Últimamente

Paseo mucho últimamente. Tanto que si no lo hago padezco síndrome de abstinencia. Necesito moverme y cada vez lo hago más rápido. Caminar, poner una pierna por delante de la otra ya no es suficiente. El movimiento me arrastra, me voy con él y me pierdo. A medida que avanzo todo lo demás parece detenerse y esa soledad acelerada me engulle. Devoro metros y me concentro sólo en el paso siguiente. Ejercicio para el cuerpo, descanso para la mente. La mente en blanco no está en la quietud sino en el movimiento.

Duermo mejor últimamente. Sé, por primera vez en mi vida, que no me va costar conciliar el sueño. Sé que no voy a ser presa de ideas, palabras y pensamientos obsesivos. Puedo cerrar los ojos y sentir como caigo sin remedio en el silencio. Ya no me persigue como perro adiestrado, ya no tiene poder sobre mí, ese que vive en mi interior y que se adueñaba sin piedad de mis ojos cerrados. Duermo mejor últimamente, pocas horas lo sé, pero cuando despierto abro los ojos, no los cierro.

Escucho mucha música últimamente. Pasea conmigo, escribe conmigo, vive conmigo. Me sigue enseñando cosas nuevas cada día. Después de tanta palabra me quedo mudo y asiento. La música es la verdad y la vida. Se siente y se sabe. No hace falta explicación alguna. Tanto defender la razón, tanto pensar sin remedio, tanto escribir, tanto hablar para al final atisbar la verdad sólo en la emoción y el sentimiento.

La política me interesa mucho últimamente. Me cuesta reconocerlo pero es cierto. Siempre he vivido en mí mismo. Nunca he podido pertenecer a un grupo. Huyo de manifestaciones conjuntas. No puedo ser simultáneo ni armónico. A pesar de ello, nunca es tarde, me interesa cada vez más el grupo. No como tal sino pensado en individuos que conviven. Las personas, tú y yo, nosotros, ellos, tenemos problemas y me gusta pensar en cómo resolverlos. Tratar de llegar a lo más justo merece todos los desvelos. Siempre he vivido más allá. Quiero también el ahora.

Leo mucho últimamente. Leo todas la noches y sigo quedándome boquiabierto ante lo que pueden hacer unas palabras tras otras. No importa que día haya pasado. Me da igual qué será de mí mañana. Meterme en la cama, apagar todas las luces menos esa que ilumina la página aún por leer, pasar las hojas sin darme cuenta, leer lo que sé que otros han escrito par mí y perderme entre ideas y vidas diferentes, quedarme absorto. Eso es vivir también, es otra forma de respirar.

Pienso mucho últimamente. Cada vez más en mi pasado y en el futuro de otros. Eso me da miedo. No quiero. Es como quedarse quieto. Tú eres hasta hoy  y ellos son a partir de mañana. Lucho denodádamente por no abandonarme y seguir hacia adelante. Vivir y pensar a pesar del tiempo. El pasado es refugio pero la nostalgia se esconde agazapada. El futuro da miedo pero es sólo para los valientes. Me gustaría ser un valiente sin nostalgia. Lo intento.

No salgo mucho últimamente. La rutina me ordena la mente. Mi casa, mi mesa, mis libros, mi música están siempre ahí, no tengo que ir a buscarlos. El bote redondo de los lápices, las tres cajas plateadas, el teléfono que ya no suena, los papeles que ordeno y desordeno constantemente, el mantel de la mesa, la mochila negra, las fotografías que me miran cuando yo no las miro, el sofá rojo, las paredes blancas, los recuerdos que llenan todos los silencios.

Me repito mucho últimamente. Pienso en las mismas cosas, recorro los mismos caminos, escribo las mismas palabras, veo las mismas caras, me siento a la misma mesa, duermo en la misma cama, añoro los mismos momentos, deseo lo mismo que ayer deseaba. Me repito mucho últimamente y no me importa. Es como si cada vez existieran menos cosas importantes.

Menos es más. Tanto tiempo para descubrir lo que ya estaba descubierto.

Atrapado en el tiempo

Puedes tratar de sacar todo lo que quieras de tu mente. Puedes soñar con que el olvido se haga cargo de todo. Puedes vivir como si tus fantasmas ya no existen. Puedes repetirte una y mil veces que el pasado se ha convertido en presente. Puedes incluso fingir que sientes lo que no sientes. Puedes mirar atrás sin dolor de punzadas en la frente. Puedes, pero, cuando el tiempo del que huyes te alcanza, sabes que mientes.

Todo acaba por volver. Siempre que cierras los ojos te quedas completamente solo. Entonces, en ese silencio oscuro, la mentira se desvanece y agazapada la verdad se manifiesta indiferente. La ves y aceptas humildemente que estás atrapado en el tiempo. Cárcel sin la que no puedes vivir. Camino del que no puedes salir. No tiene límites ni abismos a su costado. No tiene principio ni fin. Tu vida sin él no es vida. Es nada o no es nada. Lo mismo da.

Sientes que cada vez el tiempo es más presente. Ahora que el pasado no se va, tienes que tratar de ser fuerte. No te dejes tentar por las caricias tramposas de la memoria. Los recuerdos te acompañan y a veces te hacen sonreír. Los recuerdos llegan para quedarse. Y lo hacen. Ganan siempre la batalla. Tú eres presa fácil. Los acoges y los guardas. Ten cuidado. Son afilados. Tienen dientes, tienes garras y hieren como amenazas.

No dejes de mirar al frente. Haz de tu vida un presente continuo que no te abandone. Tienes recuerdos, tienes sueños, de ambos estás hecho. Ahora es lo importante. Si no lo aceptas el abismo te espera. Caer es fácil. El ascenso te cuesta la vida. No te diluyas, permanece. No permitas que tu tiempo sea pasado, no lo conviertas en anhelos futuros. Pisa fuerte y mira la huella que dejas en cada instante.

La única solución que tienes es vivir en la mentira del presente. Sabes que no existe pero no importa, solo en él puedes quedarte. La verdad del pasado no puede devorarte. Miéntete, engáñate sabiendo que lo haces. Ser consciente te hará fuerte. Si vives en la mentira del tiempo por qué no vas a hacerlo en el presente.

Memoria, recuerdos, pasado, futuro y presente. Una y otra vez vuelves a lo mismo. No te quedan palabras para otras cosas. Es obsesivo. Pensamiento persistente. Latido constante en tu mente. Te lo dije, no puedes huir por mucho que lo intentes. Sueña si quieres con vaciarte, sueña con el olvido que nunca llega. Sueña, pero vive mientras tanto en el tiempo que no cesa.

Eres pasado que ya no existe. Tienes ante ti un futuro probable pero incierto. Sólo te queda agarrarte al presente que se desvanece a cada instante. Cuando cierres los ojos, duerme. No pienses, no sueñes. Simplemente duerme.

Hoy hace un día precioso

Hoy hace un día precioso. Comienza la primavera y ya echo de menos el invierno. Es terrible estar esperando que algo termine para luego lamentar su ausencia. Disfrutar más de la espera que de la llegada. De la ficción que de la realidad. Con la ficción somos todopoderosos y la realidad se nos impone. Es más fácil modificar lo que no ha ocurrido que lo que está sucediendo.

Hoy es primavera y ya sueño con el verano. Llegará y parecerá que con su llegada ya termina. Imagino ahora los largos días a la sombra de la higuera, los caminos que me esperan, el sol de la mañana. Imagino ahora todo lo que podrá ser y me recreo. Llegará y tendré nostalgia de mi propio recuerdo. Estoy enfermo. El tiempo me atrapa con sus garras. Lo sé y me permito ser su prisionero.

Esta mañana he dado un paseo. Todo era luz. Todo era intenso. Cada paso era tiempo que se quedaba atrás en el camino. Un trocito de pasado abandonado en el asfalto. Un ayer ya sin mañana. Es imposible escapar de la senda que nosotros mismos vamos marcando. La quietud no para el tiempo, simplemente corre por dentro. Avanzamos con él. No hay voluntad que lo detenga.

Sentado a la mesa de un café tranquilo he sacado de mi mochila el cuaderno marrón. He abierto sus páginas y al azar he recorrido palabras y páginas escritas hace ya tiempo. Leer es recordar lo que fuimos y lo que quisimos ser. Lo que sentimos entonces y lo que sentimos ahora al recordarlo. Palabras como fotografías que se detienen en el tiempo pero que nos hacen vivirlo siempre de forma diferente.

Ya estoy de vuelta en casa. Cierro las ventanas que antes de irme había abierto. La recorro y en cada habitación, en cada rincón veo palabras e imágenes en el tiempo. Guardo la compra en la cocina. Los armarios y los cajones están vacíos pero yo los lleno de recuerdos. Entre ellos se hacen hueco el pan, las frutas, el te verde y las nueces. Guardo todo, lo ordeno todo, lo cierro todo. Ahí se quedan poblando oscuros lugares llenos de recuerdos.

Miro por la ventana. El cielo está azul y el aire transparente. Allá abajo en la calle los veo moverse. Me gusta imaginar hacia dónde se dirigen, quiénes son, qué hacen y en qué piensan cuando yo los estoy mirando. Que cada uno sea un mundo diferente al mío, ajeno completamente, con su tiempo, sus recuerdos y sus palabras, con su pasado clavado a su espalda y su futuro incierto me asombra y me hace sentir una pequeña isla perdida en la inmensidad del espacio y del tiempo.

Me siento a mi mesa. Escribo. Quiero hablar de tantas cosas. Quiero ordenar mis ideas. Quiero opinar, razonar, convencer, gritar, reclamar. Quiero y no quiero al mismo tiempo. Cuanto más me preocupo de las cosas todo se me hace más ajeno. En el fondo sé, como cuando hablamos el otro día en aquél café de Cracovia, que sólo la libertad, la felicidad y el tiempo me interesan. Quiero reflexionar sobre las tres pero no puedo separarlas. Son tres y son una. Son mi santísima trinidad. El dogma central sobre la naturaleza del dios que yo soy en la isla mínima de mi mundo.

Tras tanto pensar, tras tanta meditación profunda mis dedos solo escriben hoy hace un día precioso y se dejan llevar por el futuro incierto. Futuro que se dirige inexorablemente hacia un punto final. Yo, mientras pueda, seguiré utilizando el punto y seguido. Dejo de escribir y escucho.

El abuelo que perdió el tiempo

Sentado a la sombra de un árbol tararea suavemente canciones de ayer. El abuelo viene todos los días a un pequeño parque cercano a mi casa. Siempre solo. Siempre se sienta en el mismo lugar. Llega, se sienta y canta. No se entiende lo que dice, sólo se intuyen melodías antiguas que él interpreta para un público inexistente. Si pasas a su lado parece no verte. Mira con sus ojos abiertos un pasado que se fue y que ya no volverá. Todas las mañanas, cuando termina de cantar, se levanta y se va. Sé que vive en una residencia de ancianos rodeado de abuelos como él. Sé que le cuidan bien y que le atienden con cariño.  Su vida presente no le interesa. Por eso, todos los días, escapa durante un rato a su pasado. Por eso viene solo, para que nada ni nadie le recuerde sus días y sus noches sin futuro. Solo, rememora la vida que vivió. Vida que le trajo hasta aquí sin su permiso. Recuerda la música que le acompañó, la música que formó parte de su historia, de sus pasos y de sus amores. Recuerda aquellos bailes que aún hoy, si cierra los ojos, le hacen girar por la plaza de un pueblo perdido. Le hacen sentir otra mano agarrada a la suya. Le hacen sentir de nuevo la vida.

Cuando se levanta y se va se hace el silencio. El sonido de su bastón se va alejando poco a poco. El parque queda vacío. Silencioso. Solo. A veces, me acerco a su banco y me siento. Si cierro los ojos y escucho atentamente llegan de lo lejos  canciones que yo nunca escuché, melodías que llenaron de vida y sentido otras vidas. Sonidos que poblaron otros tiempos y que vagan dolorosos en busca de recuerdos.

Sé que el abuelo dejó sus emociones enterradas en el tiempo. Me gustaría que supiera que yo todavía me emociono al verlo.

¿Qué sentido tiene la vida cuando ya sólo somos pasado?

Viejas canciones se pierden en el tiempo y en el espacio. ¿Qué será de ellas cuando nadie las recuerde?

Cuando el abuelo ya no cante se llevará con él el tiempo. Entonces, aunque me siente en su banco, aunque cierre los ojos y con todas mis fuerzas lo intente, nada escucharé. Sólo habrá silencio.

Tiempos verbales

¿Qué hacer cuando uno quiere que el tiempo pase y no pase a la vez? ¡Qué bueno aferrarse al presente lamentando que se escurrra entre los dedos! ¡Qué curiosa sensación la de mezclar la nostalgia del pasado que se va con la alegría del futuro anhelado!

Cuando sonreímos recordando el pasado estamos robando tiempo al tiempo. Cuando nos detenemos suspirando por el futuro que no llega dejamos de ser nosotros para ser otra cosa. Cuando estamos somos ahora. No estamos ayer ni estamos mañana. Cada vez que respiramos es un momento irrepetible porque es el único ahora que tenemos. La vida es ahora. Lo demás son muertos, recuerdos, esperanzas, anhelos, añoranzas y deseos. ¿Qué diferencia hay entre estos y la nada?

Vivir se conjuga sólo en presente. Nuestro mayor desatino es vivir en el pasado, en el futuro y hasta en el condicional. Este es el peor destino de todos. Ya ni tan siquiera recordamos o soñamos, somos tan solo consecuencia de una condición que se escapa a nuestra voluntad. Sin voluntad, sobra decirlo, somos lo mismo que un piedra. Peor aún, pues incluso sin quererlo sufrimos.

El futuro no viene, no llega. No está ahí para que lo alcancemos. El futuro se hace, lo hacemos con cada uno de nuestros pasos, con nuestras manos, con nuestras decisiones. El futuro es así visto presente continuo. Pensamiento y acción, la una sin el otro es estéril. El uno sin la otra pérdida de tiempo.

El pasado es incomprensible, inabarcable, inasible. El pasado fue y ya no es. ¿Por qué empeñarnos en vivir en la nada? ¿Por qué permitimos que ese agujero negro devore todo lo que somos? El pasado es el país de los cobardes. Nada bueno sale de él. Maquillamos los recuerdos, los disfrazamos de enseñanzas. Lo único que en el fondo queremos es regodearnos en lo que fue y ya no es. Recordar no da la vida, nos la quita. Un esclavo puede ser libre excepto que lo sea del pasado.

Pretérito perfecto o imperfecto, simple o anterior. Condicional tramposo, subjuntivo hipotético. Sólo deberíamos conjugar los verbos en presente. Los verbos son acciones llevadas a cabo en el tiempo. Y, pregunta de entre todas la preguntas, ¿qué es el tiempo? El tiempo, se dice, es el período en el que se realiza una acción o en el que se desarrolla un acontecimiento. Las acciones, de sobra está decirlo, se desarrollan siempre ahora. Los acontecimientos suceden ahora. Las acciones y acontecimientos ya no son tiempo si son recordadas, no son tiempo tampoco en nuestra imaginación. El tiempo es, simple y llanamente, ahora.

¿De qué hablamos cuando hablamos del tiempo? ¿Existe un recuerdo si no es desde el presente? ¿Tiene futuro lo que no es presente? Ayer fue, hoy es y mañana será. El primero es una niebla difusa, el tercero una mera entelequia. El segundo, por una vez, es el primero, el único. El que es ahora. El que es, simplemente. La zarza sagrada. El nombre de dios.

Para M.J., los granados y el castaño porque los tres son ahora.

Recuerdos

Cuando recordamos malos momentos, cuando tristes o duros recuerdos asoman de nuevo a nuestra consciencia, no encontramos el alivio de habernos desembarazado de ellos, no nos sentimos mejor desde la distancia, no respiramos tranquilos por saber lejanos y perdidos en el tiempo aquellos momentos. Al contrario la angustia, el pesar y el dolor reaparecen y recordar enturbia el alma.

Cuando recordamos buenos momentos, cuando tratamos de sonreír de nuevo con los ojos abiertos al ver lo que fue y ya no es, no disfrutamos en el presente gracias al pasado, la alegría no se apodera de nosotros. No vuelve el pasado a ser presente. Al contrario, la nostalgia trepa hasta alcanzar la garganta, la melancolía del tiempo ya consumido, acabado y muerto nos oprime el pecho.

Cuando recordamos, en fin, no vivimos, más bien lamentamos tiempos perdidos o revivimos dolores pasados.

Recordar es pernicioso y siempre nos hace olvidar que ante nosotros y en nosotros sólo existe el ahora. A pesar de todo, no podemos evitar pasar la vida recordando.

El recuerdo como aprendizaje, como inspiración, como estudio. El pasado como presente. Escribimos, pintamos, cantamos y fotografiamos el pasado para que no se nos olvide y para recordarlo, para hacerlo eternamente presente. Lo hacemos a pesar de las heridas que nos causa.

El ser humano es contradicción. Una de las pruebas más feroces de ello es su apego por el recuerdo, apego que le hace olvidar el presente. Tal es así que su esencia son los recuerdos. De ellos estamos hechos y en ellos nos convertimos. Es nuestro sueño de inmortalidad. Permanecer en otros como memoria, como recuerdo.

El hombre así es hombre porque tiene memoria. Es consciente porque recuerda y la existencia del pasado le hace concebir un presente aunque sea momentáneo.

El hombre sin memoria, sin recuerdos se vuelve cosa, se disuelve en la ausencia de tiempo. El hombre que recuerda, el hombre memorioso concibe el futuro porque posee un pasado.

Recordar es, insisto, pernicioso pero absolutamente necesario. Sin el recuerdo dejamos de ser como dejan de ser los segundos cuando uno sustituye a otro, cuando el nuevo elimina al anterior y entonces deja de ser nuevo.

Para recordar basta con cerrar los ojos.

Los recuerdos han creado el tiempo.

El pasado es recuerdo.

Estamos hechos de recuerdos. En ellos casi siempre nos quedamos perdidos y olvidados.

El primer día del año

El primer día del año me pilló en la carretera. Día extraño para viajar y extraños, por escasos, los vehículos que se dejaban ver por el camino. Viajar así es viajar de otra manera, a solas en un espacio desierto, a solas y como fuera del tiempo.

El mundo entero desperezándose en el nuevo año. Estómagos llenos, cabezas embotadas por los excesos de la víspera y yo allí, en medio de la nada.

Paré a comer en un bar de carretera. No parecía el uno de enero. Tan sólo unas pocas mesas ocupadas. Yo, en la mía, tratando de averiguar, mientras comía, de dónde venían y adónde iban aquellas personas que como yo se detenían a comer el primer día del año tan lejos de todo y tan cerca de nada. Frustrado por la falta de respuesta, pagué la cuenta y seguí camino en la primera tarde del año.

Cuando llegué la casa estaba fría y desolada. Fue necesario abrir puertas y ventanas, dejar entrar la luz que aún quedaba. Con la chimenea llegó el calor y la vida. El crepitar del sarmiento dio luz, color y calor a la vida dormida del invierno.

Al caer temprano de la tarde, con la llegada inesperada de la noche, la casa parecía ya una casa. El jardín dormido pero la casa despierta. Rodeada de oscuridad pero viva. Me senté a descansar en el sillón y pasé un rato quieto, observando el fuego sólo. El baile interminable de las llamas. El calor me adormeció y cerré los ojos. Pensé en el año recién ido y en el año recién comenzado. Como siempre surgieron entre las rendijas de la consciencia memorias y recuerdos, proyectos, miedos y esperanzas. Pero allí sentado frente al fuego con los ojos cerrados comprendí que no hay nada más eterno que el presente.

Feliz año. Feliz presente.

Mañana de primavera

Erase una vez, una mariposa blanca que era la reina de todas las mariposas del alba, se posaba en los jardines, entre las flores más bellas, y le susurraba historias al clavel y a la violeta. Felíz la mariposilla, presumidilla y coqueta, parecía una flor de almendro mecida por brisa fresca…

Primer día de primavera. Venía yo caminando al trabajo y este cuento-canción me ha venido a la cabeza. La luz del sol, apareciendo entre los edificios, me ha hecho entrecerrar los ojos. El mar, a mi izquierda, descansaba azul y tranquilo. La brisa como en el cuento, fresca.

Cuando algo empieza, en vez de pensar en lo que viene, caemos siempre en la tentación de recordar lo que se ha ido. El invierno desde la distancia se nos hace acogedor. Son tiempos de introspección y ensimismamiento. Vivimos la casa y menos la calle. Noches largas, días breves. Tiempo para estar quietos. En esos días oscuros, idealizamos la luz que nos falta. La primavera se nos antoja como ruido y movimiento. El invierno lo vivimos en silencio. Al color gris le agregamos el brillo que no tenía. La humedad es ahora vivificante. La lluvia desde la ventana poesía en vez de aburrimiento.

Casa, fuego, edredón y chocolate caliente. Abrigo, bufanda, vida a través de los cristales. Lluvia y alguna nieve. Recogimiento.

La primavera, en un principio, desconcierta. Llega sin avisar y la luz todo lo inunda. Exige cierto aprendizaje. Vivimos en ciclos. Las estaciones, al menos, se repiten. La infancia y la juventud, por ejemplo, ya nunca vuelven. El invierno se acaba, se va. Siempre nos queda, por suerte o por desgracia, otro por delante. La posibilidad de retorno apacigua la inquietud de lo desconocido. Dulcifica la despedida. El punto y final sobrecoge mucho más que el punto y seguido.

Ante nosotros, meses en los que los días irán poco a poco ganando la batalla a las noches. Luz que hará que las calles se pueblen de gente. Cuando tenemos algo, anhelamos lo siguiente. La primavera como antesala y presagio del verano. Verano que ahora intuimos e idealizamos. Invierno como recuerdo y como anhelo. Cuando pase, la primavera la imaginaremos llena de colores. Recordaremos los días vividos en ella viendo nacer y crecer la vida.

No tenemos remedio. Nos cuesta tanto apegarnos al presente. Cuando cerramos los ojos por la noche, recordamos lo hecho durante el día o imaginamos lo que nos deparará el día siguiente. Nunca pensamos estoy aquí y ahora, durmiéndome. Dormidos, soñamos. Despiertos lo hacemos también en cierta forma.

Invierno que se ha ido, verano que aún no ha llegado. Primavera como fin y como principio.

Mi paseo lleno de cábalas termina en este incierto comienzo. Atrás dejo el sol, la brisa y el color del mar. Atrás dejo las cuatro estaciones. Las campanas de una iglesia, ajenas a cualquier cambio, me devuelven al momento presente. Son las ocho de la mañana. En vez de punto final, lo dejaremos hoy en punto y seguido.

Memoria e imaginación

Lo peor de haber sido feliz es estar recordándolo constántemente. Esta es una frase que oí hace muchísimos años y que por mucho que lo intento no consigo olvidar. Echar la vista atrás es una tentación imposible de resistir. Idealizar el pasado es la evidente consecuencia. Pensar que ya nada será como fue o peor, como pudo haber sido, es la más triste de nuestras derrotas.

La memoria nos permite almacenar recuerdos. La memoria es el disco duro donde guardamos imágenes, acontecimientos, ideas y sentimientos. La diferencia con nuestros prácticos ordenadores es que la memoria humana deforma todo lo que guarda con el paso del tiempo. Nunca podemos acceder a la fuente original y por ello  nos contentamos con recrear el recuerdo que duerme codificado en la oscura cárcel de nuestra mente.  En realidad recordamos que tenemos un recuerdo guardado. El proceso de hacerlo consciente de nuevo pasa por el proceso de la descodificación. El hecho es que en ese proceso siempre mezclamos recuerdos con ficción y nuestra vida pasada, vista desde el momento presente,  ya no es vida propiamente dicha sino una autobiografía novelada que, dicho sea de paso, es la única forma de autobiografía posible.

La memoria guarda y la imaginación crea. Su  mezcla da como resultado un pasado ineludiblemente diferente al que realmente vivimos y sentimos. Incluso en el caso en que pudiéramos acceder a las entrañas de nuestro disco duro, una imagen allí guardada sería distinta vista con los ojos de ahora. Un objeto contemplado en diferentes momentos del tiempo es dos objetos diferentes. El recuerdo se alimenta de la imaginación y transforma la objetividad de un hecho en la creación de otro que tiende a adaptarse al momento en que lo hacemos consciente. Utilizamos la imaginación para perdernos en remotos lugares dormidos en nuestra memoria. Su misión verdadera no es esa sino la de crear, la de hacer realidad las cosas que imaginamos. La imaginación es casi siempre malgastada. La memoria es buena para no olvidar lo aprendido pero no para hacer de ella nuestra residencia. Perdernos por los vericuetos de la memoria equivale a no crear absolutamente nada y la vida es creación no memoria. Memoria y aprendizaje. Imaginación y creación.

Borges consideraba los libros como una extensión de la memoria y de la imaginación. Eso es la ficción. Disfrutarla es  casi una obligación  pero vivir en ella es una terrible equivocación. El proceso de creación sigue exactamente esos pasos. Utilizamos los recuerdos para recrearlos. Quien se queda anclado en los recuerdos o quien vive preso de la imaginación no es un lector sino un lunático. No una persona sino un personaje. El que, al menos, en su locura quijotesca, ya nunca puede abandonarla vivirá una vida completa y paralela. La mayoría, para su desgracia, sufre atisbos de realidad y acaba hundido en la miseria de  pensar que todo tiempo pasado fue mejor, que el amor fue aquello que sintió y que la felicidad quedó para siempre, y sospechosamente, en el pasado. Pasado que no es sino pura ficción.

Memoria e imaginación están íntimamente relacionadas. Las experiencias que hemos tenido permanecen en la memoria y esas experiencias nos ayudan a conocer nuevas cosas. Cuando nos enfrentamos a algo desconocido nos resulta complicado de entender porque carecemos de experiencias que nos ayuden a interpretarlo. La imaginación construye para nosotros imágenes basadas en los recuerdos y nos lanza una hipótesis que nos puede llevar al conocimiento. El conocimiento científico se basa en la experiencia pero plantea hipótesis porque es finalmente la imaginación la que creará las posibilidades nuevas de conocimiento. Tratar de probar que esa hipótesis es cierta es la tarea que pondrá punto final al proceso de conocer. La ciencia ficción utiliza la imaginación para convertir mundos imposibles en posibles. Viste su creación con fórmulas y ecuaciones que aparentan ser consistentes. Un científico loco no es el que trata de probar hipótesis aparentemente descabelladas sino aquel que se cree su propia ficción.

Experiencia, memoria, recuerdo e imaginación son las herramientas que utilizamos para conocer pero también para perdernos en el pasado, quedarnos allí  y defendernos con ellas del miedo que producen, inevitablemente, el presente y el futuro que nos toca crear.  El deprimido se refugia en tiempos felices, el desmemoriado nunca acaba de aprender porque todo lo que ve lo tiene por nuevo. El inexperto lo es porque carece de memoria donde buscar sus experiencias. Quien vive del recuerdo es, por definición, un viejo. No por lo que ya ha vivido sino por su incapacidad de crear nada nuevo, es decir, por su falta de imaginación.Quien no tiene imaginación acaba siempre pensando que la felicidad se quedó en el pasado y eso le condena, como ya se ha dicho, a estar recordándolo constantemente.

Lo que Heráclito no dijo

  • Los ansiosos tienen una meta: la alegría, los depresivos otra: la serenidad.
  • No hay nada que cueste más que decidir.
  • Quien medita, contempla y sólo se contempla la nada.
  • Cuando la ignorancia y la vanidad se unen siempre vence esta última.
  • La ficción,entendida como mentira, nos debe ayudar a interpretar la realidad que nos rodea,no a inventarnos la realidad que nos conviene.
  • La ambición es un arma de doble filo que siempre termina cortándonos.
  • Lo más cercano  a la felicidad es algo tan cabal como ser consecuente con uno mismo.
  • El problema de fondo es que no tratamos el fondo.
  • Lo peor de haber sido feliz es estar recordándolo  constántemente.
  • La competitividad es uno de los mayores y más peligrosos venenos que existen.
  • La muerte es la única certeza que tenemos.
  • El que pudiendo aprender no aprende es un necio.
  • Los abismos tienen sentido, no cuando caemos en ellos sino cuando conseguimos salir.
  • El pasado y el futuro no existen, son sólo conceptos que inventamos para no hablar de lo único evidente: el presente.
  • Aceptar la muerte, mirarla de frente y convivir con ella, es la única manera de ser ,en verdad,personas.
  • La vida es bella porque es breve.
  • Nuestra vida no sólo es un cúmulo de experiencias y vivencias sino que, fundamentalmente, es el camino que han ido creando nuestra decisiones.
  • La perfección, o al menos algo que se acerque a ella, suele provocar cierto rechazo.
  • El tiempo es la única cárcel de la que es imposible escapar.
  • Lo más notable que tiene el ser humano es el deseo de conocer.
  • La vida consciente, el yo, el alma, la mente, el espíritu comenzó en el momento en que alguien llamó piedra a la piedra, sol al sol y muerte a la muerte.
  • En la vida real gobiernan las disyuntivas, tenemos que escoger entre esto o lo otro. En nuestro mundo interior dominan las copulativas, queremos esto y lo otro.
  • Ni dios, ni el destino, tal vez el azar, pero decir el azar es no decir nada, nos arrebatan la responsabilidad de nuestros actos.
  • La felicidad está en el camino.
  • Una delgada línea  separa los  opuestos.
  • La libertad nos puede llevar a la equivocación, ese es el precio que pagamos.
  • Saber vivir es la más dificil de todas las artes.
  • Las fantasías son para tenerlas, no para vivirlas.
  • Hacer lo que nos gusta, decir lo que pensamos,sentirnos en definitiva a gusto con nosotros mismos, querernos, ser valientes y tomar decisiones es nuestra tarea si queremos vivir dignamente.
  • El uso de la violencia , aunque nos lleve a conseguir el logro que nos proponíamos, es siempre hijo de un fracaso anterior.
  • La maldición de los idiotas  es no disfrutar de las cosas a su debido tiempo.
  • El ser humano tiene una clara, tal vez innata, tendencia a preferir que los demás decidan por él.
  • Siempre sucede que tenemos más claro aquello que no sabemos  que lo contrario.
  • La existencia de verdades objetivas y universalmente aceptadas sería una buena cosa y nos facilitaría mucho la tarea, pero ,para nuestra desgracia,no existen.
  • No somos respetables por lo que pensamos sino porque pensamos.
  • El perdón, casi siempre, no es sino una versión condimentada del olvido.
  • La muerte da sentido a nuestra vida ya que la dota de tiempo.
  • Somos contradicción.
  • El terror a lo desconocido nos ha hecho crear dioses a nuestra imagen y semejanza.
  • La vida, la naturaleza carecen de valores.
  • Tener conciencia de que el tiempo pasa es tener conciencia de que existimos, de que somos y, trágicamente, de que tenemos un principio y un final.
  • En el infinito nada sucede, todo es quietud, no hay movimiento.
  • Concebimos la felicidad como un momento pleno que nunca termina. No es más que un sueño, eso nos mataría. Lo que nunca termina no existe.
  • No hay que confundir el azar con lo inexplicable.El azar es aquello que escapa de nuestro control.
  • Somos máscaras que poco a poco hemos ido tallando, que ocultan hasta el olvido la verdadera expresión de nuestra cara.
  • La actitud razonable es aquella que se plantea la posibilidad de poner todo en el aire,hacer como que lo que parece que es no lo sea, y, a partir  de ahí,ir hacia delante.
  • La duda es el motor que nos empuja.

He dicho