Todos los días son iguales. Cada uno se parece al anterior y al siguiente. Me gusta así. No hay sorpresas, solo tiempo que yo recorro sin prisas y atravieso sin apuros. Siempre las mismas pausas. Paseos, música, lectura, películas y buena compañía.
Todos los días son iguales porque yo escojo siempre los mismos momentos, los mismos días. La rutina se ha hecho compañera y aliada de todas mis horas. Aprecio su orden y la paz que me transmite.
Todos los días son iguales. Cada uno se parece al anterior y no deseo que se vayan. Desearía detenerlos en cada libro que leo, en cada camino que recorro, en cada palabra que nos decimos, en cada noche que lleno de música cuando me quedo solo.
Todos los días son iguales y en esa calma chicha me vuelvo más creativo; puedo pensar y hacer más cosas cuando no me siento acechado por la prisa, cuando el tiempo no se acaba y ninguna señal indica el final ni el principio de nada.
Todos los días son iguales cuando solo tus palabras, tus pasos, tus silencios y la música que respiras son el tiempo sin manecillas y sin esferas.
Todos los días son iguales porque no me canso de la calma, de la serenidad y de la paz que me produce saber que mañana será hoy y hoy será mañana.
Todos los días son iguales porque ya no existen ni lunes ni viernes. Ni tan siquiera asoman los domingos. Me son totalmente ajenos. Un recuerdo ya distante.
Todos los días son iguales porque yo deseo que así sea y puedo vivir de espaldas al tiempo, al menos durante un tiempo.
El tiempo pasa lento, pero la vida sigue corriendo deprisa.
Todos los días son iguales, mientras tanto.
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