Comunicación y reflexión (recordando a Habermas)

La emancipación del ser humano sólo puede venir a través de la libertad y de la justicia. La racionalidad tradicional ponía en primer término a la técnica y a la ciencia pero olvidaba la razón práctica, esa que nos hace ocuparnos de temas morales y políticos. El individuo necesita ser el centro como primera condición, siendo la segunda la relatividad de la moral.

La emancipación sólo es  posible si hay consenso entre seres humanos. El consenso  sólo tiene cabida después de la comunicación y la comunicación es indisociable del lenguaje. Las decisiones morales y políticas no son irracionales. Surgen de la autorreflexión de los individuos. Con la ayuda del lenguaje nos comunicamos, interactuamos, se da una acción comunicativa y llegamos a consensos que marcan las reglas del juego: nuestras obligaciones.

La razón científica observa la realidad y hace pronósticos sobre los fenómenos que observa. Los pronósticos pueden ser verdaderos o falsos. Los éxitos y fracasos vienen dados por el acierto o no de los pronósticos efectuados. La razón científica separa, porque así quiere hacerlo, la teoría de la práctica. Encumbra  la técnica. Abandona lo moral y lo político por no seguir el método científico.

Pues bien, sólo cuando se da la comunicación entre seres humanos, sólo cuando buscamos llegar a un consenso, sólo cuando el lenguaje utiliza los mejores argumentos podemos llegar a acordar normas sociales, reglas aceptadas por todos alcanzadas gracias a la comunicación lingüística.  Las normas, así consensuadas, sólo tienen validez si hay reconocimiento  entre los individuos, si hay aceptación de que las obligaciones nos alcanzan a todos. Sólo así son posibles libertad y justicia.

El objetivo de la comunicación  entre individuos, el objetivo del consenso libre de coacción es la emancipación.

Sólo seres emancipados, sólo seres que reflexionan y se comunican entre sí pueden criticar el poder vigente en cada momento.

Ciencia sí, técnica que dignifique la vida humana también. Progreso siempre. Pero cuidado con la ciencia que se olvida de la razón práctica, que se olvida de la comunicación intersubjetiva entre individuos, que olvida que la moral y la política no son fenómenos observables sobre los que lanzar pronósticos.

Necesitamos relaciones interpersonales, conocimientos compartidos, acuerdos tomados desde la confianza mutua, decir lo que se piensa, no mentir y atenerse a un conjunto de normas aceptadas por todos o casi todos.

Si no, tendremos herramientas, máquinas y mano de obra, tendremos materias primas pero no tendremos pensamiento. Sin él no habrá individuos ni progreso verdadero, no habrá crítica ni libertad. Seremos meros  instrumentos.

El perro que creía meditar bajo la mesa

Cosa es el nombre que damos a lo que no tiene nombre. No lo tiene, al menos, para nosotros. Más allá de nosotros no conocemos nada. La cosa cosifica, nunca mejor dicho. No diciendo nada decimos todo ya que con tan humilde apelativo damos vida, existencia. Somos pequeños dioses que creamos cosas de la nada.

El lenguaje da vida. Lo primero fue el verbo. Sin él todo es oscuridad y silencio. ¿Dónde está  lo que no tiene nombre? Pregunta inútil. Simplemente no está.

Nombramos incluso aquello que no entendemos. Preferimos eso a que se no escape entre los dedos, a que lo innombrado desaparezca en la nada.

Eternidad, infinito y por encima de todo, dios, que todo lo hizo para así dejarnos tranquilos. Él como principio y como responsable de nuestro desconocimiento.

El lenguaje crea, ilumina, define, delimita, explica y, por encima de todo, nombra.

Todos nombramos la eternidad pero somos incapaces de entenderla. Lo mismo sucede con el tiempo, la vida y la muerte.

¿Quién nos mandó alejarnos del aquí y del ahora? ¿Por qué inventamos las preguntas? ¿Cuándo surgió la consciencia? ¿Por qué no me limito a observar sin pensar en nada?

Misterio irresoluble: sin palabras no soy nada, tan solo un amasijo de huesos y carne. Ellas son mi esperanza y maldición, mi libertad y mi condena, alegría y agonía. Gracias a ellas me levanto y por ellas me pierdo en los abismos de la desesperanza.

¿Cuál fue la primera pregunta? La primera palabra fue yo, no me cabe la menor duda. El primer verbo soy y la primera duda: ¿quién soy yo? La más simple y la más compleja. Con ella nació la consciencia y con ella la evidencia de que en algún momento también dejamos de ser. A eso, también le pusimos nombre y la  muerte asomó sus garras por detrás de la puerta.

Poniendo nombres creamos nuestro entorno. Pasamos de la genérica cosa al lenguaje concreto: flor, montaña, piedra o azul. Primero la consciencia y con ella la capacidad de crear, nosotros eramos entonces los dioses, no nos hacía falta ya un creador de todas las cosas. El lenguaje es el dios que está dentro de nosotros. El mundo nace y se yergue a medida que lo nombramos. Hay mar y diferentes mares, seres humanos, hombres y mujeres, rosas, amapolas y también flores.

La realidad es una, la nombrada. Sospechamos que puede ser inventada, pero no hay más remedio que vivir con esa duda. ¿Dónde están las certezas?

Lenguaje único y diverso. Para mi un blanco, para el esquimal mil tonos diferentes. La poesía crea, la matemática explica, la física describe, la filosofía pregunta. Todos son lenguaje y nos abren el camino a la curiosidad y el conocimiento.

Todo empezó con quién soy yo. En ello seguimos.

Todo empezó con tres personas tomando café en torno a una mesa. A la sombra, guarecido del sol, bajo la mesa, un perro dormitaba. Parecía estar nada más que en el aquí y en el ahora. Parecía meditar. (No lo hacía por mucho que se empeñe buda).

Sin palabras previas no hay meditación futura. El perro que dormitaba bajo la mesa tiene nombre; nosotros lo sabemos, él ni lo sospecha.

Lo primero, en efecto, fue el verbo. Antes de ser, todo lo que hay simplemente estaba (o parecía). La acción vino después. La trajo el verbo. Y con ella la vida.

Después de un segundo café, de discutir apasionadamente, de hablar sin parar de escupir palabras, los tres nos levantamos de la mesa, miramos al cielo azul de agosto, tocamos la piedra caliente del pozo, pisamos la hierba casi seca, observamos las primeras granadas, nos sentamos bajo la higuera.

Allá, bajo la mesa, el perro que no sabe que tiene nombre, seguía meditando. Una mosca que revoloteaba en torno a su cabeza parecía preguntarle: quién soy yo, adónde voy, de dónde vengo.

La duda (otra vez)

Me paso la vida haciendo preguntas.Todo surge de la duda, pero si dudo, lo hago de algo que aparenta o que puede  ser cierto. No se pueden hacer preguntas de la nada.El mero hecho de plantearlas significa que algo nos ha provocado la duda.Si concibo la idea de dios es que la admito como posible, después viene la duda.No tener ninguna duda es, paradójicamente, la mayor forma de ignorancia.

La actitud razonable es aquella que se plantea la posibilidad de poner todo en el aire,hacer como que lo que parece que es no lo sea, y, a partir  de ahí,ir hacia delante.Debemos poner en cuestión lo que nos es dado como seguro.Es un deber intelectual la no aceptación del conocimiento como algo inamovible.Si miramos hacia atrás en el tiempo, si es que esto es posible, veremos que en demasiadas ocasiones el conocimiento tenía la base más endeble de todas: la certeza.Para pasmo de todos esa certeza se revelaba más adelante como su contrario. Ese descubrimiento  nos hace constatar que de la aparente certeza no surgen más que errores.Con el paso del tiempo conocemos más cosas, pero es bastante probable que no tengamos más conocimiento y que las mismas dudas que se planteaban nuestros antepasados sigan  ahí envueltas en un velo que las hace inasequibles.La ciencia incluso parte de  supuestos desde los que  trata de  interpretar el mundo.Necesita unas reglas del juego, unos mínimos sobre los que construir.Es algo práctico y funcional que nos ayuda a vivir mejor pero, en el fondo, la ciencia cree en ciertos principios como los que mediante la fe creen en otros.

No entendemos el mundo, no entendemos la vida, llevamos toda la historia buscándole un sentido.Nos hemos refugiado en el tiempo y en el espacio cuando sabemos que no son más que inventos, prácticos sí, pero inventos.El pasado no existe, el futuro tampoco.Sólo tenemos un ahora que se repite incesante.Lo mismo sucede con el espacio.Estando condenados a estar siempre aquí queremos ir siempre más allá.Y ¿cómo ir más allá si siempre estamos aquí?

El lenguaje es el instrumento que nos ayuda en las labores de conocimiento.El lenguaje es pensamiento  o el pensamiento es lenguaje.(¡Vaya duda!) Manejamos ideas y conceptos que huyen de nosotros en cuanto salen de nuestra boca. El lenguaje es contradictorio y ambiguo, muchas veces paradójico.Sin embargo, querámoslo o no, a él tenemos que agarrarnos si queremos comunicar o comunicarnos.Tenemos tesón, eso es cierto, pues sabiendo todo esto, no cejamos en el empeño de conocer, de intentarlo al menos.Por eso hacemos preguntas, infinitas preguntas.Las respuestas que les demos hoy tal vez no sirvan mañana.Nuestro truco, la trampa que hace que no nos quedemos quietos mirando mudos el espacio infinito, es que a pesar de vivir en la duda, nos apoyamos en las bases endebles del  conocimiento.

Aceptar un mundo donde el azar sea la única causa, admitir que nuestra existencia se debe a la conjunción de millones de casualidades,reconocer que no toda causa tiene su efecto y que no somos más que polvo de estrellas, supera con mucho nuestra capacidad de aguante.Nos hemos hecho dueños del mundo porque somos curiosos.Nos sentimos el centro aun sabiendo que no somos  más que un grano de arena en la infinita playa del espacio y un despreciable instante en el oscuro tiempo.

Curiosos seres que en esas circunstancias, en ese olvido perpetuo, continuamos preguntándonos de dónde venimos, por qué estamos aquí, qué sentido tiene la vida.Si no lo hiciéramos seríamos animales que ni dudan ni preguntan. Por eso no saben nada,por eso ni por saber no saben que un día se los llevará la muerte. Nosotros, humanos, mientras tanto, no nos quedamos en las preguntas eternas sino que vamos más allá y, rizando el rizo, nos planteamos cuestiones como la conciencia y la voluntad,la mentira y la verdad y hasta hablamos de libre albedrío.

Llegados a este punto no nos queda más remedio que optar entre la acción y la no acción y, mal que bien,sin ninguna duda hemos optado por movernos.Hemos hecho trampa, pero aquí todo vale, nos hemos inventado el tiempo y deseamos hallar en  el pasado las claves que nos permitan comprender el presente.Hacemos caso a la manzana que cae del árbol y a los sagrados números que todo lo miden y lo explican.Somos capaces de vivir más allá de la duda.Decimos verdades sin estar seguros.Avanzamos sin saber muy bien a dónde y hablamos para explicar con el lenguaje lo inexplicable.

Hacemos bien.La duda es el motor que nos empuja. Sin ella no hay preguntas y sin preguntas no hay nada.Si dudo,pregunto, si pregunto pienso y si pienso, ya nos lo dijeron, existo.

La duda también nos hace creativos.Tenemos la necesidad de darnos respuestas o de pasar la vida buscándolas.Debemos tomar decisiones, por eso , aunque nos pese, hemos de sentirnos libres, debemos crear nuestra propia vida, hacerla y vivir  dando por hecho que somos los únicos dueños de nuestro destino.

El hombre vivió durante mucho tiempo pensando que era el centro del universo,condenando a morir a quien lo negara,se inventó un dios que lo explicara  y lo consolara matando  en su nombre a quien no lo  aceptara.Hoy no somos el centro, dios está demasiado ocupado como para encargarse de nosotros y hemos de vivir como si nosotros tomamos las decisiones.Debemos defender la libertad y asignarnos el poder de crear la vida que llevamos.Importa un bledo que en un millón de años dios se aburra de nosotros y nos devuelva al barro del que salimos.

Acuerdos y desacuerdos

La realidad la percibimos a través de los sentidos. Los sentidos no son objetivos. Conclusión: no podemos percibir la realidad objetivamente sino subjetivamente. El asunto se complica al darnos cuenta de que no somos los únicos que percibimos la realidad. Cada uno lo hacemos subjetivamente pero al final mi percepción se ve afectada por la que otros tienen y acabamos aceptando como real aquello en lo que diversas subjetividades coinciden. Esa coincidencia es el acuerdo al que llegamos y que permite que todos tengamos un similar concepto de realidad. Salta a la vista que esto puede facilitar la comunicación, pero es claro también que la realidad que se describe de esta manera es una realidad artificial.
El instrumento más importante que utilizamos para describir lo que nos rodea es el lenguaje. El lenguaje se sirve de símbolos que tratan de dar una idea cabal de aquello que expresan. Otra vez nos encontramos con la comunicación como único medio posible de llegar a un acuerdo sobre la descripción de los fenómenos que nos rodean.
Si lo dicho hasta aquí es así, los problemas que se plantean no tienen fácil solución: ¿es posible, entonces, un conocimiento verdadero y objetivo de lo que  hay en el mundo natural? ¿Tenemos que contentarnos con ese acuerdo intersubjetivo que permite que nos entendamos y comuniquemos? ¿Hemos de aceptar, por tanto, que el acuerdo al que hemos llegado hoy, puede variar en el futuro? ¿Es la realidad cambiante según los símbolos que se utilicen para percibirla?…
Los seres humanos vivimos en el tiempo. Este es otro concepto acordado por los hombres para poder entender nuestra existencia. No podemos concebir la realidad fuera del tiempo. Si éste no existe y la realidad natural no podemos conocerla, ¿qué nos queda?.
Los caminos seguidos a lo largo del tiempo han sido fundamentalmente dos:ciencia y religión. La segunda es sabido que ha optado por revelaciones y dogmas que no son alcanzables por medio de la razón sino por el de la fe. La primera se ha afanado en basar la descripción del mundo apoyándose en la lógica y la razón. Si somos estrictos tampoco la ciencia garantiza el real conocimiento pues no puede evadirse de las percepciones, que por definición son subjetivas. Incluso en el mundo de la ciencia hace falta acuerdos para dar algo como válido. Nunca salimos del atolladero. Parece que existe algo real más allá de nuestra percepción y del tiempo que nunca podremos conocer pues los instrumentos que utilizamos para ello se sitúan en el tiempo y son necesariamente subjetivos. Curiosa especie la nuestra , que a pesar de todo, sigue empeñándose en alcanzar lo inalcanzable. Esta peculiaridad de la que hablamos es la  que nos ha ido alejando del mundo natural y nos ha adentrado en el mundo simbólico. Este último, por contra, nos ha llevado a intentar conocer la realidad. Los que permanecen inmersos en el mundo natural no son conscientes de ello y no sienten necesidad de conocer. No evolucionan. La especie que gracias al símbolo, lenguaje y pensamiento fue capaz de ser consciente de su existencia no puede por contra alcanzar el verdadero conocimiento. Sólo queda ante nosotros la posibilidad de describir la realidad social. Esa es la que constantemente tratamos de conocer y para ello sólo ha sido posible basarse en los acuerdos.
En este campo ninguno de los acuerdos a los que se han llegado puede ser tenido por definitivo, inclusive en la ciencia. La historia nos demuestra a las claras esto. Todo lo que en un momento dado fue considerado como cierto se ha desmoronado después con otro acuerdo por mucho que se haya querido disfrazar de verdad objetiva y perenne. Parece, así, que todo es relativo. ¿Tiene esto demasiada importancia? Depende de cuál sea nuestro objetivo. Si lo que queremos es lograr una descripción objetiva y fuera del tiempo del mundo natural, lo tenemos bastante complicado. Por el contrario, si lo que buscamos es asentar una realidad social en la que lo simbólico tenga  vida propia y nos permita el desarrollo de las capacidades humanas encaminadas a lograr un acuerdo en el que conceptos como libertad y justicia sean aceptados como la única base posible en la que pueda descansar nuestra existencia, lo relativo de nuestros conocimientos del mundo natural pasaría a estar en un segundo plano.

El ser humano ha alterado el orden natural de las cosas, queriendo o sin querer, ésta ha sido su gran proeza.Una civilización que sitúa a la libertad por encima de la felicidad, que no abandona nunca el ansia de conocimiento, sabiendo incluso lo iluso de su tarea, que considera la voluntad individual como indispensable para conseguir acuerdos y que es capaz de crear los instrumentos necesarios para lograr que se de la comunicación es, vista así, sin bajar a lo particular, algo grande. La experiencia acumulada nos demuestra que hemos de abandonar vanas seguridades  y lanzarnos en pos de un mundo en el que aquél que piense diferente no sea tachado de loco. Lo mismo que hemos de aceptar que los conocimientos del mundo natural no son objetivos pero a pesar de ello aceptamos el método científico como medio de mejorar nuestra comprensión del entorno, hemos también de basar nuestra mejora y conocimiento de la realidad social en los acuerdos, aceptando que la comunicación sólo se da cuando hay libertad. La libertad nos puede llevar a la equivocación, ese es el precio que pagamos. Lo debemos hacer gustosamente.

Ejercicios de estilo

Hay un libro muy interesante, con este mismo título, de Raymond Queneau, en el que se puede leer un mismo texto escrito de muchas maneras diferentes. Así contado, no parece que de para mucho. Pues da. Es increible como la misma idea se puede expresar de formas tan dispares. El libro, en parte, no es más que un juego, un ejercicio del autor. Sin embargo cada lector, aun siendo siempre el mismo mensaje, escogerá un tipo de texto distinto. No sólo eso, sino que probablemente se identificará con algunos de los textos y rechazará otros. La comunicación por tanto no es simplemente hablar y escuchar, escribir y leer. Hay algo más; la forma y el estilo en que decimos y nos comunicamos pasa a ser parte esencial en el proceso de comunicación. Una ecuación podrá ser bella, no lo niego, pero la forma en que la apreciamos un científico y yo dista mucho de ser la misma. Del mismo modo hay palabras o formas de habar que uno no puede usar. No se siente él. Yo por ejemplo me siento falso, incluso cursi si utilizo diminutivos. Cuando otro los usa puede ser cautivador y de lo más expresivo. ¿Por qué? Vaya usted a saber. Las palabras que utilizamos dicen mucho de nosotros. ¿Más que el mensaje? Muchas veces sí. Hay muy pocas ideas nuevas. No quedan casi  historias por contar. Lo que si hay son infinitas formas de contarlas y explicarlas. La comunicación no sólo se da cuando nos llega el mensaje sino cuando nos identificamos con la forma. Contar bien es comunicarse. El bien no lo decido yo sino el escuchante o el lector. No hay comunicación si el otro no quiere o no puede. Cuando yo actúo genuinamente, cuando digo lo que pienso y como lo pienso, sin imposturas, sin artificios y eso le llega a otra persona, entonces se produce el fenómeno, el chasquido mágico que hace que la sienta cercana. ¿Tengo que estar de acuerdo con lo que dice? No. Lo que me gusta es cómo lo dice. La forma, el estilo nos comunica. El fondo no siempre. La publicidad, por ejemplo, es artificio. Su intención es seducirnos. Estudia cómo transmitir un mensaje para que caigamos en sus redes. Por eso en ocasiones nos sentimos engañados. Son los peligros de la seducción. Lo mismo pasa con las personas; es muy dificil comunicarse con un seductor, más bien quedamos embobados. No importa lo bien que nos sintamos. Pensemos por ejemplo en líderes políticos de los que se dice que tienen carisma. Normalmente son seres seductores. Nos embaucan y estamos dispuestos a creer y a apoyar lo que nos digan. Eso no es comunicación. Es otra cosa. De la misma manera que no puedo estar eternamente perdido en la mirada de mi amada, tampoco podemos ser eternamente gobernados por embaucadores o seductores(para que no suene tan mal). La comunicación, por tanto, requiere que digamos algo, que lo digamos bien, en la forma adecuada y, a poder ser,de manera sincera. ¿La comunicación es democrática? Evidentemente no. No se trata de convencer a mayorías. No se trata de gustar ni de vender. Es un acto  privado, entre quien quiera y yo. Si hablamos o escribimos pensando en mayorías es mejor dedicarnos a otra cosa.

El lenguaje es tal vez nuestra mejor herramienta de comunicación. Pero no la única. En otros campos pasa exactamente lo mismo. Tal vez un ejemplo muy claro sea el de la música. ¿Por qué una música o una canción transmite sesaciones tan diferentes a cada oyente? Entran en juego muchos factores. La educación, la sensibilidad, la biografía personal…pero no cabe duda de que la forma y el estilo son también aquí determinantes. ¿Por qué yo no me creo una historia de amor si la interpretan un tenor y una soprano?, ¿por qué un blues que no es más que cuatro acordes, una guitarra y una voz rota me llega más que Verdi o Puccini? No lo sé, pero así es. La misma historia, los mismos sentimientos pero diferentes intérpretes. Forma y estilo. Raymond Queneau en su historia trivial contada de noventa y nueve formas diferentes creo que nos viene a decir lo mismo. Son ejercicios de estilo. Cada uno tenemos el nuestro. Seámosle fiel.  Seduzcamos de vez en cuando, comuniquemos siempre. Ese es el sentido de todos los lenguajes.

Palabras para Cusa

Cusa,
En estos momentos estoy en mi clase. Hace un tiempo de perros y si miro por la ventana sólo veo agua caer.
Son las 8’30 de la mañana y no estoy en mi mejor momento del día. Mis alumnos están haciendo un trabajo que les he mandado y aprovecho este tiempo para escribirte.
Sabemos por ******* que no estás pasando por tu mejor momento, y eso nos apena.
Yo no sé que decirte en estos momentos. Darte ánimos a 10.000 kilómetros de distancia se me antoja hueco y tal vez estéril. Lo que sí quiero que sepas y no olvides es que Cusa sigue existiendo para nosotros, que nos acordamos muchas veces de ti y que eres una persona especial.
Sabes que las personas van creando su propio lenguaje y que cada uno tenemos un lenguaje privado. Sabemos hablar en una lengua estándar para todos los demás, pero tenemos un vocabulario particular que utilizamos en privado y que sólo unos pocos entienden. Pues bien, entre nosotros, en nuestra casa, en nuestra familia Cusa es una palabra privada, que otros no entienden, y como las buenas palabras está llena de significados. Cusa es alegría, originalidad, Cusa es pereza, Cusa es teatro y poesía, Cusa es Cuba pero Cuba no es Cusa, Cusa es diferencia y autenticidad, Cusa es muchas cosas y la más importante: Cusa es Cusa.
Las personas especiales tienen vidas especiales. Corren más riesgos y están siempre al borde del precipicio de su propia vida. Cusa no caigas por él. Y si caes levanta y empieza de nuevo. Hay tantas cosas por hacer, por escribir, por ver, por pensar , por decidir, por criticar, por pintar, por contar, por recordar que siempre merece la pena el esfuerzo.
Yo no soy una persona especialmente optimista y caigo por el abismo varias veces al día todos los días. Pero he aprendido a levantarme y a darme cuenta de que tengo algo por lo que hacerlo. Ese algo puede ser tu pareja, tus hijos, tus amigos o los libros que te quedan por leer, los paisajes por ver, las poesías por escribir o las noches por dormir. Eso puede ser así, pero lo más importante que puedes tener eres tú. Lo más precioso eres tú. Cuídalo.
Cuántas veces queremos tirar la toalla, cuántas no levantarnos de la cama y quedarnos ahí para siempre, olvidados del mundo y de nosotros mismos. La necesidad, la angustia, la tristeza y la nada nos atenazan, nos ponen a prueba y nos retumban en la cabeza preguntas imposibles y sin respuesta. Queremos dar sentido a la vida, entenderla, comprenderla. Pero la vida no tiene sentido si no la vivimos. Esa es la gran lección: la vida no se entiende, se vive, y por lo que sabemos, sólo una vez.
Empieza a haber ruido en la clase, los alumnos ya no se concentran y hablan. Yo levanto la cabeza de este papel, les miro y miro después por la ventana. Ya no llueve y entre las nubes asoma un tímido sol que da cierta luz al día y a mi vida.
Ya no es mi peor momento del día. Espero, Cusa, que tras leer estas palabras y levantar la cabeza del papel, veas también un poquito de sol, de luz y pienses en todo lo que te queda por hacer. Piensa también que a miles de kilómetros de distancia hay personas que piensan y se acuerdan de ti.¿No es increíble? Sólo por eso merece la pena intentarlo.
Los abismos tienen sentido, no cuando caemos en ellos sino cuando conseguimos salir. Y, si te hace falta, cuenta con nuestra mano para apoyarte.
Te digo igual a Lázaro:
Cusa, levántate y anda.
P.D.: Yo no creo en milagros. Yo creo en que puedes hacerlo, que tienes que hacerlo.