
Último atardecer antes de la retirada. Última noche de verano. El otoño deseado ya no lo es tanto.
Incorregible.
La vida entera deseando algo cuando no lo tienes y, cuando llega, echar de menos lo que ya no está, lo que ya no es.
Insatisfecho siempre.
Lo mismo ocurre cuando estás haciendo algo, cuando estás entusiasmado con algo. Durante el proceso suspiras por el resultado; al final añoras el proceso.
¿Qué me hace imposible vivir en el simple momento? ¿Por qué no puedo estar alineado con lo que ocurre en ese preciso instante? ¿Qué hay dentro de mí que va más deprisa que el presente? ¿Por qué echo de menos lo que ya no está cuando quería que se fuera? ¿Por qué no puedo vivir enmimismado?
Tomar decisiones es más sencillo que desear algo. No entiendo por qué, pero me sucede siempre. Cuando decido algo, no dudo, no vuelvo a darle vueltas a lo decidido. Cuando deseo algo, sin embargo, no puedo olvidar lo que se quedó atrás y me pregunto siempre si deseaba de verdad lo que anhelaba.
Círculo vicioso de insatisfacción permanente.
En el presente deseas el futuro y en el futuro añoras el pasado. En el camino tomas decisiones. ¿De qué me sirven si ya no dudo de ellas, si ya no pienso en ellas?
Lamentar lo que no hice, echar de menos lo que se fue y desear cosas que luego no apreciaré parece ser el castigo por vivir atrapado entre volubles deseos que nunca son un punto y aparte; no pasan de unos traidores puntos suspensivos.
El verano se va, dejando tras de sí sus últimas luces. El otoño llega para quedarse. Anhelo el invierno que aún no está para luego sentir pena por no haber apreciado cada hoja caída, cada amarillo, marrón y ocre desparramado. ¿Por qué el otoño es anuncio del invierno en vez de ser simplemente otoño? Será, como siempre, que somos solo tiempo y viajamos con él adelantándonos inevitablemente al presente.
Curiosa maldición la mía: vivir en el momento inadecuado.
Maldición, por lo demás, absurda, pues de todos es sabido que no hay principio ni fin, que solo existe el trayecto.
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