Los unos y los otros

Ser mentiroso puede, en ocasiones, llegar a ser práctico. No es muy recomendable pero hay situaciones en las que incluso mentimos honestamente. Ser cínico denota cierta inteligencia y puede aderezarse con sentido del humor. Ser hipócrita, por el contrario, es siempre perverso.

El comportamiento de los países occidentales cuando hablan del terrorismo yihadista, al que deberían dejar sólo en terrorismo, sin apellidos, es mentiroso, cínico pero sobre todo hipócrita.

Se oculta la verdad. Se presenta una situación en la que nosotros somos los buenos y ellos los malos. Ellos es una palabra muy genérica que deja que la imaginación se desboque y que incluya en el pronombre a todos los que consideramos diferentes.

Se insinúa insidiosamente que el enemigo siempre viene de fuera. Que nosotros, que hemos alcanzado las más altas cotas de desarrollo, bienestar y justicia social gracias a nuestro trabajo y sacrificio, les recibimos con los brazos abiertos, les damos lo que necesitan, compartimos lo que es nuestro y les tratamos como iguales. A cambio, ellos, los forasteros, nos chupan la sangre, se aprovechan de nosotros, de nuestros avances, de nuestras leyes magnánimamente igualitarias, de nuestra asistencia sanitaria universal, de nuestras escuelas. Si vamos a un hospital hemos de esperar pues allí están ellos, en los comedores de los colegios decenas de nuevas reglas modifican la alimentación de nuestros hijos, la navidad corre peligro de extinción, las viviendas públicas son para ellos y ninguno paga el alquiler correspondiente. En fin, ellos, los forasteros, muerden la mano que les da de comer. Hay quien llega al extremo de afirmar que el mal está en ellos, que ellos violan a nuestras mujeres y en último término nos matan.

Dentro de ellos están incluidos musulmanes, mahometanos, yihadistas, árabes, terroristas. Así, todo mezclado, para que no quede nadie fuera. No son los únicos ellos pero sí los que nos han hecho recordar lo buenos que somos y lo malos que son ellos.

Los asesinos son asesinos, los terroristas, terroristas y los últimos acontecimientos han sido obra de repugnantes asesinos que buscan extender el terror y el miedo. Nos enfrentamos al peor enemigo posible: el miedo. Miedo concreto e irracional también, pues el miedo no es posible delimitarlo.

Para luchar contra ese miedo sí es necesaria la unión y la confianza en los otros. El miedo siempre es menor en compañía. El peligro que corremos es extender la culpa y la responsabilidad de los unos a los otros. De un diferente a todos los diferentes. De nosotros a ellos. De lo homogéneo a lo heterogéneo.

No es una guerra entre ellos y nosotros. No es una guerra entre oriente y occidente, no es una guerra entre religiones. Es una guerra entre civilizaciones, entre los que quieren que vivamos en la edad media y los que queremos vivir en el siglo veintiuno.

Si establecemos los bandos entre buenos y malos caemos en el peligro de las generalizaciones. Lo que no entiendo es diferente, me da miedo luego es malo.

La verdad de toda esta mentira es que todos somos buenos y malos. El que unos asesinos actúen les hace malos a ellos pero no necesariamente buenos a nosotros.

Surgen en estos días difíciles muchos conceptos esquivos: extranjero, forastero, diferente, fanático, terrorista… Surgen estos días foros, debates y discusiones en los que por ignorancia, mentira e hipocresía se cuenta la verdad de la peor manera posible: a medias. Surgen estos días patriotismos de pacotilla, uniones de los iguales, abominación de todo lo diferente y perdida total de conciencia.

No son los países de occidente los que han apretado el gatillo, los que han agarrado el cuchillo ni manejado el volante. Son, lo sabemos, repugnantes fanáticos que quieren imponer a la fuerza sus creencias.

Sí son los países de occidente los que hipócritamente hacen negocios con países que no respetan los derechos humanos que tanto defendemos, los que comparten mesa y mantel con líderes que financian fanatismos asesinos. Somos nosotros los que miramos para otro lado cuando a cambio de conseguir un negocio ofrecemos silencio. Ellos, nuestros líderes y países amigos, son también responsables de todo lo que está pasando. Nosotros, occidente, somos tan cínicos, mentirosos e hipócritas que no queremos reconocerlo, lo disfrazamos de intereses internacionales, dinero y diplomacia. Nosotros también somos responsables.

Echar siempre la culpa a los otros, es decir a todos menos nosotros, es una gran mentira. Como casi todas las mentiras es, además, muy peligrosa.

Yo no manejaba el volante, yo no blandía el cuchillo. Lo sé. Tú tampoco. Los que lo hicieron tienen nombres y apellidos y no merecen el más mínimo respeto. El fanatismo y su fanatismo en concreto es una de las mayores degradaciones humanas. Son completamente despreciables.

No caigamos en la tentación de echar la culpa a los otros. Es un concepto tan grande como peligroso. Donde hay otros empieza el fanatismo.

No seamos cínicos, hipócritas y mentirosos.

Ciudadanos

El valor primordial de la democracia es el valor de la participación. Sin ella, aquella deviene en algo insulso y sin gracia. La participación se ha convertido en un simple voto, el voto se ha transformado en delegación y la delegación finalmente en dejación de derechos y por supuesto de deberes.

La decepción general que causa el panorama político, espejo, por otro lado de la condición humana, empuja a muchos hacia el abandono, a bajarse del tren que mal o bien, rápido o lento, nos ha traído hasta aquí.

Sé que duele, sé que es duro decirlo pero esto no es más que un ejercicio de irresponsabilidad. Somos, admitámoslo, vagos y gregarios y el mal estado de las cosas y la corrupción galopante que nos acecha ofrecen la oportunidad perfecta  para sentirnos dignos y coherentes en nuestro abandono.

No queremos ser como ellos. Los políticos son una especie diferente de la nuestra. No queremos mancharnos las manos, no queremos participar en esa orgía de egoísmo. Dimitimos de nuestra condición de ciudadanos y con nuestra irreflexiva acción no hacemos más que seguir dejando en manos de nuestros odiados corruptos el pastel que ya no nos queremos comer.

Cuando alguien, pesado y terriblemente ingenuo, nos sigue hablando de otros mundos posibles, nos cansa pero sobre todo nos molesta. Se vive muy bien protestando. Primero la desidia, no hacer absolutamente nada, que me lo den todo hecho, que para algo voto y participo. Luego, cuando me siento traicionado, abandono, me retiro a mis cuarteles de invierno, allí desde donde lanzo críticas ciegas y feroces. Despotrico de un mundo en el que, por supuesto, sigo viviendo.

Quería cambiar las cosas pero decepcionado compruebo que no se puede. No me queda más remedio que huir, alejarme, por miedo al contagio, de ese mundo podrido que mata con premeditación y alevosía todos los sueños y todas las esperanzas. No tengo más opción que aniquilarme, como aniquilaron mis aspiraciones, abandonarme ahora a la perpetua queja y,  ya de paso, a los partidos de fútbol en la tele.

No participar de alguna forma es abandonar nuestra condición de ciudadanos. La ciudadanía es el más alto escalón al que el ser humano ha subido en su ya larga y dura evolución. Despreciarla, dimitir de ella no nos transforma en héroes ni en tercos revolucionarios. No hacer y no decir no da derecho a pontificar después. No nos sitúa por encima del bien y del mal. Más bien al contrario, nos convierte  en contrarrevolucionarios, hacemos el juego a un sistema que nos quiere callados, sumisos o no, pero callados.

Lo verdaderamente revolucionario es pensar, decir, hacer, reír, llorar, criticar desde la alambrada, luchar desde la razón y desde la rabia. Nada hay más triste que un ciudadano que no ejerce la ciudadanía. Es como poder pensar y no hacerlo, luchar por la libertad tanto tiempo añorada y una vez lograda ponernos otro collar diferente.

El mundo está lleno de maldad y miseria. Todos somos buenos y malos al mismo tiempo. Todos, y digo bien todos, somos responsables de lo que nos sucede. Unos más, otros menos tal vez, pero no hay uno solo que se libre.

La evolución de las especies ha sido dirigida por la fuerza descomunal de la naturaleza, ella ha ido  seleccionando a los mejor adaptados. Ya no, hemos llegado a un punto donde, nosotros los humanos, convertidos ya en ciudadanos, podemos dirigir nuestro progreso, podemos reconducir la evolución a nuestra voluntad. Somos ya seres voluntariosos, debemos movernos siempre en alguna dirección. La quietud no es condición humana. Es cómoda pero cobarde. El silencio pasa en un instante inaprensible de dignidad satisfecha a triste sumisión.

Estamos obligados a hablar o a gritar. A hacer. Nuestro futuro es nuestro. Sólo lo podemos decidir nosotros. Nosotros me incluye. No puedo escapar y quedarme fuera.

Participar no es votar o no votar. Participar es pensar, ser consciente de dónde estamos, criticar al de enfrente, discutir con el de al lado, tratar de convencerle, opinar, decir, leer, hablar, luchar, cambiar, enfadar, proponer, responder, ser, en definitiva lo que nos hemos hecho ser. No esencia sino estado. No materia sino sustancia. No carne sino verbo. No animal sino ciudadano que piensa y lo hace, al menos a veces, por sí mismo.

Un padre, una hija, un robo, un besito y un par de lágrimas

El tiempo no me alcanza. Los minutos y las horas pesan pero los días pasan volando. Veo la luz al final del túnel pero de momento estoy en medio de un atasco.

El sol nos concede una tregua en esta primavera pasada por agua. Mirar por la ventana hace los días más respirables.

Junio debería ser el mes maldito para los estudiantes y el de la tierna venganza para los profesores. Yo, tonto de mí, no soy estudiante y sin embargo acumulo trabajo pendiente. Vivo entre montañas de papeles. Mi mano derecha no sabe, literalmente, lo que tiene ni lo que hace la izquierda. Llegará el tiempo de cerezas. Llegará el suave vacío de no hacer nada. Llegará,  pero sólo dios sabe cuándo. No me lo quiere decir.

Esta mañana, una visita inesperada ha quebrado la marcha de las cosas. El padre de una alumna se ha presentado cabizbajo y angustiado en mi despacho. Su hija que, después de años deambulando por el alambre, parecía haber encontrado un camino con norte le ha decepcionado. La decepción es acompañante habitual en nuestras vidas, pero la de un hijo nunca se espera. Un hijo, por principio, nunca es culpable de nada. Siempre son los demás los responsables. Un hijo es bueno y puro digan lo que digan los demás y aunque los padres no lo sean. La responsabilidad última recae siempre en las malas compañías.

Dos años de estudio, todas las materias aprobadas. Tan sólo le quedaba por superar un periodo de prácticas en una empresa. Ayer  terminaba. Era su último día y ella, para celebrarlo,  se despidió a lo grande. No se fue sola sino que se quiso llevar consigo varios objetos que no le pertenecían. Lo pensó, lo decidió y lo hizo. El problema es que la pillaron. Resultado: prácticas suspendidas, policía, comisaría, demanda judicial, adiós al título que anhelaba para poder trabajar o seguir estudiando y un padre destrozado.

Hoy ha venido el padre solo. Ella, capaz de peores cosas, no ha tenido el coraje necesario de presentarse. Ni aquí ni en el centro de trabajo. El padre, desconsolado, no podía entender lo que pasaba. Como siempre, y como todos, preguntaba qué había hecho él mal. Incapaz era de poner la culpa y la responsabilidad sobre los frágiles hombros de su hija.

La situación no tiene solución. Ni en lo académico ni en lo judicial. No hay vuelta atrás. Alea jacta est.

Yo tenía su cara delante de mí y no sabía qué decirle. Bueno, sí lo sabía pero no me atrevía. Su hija de diecisiete años había decidido quedarse en casa, echando – eso sí – alguna lagrimita y preguntando a su padre si aún la quería.

Primero ladrona, luego  chantajista. Una vez se empieza, todo es coser y cantar.

El padre, separado, en el paro y desahuciado de su última vivienda, pedía soluciones. No las hay. Mi labor consistía en decírselo. Por la ventana entraba, mientras tanto, la luz a raudales. Yo sólo he sido capaz de darle algunos consejos y, como quien dice, acompañarle en el sentimiento. Él se ha ido un poco menos cabizbajo de lo que ha venido. Ése ha sido mi único logro.

Se ha ido y he vuelto a quedarme solo. Yo y mis pensamientos. Los papeles, amontonados en la mesa, se han quedado esperando. He pensado en qué haría si lo mismo me hubiera ocurrido a mí. No he podido imaginarlo. Así somos.

Madurez, conciencia, responsabilidad, gratitud, honestidad… Todas ellas y sus contrarios han desfilado una a una y en parejas. Tal y como han venido se han ido.

Tal vez todo el error sea que educamos tomando la educación como un proyecto de futuro. El camino queda, mientras tanto, vacío. La educación es hoy y ahora y cada uno ha de vivirla en el presente. Todo lo demás no sirve para nada.

Tenía que corregir exámenes, preparar actas, completar memorias y rellenar formularios. Los papeles, llenos de palabras, se han quedado solos, encima de la mesa. Yo, otra vez tonto, me he quedado, como el padre, pensando en qué habíamos hecho mal nosotros.

Ella, seguro, estaría esperando en casa a que su padre llegara con la solución a su desdichas bajo el brazo. Ya le pagaría con un besito y un par de lágrimas.

Conciencia y libertad (recordando a Sartre)

El hombre nace siendo nada. La piedra es piedra y es inmutable. Lo que es inmutable no tiene conciencia y por eso nunca aspira a cambio alguno.

El ser humano tiene todas las posibilidades ante sí. Lo sabe porque es consciente y puede salir de la nada porque es libre.

Conciencia y libertad son los atributos que la piedra no posee. Nosotros,los mutantes, nos vamos conformando a través de nuestras decisiones.

Yo no estoy predeterminado, mis decisiones me transforman. Las decisiones no quedaron varadas en el tiempo como una ballena en una playa. Tras una viene la otra y nosotros nos vamos haciendo según sea el camino que hemos ido tomando.

La responsabilidad es nuestra. No vale refugiarse en no tuve remedio o en no pude hacer otra cosa. Echar la culpa a las circunstancias es esconder la cabeza en la arena. Ellas no toman decisión alguna, somos nosotros. Cuando nos refugiamos en esta excusa estamos en realidad dando la razón a Sartre cuando hablaba de mala conciencia. Las circunstancias no nos obligaron, lo que hicimos fue decidir no hacer algo. El propio Sartre nos pone el ejemplo de la libertad del esclavo. Él puede decidir no obedecer, sabe que si lo hace puede morir, pero la decisión está en sus manos. Si obedece es porque quiere vivir no porque esté obligado a obedecer.

Cuando elegimos actuamos. Nosotros decidimos lo que está bien y lo que está mal. Los valores no nos son dados, no están ahí para que los obedezcamos. La vida, la naturaleza carecen de valores.

Sabernos responsables es lo que nos provoca angustia. El precio de la libertad es la angustia.

El cobarde no hace, se queda paralizado, atenazado por la temporalidad, por la muerte segura. Volver a la nada y sabernos solos hacen que la responsabilidad sea un peso excesivo sobre nuestras espaldas. Nos refugiamos en dioses que todo lo pueden, que nos lo dan todo hecho, que nos muestran el camino, que nos dicen de qué árbol comer y de cuál no, que nos quitan, en definitiva, el peso de la angustia y de la duda .Pagamos,sin dudarlo, como tributo nuestra propia libertad.

El valiente, por el contrario, acepta el reto de hacerse a sí mismo y de ser, a pesar de que su último destino pueda ser desvanecerse en la nada de nuevo.

La conciencia nos hace presentes a los otros y nosotros lo estamos en ellos. Ellos existen, nos observan y nos piensan. No estamos solos. Nuestras decisiones les afectan. Cuando decimos que nada pudimos hacer por los demás estamos otra vez ante la mala conciencia. No vale alegar nuestra impotencia. Mentimos. Lo cierto es que elegimos no hacer nada. Quisimos dedicarnos en exclusiva a nuestra angustia.

Esa conciencia de los otros nos debería impulsar a liberar al ser humano, a pasar de la nada al ser. No importa que la vida en sí, tenga sentido o no lo tenga. Nosotros se lo damos. Esa es ,tal vez, la decisión más importante.

El valiente es generoso.

Nos guste o no, lo entendamos o no, también esto lo dijo Sartre , estamos condenados a ser libres.

Bendita condena.

El juego del avestruz

A Sophie, a la entrada del campo de concentración, le piden un imposible. Debe escoger cuál de sus dos hijos sobrevivirá. Al otro lo enviarán inmediatatamente a la cámara de gas.

Proponer a alguien este dilema es esencialmente cruel. Tanto que, para poder entenderlo, tenemos que creer que quien lo plantea está rematadamente loco. ¿Lo está?

Si nos ponemos en la piel de Sophie, si de verdad llegamos a asumir la necesidad de tomar esa decisión, no creo que nadie fuera capaz de hacerlo. Preferiríamos, en primer lugar, ser nosotros mismos los que  dirigiéramos nuestros pasos hacia una muerte segura. Preferiríamos, incluso, si esta opción no fuera válida, que otro, el malo, el cruel, decidiera por nosotros. El planteamiento va todavía más allá. Si ella no decide a quién salvar, serán sus dos hijos los que mueran.

Nosotros no podemos escoger, Sophie sí. Escoge, con lógica implacable, salvar al hijo mayor. El pequeño tendría menos posibilidades de sobrevivir en un campo de concentración. La escena es terrible, trágica, demoledora. La decisión es, a pesar de todo, fría y lógica.

¿Qué ha hecho Sophie? ¿Ha salvado una vida? ¿Es responsable de la muerte de uno de sus hijos? ¿Ha ido más allá de lo humanamente posible?

Ha tomado una decisión. Es responsable de sus consecuencias. Nada ni nadie le librará de eso. Lo que le da valor a su acto es precisamente eso. ¿Qué habría pasado de no haber elegido?

La no-elección no es una elección, por tanto no sería responsable de nada. Sería algo peor: sería culpable de la muerte de sus dos hijos.

Otra cosa es cómo juzguemos estos hechos.

F. tenía una hija de ocho años. Un brutal asesino la violó y la mató. Años después, cuando el asesino, convicto y confeso, era juzgado, F, presente en la sala del juicio, sacó una pistola de su bolso, se acercó al acusado y le disparó hasta matarle.

F. tomó una decisión libremente, lo planeó, lo calculó y lo llevó a cabo con frialdad y absoluto convencimiento. Ella fue responsable de sus actos, culpable de asesinato. Simplemente aceptó sus consecuencias. El hecho de que su hija fuera salvajemente asesinada no le quita ni pizca de culpabilidad.

Otra cosa es cómo juzguemos estos hechos.

Lo terrible, lo duro, lo implacable de nuestro mundo, de nuestras vidas es que es peor no tomar decisiones que tomarlas. Lo cómodo y lo fácil es mirar para otro lado, esquivar siempre la responsabilidad de decidir, pensar que si no hacemos, que si no elegimos ya no somos culpables de nada. El juego del avestruz es el juego al que más jugamos.

El mundo se mueve porque decidimos que se mueva. Si no decidimos nada, también se mueve. Cada causa tiene su efecto. Si yo no decido, otro lo hará en mi lugar. No hacer, no decidir, no pensar nos transforma en animales.

El ser humano es humano porque piensa, dice, actúa, opta y, sobre todas las cosas, porque es responsable de sus actos y culpable de sus omisiones.

Otra cosa es cómo lo juzguemos.

Lo bueno y lo malo, lo conveniente y lo inconveniente, incluso lo verdadero y lo falso no dejan de ser meros consensos que nos sitúan en una realidad creada de esta forma por todos nosotros.

Pluscuamperfecto de subjuntivo

Hoy  hablaba con unos amigos sobre las relaciones entre padres e hijos. No hay, evidentemente, un patrón único de comportamiento y toda generalización contiene, por definición, errores.Creo que podemos decir que, en general, los hijos pasan por dos fases opuestas. En la primera,marcada por la dependencia,ven a sus padres como símbolos de totalidad, todas las necesidades se solventan en ellos y no son capaces de concebir un mundo y una vida sin ellos.La otra, la más dura para los padres, es cuando los hijos descubren que sus progenitores representan una intromisión,una molestia y hasta una carga.Los padres pasan a ser unas máquinas expendedoras, que hacen bien su papel si se limitan a su tarea:cajeros automáticos.Puede, en algunos casos haber una tercera fase, y es cuando padres e hijos se reencuentran y aceptan que cada uno debe llevar una vida independiente del otro.Sólo con esa aceptación es posible llegar a tener una relación adulta y civilizada.Tampoco estos encuentros en la tercera fase suelen ser un lecho de rosas, ya que finalizan siempre con la transformación de los padres en hijos y los hijos en padres.Es esa última etapa en la que tenemos la obligación, la cumplamos o no, de cuidar de nuestros padres, que poco a poco se han ido convirtiendo en seres absolutamente dependientes.

Tendemos a pensar que el origen de todos los problemas está en la infancia.Queremos creer que cuado un adolescente o un joven manifiesta un comportamiento que nos parece equivocado, negativo, malo o contraproducente, es porque algo sucedió en su infancia que desbarató la posibilidad de un desarrollo adecuado de su personalidad y temperamento.De la misma manera, es más fácil comprender el comportamiento, muchas veces egoista, de las personas mayores si lo relacionamos con la pérdida paulatina de sus facultades.No niego que en ocasiones sea así.Acepto incluso que la infancia marca de manera indeleble nuestro paso por la vida. Lo que me parece inadmisible es quitar siempre la responsabilidad de los actos a quien los lleva a cabo.Si nadie es responsable de nada, más vale que nos dediquemos a otra cosa.Los manuales de psicología barata son muy aficionados a transformar todos los lados oscuros de nuestro comportamiento en más oscuras vaguedades con el único fin de echar las culpas a entes indeterminados como la familia, el entorno, la sociedad o los estados unidos.Yo nunca tengo culpa de nada.Yo soy víctima de un entorno hostíl que me corrompe con sus tentaciones.Nos gusta, no, necesitamos vivir en el pluscuamperfecto de subjuntivo para poder imaginar que hubiera sido de nosotros si esa etérea sociedad responsable de todos nuestros males no nos hubiera obligado a ir por el mal camino, o , al menos, por el camino equivocado. Yo no quería, yo no sabía, me he visto obligado a hacerlo. Estas son algunos de los más comunes  lugares comunes en los que caemos para justificar nuestros actos.Sé que aceptar que existen niños malos dificulta nuestra comprensión de las relaciones humanas.Ser adulto lo convertimos en ser capaz de tomar decisiones, en ser responsables.De hecho hasta tenemos leyes que nos dicen desde cuando tenemos responsabilidad penal.Ayer no, hoy sí.Esto último no es más que un arreglo práctico a un problema al que de otra forma no encontraríamos solución.Me parece bien. La responsabilidad penal es una cosa.La voluntad de obrar mal y de hacer daño la tienen por igual niños, jovenes y mayores.

Los hijos necesitan a los padres tanto como los padres a los hijos.Los hijos para sobrevivir y los padres para entender, al menos una vez en la vida qué es eso del amor al prójimo.Cuando un padre no duda de que sería capaz de dar la vida por su hijo, está, de alguna forma,acallando sus problemas de conciencia.Ya sé lo que es la bondad y el amor. Hijo mío, yo daría todo por tí, sin pestañear ni titubear.Una vez sentido eso, no nos importa ya reconocer que en ningún otro caso haríamos algo semejante.Si nuestro hijo se comporta mal con nosotros, buscamos la culpa y la responsabilidad en nosotros mismos.¿Qué he hecho yo mal?, ¿en qué me he equivocado?.Necesitamos también, por si acaso, que alguien saque la culpa de nuestro vástago. Pagamos a un psicólogo, para que nos diga lo que queremos oir.La culpa está fuera de nuestro retoño.Tiene malos amigos, malas influencias,ve demasiadas series norteamericanas o dibujos animados japoneses.Problema resuelto y a otra cosa mariposa.Echar la culpa al aire se ha convertido en el deporte favorito de una sociedad compuesta por personas hechas de mantequilla.No está mal buscar explicaciones a los actos humanos.Lo que no procede es echar siempre la culpa a Bush que bastante tiene con lo suyo.Los abuelos, hasta que se convierten en niños otra vez, son seres con voluntad propia que pueden hacer daño y actúan en consecuencia.No todos sufren alzheimer.Quiero decir, en definitiva, que una sociedad, unas personas que buscan siempre la explicación de lo que les incomoda más allá de su voluntad es una sociedad que se engaña a sí misma.El complejo de Edipo, es muy interesante, pero no todos los niños matan a su padre porque están enamorados de su madre.La demencia seníl,es, cada vez más, compañera de viaje del final de nuestras vidas.No podemos, sin embargo, pensar que todos los actos de los mayores surgen de la irresponsabilidad y la inconsciencia.Los hijos,como todo a veces en la vida, también nos pueden salir rana.Cuando no nos quieren como queremos que nos quieran no siempre es debido a un trauma que surgió en su más tierna infancia. Simplemente no nos quieren.Les sobramos.¿Se arrepentirán?Es problable.Ahí estaremos nosotros para perdonar y echar balones fuera.Esa seguridad que tienen los hijos en el perdón perpétuo de los padres es la que les permite actuar en presente.No necesitan pensar ni en el pasado ni en el futuro. A los padres siempre les quedará el refugio del pluscuamperfecto de subjuntivo.Si hubiéramos hecho, si hubiéramos dicho, si no…

Todos somos responsables de nuestros actos.Por más explicaciones e interpretaciones que les demos, por muchos manuales de psicología que leamos, al final, hubo una voluntad que tomó una decisión.Lo bueno y lo grande es que unos pueden rectificar y otros perdonar.

Que así sea.

Para J. y M.E.

Empeños inútiles

El más inútil empeño que puede acometer un hombre es el de ponderar alternativas, el de intentar adivinar, y preocuparse por ello, la vida que hubiera podido haber vivido si las circunstancias no le hubieran orientado hacia un determinado futuro. Sin embargo, este es un error en el que, cuando somos víctimas de la mala suerte, casi todos incurrimos. (William Styron)

Es curioso que me haya encontrado con este texto justo en los días en que andaba yo cavilando sobre este tema.Yo no me considero desafortunado, a pesar de ello, maldigo las incontables horas perdidas tratando de imaginar que hubiera sido de mí si en vez de haber tomado una decisión hubiera tomado otra, si en lugar de haberte conocido hoy te hubiese conocido ayer, si hubiera nacido allí en vez de aquí o si hubiera dicho sí en lugar de decir no.

Lo que empieza siendo un entretenido pasatiempo acaba convirtiéndose en una obsesión. La duda y la inseguridad acaban aposentándose en nuestras vidas y toman el timón de nuestra nave sin que tan siquiera nos percatemos de ello. Errar es humano. Dudar también.Tomar decisiones con responsabilidad es, sin duda, el paso que marca el adiós a la infancia y da la bienvenida a la edad adulta. La madurez, sólo llega ,si llega alguna vez, cuando somos capaces de afrontar las consecuencias de nuestros actos y decisiones. Lo hecho, hecho está, y de nada vale perder miserablemente el tiempo imaginando otra vida posible, puesto que no la hay. Nuestras decisiones, buenas o malas, acertadas o no, son las que trazan nuestra biografía. Rectificar es de sabios. Nadie lo duda. Pero rectificar es tomar conscientemente otra opción, distinta de la anterior, incluso opuesta. Nada tiene que ver con lamentarse estérilmente con lo hecho.

Si hubiera sabido lo que iba a ocurrir no lo habría hecho. Yo tampoco. Pocas frases tan necias como ésta. El que no haya sido necio alguna vez que lance la primera piedra. La lección que debemos sacar de esto, es que tomar decisiones implica riesgos, pero estos riesgos son los que dan sal a la vida aunque a veces cometamos errores y la vida se nos haga demasiado salada. Podemos analizar hasta la extenuación los condicionantes que determinaron nuestra forma de actuar, podemos también, medir al milímetro las consecuencias que tuvieron nuestros actos. Lo que nunca podremos hacer es dar marcha atrás y cambiar el curso de los acontecimientos. En última instancia, si estamos arrepentidos sólo nos queda el consuelo de rectificar, si ya no es demasiado tarde. Lo que deberíamos desterrar de nuestra mente es la inútil perdida de tiempo en el lamento, en el si yo lo hubiera sabido, en el que habría pasado si.

Una vez más, la incapacidad de aceptar que somos responsables de nuestros actos y decisiones nos lleva a refugiarnos en casa del destino. Él es el responsable, él decidió por mí, yo no tuve otra opción. Desengáñate, sí la tuviste y estaba a tu alcance. Acepta que tú eres soberano en tu vida y lamenta sólo cuando tu conciencia te grita al oido y te recuerda constantemente lo que tú ya sabes, aunque juegues a no admitirlo:  que hubo razones oscuras y turbias que te empujaron a actuar de determinada manera. Entonces sí, laméntalo y sé sabio; rectifica, no tienes más opción. Y grábate con fuego en la frente que el destino lo escribes tú. El éxito o el fracaso de tus empresas no están marcados de antemano. La vida no hace trampas, las hacemos nosotros. La más grande de ellas, inventarnos el destino.

Jugar es bueno, nunca debemos dejar de hacerlo. Hacer trampas puede ser divertido. Ser tramposo es algo diferente.Tomarse la vida como un juego tiene el riesgo de que nos creamos que las reglas están ya escritas. Si nos gustan nos dan seguridad y nos agarramos a ellas como a un clavo ardiendo. No tenemos nada que pensar ni que decidir. Si no nos gustan no nos queda más remedio que hacer trampas, algo externo nos obliga a hacerlo. En ambos casos la misma conclusión:irresponsabilidad. Nada nos conforta más.

Ni dios, ni el destino, tal vez el azar, pero decir el azar es no decir nada, nos arrebatan la responsabilidad de nuestros actos. Por mucho que lamentemos que esto sea así, no nos queda otro remedio que aceptarlo y ser valientes, pues valentía es lo que hace falta para vivir. Los cobardes no viven, vegetan, a veces juegan y pierden, siempre pierden.

Gilipollas

El problema de fondo es que no tratamos el fondo.

Siempre pasa lo mismo.Es duro reconocerlo pero creo que no tenemos remedio como especie. Es cuestión de tiempo.

Ahora nos ha pasado con Joseph Fritzl.”¡Es un monstruo!” repetimos simiescamente. Ponemos la televisión, escuchamos la radio, leemos la prensa e incluso algún intrépido busca información en internet.Tras tanto análisis y estudio lo más ingenioso que se nos ocurre comentar es el sistema de apertura que tenía la puerta en caso de que Joseph muriese, o exclamamos cariacontecidos, al verle robusto y lozano en Tailandia:”pero si parecía normal”. Otros, más estudiados, lanzan una atrevida hipótesis:”ya se ve que estaba loco”.

Este caso(no sólo Fritzl, sino nosotros) no es más que otro ejemplo del grado de degeneración al que hemos llegado como especie.

Lo mismo podríamos decir cuando, por ejemplo, analizamos el problema de la inmigración circunscribiéndonos a ese que se pasea con mala cara cerca de nuestra casa o del colegio de nuestros hijos. Hay que poner remedio a la inmigración porque he visto al de la esquina trapicheando.

El ochenta por ciento de los contratos laborales (como mínimo) que se hacen en España son ilegales. Esto es un hecho y lo único que se nos ocurre decir es que “algo es algo”,”es normal al principio” , o que “peor lo tuvimos nosotros”.

Un ciclón arrasa  la ex-Birmania, lo lamentamos si, pero adustos añadimos: “ya se lo habían advertido dos días antes los meteorólogos indios” Por no mencionar el silencio patriótico que se siente cuando se paga por el rescate de unos pescadores secuestrados. Como son “nuestros” no se puede preguntar si se ha pagado o no y qué implicaciones tiene ese pago, y aceptamos como idiotas las absurdas respuestas de los responsables.

Si preguntamos, como lo haría una ameba de mediana inteligencia:

¿Por qué la mayoría de mujeres del mundo vive  explotada, violada, mutilada,maltratada y marginada?

¿Por qué la prensa jamás pregunta lo que hay que preguntar ni explica lo que hay que explicar?

¿Qué responsabilidad tenemos en el hecho de que millones de seres humanos dejen casa,tierras y familias a cambio de casi nada?

¿Por qué se permite que una siniestra junta militar gobierne un paiś en el siglo XXI?

y la pregunta del millón:

¿A qué coño se dedican los inspectores de trabajo?

Si preguntamos esto, decía, nos mirarán como si de verdad fuéramos amebas y tranquilamente contestarán.”este tío va de raro” y continuarán tomando una hortera gamba a la gabardina comentando como Julio Josefiño se hizo daño  en un dedo del pie en el partido de ayer.

La verdad es que somos responsables de casi todo lo que nos pasa, y si nos refugiamos en lo inmediato y  sólo nos interesa resolver  nuestros problemas cotidianos, admitámoslo. Ya no más”¿y qué voy a hacer yo?”, “si por mi fuera”, “que lo hagan los políticos que para eso les pagamos”.

Admitiendo la culpa y la responsabilidad estamos dando el primer paso hacia algo mejor.Mientras tanto, no nos queda más remedio que admitir lo único evidente:somos gilipollas.

P.D.: Que existan Joseph Fritzl, juntas militares o inspectores de trabajo no nos hace mejores.