A palabras necias…

Pensaba, por parecerme obvio, no tratar de defender la entrega del premio nobel de literatura a un poeta. Me parecía inverosímil que alguien se rasgara las vestiduras al conocer al premiado de este año. Lo cierto es que lo inverosímil ha sido escuchar y leer la sarta de sandeces que muchos han dicho, et tu quoque Varguitas fili mi !

¿Por qué se creen dueños de las palabras? ¿Por qué si las palabras se cantan ya no sirven?

Me resisto a argumentar lo evidente. No quiero. Eso es lo que buscan. No hay que satisfacer su deseo. A palabras necias oídos sordos.

Otra cosa es que lo escrito, y luego cantado, por  Bob Dylan guste o no guste. A eso no tengo nada que decir. A mí me parece asombroso. ¿A ti no?

A mi tampoco me gusta José Echegaray y no me ha pasado nada.

Sin ánimo de ofender ni polemizar, os presento al próximo premio nobel:

Operator, number, please. It’s been so many years, will she remember my old voice while I fight the tears? Hello, hello there, is this Martha? This is old Tom Frost, and I am calling long distance, don’t worry ‘bout the cost. ‘Cause it’s been forty years or more. Now Martha, please, recall, meet me out for coffee where we’ll talk about it all.

Those were the days of roses, poetry and prose and, Martha, all I had was you and all you had was me. There was no tomorrows, we’d packed away our sorrows and we saved them for a rainy day.

I feel so much older now, and you’re much older too. How’s your husband? And how’s the kids? You know that I got married too? Lucky that you found someone to make you feel secure, ‘Cause we were all so young and foolish, now we are mature.

Those were the days of roses, poetry and prose and, Martha, all I had was you and all you had was me. There was no tomorrows, we’d packed away our sorrows and we saved them for a rainy day. I was always so impulsive, I guess that I still am, and all that really mattered then was that I was a man. I guess that our being together was never meant to be. And Martha, Martha, I love you, can’t you see?

Those were the days of roses, poetry and prose and, Martha, all I had was you and all you had was me. There was no tomorrows, we’d packed away our sorrows and we saved them for a rainy day.

And I remember quiet evenings
trembling close to you

La poesía está también en la música. ¿Alguien lo duda? Que no me entere yo.

La poesía también en la voz. El que tenga oídos, que oiga.

¡Pura literatura!

Invierno anticipado

Acaba de llegar el otoño y ya pienso en el invierno. Los dos son para mi uno. El año en dos partes: día y noche, casa y calle, oscuridad y luz. Ya me he mentalizado. Hasta ahora me resistía a admitirlo. Me agarraba a los atardeceres que poco a poco perdían colores y luz.

Esta mañana he dado un largo paseo y por la tarde me he quedado en casa. La casa en otoño y en invierno es un lugar diferente. Hoy lo he vuelto a sentir claramente y he aceptado lo inevitable. Zapatillas, jersey y luces encendidas. Las cortinas corridas ocultando las ventanas y las calles. Cuando pienso en mi casa pienso en mi casa iluminada. Luz artificial que crea esquinas, sombras y rincones. Casa como refugio y como olvido. La miro de nuevo como lugar necesario. Necesito ordenarla, recorrerla, pensar en ella. Sentirme bien de espaldas al mundo.

Meses diferentes ante mí. Olvido del verano y deseo de libros, música, fuego, castañas y vino. Noches largas para ser vividas entre palabras. Madrugar con terrible pereza pensando en volver a la casa iluminada. Paréntesis, refugio, abandono entre cuatro paredes.

Las calles de la ciudad más vacías y recorridas más apresuradamente. Luces, también, que la visten de tonos diferentes. El frío que poco a poco se apodera del ambiente, frío que nos fuerza a refugiarnos en nosotros mismos. Concentración y ensimismamiento.

Anticipo también paseos por el campo, amarillo convertido en marrón y la casa, la otra, erguida al final del camino esperando. Música, paso rápido y manos en los bolsillos. Caminos de tierra, campos desnudos y el horizonte apenas atisbado. Los colores poco a poco desvaneciéndose hasta que llegue el invierno transparente. El jardín desierto, durmiendo y la casa con la puerta cerrada. Dentro luz, calor y sosiego.

Estoy ahora en casa, en este comienzo del otoño, sentado a la mesa conocida, testigo de tantas palabras. Ellas estudian historia y filosofía. Yo desgrano letras adelantándome al tiempo. No hace frío y lo siento. Hay todavía luz de octubre pero enciendo mi lámpara blanca. Ayer está aún muy cerca pero me veo ya en mañana.

Suena Robert Allen Zimmerman. Su voz me saca de mis pensamientos. Me alegra pensar que este otoño dudoso haya traído este regalo desde Suecia. Nunca hubo premio más merecido. El mundo está lleno de ignorantes.

Con Bob llega el otoño y vendrá después el invierno. Aquí estoy yo para vivirlo y para esperarlo. Espero recorrer sus días y sus noches, habitar las casas y llenarlas de silencios, calor y palabras.

Junio aunque ya sea julio

El termómetro marca treinta y siete grados. El verano ha llegado para quedarse, parece. Por la ventana abierta entra fuego. Decido cerrarla. Me siento una vez más y miro. Una mesa grande de reuniones sobre la que he colocado papeles y carpetas clasificados por temas. Ahí dormirán hasta septiembre, espero. Mi mesa, a la que ahora estoy sentado, ha quedado casi desnuda. Parece otra. Hasta hace un rato era difícil buscar un centímetro cuadrado blanco. Sobre ella reposa una carpeta verde, que contiene el trabajo que no he podido quitarme de encima, y  mi molesquine, este año también verde. Las dos, carpeta y molesquine, contienen mis tareas pendientes. Vendrán conmigo en mi vieja y cansada mochila negra. ¿Seré capaz de sacarlas de ella y abrirlas? Espero, al menos, que su presencia se vaya disipando según pasen los días y cambien colores y costumbres. El teléfono mudo, cruzo los dedos, a mi izquierda, soy zurdo. El ordenador frente  a mí abre su gran ojo para guardar estas palabras que confío sean las últimas que recibe por una buena temporada. Está un poco viejo también, no le vendrá mal un descanso. Un pequeño calendario me sitúa en el tiempo. Tres de julio. Yo me iré y el tiempo pasará conmigo. Cuando vuelva el seguirá anclado en el mismo instante en que ahora lo dejo. Yo, al verlo, sentiré una terrible añoranza. La presiento, la conozco, la sé y ya la lamento. El bote para guardar bolígrafos y lápices queda bien lleno, sobre todo de lápices. Unos pequeñitos pues ya han vivido mucho y han dado de sí casi todo lo que tienen. Otros, larguiruchos y afilados, pasarán el verano sin hacer nada. Escucharán las historias que les cuenten sus hermanos mayores, seguro. Las estanterías, ahora ordenadas, guardan los libros carpetas y cuadernos que he ido leyendo, enseñando y rellenando. Ahí quedan, reposando.

Hay un archivador, al fondo, con fichas llenas de datos y fotografías de hombres y mujeres ya pero que un día, en su camino hasta hoy, por aquí pasaron y quedaron guardados tal y como fueron. Parte de lo que hoy en día son, imagino. De vez en cuando los miro, por necesidad o curiosidad. Impresiona siempre comprobar lo profunda que es la huella del tiempo.

Últimos minutos. Una última mirada. Ya no queda nada. Bueno sí. Una impresora apagada, una grapadora, una calculadora y un sello de caucho. Poca poesía veo en ellos. Lo siento. Los veo como simples instrumentos. Los vuelvo a mirar y no me dicen nada.

Ahora sí. Punto final. Me levanto por última vez de mi silla negra. Apago la luz. No miro hacia atrás y cierro la puerta. Doble vuelta de llave.

Salgo a la calle. El calor y la luz me engullen. Como siempre el mismo pensamiento. Los tiempos están cambiando.

Enchufo los auriculares. Play.

Junio repetido

La vida está llena de momentos que se repiten. No siempre son iguales pero lo que los une puede más que las circunstancias que se empeñan en separarlos. El tiempo, por ejemplo, pone distancia entre ellos pero nuestra habilidad para medirlo hace que disfracemos su paso con la coincidencia del aniversario, la situación o el momento.

Junio como todos los años termina y cuando lo hace se lleva con él un año de trabajo. Es también el fin de la víspera y como fin impone. Anhelas que llegue y temes también que se vaya. Todo lo que es fin acaba siendo principio y combina en él nostalgia y esperanza. Junio es como esos momentos tan presentes que conjugan pasado y futuro, que tienden a hacernos olvidar que existen, que son, que se viven. Tan preocupados estamos de que lleguen y de que se vayan.

En días como hoy uno se vuelve ritual. El rito, bien es sabido, es una costumbre que siempre se repite de la misma manera. Algo me empuja a hacer las mismas cosas, a pensarlas y sentirlas de igual modo, a recordar lo que sucedió en días como hoy hace uno y mas años. Disfruto deteniendo mis ojos en los mismos lugares, releyendo las mismas páginas, haciendo lo que ya hice. Junio repetido.

Mi agenda este año es negra. Las hojas suenan a infinitas letras que la llenan. Sus primeras páginas son ordenadas, claras y concisas. Después, poco a poco, se van transformando y al final yo sólo entiendo lo que escribo. Surgen colores, letras grandes y pequeñas, subrayados, flechas y tachones. Cuando la cierro veo claramente lo que ha engordado con el paso del tiempo.

La mesa de trabajo está llena de papeles. Tan sólo me queda ordenarlos. Elegir cuál sobrevivirá y cual acabará en la papelera. Mirarlos uno a uno y decidir. El pulgar arriba o abajo. Cada uno es un momento vivido, trabajo mejor o peor hecho, tiempo pasado. Tiempo olvidado que guardo o rompo.

Estoy solo. En días así siempre me gusta quedarme solo. El rito hace que termine por sentir siempre cosas parecidas. Mirar hacia delante y hacia detrás, al año que se fue, al verano que me llega. Ordeno palabras y papeles y con ellos los recuerdos. Ordeno el tiempo y lo ordeno en silencio. Trato de que pese, al menos por una vez, más el mañana que el ayer. Trato de pensar en que me voy. Me convenzo de que la vuelta está tan lejos que pierde peso y amenaza. No sé por qué, en días como hoy, con la luz por delante, acabo siempre por parecer sombrío.

Despacho, mesa, libros, letras y papeles. Soledad y silencio roto por las teclas que a veces corren deprisa y otras se detienen para que yo descanse. Cuatro paredes, una puerta y dos ventanas que quedarán aquí cuando me vaya. Eterna pregunta que siempre me asalta. ¿Que habrá aquí cuando yo ya no esté y nadie lo mire? Estoy convencido de que no quedará absolutamente nada. Negrura y vacío. Sólo los ojos dan vida.

Recuerdo buenos y malos momentos. Días de frío y lluvia y días en que el sol entraba por la ventana. Recuerdo palabras amables y también discusiones. Recuerdo entusiasmos y aburrimiento. Ganas de llegar y deseos de irme. Recuerdo el otoño lejano, el invierno que siempre parece eterno y la primavera con su halo de cierta alegría. Recuerdo algún grito pero también resuenan las sonrisas.

Acaba mi tiempo en silencio, lucha ya por completarse el círculo del rito. Suena ya en mi cabeza la banda sonora de mi último día de junio. Imposible explicar por qué es esta y no otra. No hay ciencia ni psiquiatra que pueda dar respuesta. Lo cierto es que todos los años en momentos como este surge del silencio su voz rota que me canta y me acompaña mientras me levanto, apago la luz, cierro puertas y ventanas y piso la calle nuevamente. El siempre me hace, eso es lo mejor de todo, mirar hacia delante. La llave cerró el pasado y su voz me dice como siempre que los tiempos están cambiando.

Dejo el gris y ya pienso en amarillo.

 

Junio, Bob y los recuerdos

Tal y como vino se fue. Junio se ha marchado entre lluvias y mucho trabajo. Hoy es primero de julio y todavía sigo aquí. Últimos apuntes en la agenda roja, penúltimos papeles que recoger y alguna que otra tarea para llevar. Mañana este despacho estará vacío. La luz entrará por las ventanas pero yo no estaré para verla. Soy ahora el único habitante de este colegio vacío y desnudo. Las sillas encima de las mesas, los ordenadores desconectados y las aulas desiertas. Quedaron atrás las idas y venidas, los gritos, las risas y los lloros. El que suspendió ya no busca remedio y el que consiguió aprobar respira tranquilo. Diez meses se han ido volando.

El único sonido audible es el de estas teclas que escriben sus últimas palabras hasta que llegue septiembre. Qué lejos parece y que pronto llegará. Recordaré entonces este momento y, como hacemos siempre, lo adornaré como sólo los recuerdos apañan el pasado. Será el recuerdo el que quede y no el momento mismo.
Los tiempos no cambian, los recuerdos lo hacen por él.

Debería ser un momento exultante pero siempre me resulta melancólico. No sé, el silencio, la soledad o el viejo Bob que siempre aparece en días como éste.

No sé cómo lo hago pero los momentos esperados me siguen cogiendo desprevenido. Los finales son difíciles de digerir. Nunca vienen sólos. El pasado reciente y el futuro inminente se agolpan quitando de en medio todo sabor a presente. El final como filo,  como vuelta a la esquina pero nunca paréntesis. El final que se va según llega y nosotros perdidos nos agarramos con una mano al ayer y con otra al mañana. Decir he terminado nos enfrenta a un vacío insondable. Según termino recuerdo y según termino imagino. El fin, como la nada, resulta inaprensible.

Canta Bob mientras recojo. Pon voz a este silencio provocado por las teclas que ya no hablan. Espera un momento, me voy contigo a la calle de julio, al verano que no llega. Me voy, una vez más, cantando.

Apago la luz y cierro la puerta.

Fin

Fin de junio, ritos y Mr.Zimmerman

Nunca creíste ser un tipo ritual y ahora resulta que cada vez lo eres más. Todo se te repite. Te veo otra vez en este final de junio y te veo haciendo y pensando las mismas cosas. Has trabajado duro este año y mucho más este mes. Te miro y me parece estar viendote hace un año y hace dos y hace… Todo está igual excepto por alguna cana más y porque te has dado el lujo de disponer de otro modo tu despacho. Ahora tienes más luz y tu mesa blanca es mucho más grande. Se te ve tranquilo ahora. Estás cansado pero, como se suele decir, con la satisfacción del deber cumplido. El deber objetivo de cumplir con todas tus obligaciones y el subjetivo de  ganarle la carrera a junio. No se te ha visto el pelo este mes. Todo por largarte unos días antes y no permitir que julio te vea sentado a esta mesa. Sueñas ya con el descanso y con el retiro. Con paseos interminables y con las mismas fotografías de todos los años. ¿No te aburres? Llegará el fin de agosto y volveremos a ver los mismos campos, los mismos colores y las mismas luces. ¿Ves cómo te repites? Volverás a quitarte los calcetines hasta primeros de septiembre. Para entonces ya nadie te aguantará. Pensarás que la vida no tiene sentido  y querrás como siempre retirarte a tu rincon predilecto. Eres bastante predecible y ya no engañas a nadie. Voy a hacer un punto y aparte.

Te gusta mirar tu despacho casi vacío. Acabas de tirar al contenedor decenas de kilos de papel. Has guardado libros y carpetas y ahora te dedicas a contemplar el silencio. Te has levantado de tu silla y has ido hasta la sala de profesores. Ellos se han ido hace ya horas y sus mesas estás también vacías, los ordenadores apagados y en la penumbra parece imposible pensar que esta mañana esto era todo movimiento. Últimos papeles por firmar, última reunión apresurada, último café en el que habéis hablado de los planes para el verano.  Todos varían de año a año menos tú que insistes en hacer siempre lo mismo. Creo que piensan que estás un poco loco. No pueden entender cómo te gusta pasar el verano entre el azul y el amarillo. Perdido de todos y de todo. En un momento en que te has levantado han comentado resignados que lo tuyo no tiene remedio.

¿Por qué será que siempre que deseas que llegue algo, que pase algo siempre lo imaginas con antelación mejor de lo que luego resulta ser? Aquí estas, aporreando las teclas, en el momento que añorabas desde hace tiempo y no puedo ver una sonrisa en tu cara. Aquí estás mirando a tu alrededor las paredes, los muebles y las carpetas rojas y negras llenas de papeles y no veo nada en tu mirada. ¿También es esto parte del rito?

Fisgo en tu molesquine y veo que te llevas trabajo. Tareas pendientes. Veo marcados días de julio con cosas que hacer. Ya no estarás aquí sino sentado en la enorme mesa de comedor junto a la ventana. Por ella mirarás el horizonte y soñarás en poder trabajar así: a distancia. Tú siempre fuiste defensor del teletrabajo. Ése donde no hay horarios ni lugar de trabajo. Ése que te permite creer que tú diriges tus días y tus horas. Sueña angelito, sueña.

Es casi la hora de irte. Apenas te quedan unas cosas por terminar. Debes llenar tu pendrive de información que te permita ser independiente allá en la distancia. Copias datos, documentos, direcciones de correo, marcadores y mientras lo haces piensas en el camino a casa. Camino que todos los años, quién sabe por qué, tiene la misma banda sonora. Bob Dylan te cantará al oído una vez más que los tiempos están cambiando. ¿Qué tendrá que ver esta canción con junio, con el fin del trabajo y con tus campos dorados? Te lo dije al principio. No es más que un rito. Y tú caminarás  absorto mientras escuchas la canción. Y soñarás.

Levántate ya. Apaga el ordenador primero y luego las luces. Cierra la puerta y no mires atrás. Te espera un día nublado, las calles llenas de gente. No deseperes. Mañana saldrá el sol. En cuanto pises el cemento irás lentamente olvidando los recuerdos de los meses pasados. Es junio, es viernes, el verano comienza y cuando el viejo Bob te anuncie que the times they are a-changin’ tú sentirás que algo te empuja a seguir caminando.

¿Sonreirás? Sabes que sí. No importa que lo niegues.

Brainstorming

Cuando me siento a escribir me gusta dejar que las ideas vengan a mi mente. A veces es duro. Si te empeñas en que algo brillante ocurra, nunca ocurre. Sin embargo, si son los dedos los que marcan el camino, puede que sucedan cosas sorprendentes. No es en absoluto seguro que el resultado merezca la pena pero lo que sí se puede garantizar es que escribir al vuelo nos lleva a lugares inesperados. Brainstorming con las teclas. Viaje a lo desconocido. Lo importante es no parar y dejarse llevar por lo primero que a uno le pase por la cabeza.

Hoy es  el último viernes de mayo. El día amaneció nublado pero ahora entra la luz del sol por la ventana. Pienso en la semana que se acaba y veo muchas horas de trabajo. El mes que viene será aún peor. Lo compensa, en parte, el hecho de que entro a trabajar una hora más tarde. Para un noctámbulo empedernido como yo eso es media vida. Al final acabo durmiendo tan poco como siempre pero lo que cuenta es la sensación nocturna de tener todo un mundo por delante. Navegar, escribir, leer y escuchar música en un tiempo robado al tiempo.

Bob Dylan ha cumplido setenta años (me gusta escribir los números con letras). He pensado estos días en él y en su música. Es curioso como este tipo huraño y misterioso me lleva acompañando bastante más de media vida. (Paro un momento, busco la carpeta de música, dentro de ella al viejo Zimmerman y pulso una canción al azar y suena The man in me. Sigo ahora escribiendo mientras llevo el ritmo con el pie. Siempre me ha costado hacer varias cosas a la vez. No me gustan especialmente los rankings ni los top-tens. Precisamente por eso me torturo tratando de escoger mi canción favorita de Robert. Lo pienso un segundo y I want you asoma otra vez su patita por debajo de la puerta. Forever Bob.

De música al cine, otro abuelo, otro judío, otro norteamericano, otro amigo del alma. He visto hace unos días  su última película y otra vez he vuelto a sentir una desesperante envidia. ¿Por qué no la he dirigido yo? ¿Qué tiene este hombre que todo lo que hace me gusta? Preguntas sin respuesta. Midnight in Paris.  Vivo al lado de Francia pero nunca me había gustado tanto como a través de sus ojos o de sus gafas, según se prefiera. Pura inteligencia hecha palabra. Luz llenando las imágenes y yo embobado tratando de que no pasara el tiempo.

Once upon a time canta Bob, yo pensando en París y la tarde se escapa lentamente mientras tanto. Play, replay. You are on your own, with no direction home.

Antes he estado viendo fotografías. Me he dado cuenta de que hace años que no imprimo una sola. Lo mejor es que tampoco lo echo en falta. También el azar me ha guiado. Ha sido un repaso sin guión de los últimos años. Los niños de ahora no pueden olvidar su infancia. Al menos recordarán fotografías. Cuando yo recuerdo la mía tengo que esforzarme por crear imágenes. Las pocas que tengo en papel duermen el sueño de los justos en cajas de cartón. Sí, de vez en cuando las miro, pero no es lo mismo. Verlas no reconstruye mi vida. Ahora uno puede ver su vida clasificada en carpetas con fecha. Con un dedo podemos recorrer los días, los meses y los años. Ninguna imagen está aislada. Desde la primera ecografía hasta el día de ayer, todos los cumpleaños, todos los viajes, todos los días especiales del colegio. No sé si será bueno saberse su propia vida de memoria. El espacio ya no es problema. Yo tengo guardados los últimos diez años en menos de treinta gigas.

Me gusta ir a trabajar andando. Me lleva unos cincuenta minutos pero siempre compensa. Hay que poner tiempo y distancia entre la cama y la mesa de trabajo. Suelo ir rápido luchando contra el sueño y el ánimo que se empeña en arrastrarse por el suelo. Poco a poco, entre la música que me acompaña, el ejercicio y la luz de la mañana consigo al menos guardarlo en el bolsillo. Allí parece quedarse dormido y yo aprovecho para mirar hacia delante. Hoy he encontrado mi mesa con un fardo pesadísimo de tareas pendientes. Hasta hace unos meses yo era el hombre postit. Podía encontrar mensajes en cualquier parte: en las páginas de un libro, en el bolsillo, en el microondas, en la bolsita donde llevo las llaves. No es que tenga mala memoria sino que los postit y las notas hacían que mi cerebro dejase de pensar en lo que tenía que recordar. Al legar a casa postit, en el trabajo postit, al calentarme un colacao postit. Todo por mi salud mental y para ofrecer un poco de descanso a mis atribuladas neuronas. No hace mucho decidí cambiar de vida. No me fui de la ciudad al campo, ni cambié de trabajo. La responsable de esta transformación fue una agenda Moleskine. Ahora sólo apunto cosas en ella. Ya no me permito caer en la tentación de dejarme notas en cualquier parte. Ahora sé que todo se encuentra allí. Sé que al día siguiente todas mis obligaciones, devociones y quehaceres se me aparecerán cuando abra sus páginas. Cada día, cuando la cierro, doy vacaciones al cerebro que vive en mi cabeza y así, los dos, descansamos. Mi casa y mi lugar de trabajo ahora respiran el ambiente minimalista que siempre había soñado. Los papelitos de colores pegados por todas partes han desaparecido.  Muerte al postit. Larga vida a Madame Moleskine. Pensará la gente, cuando me ve concentrado escribir en ella, que voy de Hemingway por la vida. Pues no. Lo más probable es que esté anotando que no debo olvidar llamar al fontanero mañana por la mañana o, tal vez, que debo visitar a mi madre. Últimamente la tengo abandonada. Esto me permite, por el mismo precio, que Madame ocupe el lugar de mi cerebro y  de mi conciencia. A este paso acabará siendo la agenda de Dorian Gray.

De Dorian a los libros y de los libros a las palabras que hace ya más de mil comenzaron este viaje improvisado. Es la primera entrada que escribo en el modo fullscreen de WordPress. Me gusta. Es casi como mi blog ideal. Un espacio en blanco salpicado por todas las combinaciones posibles  de las veintisiete letras del alfabeto.

Bob Dylan ya no canta,  no es medianoche en París. Mi Moleskine guarda hasta mañana todo el peso de mi conciencia y yo mientras tanto dejo que las ideas vengan a mi mente. Sentado, ante la pantalla, las espero.

The tallest man on earth

Nunca me habría atrevido a hacer lo que voy a hacer. Robert Zimmerman es uno e irrepetible. Está, gracias a dios, vivo y, por lo que parece, coleando en su eterna gira sin fin.Nómada entre los nómadas. Hoy B. me ha hablado de un pequeño sueco que irónicamente se considera el más alto de los hombres sobre la tierra. Descreído, como no debería serlo, he buscado hasta encontrarlo. Escuchándolo  me he acordado del viejo Bob cuando no era en absoluto viejo  y nos dio a todos esperanza. He revivido la emoción que me hizo aprender a querer la música, a sentirla como algo necesario e indispensable. Todo lo que he escuchado y todo lo que he visto de este sueco nacido en el polo norte y que quiere ser rey de España me ha gustado. Me he enfrentado, una vez más, a la inigualable sensación de haber descubierto algo. La isla del tesoro a mis pies y yo siguiendo la pista de un desconocido que se ha dejado encontrar, que sin trampa ni cartón ha tomado su guitarra y con una voz que a mi me hacía viajar en el tiempo ha desgranado una a una sus canciones. Decir que todo me ha gustado es decir verdad y decir la verdad es decir lo que pensamos y sentimos. Este sueco, perdido hasta hace unas horas entre la maraña de sandeces que nos rodean, ha entrado con su música en mi casa y en mi noche. Ahora mismo suena su voz y yo le dedico estas palabras de asombro y agradecimiento.

Será que Mr Zimmermann no ha querido esperar la muerte para reencarnarse. Será que su sombra es alargada y y es capaz de llegar desde Minnesota hasta la fría Suecia. Será que la música, es verdad, no tiene fronteras, ni lenguas ni ataduras. Será lo que tenga que ser pero lo cierto  es que Kristan Matsson está pidiendo a gritos un lugar en mi vida. Yo pensaba que mis bolsillos y cajones estaban ya repletos. Para mi sorpresa el hombre más alto del mundo no ha tenido problema alguno para hacerse un hueco e instalarse entre todas las cosas que de verdad me importan.

Bienvenido.

B. te debo una.

Hitos

Uno puede escribir su biografía de muchas maneras. Cada una de ellas puede ser cierta, pero  siempre será incompleta. Cuando echamos la vista atrás y recordamos, no sabemos lo que nos encontraremos. El recuerdo es uno de los jueces más imparciales de nuestra existencia. Si realmente dejamos que el pasado se nos acerque, si no lo provocamos, no podremos dar razón de por qué hoy me viene un determinado recuerdo a la cabeza. Algunos según vienen se van, son como los sueños que no controlamos. Otros persisten y se hacen presentes por encima del paso del tiempo. Se quedan.

Es obvio que siempre habrá alguna razón que justifique el porqué de la permanencia de unos sobre otros. Esta razón, mientras permanezca oculta, es como si no existiera y podemos llamarla azar pero no destino.

Dejo de escribir, permito que el pasado se acerque y me encuentro asomado a un viejo paisaje en el que hacía mucho tiempo que no había pensado. Salto de un recuerdo a otro; lugares y personas se me aparecen y entran en mi presente sin que yo las haya llamado. Vienen y van.

Hoy no quiero hablar de recuerdos. Hoy quiero hablar de lo que siempre está presente. Ni el azar ni la causalidad  son su causa. Me refiero a su contrario: la libre elección que yo he ejercido para destacar a unos sobre otros. Hay cosas que se olvidan y que más tarde puede que regresen vestidas de recuerdos. Las cosas de las que hoy hablo un día llegaron para ya nunca marcharse. La impresión primera, el descubrimiento, la luz entre las tinieblas ha hecho que ellas formen parte de mi como forman parte mis ojos o mis brazos. Ellas soy yo y yo soy ellas. No necesito recordar para recordarlas. Están.

La música forma parte de mi vida desde que tengo consciencia. Mi biografía también está hecha de música. Los balbuceos fueron como los de todos: palos de ciego en busca de algo que no se puede definir. Luego llegaron los encuentros y las luces. El camino se desbroza a fuerza de insistencia y el que se cansa y abandona se da media vuelta o se pierde. Hoy quiero jugar un juego. El juego de los hitos. Momentos que llegaron para nunca marcharse. Descubrimientos que dan forma a mi biografía. Sé que si me esfuerzo y recuerdo surgirán otros muchos. Esto en mi juego es trampa. Es el juego del no-recuerdo. Sólo me interesa lo que está, lo que nunca olvido, lo que me conforma.

Es duro escoger, es difícil marcar prioridades pero si no lo hacemos, el juego pierde toda su gracia. Mis diez momentos estelares de mi biografía musical son los que son y no vale que otros se escondan en los recovecos de la mente.

Ahí van:

Beside you (Van Morrison): puedo decir que esta canción me hizo descubrir que el arte es emoción. El resto es pura mentira. Yo soy antes y después de Beside you.

Solid Air (John Martyn): originalidad, sensibilidad y fuerza. Es una canción que podría durar eternamente. Te arrastra y te lleva. Es inútil oponer resistencia.

Kentucky Avenue (Tom Waits): aquí miento un poco. No es sólo una canción lo que me acercó a Tom. Es Tom al completo.Disfrazado de ser marginal se esconde la poesía  de un artista único.Nunca una voz inhumana penetró tan adentro.

Famous blue raincoat (Leonard Cohen): algo tiene esta canción que me transporta a la soledad buscada de la madrugada, al momento completo e irrepetible. Su melodía vive en mi cabeza.

I want you (Bob Dylan): dos minutos de verdad. Bob Dylan es la prueba de que el arte es insípido si lo encerramos en técnica y disciplina.

Born to run (Bruce Springsteen): el rock, la calle, la fuerza descomunal que nos arrastra. La sinceridad, la falta de artificio. Energía que da vida.

Layla (Eric Clapton): canción en dos partes. Desesperación y tristeza. Nunca nadie hizo llorar así a una guitarra.

Place to be (Nick Drake): sus canciones son como él. Tristes, huidizas y tímidas. Desde la soledad llega al alma y te hiere.

Like a hurricane (Neil Young): tiene algo  hipnótico. La canción y la guitarra.

Older chests (Damien Rice): escucharle es como volver a cuando descubrí la música de verdad. No salgo de mi asombro.

Todos ellos son como mis apellidos. Me siento más cercano a estas canciones y a estos músicos que a cualquier identidad impuesta. Me importan un carajo la tierra, la patria y las banderas. Si yo soy yo , ellas y ellos son mis circunstancias. No son las únicas y nunca deja de haberlas.

Mi vida está llena de música, de libros, de películas, de paisajes, de personas y lugares. Nunca podré contarme completo, nunca podré encerrarme del todo en un grupo de palabras pero ellas son yo, no cabe duda.

Veo las portadas de los discos que un día compré y recuerdo. Recuerdo las portadas no la música. Ella está presente.

Jusamawi Morrison Martyn Waits Cohen Dylan Springsteen Clapton Drake Young Rice

Así me llamo (entre otras cosas)