Ordenar la casa, abrir armarios y cajones con la intención de tirar todo lo que sobra. Experimentar el ritual de vaciar y limpiar. Búsqueda inútil de lo mínimo. Choque constante entre deseo y realidad. Aspirar a nada, a poco, a suficiente y cargar siempre con mucho y demasiado. Lo mínimo es un concepto que nos dirige hacia lo desconocido. Superlativo de pequeño. Límite a lo que algo se puede reducir. Nadie puede pensar en lo mínimo y menos tenerlo. Lo esencial puede dividirse infinitamente. En el camino hacia lo diminuto, hacia lo imprescindible, nos topamos siempre con objetos y recuerdos anclados en lo que somos, que nos llenan la cabeza primero, los cajones y los armarios después.

Lo mínimo es un anhelo imposible de alcanzar. Lo mínimo, como el infinito y la eternidad, son conceptos que creemos entender porque les hemos puesto un nombre, porque los llamamos y los pronunciamos, pero siempre acaban escapándose de entre los dedos. Inaprensibles, pues son demasiado complejos para comprenderlos. La trampa la pone el lenguaje, la mejor herramienta que tenemos para entender y entendernos, pero que a veces se empeña en la inutilidad de poner nombre a lo inasible. Retener el humo con las manos es, todos lo sabemos, tarea imposible.

Liberar la cabeza de ideas que ya rechazamos, de recuerdos que no queremos recordar. No pensar en nada o, al menos, en lo mínimo indispensable. Ordenar las infinitas sinapsis de nuestro infinito cerebro encerrado en nuestro cráneo para controlar emociones, pensamientos y recuerdos. Desterrar lo no deseado en el olvido. Crear compartimentos que nosotros controlemos. Controlar nuestra memoria es como detener el movimiento en el universo.

El universo, como nuestro cerebro, está en constante movimiento. Es misión estéril tratar de detenerlo. Nosotros nos movemos con él. Nosotros, nuestros pensamientos, nuestros recuerdos vagan por el espacio que llena nuestra cabeza.

Poner orden en nuestras vidas, aclarar nuestras ideas, olvidar lo que nos duele, mirar más a menudo hacia adelante, hablar con palabras inequívocas, desechar las dudas, buscar lo esencial, lo fundamental e imprescindible, nos convertiría en seres mínimos, pequeñas máquinas que serían todo menos vitales e indispensables.

Yo recuerdo; yo soy, yo elijo; yo soy; yo pongo nombres a cosas y conceptos inabarcables; yo soy, yo busco lo mínimo y me pierdo en la maraña de ayer, hoy y ya mañana de la que está hecha nuestra vida; yo soy. Yo me muevo, paradójicamente no siempre hacia adelante; yo soy. Yo acierto y yo me equivoco; yo soy.

Nos movemos entre lo inmensamente grande y lo infinitamente pequeño. A pesar de ello hacemos bien en ordenar nuestros cajones y armarios. Hacemos bien en tratar de buscar lo esencial y no perdernos en las estrellas ni en los recuerdos.

Siempre fue humano tratar de comprender lo incomprensible, olvidar lo inolvidable. Siempre fue humano vaciar armarios y cajones que, irremediablemente, están condenados a estar llenos.

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