamente?

Si estamos de acuerdo en que dios no pierde su tiempo en inmiscuirse en nuestras rencillas. Si partimos de la base de que la justicia divina no es más que un consuelo de tontos, tenemos que concluir que somos nosotros los que debemos impartir justicia.

A ese  nosotros le llamamos tontamente estado como si al hacerlo nos despojáramos de responsabilidad, como si ese ente impersonal, que a todos nos representa cuando no queremos dar la cara, fuese, por el mero hecho de ser todos y nada al mismo tiempo, capaz de defender más justamente los valores esenciales sobre los que se asienta la sociedad de la que formamos parte. El estado es entonces quien condena, no nosotros. Pues bien, el estado no tiene derecho a quitar a nadie la totalidad de su libertad ni, ya puestos, su vida. La cadena perpetua elimina definitivamente la autonomía de la persona que la sufre. Una persona sin autonomía deja de ser persona y desde un punto de vista moral eso es lo mismo que matarlo. La pena de muerte y la cadena perpetua eliminan de raíz la característica principal de la vida: la autonomía.

La cadena perpetua ha tranquilizado las conciencias de los que no se atrevían a defender la pena de muerte. En el fondo no es más que un sustituto. El estado no puede matar de una vez pero sí puede hacerlo lentamente. A los que claman por la pena de muerte, se les ha dado este caramelo envenenado para hacerles sentir más sabios y, sobre todo, más justos.

Muchos a lo largo de la historia han puesto el origen de la justicia en manos de dios y él, como hacedor de todas las cosas, sí se nos figura capaz de quitar lo que nos ha dado: la vida. Eso ha hecho que siguiendo ese imposible ejemplo hayamos jugado a ser dioses, a dar y quitar lo que no podemos dar ni quitar. Desde la ilustración, gracias a dios, le hemos ido abandonado y poco a poco hemos ido separando la justicia del castigo.

Si aceptamos que no podemos quitar la vida pues eso va en contra de nuestro concepto de vida como un todo, deberíamos aceptar también que no podemos quitar la libertad totalmente puesto que sin libertad no hay vida. La cadena perpetua entra así en contradicción con la aspiración de impartir justicia.

La venganza no es justicia aunque es fácil hacer que lo parezca. La venganza puede, tal vez, reparar algo en la víctima de un mal causado. Saltar de una persona a todas las personas, al estado que ya hemos mencionado, y creer que el estado repara un mal con la venganza es personalizar lo que debe ser despersonalizado. La justicia es reparación y armonía. La justicia da no quita. La venganza es un desquite y aunque personalmente uno no pueda evitar comprenderla individualmente, es imposible pensar que todos a una, el estado que nos representa, base su justicia trasladando el daño a quien lo produjo.

La cadena perpetua o prisión perpetua o la reclusión por tiempo indeterminado o como queramos llamarle es cruel.  La justicia no puede serlo. Quien la defienda que defienda la justicia como castigo y venganza. Que diga alto y claro que el que la hace la paga y que todos, escudados en la ciega justicia y en el estado todopoderoso, podemos exigirle al culpable que sufra de la misma manera que él hizo sufrir a su víctima. Quien crea que la venganza es justa que lo diga sin reparos.

La justicia, creo yo, dejo de ser eso hace mucho tiempo. La dignidad del justo hace que estemos por encima del injusto. Hace que no hagamos lo que él nos hizo. Y, que no lo hagamos, no por miedo al castigo, sino por convicción y por que conservamos la esencial característica que nos define: la libertad. La libertad de no hacerlo.

Llamar a la cadena perpetua prisión permanente no le quita las cadenas. Añadirle el adjetivo revisable no la hace más justa ni deseable.

Del objeto y del sujeto

La diferencia entre lo objetivo y lo subjetivo es que el primero nos da seguridad y el segundo no. Lo curioso es que debería ser al contrario. Lo subjetivo es lo real y lo objetivo no deja de ser algo imaginario; una idea, una hipótesis. Lo objetivo escapa, para nuestro descanso, de interpretaciones u opiniones. Lo subjetivo nos obliga a un cierto compromiso. La única manera de plantear una hipótesis es partiendo de un hecho subjetivo. Del elefante que vemos ascendemos a la idea de elefante. Del afecto que sentimos al amor y de nuestra opinión subjetiva al concepto de verdad. Hablar de absolutos termina siempre siendo tan impreciso como cualquier frase que comienza por yo pienso o yo creo.

Ni la verdad, ni el bien, ni la justicia ni la belleza pueden ser captados en términos absolutos ni objetivos. Son conceptos abstractos que nos guían. Son sentido y referencia. Son el destino que imaginamos después de experimentar nuestras percepciones. No hacemos el bien siguiendo el dictado de un valor absoluto sino que del pequeño bien cotidiano ascendemos al abstracto bien absoluto. Si la verdad fuera una, si fuera clara y convincente, se despejarían todas la dudas, no existirían interpretaciones ni mucho menos creencias. Tener una opinión se convertiría en mera entelequia.

La mayor aportación del ser humano, el arte, es un ejemplo perfecto para distinguir entre los fines que perseguimos y los medios utilizados. El arte recrea, no transmite, la belleza. La interpretación de un hecho artístico está en las antípodas de lo objetivo. Cuando digo que la belleza nos lleva indefectiblemente hacia la bondad no estoy diciendo realmente nada, y menos nada concreto. Si digo que la contemplación de objetos bellos hace que me comporte mejor, estoy diciendo algo más concreto y humano.

Las ideas platónicas estaban fuera de este mundo. La hipótesis fue suponer que aquel mundo inmarcesible era el verdadero. El propio Platón reconocería que sin un caballo o un árbol previos nunca podría haber ascendido tan alto. El mismo concepto de dios nos aleja de la realidad. Es otra hipótesis, plausible para algunos, a la que nos agarramos como a un clavo ardiendo. Dios, como entidad abstracta siempre acaba apartándonos de lo cotidiano y lo concreto. Decir que es una verdad necesaria es como hacer un salto al vacío con la lengua y sus trampas.

El dios cristiano, ese ser absoluto, infinitamente sabio y bueno tuvo que concretarse en carne y hueso ante los hombres para que sus seguidores comprendiesen que lo bueno se hace y no se piensa, para demostrar que la bondad duele  y no es ajena. El único fallo del plan divino es que lo que importa del hijo encarnado es su humanidad. Su ejemplo se convierte en referencia abandonando la hipótesis paterna. Dios trajo a su hijo para acercarnos al padre. El hijo acabó alejándonos de él.

La justicia funcionaría si nadie dudara de ella. Como lo nuestro es dudar, la justicia como hipótesis de nada nos sirve. Necesitamos actos justos que podamos comprender. Decisiones que convengan y no un concepto etéreo que vive en las alturas. El concepto de justicia no está ahí para que lo cojamos. Nace de la necesidad. Nace de algo tan práctico como la organización de la vida en común. Su concepción ha ido variando con el paso del tiempo. Sin embargo el concepto abstracto e irreal de justicia sigue viviendo, desde tiempo inmemorial, por encima de las nubes. No es difícil definir la justicia como dar a cada uno lo suyo. El uno es algo objetivo. Lo suyo terriblemente subjetivo.

La verdad  como base de todo conocimiento sigue siendo, a pesar de todos los humanos esfuerzos, un concepto escurridizo sobre el que nunca termina de haber acuerdo. Al hablar de ella lo mismo aparecen las revelaciones, la razón o  las experiencias. Demasiados mimbres para hacer un cesto que contenga algo limpio y objetivo. La dificultad está en ese algo que está dentro del cesto. Tal vez ese algo no haya nacido para ser verdadero. El empeño en buscar la verdad es tremendamente humano. La frustración de no encontrarla también. La tentación es, desde siempre, imponerla.

Mi opinión no está avalada por estudios científicos. No pretende, por incapacidad, ser objetiva. Las opiniones no tienen valor en sí mismas, por eso son subjetivas. Si a alguien le interesan estas palabras, ideas y opiniones, debe plantearse si lo que hace es dar valor a lo que lee o descubrir valores que ahora se le desvelan. En el primer caso sería algo totalmente subjetivo. En el segundo sería un descubridor de valores objetivos. Yo, aunque me atraiga la idea de ser descubierto como un nuevo continente o planeta lleno de nuevas verdades, me temo que no soy más que una opinión expresada con palabras escogidas. Tiendo a pensar que yo soy yo y que mi yo platónico sigue perdido en las nubes.

Los consoladores

¿Tiene algún sentido el consuelo?

El consuelo se convierte en necesidad para poder superar la incomprensión que provocan el mal y el dolor. El mal y el dolor, tomados genéricamente, representan el lado oscuro de la existencia. Ante ellos tomamos dos posturas: convencernos de que sirven para algo o bien, al contrario, no verles nada útil y sufrirlos, a poder ser, en la menor medida posible.

La primera opción trata, por imitación, de seguir el esquema de nuestro propio cuerpo y generaliza el dolor como un aviso para que tomemos medidas. Si la mano en el fuego no sintiera dolor nos quemaríamos. Análogamente, si no sufriéramos dolor moral, por llamarlo de alguna manera que lo distinga del dolor físico, seríamos insensibles y perderíamos los atributos que nos definen como humanos. El amor, por ejemplo, sólo se entiende así o sólo se alcanza y se disfruta si tiene también su contraparte.

El mal es un tema más peliagudo. El mal es complicado porque existe sólo en la ausencia. Lo bueno está lleno de atributos. El mal es la ausencia de ellos. El bueno, nos dicen, es caritativo, misericordioso…. El bueno tiene llenas las alforjas de calificativos. El malo, sin quererlo, lo es simplemente cuando su mochila está vacía. No existe punto intermedio. O se es bueno o malo. El bueno tiene. El malo lo es por no tener. El bueno es un ser moral. El malo carece de moral.

Extraer algo bueno del mal es harto complicado. A pesar de ello, está muy extendida la especie de que no hay mal que por bien no venga. No sé, si soy sincero, si tal afirmación resiste el menor análisis. Aceptar que el mal y que los malos existen es demasiado duro. Aparecen de nuevo las orejas del consuelo.

Nos empeñamos en creer que el ser humano es bueno en esencia y que la maldad, por tanto, sólo es posible en mentes desquiciadas. Este es nuestro primer consuelo. Vivimos, por lo que parece, rodeados de desquiciados.

Siempre se nos hablaba de un dios creador infinitamente bueno. Por ello la rebelión contra él provenía de la incomprensión de un ser que en su infinita bondad asistiera impasible a la diaria representación del mal en el mundo. Ante ello sólo quedaba deducir que la libertad está por encima del bien y del mal y que por ella pagamos el precio de todos los males.

Cuando me duele una muela acudo rápidamente al dentista (si no soy un cobarde y tengo suficiente dinero). Gracias al sufrimiento padecido he podido evitar un mal objetivamente mayor. Cuando nos duele el alma adónde vamos, a quién acudimos, de qué nos avisa ese dolor omnipresente.

Cuando alguien padece una injusticia sufre ante la impotencia desatada por la falta de recursos para subsanarla. Aparecen entonces la venganza y el castigo encumbradas en único consuelo. No nos engañemos. El mal, el dolor y la injusticia no tienen reparación posible. Se llevan parte de nosotros. La justicia no se alcanza por medio del castigo ni de la venganza. Ellos no reparan nada.

Castigar mal con mal no ha conducido nunca a buen puerto. Ojo por ojo, diente por diente suena muy justiciero pero precisamente lo justiciero suele ser lo más lejano de la justicia.

El mal personalizado en una víctima, el mal sufrido de uno en uno es inmisericorde y frustrante. El mal padecido por muchos tiene, a veces, el poder provocador de la rebelión. Casi siempre, para nuestra desdicha, acaba siendo consuelo de tontos.

La naturaleza seductora del mal, la ausencia de compromisos, de voluntad y de obligaciones es lo que le hace omnipresente. El poder que confiere, al no detenerse ante ninguna barrera, lo hace irresistible.

Al mal no se le vence con bondad sino con inteligencia. Sólo cuando concluimos que el mal no nos conviene podemos alejarnos de su camino. Ofrecer la otra mejilla no es señal de bondad ni de misericordia sino de inteligencia.

El dolor que provoca el mal envenena y como no conocemos el antídoto ideamos dioses, libertades, venganzas y castigos. Son simple consuelo.

El mal es debilidad, es impotencia, es búsqueda idiota de grandeza. Es el consuelo del débil que gracias a él cree hacerse fuerte.

¿Por qué seremos tan débiles?

¿Por qué somos incapaces de vivir sin consoladores?

Mala sangre para empezar el año

Pensaba, mejor dicho, quería pensar que con el nuevo año vendrían tiempos mejores. Sabía que era una ilusión vana, pero de ilusión, incluidas las vanas, también se vive. He tratado, lo juro, de buscar algo positivo sobre lo que escribir pero cuando lo intentaba me sentía forzado y falso. La balanza siempre se vence por el mismo lado. Era como escribir sin alma. Era como escribir sin ganas. No niego que haya cosas buenas en este mundo de dios. Lo que sé es que no me provocan escribir o no lo hacen suficientemente. No creo que esto me suceda sólo a mi, pienso más bien que es algo generalizado. Cuando uno se encuentra en paz con el mundo no tiene necesidad de manifestarlo excepto que lo haga en forma de compromiso. Normalmente la indignación es el motor que nos empuja a expresar el desacuerdo. El acuerdo y el asentimiento son más propios de la cortesía y de la buena educación. No tengo nada en contra de la buena educación, de hecho la recomiendo, pero es, al menos a la hora de expresar sentimientos, más limitante, menos radical y probablemente menos sincera.

Han transcurrido ya un par de semanas del nuevo año y en mi cabeza se van acumulando indicios de que el mundo no marcha nada bien. Sorprende ver el punto al que hemos llegado. El otro día escuché, por ejemplo, que en una importante ciudad se multaba con 750 euros a quien fuera pillado buscando comida en las basuras. Su delito era hurgar donde no debía y hacer que los demás presenciáramos algo que no nos agradaba ver. Hasta que punto de enfermedad social hemos llegado que al mismo tiempo que multamos al que tiene hambre somos capaces de crear fundaciones y dedicar ingentes cantidades de dinero para ayudar al que vomita voluntariamente. Entiendo a los dos como víctimas pero no alcanzo a entender el diferente comportamiento que ofrecemos en cada caso. Parece una broma macabra. Lo peor de todo es que no produzca indignación y rabia. Somos mansos. Somos de plastilina.

Tiene lugar estos días el juicio contra un juez que luchaba contra la corrupción. Son ahora los corruptos los que le sientan en el banquillo de los acusados. Tenemos que interpretar esto como un síntoma de que la democracia funciona y de que nadie está libre del peso de la ley. Un cuerno. Tengo para mi y creo que a muchos sucede lo mismo que esto no es más que un intento de hundir a una persona que resultaba molesta por perseguir la verdad, por tratar de destapar oscuros agujeros del pasado que otros consideran más oportuno no tocar. Me duele pensarlo. Injusticias como ésta sólo nos ponen de cara a la decadencia. El pragmatismo nunca puede estar por encima de la ética. La justicia no se puede repartir como una mandarina. Me duele también imaginar a Pinochet riéndose en la tumba.

En España sucedió que un ministro franquista, una persona que justificó el golpe de estado que propició la guerra civil, que formó parte de gobiernos que condenaron a muerte a inocentes, fundara después un  partido democrático que ahora nos gobierna. Ahora, este personaje ha muerto y todos se deshacen en halagos hacia él. Yo tampoco quería decir nada en su contra pero es indignante ver y escuchar las reacciones bobaliconas generalizadas. Un hombre que muere a los 89 años no nació en 1975. Su vida es toda su vida y no sólo una parte. Una cosa es dar el pésame a una familia por la muerte de un familiar, otra, muy distinta, es olvidar lo que no se puede ni se debe olvidar. Cientos de abuelos  mueren todos los días y nadie los recuerda ni los halaga. Ellos sí sufrieron en propia carne cómo se les arrebataba la libertad de las manos. Ellos tuvieron que vivir cuarenta años en la vergüenza, en la cárcel y en el exilio. Ahora ya no existen. Hacer borrón y cuenta nueva parece ser la mejor receta democrática. Mirar atrás no es fomentar el rencor. Mirar atrás es reconocer que somos lo que somos por lo que fuimos. Olvidar es un truco de la mente pero no de la verdad ni de la historia.

En España hay cada día más de 150 desahucios. 150 familias que se quedan sin casa de la noche a la mañana. Sus deudas no quedan saldadas con esto. Tienen, además, que seguir pagando a los bancos  lo no cubierto por la casa que les han arrebatado. Parece increíble pero es cierto. El banco me prestó para comprarme un casa. Devolvérsela no es suficiente. La vivienda es un derecho humano. Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. La constitución, después de todo, no era más que una novela. Mientras el poder económico esté por encima del poder político no podremos hablar de democracia. El poder económico manda porque nos hemos entregado desnudos y desarmados. La indignación parece ser la condición humana.

…(Añádase lo que proceda)

Pensaba, mejor dicho, quería pensar que con el nuevo año vendrían tiempos mejores. El calendario, para mi desgracia, no es más que una hoja de papel. Por qué caeré siempre en la trampa. Por qué me agarraré a la esperanza del cambio. El 31 de diciembre no fue otra época. El uno de enero no es un mundo nuevo. El hombre tropieza siempre en la misma piedra. Yo también, lo reconozco.

El juez y la zorra

Sobre las leyes se dicen muchas cosas. Casi siempre para mal. Todos (o casi) las aceptan como algo necesario o inevitable pero siempre (o casi) tras la aceptación viene la crítica. Nunca llueve a gusto de todos. Criticar las normas es fácil, hacerlas no. Un ejercicio altamente interesante sería que todos tuviéramos la obligación de participar en la elaboración de alguna ley. No pretendo hacer una defensa ni un elogio de legislador. Trato, simplemente,  de poner las cosas en su justo punto.

Quien trabaja pretende siempre (o casi) obtener un buen resultado. La tarea de legislar casi nunca lo consigue si nos atenemos a las críticas que siempre (o casi) reciben los resultados. El problema de las leyes es que nunca (o casi) logran encerrar dentro de ellas todas las posibilidades de aquello que legislan. Es imposible que exista una ley diferente para cada uno de los casos susceptibles de ser legislados. Detrás de un asesinato puede haber agravantes o atenuantes. Absurdo es pensar que el legislador prevea todas y cada una de las posibilidades que puedan ser consideradas atenuantes o agravantes. Lo mismo sucede en otras muchas ocasiones. Ante esta situación no tenemos más remedio que poner sobre las espalda de los jueces la responsabilidad de interpretar con buen juicio, nunca mejor dicho, el espíritu de la ley. El hecho de que una persona conduzca bajo los efectos del alcohol y que eso sea considerado atenuante o agravante puede ser discutible. Unos piensan una cosa y otros justo la contraria. Al final, una vez más, sólo el consenso nos puede sacar del apuro. En otros casos no es tan sencillo y es el juez quien, solo, con sus conocimientos, experiencia y conciencia tiene la difícil tarea de interpretar una norma para luego decidir en consecuencia. Este es el punto al que quería llegar.

¿Está la resolución del juez impregnada por su ideología? ¿Es posible ser neutral ante la imprecisión de una ley? Probablemente la respuesta a la primera pregunta sea siempre (o casi) afirmativa y negativa siempre (o casi) para la segunda.

Aceptamos que las leyes son interpretables. Aceptamos, también, que son los jueces los encargados de interpretarlas. Lo que es más difícil de asumir es el hecho de que la justicia pueda ser arbitraria.

Si una ley clara y concisa que no deja lugar a dudas es frecuentemente criticada, ¿qué pasará con la interpretación que de una norma más amplia y oscura haga una persona reunida tan sólo consigo misma?

En estos días todo el mundo habla de la sentencia de un juez en la que argumentaba que llamarle zorra a una mujer no podía ser considerado un insulto puesto que con tal vocablo lo que en verdad se quería resaltar era la astucia de la susodicha y no otra cosa que sólo mentes calenturientas podrían pensar. El juez, por lo que parece, ha dictado sentencia y se ha quedado tan ancho.
La primera conclusión es que semejante hombre de zorro no tiene ni un pelo. La segunda es que tiene muy buena opinión de las zorras. La tercera es que no hay que ser muy zorro para darse cuenta de que jueces así derriban con su ignorancia, desvergüenza y machismo lo que tanto esfuerzo ha costado construir: el endeble entramado de la justicia. Si ésta no despierta confianza no hay nada que hacer, y los sueños de una vida en pie de igualdad donde los ciudadanos acaten las reglas del juego es imposible (o casi).

Lo triste de todo esto es que de haber sido un hombre el que hubiera recibido el apelativo de zorro se habría ido a su casa tan contento al ver la alta estima en la que es considerado. La mujer, por contra, tiene que aguardar a que un sabio juez le informe y le explique que debería sentirse halagada por haber sido calificada de zorra.

¿Existen atenuantes o agravantes en este caso? ¿Es la buena voluntad del juez, su ingenuidad la que le ha llevado a interpretar el caso de esta manera? ¿No será más bien todo lo contrario y lo que subyace tras la sentencia es una ineptitud, una incapacidad y una despreciable ideología que nos impone abusando del poder que la toga le confiere?

En fin, con estas dudas me quedo y, en mi imaginación, veo pasar astutos zorros zorras que ven en este juez su particular Francisco de Asís.

Si vemos, en la cartelera cinematográfica, el anuncio de una película titulada El Zorro, todos (o casi) (el juez no) pensaríamos en aventuras, espadas y antifaces. Si la película se titulase La Zorra todos (o casi) (el juez no) pensaríamos en cualquier cosa menos en la astucia.

Olvido y perdón

Hay personas que se pasan la vida pidiendo perdón. Acaba siendo un tic. Un acto reflejo por el que saben que alcanzarán la paz. Su conciencia hace borrón y cuenta nueva en cuanto pronuncian la palabra mágica. Palabras como perdón y arrepentimiento acaban perdiendo todo su contenido en cuanto son usadas con tibieza. Pide perdón le decimos al niño y él lo repite como parte de su castigo. Con el tiempo el perdón en su boca estará hueco. No serán más que letras transparentes que se deshacen en cuanto la lengua las deja escapar. Perdonar es treméndamente difícil y a menudo lo confundimos con el olvido. Perdono pero no olvido no representa el estado real de las cosas. Es más bien su contrario: no perdonamos pero acabamos olvidando. En el olvido está la clave. El olvido permite vivir sin rencor. El olvido forma parte de nuestro proceso evolutivo y es el que nos permite una mejor adaptación al medio. Somos animales sociales y sin la capacidad de olvidar seríamos simplemente animales.
Los cristianos defienden el perdón. Lo subliman y hacen de él un acto de amor en el que no cree prácticamente nadie. Ve en paz, yo te perdono. El perdón así entendido nos sitúa por encima del otro. Le concedemos la gracia de nuestro perdón. Le regalamos la oportunidad de aplacar su conciencia. ¿Le amamos? La respuesta no está en el viento. La respuesta tiene dos letras. Empieza por n y acaba por o.
El perdón acaba siendo un negocio perfecto. Contenta a las dos partes que intervienen en él. La oferta y la demanda se encuentran y alcanzan el precio deseado. El que lo pide la paz y el que lo regala se ve sumergido entre las olas de la caridad y el amor. Los dos acabarán olvidando. Uno que lo pidió y el otro que lo dio. Uno lo que hizo y el otro lo que le hicieron. El perdón dejó de ser lo que fue desde el mismo momento en que se pronunció. No queda nada de él. Sólo letras que al juntarse forman una palabra y, ya se sabe, a las palabras se las lleva el viento. El perdón nos resulta tan lejano que acaba siendo un atributo de dios. Incluso él es incapaz de perdonar todos los pecados. Dios perdona pero es incapaz de olvidar. Nosotros, una burda imitación hecha de barro, nos limitamos a olvidar. Los más adelantados creen que perdonan y pasan por encima del otro. Eso es en definitiva perdonar.
En otras culturas no existe un buen concepto del perdón. El que perdona no es merecedor de respeto. Es un cobarde y los cobardes olvidan para no enfrentarse con su obligación. En esta situación no es posible implorar perdón ni declarar arrepentimiento. Se ofende aquel al que se lo pedimos pues le estamos obligando, si cede, a perder su autoestima y respeto y, también es sabido, antes que esto la muerte. La muerte es el olvido sin retorno. Se suicida quien es incapaz de olvidar. El peso de la conciencia sólo puede ser aliviado por el olvido y en última instancia por la muerte.
Perdonar nos conviene. Nos permite vivir mejor y por eso el perdón lo hemos transformado en un valor. Sin él viviríamos atenazados por el resentimiento y las ganas de venganza. El presente desaparecería pues el recuerdo de la ofensa nos retendría para siempre en el pasado. El perdón es conveniente y recomendable. Es la medicina que nos ayuda a sanar las heridas. Nuestra mente poética lo ha vestido después con ropajes de amor y comprensión. El perdón no es un acto libre y gratuito como tantas veces nos han dicho. El perdón es un acto conveniente. La ética es práctica pero así vista nos decepciona. Nos gusta adornar lo práctico con declaraciones pomposas. Del mismo modo que comemos verduras porque conviene a nuestra salud perdonamos porque perdonar nos permite seguir adelante. Las verduras no son poéticas, el perdón sí.
Los cristianos cuando rezan piden a dios que perdone sus ofensas como ellos perdonan a los que les ofenden. Creo que dios les ha tomado la petición al pie de la letra y ha hecho, aunque en él parezca imposible, lo que ellos hacen: olvidarles.

El dios del antiguo testamento prometía venganza. Era un dios justiciero. Perdonaba y castigaba a voluntad. Eso nos deja indefensos y aterrorizados. El dios del nuevo testamento habla de perdón como imperativo moral, se nos presenta misericordioso pero inhumano. No somos nada a su lado, su perfección nos hace sentir miserables. Sólo nos queda la esperanza de su infinita bondad.  Dejar a dios a un lado y transformarnos en seres llenos de dignidad y respeto nos obliga a estar siempre pendientes de quien nos ofende. Perseguirle hasta lavar nuestra honra de toda mancha es un trabajo agotador. Estar  siempre vigilantes y no perdernos en los sueños del olvido es cosa de samurais de piedra sin carne ni sangre. Yo, tú, nosotros hemos sucumbido al olvido. Sólo queda olvidar para seguir adelante. El ser humano, es cierto, tropieza dos veces en la misma piedra porque olvida. No es menos cierto que volvemos a levantarnos, sonreímos de nuevo y perdonamos porque antes olvidamos o luego olvidaremos.

Osama y Obama

No puedo dar crédito a lo que está pasando. Esta mañana me he desayunado con la noticia del asesinato de Bin Laden. Tras escuchar durante largo tiempo los detalles de lo sucedido, lo que me ha dejado perplejo es que ningún periodista se preguntara ni tan siquiera se molestara en explicar cómo es posible que un comando entre en un país no amigo, se dirija al lugar del escondite de su víctima, le mate de un tiro en la cabeza y se vaya tan tranquilo con el cadáver a cuestas ¿Es eso justicia?  El premio nobel de la paz Barack Obama considera que el asesinato de Osama Bin Laden es un acto de justicia. Hace 51 años el agente del Mosad Peter Malkin justificaba el secuestro de Adolf Eichmann en Argentina y su posterior traslado a Israel como un acto humano.

Momentos después de conocerse la noticia miles de norteamericanos salían enfervorecidos a las calles gritando USA, USA, USA.

El secuestro de Eichmann no fue un acto humano fue un secuestro. No importa lo repugnante que fuera la víctima del secuestro. El asesinato del terrorista  y arquitecto confeso del asesinato de miles de personas no es el asesinato de un terrorista es un asesinato. No importa la cantidad de víctimas inocentes que el asesinado tenga sobre su conciencia. Los gritos de miles de personas celebrando tal asesinato es fanatismo  y nada tiene que ver con la justicia. Nada importa que disfracen su sed de venganza en un absurdo patriotismo. El silencio de los periodistas al no indagar  el fondo de la cuestión es ignorancia en el mejor de los casos y cobardía en el más probable de ellos. La falta de crítica en las declaraciones  de los dirigentes políticos que se autodenominan democráticos por los métodos utilizados por el gobierno norteamericano es una de las mayores muestras de falta de ética, de bajeza moral, de cobardía  a la que he asistido en mucho tiempo.

Me siento un bicho raro. Ninguna de las personas con las que he hablado de este tema estaba extrañada por lo que había sucedido. Sólo eran capaces de articular el titular de la noticia. Nada había más allá. Un periodista  americano al ser preguntado por la cuestión de la legalidad de los métodos utilizados no se ha molestado en contestar y se ha limitado a decir, en un tono más bien jocoso, que más vale un Bin Laden muerto que escondido. Pensamiento peligroso, por cierto, pues lo podríamos poner fácilmente en boca de Hitler, Stalin o Pinochet por citar sólo unos cuantos ejemplos.

Es comprensible que los familiares de las víctimas de los asesinados en Nueva York, Londres o Madrid sientan alivio al conocer lo sucedido en Pakistán. Es humano incluso que se hayan alegrado y que duerman hoy un poco más tranquilos que ayer. Lo que no es de recibo es, una vez más, el silencio de los corderos que asisten impávidos a cualquier tropelía que su pastor tenga a gala llevar a cabo. Da igual que los que llevan la piel de cordero sean ciudadanos de a pie, periodistas o dirigentes políticos. Ese silencio los hace colaboradores y les deslegitima para más tarde enarbolar la bandera de los valores democráticos. Los corderos no hablan. Se limitan a balar.

La justicia no es saldar cuentas. Esto es lo único que hizo el Mosad y lo único que ha hecho la CIA. Ojo por ojo, diente por diente ha sido el lema. El peligro de este lema es que nunca tiene punto final.

Otro periodista, en un oportuno desliz, ha comunicado a sus oyentes que Barack Obama, en un discurso a la nación, había anunciado  el asesinato de Obama (Bin Laden).Tal vez este suicidio poĺitico sea tambíen un acto humano y de justicia.