Tiempo de examen

L. estudia con nosotros. Es musulmana. Un pañuelo negro le cubre la cabeza. Cuando le hablo me sonríe. Casi nunca me contesta. Si lo hace, es tan bajo que apenas puedo entenderle. Parece contenta. Lo imagino. No estoy seguro. Su pañuelo oculta su cabeza y sus sentimientos, me temo.

S. abandonó su país. Sufrió una agresión sexual y se marchó. A nadie parecía importarle. Lo dejó todo, huyó y se vino aquí porque aquí vivía su madre. Mientras escribo la veo a ella también escribir. Están haciendo un examen. Parece concentrada. No sabe que la  observo. Lleva más o menos un año en su nuevo país. Ahora su madre la rechaza. Su madre sólo vive para el alcohol. Cada vez es menos una persona y más un mamarracho. S. acaba de marcharse de casa. No puede más. Estudia, busca trabajo y busca también una casa. No tiene papeles. Hablo con ella pero ya se me han acabado las palabras. Sólo se me ocurre dar un puñetazo en la mesa.

M. vino del este. Su país es cada vez menos vivible, me dice. Vino con su madre. Aquí empezaron una nueva vida. La miro también ahora. Pensativa. El bolígrafo azul en sus manos. Piensa y escribe. Escribe y piensa. De vez en cuando su mirada parece perdida. Está preocupada. Hablé con ella el otro día y se derrumbó. Ya no pudo sonreír y decir que todo iba bien. No podía más. La nueva pareja de su madre es un malnacido. La maltrata y M. asiste impotente y llena de dolor y de rabia al sometimiento de su madre. No la reconoce. Se enfada con ella pero ella le pide que no haga nada. Todo pasará. No te preocupes. Ha empezado a faltar mucho a clase últimamente. No quiere dejar sola a su madre. Le da miedo. Quiere denunciar y no puede, quiere hacer algo y no sabe. Pide ayuda y yo sólo le doy palabras.

R. se rasca la cabeza. Suspira. Me llama para consultarme una duda. Se le ve con sueño. Trabaja por las noches para poder ganarse la vida. Por las mañanas viene a clase y a veces, aunque no lo quiera, se duerme, se le caen los ojos y la cabeza. Asisto impotente a su lucha por permanecer despierto. Está agotado. Necesita pagar una habitación donde vivir, comprar comida todos los días. Trabaja y estudia. De día y de noche. Sobrevive. Yo trato de ayudarle con más palabras y una palmada en la espalda. Trabaja, por supuesto, sin contrato. Así están las cosas, le dicen. Hijos de puta, pienso. A él le explico lo que puede hacer para denunciarlos. Sé que no va a hacerlo. Así están las cosas. Al menos soñamos con el momento en que pueda. Tan pronto como consiga un nuevo trabajo.

L, S, M, R y otros ocho alumnos más están ahora delante de mí. Todos en silencio. Escribiendo. Ninguno es de aquí. Cero por ciento. Todos han llegado de lejos. Todos han empezado una nueva vida llena de problemas, dolor, esperanza, nostalgia, alegrías, frustraciones y expectativas. Luchan como yo nunca he necesitado luchar. Han dejado atrás familias, amigos y también problemas.

Aprendo a diario con ellos. Ahora que los miro en silencio, cada uno concentrado en sus palabras que son sus sueños. Ahora que tengo tiempo para detenerme en sus caras, en sus miradas. Ahora, como casi siempre, me pregunto: qué mundo hemos hecho. Cómo nos gusta perder el tiempo hablando de derecho y democracia cuando la justicia no existe.

Levanto la cabeza del papel. Miro a L, se da cuenta, levanta también su cabeza envuelta en su pañuelo negro y me sonríe.

Una clase en silencio

Miro por la ventana y veo una chimenea. Tras ella, más lejos, el mar. Octubre se acaba, pero hoy parece junio. Más de veinte grados y un cielo azul transparente. Sólo un par de nubes enturbian la monocromía.

Estoy en clase. Aprovecho este rato de sorprendente silencio para dejarme llevar por estas lineas. Silencio y sosiego, ya que ellos, los alumnos, están cada uno ensimismado en la pantalla de su ordenador. Milagros de la tecnología. Sólo se oye el sonido de las teclas y algún que otro susurro. No sé cuánto tiempo aguantarán trabajando, pero yo, de por sí verborreíco en las clases, me refugio gustoso hoy en este silencio regalado. Magnánimo como soy, les he permitido además, acompañar su trabajo con música. Veo caras concentradas, auriculares, portátiles, la ventana, la chimenea y el mar de fondo.

Ellos, imagino, creen que preparo clases o corrijo sesudos trabajos. En realidad dejo que el lápiz mueva mi mano del mismo modo que el vaso es transportado en la ouija. Es placentero escribir de corrido, sin pedir nada a cambio. Las palabras surgen de la nada, como si ellas mismas lo decidieran. No sé a dónde me llevarán en este viaje.

Me fijo en alguno de ellos, ahora que están distraídos, y pienso en su pasado y en su futuro. Muchos proceden de países lejanos. Dejaron sus casas, sus amigos y el paisaje de todos sus días para buscar aquí un presente que les lleve a un futuro mejor o, al menos, seguro. Ellos han tenido que hacer algo que la mayoría no osaría hacer. Han sido valientes, por eso me gusta ayudarles. El futuro será mezcla o no será. No me queda duda. Lo pienso, lo digo, lo escribo y me gusta. Ellos y ellas son la prueba.

Mi mirada se posa ahora en los ojos azules de ella. Sé, porque me lo ha contado, que ha tenido demasiados problemas en el pasado. Ha sido la triste y vergonzosa víctima de los demás. Los demás como un todo. Un absoluto terrible y dañino. Unos formando la voz activa y otros la pasiva pero todos realizando la acción del verbo. Acción y omisión. El resultado es el mismo: crueldad que deja huella. Inseguridad, falta de confianza y de afecto por uno mismo. No hay nada peor que ver a alguien considerarse menos, sintiendo que los demás poseen cosas que uno jamás podrá tener. Debilidad que tiende a dar la razón a la fuerza.

Me gusta tratar de ayudar a gente como ella. Cierto, lo sé, es duro. Ver como ahora se atreve a mirar al frente es suficiente.

En ratos como este, de reflexión, observación y silencio, con el cielo azul tras la ventana uno se reconcilia con el mundo. No es que me sienta útil, es que lo soy. Lo sé y me gusta. Ellos son la prueba.

Curioso recordar cómo esta misma mañana, sólo hace unas horas, el lunes recién estrenado me producía angustia. No tengo remedio. I don’t like mondays. Al menos durante unas horas.

Él me pide ayuda, tiene una duda. Quiere que se la resuelva. Le cuesta hacer lo que está haciendo. Sabe que siempre le ha costado estudiar. Mi objetivo es que no tire la toalla. A veces a mí mismo me cuesta transmitirle entusiasmo. Conoce sus limitaciones pero insiste. Lo admiro por ello. Lo digo ahora que este silencio me permite ver el mundo con más perspectiva, con más color, con más dulzura.

Nunca pensé que una clase en la que no he dicho ni una palabra pudiera ser tan provechosa.

Ellos están en su lugar y  yo estoy en el mío. Cuando eso lo ves, todo queda claro. Al final, como todo en la vida, esto sucede sólo de vez en cuando. Lo importante es no olvidarlo.

Va pasando el tiempo. Comienzan de nuevo palabras y movimiento. Se cierra el paréntesis. La vida sigue, es lunes y no me importa. Ya he tenido mi dosis de optimismo. Tan sólo falta que dure.

Un padre, una hija, un robo, un besito y un par de lágrimas

El tiempo no me alcanza. Los minutos y las horas pesan pero los días pasan volando. Veo la luz al final del túnel pero de momento estoy en medio de un atasco.

El sol nos concede una tregua en esta primavera pasada por agua. Mirar por la ventana hace los días más respirables.

Junio debería ser el mes maldito para los estudiantes y el de la tierna venganza para los profesores. Yo, tonto de mí, no soy estudiante y sin embargo acumulo trabajo pendiente. Vivo entre montañas de papeles. Mi mano derecha no sabe, literalmente, lo que tiene ni lo que hace la izquierda. Llegará el tiempo de cerezas. Llegará el suave vacío de no hacer nada. Llegará,  pero sólo dios sabe cuándo. No me lo quiere decir.

Esta mañana, una visita inesperada ha quebrado la marcha de las cosas. El padre de una alumna se ha presentado cabizbajo y angustiado en mi despacho. Su hija que, después de años deambulando por el alambre, parecía haber encontrado un camino con norte le ha decepcionado. La decepción es acompañante habitual en nuestras vidas, pero la de un hijo nunca se espera. Un hijo, por principio, nunca es culpable de nada. Siempre son los demás los responsables. Un hijo es bueno y puro digan lo que digan los demás y aunque los padres no lo sean. La responsabilidad última recae siempre en las malas compañías.

Dos años de estudio, todas las materias aprobadas. Tan sólo le quedaba por superar un periodo de prácticas en una empresa. Ayer  terminaba. Era su último día y ella, para celebrarlo,  se despidió a lo grande. No se fue sola sino que se quiso llevar consigo varios objetos que no le pertenecían. Lo pensó, lo decidió y lo hizo. El problema es que la pillaron. Resultado: prácticas suspendidas, policía, comisaría, demanda judicial, adiós al título que anhelaba para poder trabajar o seguir estudiando y un padre destrozado.

Hoy ha venido el padre solo. Ella, capaz de peores cosas, no ha tenido el coraje necesario de presentarse. Ni aquí ni en el centro de trabajo. El padre, desconsolado, no podía entender lo que pasaba. Como siempre, y como todos, preguntaba qué había hecho él mal. Incapaz era de poner la culpa y la responsabilidad sobre los frágiles hombros de su hija.

La situación no tiene solución. Ni en lo académico ni en lo judicial. No hay vuelta atrás. Alea jacta est.

Yo tenía su cara delante de mí y no sabía qué decirle. Bueno, sí lo sabía pero no me atrevía. Su hija de diecisiete años había decidido quedarse en casa, echando – eso sí – alguna lagrimita y preguntando a su padre si aún la quería.

Primero ladrona, luego  chantajista. Una vez se empieza, todo es coser y cantar.

El padre, separado, en el paro y desahuciado de su última vivienda, pedía soluciones. No las hay. Mi labor consistía en decírselo. Por la ventana entraba, mientras tanto, la luz a raudales. Yo sólo he sido capaz de darle algunos consejos y, como quien dice, acompañarle en el sentimiento. Él se ha ido un poco menos cabizbajo de lo que ha venido. Ése ha sido mi único logro.

Se ha ido y he vuelto a quedarme solo. Yo y mis pensamientos. Los papeles, amontonados en la mesa, se han quedado esperando. He pensado en qué haría si lo mismo me hubiera ocurrido a mí. No he podido imaginarlo. Así somos.

Madurez, conciencia, responsabilidad, gratitud, honestidad… Todas ellas y sus contrarios han desfilado una a una y en parejas. Tal y como han venido se han ido.

Tal vez todo el error sea que educamos tomando la educación como un proyecto de futuro. El camino queda, mientras tanto, vacío. La educación es hoy y ahora y cada uno ha de vivirla en el presente. Todo lo demás no sirve para nada.

Tenía que corregir exámenes, preparar actas, completar memorias y rellenar formularios. Los papeles, llenos de palabras, se han quedado solos, encima de la mesa. Yo, otra vez tonto, me he quedado, como el padre, pensando en qué habíamos hecho mal nosotros.

Ella, seguro, estaría esperando en casa a que su padre llegara con la solución a su desdichas bajo el brazo. Ya le pagaría con un besito y un par de lágrimas.

Un día en el museo

Parece increíble pero en este período aciago en el que todo son malas noticias, hay gente a la que le sonríe la fortuna. Antolín, hasta hace poco tiempo sumido en la negrura insondable de la depresión, ha encontrado algo donde asirse, una tabla de salvación que le arrastre hasta la luz del día. ¿Pareja? ¿Dinero? No. Simplemente ha encontrado trabajo. Bien más escaso hoy en día que los metales preciosos o el petróleo.

Ahí está. Le veo todo ufano en su casa preparando todo lo necesario para su nuevo cometido. Antolín es ahora profesor de un oscuro colegio en una oscura capital de provincia. Suple sus nervios con entusiasmo, sus dudas con ganas y su incipiente calva con donaire. Se ha comprado ropa nueva que le proprcione la prestancia necesaria. El medio es el mensaje y ahora el medio es él. Plancha con mimo sus recién comprados tejanos Yevi´s. Ante la duda los plancha con raya. Sus alumnos son jóvenes y piensa que algo informal será más práctico para acercarse más a ellos. La camisa, blanca y verde a rayas marca Tollins (sin apóstrofe), ya está preparada en la percha. Como calzado ha elegido unas deportivas Adadis que completarán a la perfección su nueva imagen juvenil. Las gafas, como todo buen profesor que se precie, las llevará con una cinta colgadas al cuello. Son unas gafas de pasta color vino Burdeos. Una vez acicalado y vestido se mira en el espejo y sonríe. El mundo es mío, piensa confiado, y se sonríe a sí mismo. Se pone un momento las gafas y se saluda poniendo los dedos índice y corazón en la sien izquierda. Antolín es zurdo y esto, lo sabe, le da una cierta singularidad. Apaga la luz, abre la puerta y se lanza al mundo para comérselo.

Antolín ya conoce a sus nuevos alumnos. Estuvo en el colegio y el director le llevó a su nueva clase para presentárselos. No sabe muy bien qué pensar. Algunos ni tan siquiera le miraron. Él sabe que tal vez su porte y el traje que llevaba ese día les cohibió. Por eso ha decidido cambiar de look. Quiere estar más cerca de ellos. Otros levantaron un par de segundos la cabeza de sus móviles y le dirigieron una simpatica mirada. Después de eso el whatsapp les requirió su plena atención. Antolín, frustrado, dirigió su discurso de presentación a la única alumna que parecía ser consciente de su presencia. A pesar de ello, él no se inmutó y le explicó todos sus proyectos y deseos para el curso. Cuando Antolín salió de la clase, ella se quitó los auriculares.

Como Antolín es un profesor moderno, pidió permiso al director para llevarse a su grupo de excursión el primer día de clase. Extrañado, el director accedió a su propuesta siempre después de preguntarle si estaba seguro de lo que hacía. Antolín le explicó que pensaba que un día fuera del aula sería más adecuado para conocer a sus futuros pupilos.

Hoy con sus tejanos y sus deportivas se dirige al colegio al encuentro de sus chicos. Ellos no saben nada de sus planes. Ha decidido llevárselos al museo. Está seguro de que el arte será un perfecto intermediario para el acercamiento.

Cuando entra en el aula son sólo las ocho de la mañana. Está un poco nervioso pero animado. Con un juvenil ¡yepa! trata de romper el hielo. Ellos le miran como se puede mirar a un oso en el zoo. Nadie responde. Antolín hace caso omiso del desprecio y les comunica sus planes. Viene preparado para aplacar los gritos de entusiasmo ante la perspectiva de una salida inesperada. En vez de eso se encuentra con todas las voces a una diciendo: ¡un museo! ¿Estás loco?

Impertérrito les pregunta por sus museos preferidos. Ellos, se miran, le miran y no dicen nada. Por fin, uno se lanza y afirma que una vez visitó un museo del chocolate. Lo mejor es que les dieron una buena cantidad para probar. Los demás seguían atónitos.

Antolín les explicó que iban a ver un museo de arte. En concreto un exposición sobre los precursores del pop art. Pensaba que la palabra pop les iba a alegrar los ojos. Pero no, a juzgar por sus caras, parecía que les hubiera hablado en alemán.

Venciendo la proverbial pereza que atenaza a todos los jóvenes a las ocho de la mañana, cogieron sus cosas y siguieron a su extraño profesor camino de la calle.

La guía del museo les esperaba en la entrada. A Antolín le costó lo suyo convencerles de que debían quitarse los cascos, apagar los teléfonos y dejar de comer palmeras forradas de chocolate. Tras un largo proceso de negociación y alguna que otra humillante súplica, ellos accedieron. Le concedieron el beneficio de la duda y unos minutos de tregua. Ya en el camino les había tenido que explicar que el hachís no era necesario para ver arte.

La guía, menos entusiasta que Antolín, les recibió con precaución. Los llevó a un aparte y les llenó la cabeza de cosas que no podían hacer. Después de eso se dirigieron al centro del inmenso hall de entrada y les explicó lo que iban a ver. Antolín, siempre atento y acorde a los tiempos, propuso que se sentaran en el suelo formando un círculo. Así las explicaciones de la guía serían mejor recibidas. Como él ya se había sentado, a ella no le quedó más remedio que acceder. Allí estaban ellos, fumando la pipa de la paz. La guía como Toro Sentado les hablaba. Los demás visitantes pasaban a su lado pensando que se trataba de una performance o una escultura viviente al estilo Gilbert & George.

La primera parte de la explicación fue sobre el edificio. Les habló de los materiales con que estaba construido y del arquitecto. Cuando preguntó quién era todos pusieron cara de paisaje. Antolín, para congraciarla le dijo que el ya lo conocía. Quitando el protagonismo a la guía contó a los chicos que ese arquitecto diseñaba sus edificios inspirándose en la forma que adquiría un papel arrugado al tirarlo al suelo. Esto fue el acabose, un alumno enloquecido dijo que él ya había visto eso. En televisión. En los Simpsons. El museo, el pop art y la guía pasaron a ser entidades no existentes y todos empezaron a recordar aventuras de Homer y familia. Antolín no sabía si alegrarse por su capacidad de promover debates o preocuparse por la cara de la guía que le miraba como Jack Nicholson miraba a la nada en El Resplandor.

Finalmente, se acercó un guarda jurado y les solicito un poco menos de entusiasmo.

La guía, llena ya de aprensión, les pidió que se levantaran y se los llevó de allí hacia la exposición que ella debía enseñarles.

La sala inmensa. En las paredes casi desnudas se veían no más de veinte cuadros. Al fondo, en una espcie de cabinas, se proyevtaba algún video. Se pararon ante el primer cuadro. Antes de que Antolín dijera nada los estudiantes ya estaban sentados en el suelo. Respirando en ocho tiempos la guía hizo como si nada sucediera y procedió a desentrañar los misterios del arte. Pedagoga como era, se sirvió de la escuela socrática para su propósito. Comenzó, así, a hacer preguntas: ¿Qué veis aquí? Silencio. ¿Qué os llama la atención? Sonrisa. ¿Qué tipo de pintura es? La de un niño. Antolín muy intersado en este punto de vista le pidió al alumno que se explicara. Aprovechando su minuto de gloria el improvisado crítico explicó que él sólo veía la cara de un cerdo y palabras escritas a su alrededor. La guía, roja de ira, le reprendió por su falta de respeto y le dijo que se encontraba ante un cuadro fundacional del arte pop, que era evidente la crítica que el cuadro hacía hacia los que compran arte como quien compra chuletas de cerdo. El alumno, inflexible, dijo que eso lo pintaba mejor él. Antolín medió sugiriendo que todas las opininiones eran respetables. La guía Nicholson poseía ya no sólo la mirada de Jack sino que deseaba tener su hacha en las manos.

El segundo cuadro era más fácil. Más de cien caras repetidas de una famosa actriz en diferentes colores. La guía, levemente repuesta del incidente anterior, les habló del autor y les preguntó si no conocían sus famosos cuadros de una lata de tomate. Antolín, siempre atento, les dijo que aquel artista había pintado objetos cotidianos y populares; como si alguien hoy en día pintase una lata de tomate Orlando. Una alumna, esta vez, se maravilló de lo idiota que hay que ser para comprarte una lata de tomate en un cuadro. Todos le rieron la gracia. Antolín también.

Temiendo que su presión arterial no aguantara más síncopes, la esforzada guía cambió de tercio y, pensando que la imagen en movimiento les resultaría a aquellos incautos más comprensible, se dirigió hacia las instalaciones de vídeo. En aquella habitación oscura, una vez más sentados en el suelo por la fuerza de la costumbre, Antolín y sus chicos se dispusieron por fin a ver algo entretenido. Primer problema: la película era en blanco y negro y eso, por todos es sabido, no es cine. Es otra cosa. El lamento ruidoso lo oyó una vigilante de la sala que se encontraba a unos setenta metros de distancia. Segundo problema: era muda. Eso, no es que no sea cine sino que es una tomadura de pelo. En venganza, la banda sonora la pusieron los alumnos. Antolín, que cree que el arte es rebelión no cabía en sí de gozo. La primera lágrima asomaba por la cara de la guía que la sorbía oculta en la oscuridad. La película no era tal. Eran episodíos de cuatro minutos cada uno donde un personaje cada vez posaba ante la cámara. La máxima acción llegaba cuando uno de ellos se rascaba suavemente la nariz. La guía trató de explicarles que todos ellos eran famosos escritores, músicos y artistas que se prestaban a tan excitante experimento. Nadie la oyó. Algunos se habían tumbado, otros miraban para otro lado y los más hablaban en pequeños grupos. Denis Hopper se quedó solo mirando a la cámara. La guía deseperada pero escarmentada no osó poner el otro vídeo que tenía preparado. En él un famoso pintor permanecia impasible ante la cámara, no cuatro minutos sino la eternidad entera. En vez de eso, se acercó a Antolín y, como quien no quiere la cosa, le propuso que tal vez fuera mejor ver un último cuadro y así luegon podian ver el resto del museo por su cuenta. A Antolín le pareció una excelente idea. Así podría debatir de tú a tú sobre arte con ellos.

Dicho y hecho. La guía les llevó a otra sala donde había dieciséis cuadros del mismo autor. Todos mostraban el retrato de dos personas sentadas en un sofá. Variaban en el color y en el estilo. Lo peculiar era que los personajes estaban retratados boca abajo. Se trataba de dos hombres pero uno estaba vestido de mujer. Sobrevalorando los conocimientos de historia de los visitantes, la guía trató de poner un buen punto final a tan desdichada jornada. ¿Sabéis quienes son? Ante su pregunta algunos alumnos voltearon su cabeza para tratar de ver el cuadro al derecho. Nadie dio respuesta. Ella trató de ayudarles y les dio una pista que les sirviera de referencia: la Unión Soviética. Cuando oyó que una voz decía ¿qué es eso? no cejó en su empeño y añadió: uno se llamaba Vladimir y el otro Joseph. ¿Y? fue la única respuesta. Se rindió. Antolín poniendose las gafas les explico que se trataba de los dos líderes más importantes de la Unión Soviética. Cuando como único comentario se escuchó un ¿puedo ir al baño? Antolín se dio cuenta de que el debate no había sido bien planteado. La guia sususrró unas palabras y desapareció como alma que lleva el diablo. Antolín se llevó a los chicos de vuelta a la planta baja. Para ello tuvieron que montar en un ascensor de un tamaño descomunal. Eran más de veinte y todos entraban en él cómodamente. La bajada fue rápida. Al llegar abajo todos dijeron: ¡que guay! podemos repetir.

Antolín, comprensivo, joven, moderno y artista rebelde les dijo: por supuesto. Así estuvieron un buen rato. El disfrute acabó cuando la seguridad del museo les invitó a abandonar el edificio.

Tentado estuvo Antolín de pedir a los chicos que se sentaran en el ascensor al grito de no nos moverán.

Feliz, a pesar de todo, les dio el resto de la mañana libre. El se dirigió contento a su casa. Sólo le preocupaba un poco que la raya de sus tejanos se estaba empezando a desdibujar. En su mente iban y venían nuevos proyectos académicos. Mañana más y mejor. Su camisa Tollins (sin apóstrofe) verdiblanca desapareció con él cuando dio vuelta a la esquina.

Estimado señor ministro:

Le escribo para hablar de religión. La docta academia de la lengua define la religión como el conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto. La wikipedia, menos docta y más popular, dice que la religión es una actividad humana que suele abarcar creencias y prácticas sobre cuestiones de tipo existencial, moral y sobrenatural.

La religión católica es la escogida por usted, basándose en su gran predicamento entre la población y en la tradición de siglos en nuestra cultura, para que sea estudiada por los alumnos de primaria y secundaria. Miento. No todos tienen que estudiarla. Los que no quieran tendrán que estudiar una asignatura alternativa que varía de nombre según el nivel. O bien se llamará Valores culturales y sociales o bien Valores éticos.

La primera pregunta es obvia. ¿Por qué se ha de sustituir la religión católica por una asignatura que hable de valores? La respuesta, mi querido ministro, está ante nuestros ojos. Los que no estudien religión católica parece que carecen de valores y por ello hay que enseñarles alguno. Si estos últimos son tan importantes, ¿por qué no los van a conocer los estudiantes de religión?, ¿es que para ellos no son necesarios?, ¿es que les basta lo que diga la santa madre iglesia?

Me estrujo el cerebro tratando de hallar solución ante tanta incógnita pero acabo rindiéndome. Quiero olvidarme del tema pero no puedo dejar de pensar en el motivo por el cual el católico no necesita conocer valores sociales o éticos tan necesarios para el resto de los mortales.

Si a la religión le hace falta una alternativa es que los no religiosos carecen de algo y si ese algo es precisamente y como única opción los valores y la ética es que es eso de lo que carecen. Si sólo fuese un problema de horas lectivas, de que todos los estudiantes tuvieran el mismo horario, entonces las alternativas serían infinitas y los alumnos podrían dedicar su tiempo a jugar al ajedrez, a aprender a cocinar, a leer o incluso a jugar al noble deporte del futbolín. Pero no, a usted esto no le convence y le parece menospreciar la religión católica si su alternativa no es algo con mucha enjundia.

Otra opción, bastante lógica en un país laico, es que la asignatura de religión fuese, en todo caso, voluntaria y, por supuesto, fuera del horario escolar. Podríamos llegar al extremo de considerar la religión como algo relativo al ámbito privado y que quedase fuera de la jurisdicción de los centros de enseñanza públicos. En ese caso quien quiera profundizar en el estudio de su fe, tendría que acudir a su propia congregación para recibir enseñanzas religiosas.

Sí, ya lo sé. Llegado a este punto usted me recordará que existe un concordato con la Santa Sede que nos obliga a cumplir unos compromisos en materia de educación. Si usted me dice eso, yo también le digo que la propia constitución nos dice, por ejemplo, que todos los ciudadanos tenemos derecho a una vivienda digna. Es claro que los poderes públicos no cumplen con los mandatos constitucionales. ¿Me va usted a pedir que yo cumpla con los concordatos?

La alternativa entre valores católicos y valores sociales y éticos que usted propone parece querer decir que son intercambiables. Esto sólo puede significar que ambos coinciden. Esto no es verdad. La religión católica no representa hoy en día los valores aceptados por la mayoría y no se diferencia de la ética solamente en que además de valores tiene unos dogmas y creencias.

Pienso, señor ministro, y creo que usted lo sabe perfectamente, que todo es una trampa. Usted quiere una asignatura alternativa para que los estudiantes elijan la asignatura de religión. No quiere que el futbolín sea su alternativa porque sabe que la mayoría preferiría practicar tan bello deporte, y quiere que sea dentro del horario lectivo no porque los creyentes tengan catequesis a la salida del colegio sino porque las aulas se quedarían vacías.

No contento con eso pretende que la asignatura de religión sea evaluable (la neurona que me queda se esfuerza sin éxito en comprender cómo). Este es otro truco. Es público y notorio que los profesores de religión suelen tender a puntuar altamente a sus alumnos como reclamo para conseguir más estudiantes. Estos, atraídos por el señuelo de subir sus medias, caen en la trampa como moscas. Por si esto fuera poco se ofrecen excursiones y viajes sólo para los estudiantes de religión y así poder visitar los santos lugares de París, Madrid o Lloret de Mar por poner sólo algunos ejemplos de ciudades representativas de los valores católicos.

Así está la situación.

¿Aceptará, señor ministro, que me declare insumiso ante las alternativas que me propone?

Espero no haberle robado mucho tiempo. Miento otra vez. Espero todo lo contrario y confío que estos minutos de distracción le hayan hecho olvidarse de alguna otra genial idea.

El mundo me lo agradecerá.

Entre los muros

A un alumno le han ingresado en un centro psiquiátrico porque se sentía perseguido por espíritus  y fantasmas. Otro tiene un horario especial porque su adicción a la marihuana le impide asistir la jornada completa. Si se le insinúa que debe hacer alguna cosa en clase, alega que no responde de sus actos. Un chico ha sido denunciado a la policía por su propia familia debido a sus amenazas y agresiones. Ahora se encuentra en un centro de menores. El juez le ha condenado a asistir a clases. Si un profesor tiene que llamarle la atención debe ir acompañado.

Me contaba hoy una chica cómo su padre se había quedado en el paro. Su madre sufre una enfermedad degenerativa e incapacitante y, ante la imposibilidad de hacer frente a la hipoteca de su casa, viven bajo la amenaza de un desahucio. Se le ha denegado una beca. Ha vuelto estos días un alumno al centro después de una expulsión de veinte días por el intento de agresión a un profesor. Nada más llegar ha escondido los apuntes de una compañera y el bolso de otra. Se trataba sólo de una broma.

Una alumna anda estos días deprimida por la separación de sus padres. Lo que no puede entender es que la culpa de la misma, según ellos, es ella. Los padres están muy preocupados por los malos resultados de su hija. El padre de un alumna gitana quiere impedir que su hija estudie ya que ha programado un ventajosa boda para ella. Que tenga quince años no supone ningún problema. Que ella quiera estudiar tampoco. Una alumna ha amenazado e insultado gravemente a una profesora a causa de un desacuerdo en la nota de un examen. Tras una larga conversación con ella y tras la aceptación de lo desmesurado de su reacción se ha negado a pedir disculpas por una cuestión de orgullo.

Un alumno diabético se empeña en almorzar todos los días palmeras de chocolate. Su vida es suya, arguye. Alumno hiperactivo cuyo padre padece el síndrome de Diógenes no duda en calificar la escuela como su lugar de recreo. A una alumna bipolar hay que agarrarle de la mano y llevarla a un sitio tranquilo cada vez que sufre una crisis. La clase, mientras tanto, se suspende. Una alumna agredió a otra en el aula porque esta última tuvo la desfachatez de hablar con su novio en una discoteca…

¿Qué hago yo con una pizarra, una tiza y una palmada en la espalda?¿Qué hago yo con quien me critica porque mis vacaciones son demasiado largas?¿Qué hago yo con las evaluaciones de diagnóstico?¿Qué hago yo con Bolonia?

P.S.: Esto no es sacar las cosas fuera de contexto. Este es el contexto. Esta no es toda la realidad pero sí es la realidad que se oculta. Esta no es la vida de todos los profesores pero sí la de suficientes.

Jóvenes airados

Llevo días intentando convencer a mis alumnos de que el mundo es mejor de lo que era. Llevo toda mi vida intentándomelo creer. Hablamos en clase de la revolución industrial, de la conquista de derechos, de la sangre derramada por su causa, del sufrimiento que ha traído consigo poder decir lo que uno piensa. Ellos me miran atónitos. Yo soy el ingenuo y no ellos. Yo el joven, ellos los viejos.

Yo trabajo con jóvenes de entre 17 y 20 años. Les escucho todos los días, les discuto, les reto, les atosigo con endiablados argumentos, les rebato, les provoco. Hoy soy Adam Smith, mañana seré Karl Marx. Hablo de guillotinas, de colonos exterminadores, de indígenas aplastados, de un Mayflower sangriento. Les hago leer en alto la declaración de independencia. Esta les aburre, la sangre, sin embargo, excita sus pupilas. Quieren más. La guillotina les inspira más que la declaración de los derechos del hombre.

Su imagen del mundo es mucho más negra que el negro más profundo. A su lado, yo, que me creía el perfecto sofista, parezco un adalid del movimiento de los ciudadanos satisfechos, el epítome de lo que ellos desprecian.

Su horizonte siempre está a la vuelta de la esquina. El verbo sólo lo conjugan en presente. El futuro es inextricable. El pasado, tristemente, les aburre.

Todos los políticos roban, el poder siempre corrompe, la violencia es necesaria, lo mío es mío y lo tuyo también si puedo. La pena de muerte es la más justa de las penas. Ojo por ojo, diente por diente. Dicho así, parece que piensan, mal o bien pero piensan. En realidad no piensan nada. Es la generación desinteresada. Su cerebro está apagado. En standby en el mejor de los casos.

Aportar luz es tarea de titanes. Me olvido de instruir. Me bastaría con el humilde rol de una cerilla que ilumine levemente la cueva donde viven. Despertar las ganas. Hacerles ser curiosos. Nada más.

Yo trabajo con jóvenes. La mayoría son seres desarraigados. Han construido su vida acumulando fracasos. El mundo les ha arrinconado y ellos se refugian en su rincón despreciando lo que otros tienen y ellos no se atreven a soñar. Son víctimas pero también verdugos. Verdugos, sí, de sí mismos y de quien se les ponga en el camino. Todo les es ajeno.

Cada día me enfrento a ellos. Les miro y siento pena, rabia, amor, compasión y desprecio. Parece una mezcla imposible pero existe. La ignorancia les hace débiles y los débiles provocan compasión, la ignorancia les hace también osados e intransigentes. Desprecio a los intransigentes. Es agotador sentir tantas cosas a la vez  y mirar de frente, hablarles a los ojos como si su osadía fuese inteligente, como si su debilidad les hiciera más humanos. Es desesperante que tras sus ojos no haya luz, sólo ceguera.

Yo trabajo con jóvenes, la mayoría mujeres, que desayunan marihuana, que sólo viven el sábado por la noche, que quieren destruir el mundo en el que viven, que gastan lo poco que tienen en  zapatos de plataforma, en píldoras del día después, en vino en tetrabrick y cocacola.

Todos los lunes por la mañana, me enfrento al calvario de enfrentar sus miradas y hablarles de un mundo mejor en el que no creen, de derechos que no entienden, de revoluciones de las que sólo les interesa la sangre, de leyes hechas sólo para joderles, de un mundo, en fin, en el que no viven.

Yo trabajo con jóvenes que no escuchan, que son incapaces de aceptar lo que no les conviene, que huyen de la única responsabilidad que tienen: salvarse a sí mismos. Yo trabajo con jóvenes que cavan cada día un agujero más profundo. Trato de quitarles las desgana de las manos. Trato de provocar una respuesta y sólo se encogen de hombros. En grupo se sienten seguros, fuertes sin convicciones. Tomados de uno en uno son sólo como polvo en el camino.

Aceptar que el éxito y el fracaso son conceptos totalmente relativos es la gran lección que tengo que aprender todos los días.

De vez en cuando, al menos, compruebo que las palabras no se las lleva el viento. A veces, una mañana cualquiera, me encuentro con alguno de ellos y me dice : “Hoy me he acordado de lo que nos dijiste”.

Respiro hondo, recojo mis libros y papeles y entro de nuevo en el aula donde  veinte ojos me miran sin ver absolutamente nada.

Yo no trabajo con todos los jóvenes. Hay también luz entre tanta negrura. Hay ganas de entender y de  decir en voz alta las palabras que otros callan. Pensar y decidir es el único camino hacia la libertad. Aprender y comunicar nos hacen humanos.

Para S.,por atreverse a hablar en voz alta.

Reflexiones sobre la educación

El hombre no llega a ser hombre más que por la educación. No es más que lo que la educación hace de él. Es importante subrayar que el hombre siempre es educado por otros hombres y por otros hombres que también fueron educados. Inmanuel Kant

El tema de la educación es un tema complejo. En algunos países del mundo se han hecho grandes avances. El primero, considerar la educación como una necesidad. El segundo, y más importante, considerarla una necesidad de todas las personas, no sólo de una parte. La consecuencia de esto es que el estado ha de hacer suya la obligación de ofrecer un servicio público y gratuito para que todos los ciudadanos, sin excepción, puedan acceder a él. Hasta aquí creo que no debería haber  problema en ponerse de acuerdo. No pequemos de ingenuos. El problema persiste. La educación es todavía el derecho de unos pocos en muchos lugares de este planeta. No es la falta de medios el mayor problema sino la terquedad, el fanatismo, la repugnante creencia de que no todos somos iguales, el desprecio de parte de los otros, la diferencia entre puros e impuros, dignos e indignos, ricos y pobres, hombres y mujeres como sujetos de derecho. No nos podemos refugiar en que las culturas son diferentes y que todas son respetables. Las culturas, obvio es decirlo, no son, por sí mismas, merecedoras de respeto.

Los países del mundo no se diferencian por la cantidad de habitantes que tienen sino por lo que se ha dado en llamar su capital humano. La cultura, la costumbre de aprender, la capacidad de discernir la correcta información en las fuentes adecuadas, el fomento de la curiosidad, el  grado de preparación y la cualificación profesional son los aspectos que marcan las diferencias entre unos países y otros. La autonomía personal debería  ser el principal objetivo de cualquier sistema educativo. El estado debe dejar de ser papá o mamá para ser nosotros. El estado no tiene la misión de adoctrinar sino de dar la oportunidad a los ciudadanos de alcanzar la libertad. La ignorancia y el adoctrinamiento conducen por diferentes caminos al mismo lugar: la tiranía.

Lo que no podemos evitar es que cada época tenga unos valores predominantes y que estos sean transmitidos a los que serán los ciudadanos de mañana. El único argumento que podemos esgrimir para actuar de esta manera es el consenso. No hay otro posible. La clave está en que enseñemos que eso que transmitimos ha sido alcanzado mediante el acuerdo y que de la misma manera podrá ser cambiado. Esa es la diferencia fundamental con el adoctrinamiento. Quien adoctrina no abre puerta alguna al cambio. La ética, entendamos bien el término, está basada en el egoísmo, todos queremos estar y sentirnos bien. Si conseguimos que el bienestar se extienda entre los demás  estamos garantizando  el propio.

La ilustración sostenía que sólo la razón podía conseguir un verdadero desarrollo de la humanidad. El desarrollo intelectual parece ser el único medio de hacer desaparecer la ignorancia y el oscurantismo. Para que uno sea dueño de su propio destino ha de ser capaz de tomar decisiones. Las decisiones se toman sólo en libertad. En último término es la razón quien nos puede librar de la tiranía y por tanto la que que nos puede hacer conseguir la libertad.

Las élites intelectuales han ido marcando los cambios históricos que, mal que bien y  poco a poco, nos han ido conduciendo a un mundo, no sé si mejor pero al menos con más oportunidades de extender la justicia. Durante la mayor parte de la historia las élites se formaban, no por los más dotados intelectualmente, los más preparados o los más esforzados sino por aquellos que ya habían nacido dentro de ella. Era un club privado al que no se podía acceder. La puerta estaba cerrada desde el mismo día de su fundación. La extensión de la educación es el único medio no de entrar sino de conseguir que tales clubs desaparezcan. Las élites, en cualquier campo, siempre existirán. La diferencia debe estribar en que las puertas estén siempre abiertas y  que el acceso esté permitido sin excepción. Siempre habrá mejores matemáticos, físicos, arquitectos, escritores, filósofos y políticos. Esto es cierto  como lo es que nuestra misión es que todos tengamos las mismas oportunidades de serlo si nos interesa.

La educación es, vistas así las cosas, el derecho más elemental, más allá de los considerados básicos para sobrevivir. La mera supervivencia no nos concede dignidad alguna. La dignidad humana se alcanza gracias a la razón. La libertad y la igualdad no tendrían que suponer esfuerzo alguno para nadie. Al ser humano se le deberían suponer como al soldado la valentía. La educación, el acceso a la cultura, el desarrollo de la razón, sin embargo, requieren esfuerzo. Es el derecho que más trabajo requiere. El acceso a ella tiene que estar garantizado. Hasta dónde llegue cada uno es algo que no se puede saber, medir ni controlar. En una sociedad justa debería estar sólo en nuestras manos.

La gente muere de hambre, las guerras y la violencia acaban con la vida de incontables seres humanos, las epidemias diezman la población en los países más pobres. Las injusticias, las desigualdades y la falta de libertad son el pan de cada día. La razón fundamental de que todo esto suceda es la ignorancia. La ignorancia nos es útil para imponer nuestras ideas y nuestras creencias. Moldeamos gracias a ella el mundo a nuestro antojo. Mantener conscientemente y pudiendo evitarlo a los demás en la ignorancia es el mayor de los pecados. Las élites que surgen naturalmente son inevitables aunque no sean lo deseable, las élites conseguidas a hierro y fuego y mantenidas con el  engaño son el más evidente síntoma de que el mundo está enfermo.

La educación, en estas condiciones, adquiere un papel vital si queremos que el estado de las cosas cambie. Decir esto no va mucho más allá de decir una obviedad. El verdadero problema, el más  difícil de resolver  es cómo educar. El más difícil todavía es educar a quien no quiere ser educado. Nadie rechaza para sí mismo comida, ropa y refugio, pocos se oponen a la libertad y a la igualdad  pero muchos no llegan a comprender el alcance de la educación. No hablo de la mera transmisión de conocimientos y valores. Voy más allá. Hablo de conseguir que cada uno de nosotros se considere un ser humano autónomo, libre y por tanto valiente.

Los derechos humanos están muy bien. Tal vez nunca en la historia ha habido un mejor conjunto de buenas intenciones. De poco sirven mientras la mitad de la humanidad no sabe tan siquiera leerlos. (Y la otra mitad los utiliza sólamente en discursos solemnes).

Parasíntesis,Wittgenstein y el sacacorchos

Se me ha quedado mirando. Yo le he preguntado con un gesto qué es lo que pasaba. Me ha dicho que no entendía nada. Cuando he mostrado mi incredulidad y le he hecho ver que pensaba que era una broma, él no se ha inmutado y ha insistido en que no sabía hacerlo. Yo estaba cuidando la clase de una compañera. Les he repartido el trabajo que tenían que hacer. Eran ejercicios de lengua. Se trataba de diferenciar sustantivos de adjetivos, clasificar palabras entre simples y compuestas y cosas así. Me ha parecido ridículamente fácil. Algunos de ellos parecían, sin embargo, estar preparando oposiciones para entrar en la Nasa. Les he estado observando  y no podía dar crédito a lo que veía. Todo eran quejas ante la dificultad de la empresa a la que se enfrentaban. Tienen todos 17 o 18 años. No saben absolutamente nada y lo peor de todo: ante la menor dificultad abandonan. Entiendo perfectamente que el estudio de palabras parasintéticas no sea la pasión de su vida. Lo que no puedo comprender es que les de lo mismo ser unos ignorantes. Es más, sospecho que no saben lo que significa tal vocablo. No tienen más horizonte que el viernes y el sábado por la noche, más ilusión que el capítulo 1342 de “Atrapada entre dos rufianes” y su mayor deseo consiste en tener un iPod rosa fucsia o un polítono de los Jonas Brothers para el móvil. La cima del cine es “Loca academía de policia 879″. Los libros son objetos misteriosos para ellos, no saben lo que hay dentro,  internet es chatear, tienen el dedo pulgar hiperdesarrollado con forma de tecla de teléfono móvil y la música la utilizan para taladrarse la cabeza. Algunos de ellos, creo,se han olvidado de su nombre. La Unión Soviética nunca existió, el Papa es un viejito vestido de blanco, Che es una marca de camisetas que compite con Marley, la tarjeta de crédito es el mejor invento humano, las necesidades básicas son respirar, comer y dormir, los políticos son todos unos ladrones que engañan a todo el mundo menos a ellos, quedarse embarazada con 15 años es un ejercicio del sagrado principio de la libertad, el grafitti es la mayor expresión artística, una casa sin tres o cuatro televisiones no es una casa, los Estados Unidos tienen la culpa de todo lo que sucede en el planeta y en los abismos del espacio, el uso de la violencia es el resultado lógico de la libertad de expresión, la revolución es fumar marihuana a las 8 de la mañana, lo saben todo sobre sexo y por eso jamás  preguntan nada, los emigrantes vienen todos a robar y a quitarnos el trabajo, la guerra de los Balcanes o la de Irak no les interesa porque allí nada se les ha perdido, el mayor de los misterios es por qué los bancos nacionales no fabrican más dinero, Shakespeare es un nombre impronunciable, los filósofos griegos no eran filósofos eran homosexuales, las leyes son la quintaesencia de la represión, la pregunta capital es para qué sirve esto, la segunda pregunta más importante es qué hay que hacer para ser famoso, el sida sí saben lo que es pero da mucha pereza usar un condón, su capacidad de concentración es menor que la de un hamster y una cacatúa es capaz de elaborar oraciones más complejas. La política no les afecta, los periódicos son papeles que leían sus abuelos, la economía son números y a ellos los números ni les incumben ni  les interesan,”Pasión de Pichones” supera con creces a Bergman y el libro Guinness de los records es el único libro digno de leerse.

Cuando yo, metiéndome donde no me llaman, les he intentado explicar la diferencia entre una palabra simple y una derivada, me he sentido Wittgenstein ante un auditorio compuesto por simios. Para ser más didáctico les he dado luego ejemplos de palabras compuestas. Parabrisas, lavavajillas y puntapié han sido algunos de mis brillantes ejemplos. Cuando todo ha quedado claro han seguido con su trabajo. Al rato una cara sudorosa por el esfuerzo me ha espetado aturdida: no sé que tipo de palabra es sacacorchos. No sabía si tirarle a ella por la ventana o tirarme yo. Al final he optado por lo evidente y le he dicho la verdad: sacacorchos es un verbo. Gracias, me ha dicho. He vuelto a mi mesa con una lágrima deslizándose por mi mejilla.

He mirado un rato por la ventana para relajarme. Cuando me he dado la vuelta he visto que ya estaban al límite de sus fuerzas. Uno se afanaba en hacer agujeros a las hojas con un adminículo agujereador de diseño postpostmoderno. Otra buscaba entre sus clips el color más adecuado para combinar con la tinta del bolígrafo. Los demás, presas de un cansancio metafísico, ya habían tirado la toalla. Yo, que soy un profesor moderno, he aprovechado ese momento para entablar conversación con ellos. Les he preguntado qué planes tenían para el futuro, qué pensaban estudiar el año que viene o a qué les gustaría dedicarse. No sé, ha sido la frase más elaborada. Cuando he pasado de lo general a lo particular y me he dirigido a alguien individualmente, ni tan siquiera he obtenido una palabra musitada, un encogimiento de hombros ha sido suficiente. Quedaba ya poco tiempo y les he pedido que me entregaran sus trabajos. Los he recogido y al irme he echado un vistazo al primero de ellos. Un mensaje reivindicativo dejaba bien claro lo que pensaba sobre la gente de mi calaña.

T as pasd sto es dmsiad dficl pa nsotrs. (el punto lo pongo yo) Sto n lo sbn hcr ni en la unvrsdad.

Ciudadanos educados

La Conferencia Episcopal ha lanzado una cruzada en contra de la asignatura Educación para la Ciudadanía.Algunos padres y madres se han cruzado también y solicitan ser considerados objetores de conciencia. Es decir, sus conciencias les impiden que sus hijos sean educados en tal materia.

El contenido de esta asignatura es el siguiente:

  • Familia
  • Amor
  • Convivencia
  • Cuidado de las personas dependientes
  • Dignidad personal e igualdad de derechos
  • Participación en el centro educativo y ciudadanía
  • Identidad y autonomía personal
  • Derechos humanos
  • Estado de Derecho
  • Diversidad cultural
  • Cuidado de los bienes comunes
  • Protección civil
  • Circulación vial
  • Desigualdad:riqueza y pobreza
  • Conflicto en el mundo actual
  • Globalización

Imagínese cualquiera por un momento que es profesor y que le ha tocado en suerte o en desgracia impartir esta materia.Pregunto:¿Es un contenido lógico  para que se trate en las aulas? Parece evidente que sí.¿No hay mil maneras de tratar estos asuntos para que resulten atractivos,interesantes y que no hieran la sensibilibad de nadie?Sin duda sí.¿Estarán todos los padres de acuerdo con el enfoque que un determinado profesor dé a algunos  de estos temas? Por supuesto que no y además así tiene que ser.O ¿a todos nos gusta  cómo  interpretan la historia, o la filosofía, por decir algunos ejempos, todos los profesores de todos los colegios?No es necesario responder.

Inferir que con una programación como la aneriormente mencionada se va a hacer una apología del libertinaje sexual, una celebración de la homosexualidad, un ataque frontal a la familia tradicional, una invitación al aborto y no se qué más cosas, es digno de una imaginación desbocada y calenturienta. Pensar que unos temas tan amplios como los citados van a obligar a todos los profesores a tratar todos estos conceptos de la misma manera ,no pudiendo matizar,explicar, informar y aclarar es  digno ya no de imaginaciones calenturientas sino más bien de seres sin ninguna imaginación y que creen que hablar y explicar es siempre adoctrinar.A veces lo que más tememos está dentro de nosotros mismos.

Sigo preguntando: ¿Qué pensaríamos de un padre o una madre que que se declarase objetor de conciencia de la asignatura de ciencias naturales por estar ellos en contra de conceptos tales como el big bang o la teoría de la evolución? ¿Creerían tal vez que sus hijos ya sólo comerían plátanos  despueś de conocer a Darwin?

¿Qué pensaríamos de padres o madres objetores de la educación de las mujeres por no ser ésta una constumbre  propia de su cultura?

¿Y de los que se oponen a la enseñanza de la anatomía ?¿Les permitirán los jueces no enviar a sus hijos al colegio los días en que haya diapositivas de genitales?

¿Y si no quiero estudiar latín, griego o filosofía porque son de poca utilidad y no me van a dar dinero en el futuro?

Así hasta el infinito y más allá.

La educación debe ser un servicio público. No creo exagerar si afirmo que el 99% de la población (siempre hay alguno raro) acepta esto como algo positivo.El estado se tiene que hacer cargo de sufragar la educación de los ciudadanos.Esto se hace hoy en día bien ofertando el propio estado este servicio (colegios públicos), bien subvencionando colegios privados (colegios concertados).La mayoriá de ellos religiosos.Estos segundos subsisten por dos razones:la primera porque hoy por hoy el estado no dispone de medios suficientes para atender a toda la población, y la segunda porque se ha decidido respetar la voluntad de los padres a la hora de escoger el tipo de centro educativo que quieren para sus hijos.

Esto plantea nuevas cuestiones:

¿Debe el estado sufragar los gastos de los colegios privados religiosos o se tendría que limitar a ofrecer una educación  pública y laica  en centros públicos?

En un estado laico ¿se debe permitir que a los estudiantes se les adoctrine en el colegio en una religión determinada, siendo este adoctrinamiento materia de una asignatura y que además sea evaluable?

Ahora es hora de las respuestas:

El estado debería ser capaz de ofertar plazas para todos los niños en escuelas públicas laicas.

Si cumpliendo lo dicho anteriormente existe una demanda social exigiendo que sus hijos sean educados en escuelas privadas, se podría satisfacer esa demanda si y sólo si se garantiza una enseñanza en contenidos igual al de la escuela pública.

La esnseñanza de la religión, sea esta cual sea, debe quedar fuera del ambito escolar y por supuesto dejar de ser asignatura y mucho menos evaluable.

A pesar de que la mayoría de los ciudadanos profesen una religión determinada, no se ha de hacer distingos entre unas y otras excepto si alguna de ellas promueve creencias o actitudes contrarias a la legislación del país o a los derechos fundamentales de hombres y mujeres.

No es de recibo que continúe habiendo un concordato con la santa sede,es decir con el Vaticano, que haga que de una manera u otra se subvencione con dinero público la propagación y enseñanza de una religión

La educación para la ciudadanía se tendría que estudiar obligatoriamente, siempre que sus contenidos no atenten contra nada ni nadie y no se deberían admitir objeciones, de la misma manera que no se aceptarían objeciones a las matemáticas o al inglés por mucho que el inglés nos parezca una imposición del imperialismo yankee.(go home)

El que pudiendo aprender no aprende es un necio.

He dicho.