Un padre, una hija, un robo, un besito y un par de lágrimas

El tiempo no me alcanza. Los minutos y las horas pesan pero los días pasan volando. Veo la luz al final del túnel pero de momento estoy en medio de un atasco.

El sol nos concede una tregua en esta primavera pasada por agua. Mirar por la ventana hace los días más respirables.

Junio debería ser el mes maldito para los estudiantes y el de la tierna venganza para los profesores. Yo, tonto de mí, no soy estudiante y sin embargo acumulo trabajo pendiente. Vivo entre montañas de papeles. Mi mano derecha no sabe, literalmente, lo que tiene ni lo que hace la izquierda. Llegará el tiempo de cerezas. Llegará el suave vacío de no hacer nada. Llegará,  pero sólo dios sabe cuándo. No me lo quiere decir.

Esta mañana, una visita inesperada ha quebrado la marcha de las cosas. El padre de una alumna se ha presentado cabizbajo y angustiado en mi despacho. Su hija que, después de años deambulando por el alambre, parecía haber encontrado un camino con norte le ha decepcionado. La decepción es acompañante habitual en nuestras vidas, pero la de un hijo nunca se espera. Un hijo, por principio, nunca es culpable de nada. Siempre son los demás los responsables. Un hijo es bueno y puro digan lo que digan los demás y aunque los padres no lo sean. La responsabilidad última recae siempre en las malas compañías.

Dos años de estudio, todas las materias aprobadas. Tan sólo le quedaba por superar un periodo de prácticas en una empresa. Ayer  terminaba. Era su último día y ella, para celebrarlo,  se despidió a lo grande. No se fue sola sino que se quiso llevar consigo varios objetos que no le pertenecían. Lo pensó, lo decidió y lo hizo. El problema es que la pillaron. Resultado: prácticas suspendidas, policía, comisaría, demanda judicial, adiós al título que anhelaba para poder trabajar o seguir estudiando y un padre destrozado.

Hoy ha venido el padre solo. Ella, capaz de peores cosas, no ha tenido el coraje necesario de presentarse. Ni aquí ni en el centro de trabajo. El padre, desconsolado, no podía entender lo que pasaba. Como siempre, y como todos, preguntaba qué había hecho él mal. Incapaz era de poner la culpa y la responsabilidad sobre los frágiles hombros de su hija.

La situación no tiene solución. Ni en lo académico ni en lo judicial. No hay vuelta atrás. Alea jacta est.

Yo tenía su cara delante de mí y no sabía qué decirle. Bueno, sí lo sabía pero no me atrevía. Su hija de diecisiete años había decidido quedarse en casa, echando – eso sí – alguna lagrimita y preguntando a su padre si aún la quería.

Primero ladrona, luego  chantajista. Una vez se empieza, todo es coser y cantar.

El padre, separado, en el paro y desahuciado de su última vivienda, pedía soluciones. No las hay. Mi labor consistía en decírselo. Por la ventana entraba, mientras tanto, la luz a raudales. Yo sólo he sido capaz de darle algunos consejos y, como quien dice, acompañarle en el sentimiento. Él se ha ido un poco menos cabizbajo de lo que ha venido. Ése ha sido mi único logro.

Se ha ido y he vuelto a quedarme solo. Yo y mis pensamientos. Los papeles, amontonados en la mesa, se han quedado esperando. He pensado en qué haría si lo mismo me hubiera ocurrido a mí. No he podido imaginarlo. Así somos.

Madurez, conciencia, responsabilidad, gratitud, honestidad… Todas ellas y sus contrarios han desfilado una a una y en parejas. Tal y como han venido se han ido.

Tal vez todo el error sea que educamos tomando la educación como un proyecto de futuro. El camino queda, mientras tanto, vacío. La educación es hoy y ahora y cada uno ha de vivirla en el presente. Todo lo demás no sirve para nada.

Tenía que corregir exámenes, preparar actas, completar memorias y rellenar formularios. Los papeles, llenos de palabras, se han quedado solos, encima de la mesa. Yo, otra vez tonto, me he quedado, como el padre, pensando en qué habíamos hecho mal nosotros.

Ella, seguro, estaría esperando en casa a que su padre llegara con la solución a su desdichas bajo el brazo. Ya le pagaría con un besito y un par de lágrimas.

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