Palabras sueltas

Las navidades se fueron tan rápido como vinieron. Finaliza enero y me enfrento a un nuevo año con cara de pocos amigos. Desde mi ventana se ve caer la noche en mitad del invierno. El frío y la lluvia hacen de mi casa refugio. Color entre tanto blanco, gris y negro. Enciendo las luces y entre ellas me siento mejor, más cómodo. Música de fondo.

Hace unos días murió la madre de un amigo. Noventa y nueve años. Se apagó en pocos días. Simplemente se fue. Muerte plácida y dulce de quien ya vivió lo suficiente. ¿Podremos escoger alguna vez cuándo, dónde y cómo morir? Mi madre cuando murió ya no era mi madre. Dejó de serlo poco a poco. Se fue olvidando de ser. Yo celebré su muerte porque ya no era mi madre. Era carne, piel y huesos. Ni un hálito de vida.

A veces mi trabajo se me hace cuesta arriba. Creo que he cerrado un círculo y no me apetece recorrerlo otra vez. Es una mala sensación. La duda y cierta desazón se apoderan de mí. Es difícil dudar cuando el esfuerzo requiere de tanto entusiasmo. No sé si ya lo tengo. Despertar e iniciar un nuevo día sólo para completarlo, para cumplir con el tiempo es triste y descorazonador. Soy cada vez más egoísta con el tiempo. Lo quiero para mí.

¿Dónde se está mejor, en la rutina tranquila y algo aniquilante o en el cambio y movimiento? Nunca lo sé del todo. Siempre se quieren ambas cosas a la vez. Correr para luego detenerse. Marcharse para volver. ¿Cuál es el momento mejor, la ida o la vuelta? Qué fácil se olvida lo nuevo. Cada vez me cuesta más desprenderme de mis libros, de mi mesa o de los caminos y calles tantas veces recorridos.

La enfermedad que más temo es la nostalgia. Es tan fácil caer en ella y tan difícil abandonarla. Estamos hechos de recuerdos y cuanto más tiempo vivimos más recordamos. Mi vida comienza a ser más ayer que mañana. Caer en la tentación es demasiado sencillo. Tengo dos hijas, una vive a seiscientos kilómetros y la otra piensa ya en volar. Tienen, cruzo los dedos, mucho más mañana que ayer. Irremediable nostalgia.

El silencio que antes anhelaba, ahora a veces me asusta. Se siente amenazante. Duele. Impone saber que ya no controlo su duración. Ya no es un invitado. Viene cuando quiere y se queda, en ocasiones, demasiado tiempo. En medio del silencio puedo, aún y todo, oír voces, pasos, y músicas que nuca se fueron. Están ahí para salvarme.

Mirar fotografías empieza a ser doloroso. Es recurrente caer en ello. Inevitable sentir punzadas que hieren a través del tiempo. Están siempre allí pero cada vez más lejos.

Con la música, sin embargo, siempre estoy buscando. Busco cosas nuevas y cuando descubro algo interesante lo celebro como un tesoro hallado en tierras desconocidas. Lo desentierro y lo agradezco.

Los libros permanecen. Siempre están conmigo. Me son fieles y yo a ellos. Es lo que más me gusta comprar, tener y tocar. Cuando pienso en un objeto, en algo hecho por el hombre, siempre aparece un libro.

Es noche cerrada. El viento sopla y trata de atravesar los intersticios de las ventanas. La lluvia se oye ahí fuera. Estoy dentro, estoy en casa. Sentado en mi silla vieja. Rodeado de fotografías y libros. Las miro y los toco. Pienso, vivo y recuerdo.

Escucho una canción y escribo estas palabras sueltas.

 

 

Invierno anticipado

Acaba de llegar el otoño y ya pienso en el invierno. Los dos son para mi uno. El año en dos partes: día y noche, casa y calle, oscuridad y luz. Ya me he mentalizado. Hasta ahora me resistía a admitirlo. Me agarraba a los atardeceres que poco a poco perdían colores y luz.

Esta mañana he dado un largo paseo y por la tarde me he quedado en casa. La casa en otoño y en invierno es un lugar diferente. Hoy lo he vuelto a sentir claramente y he aceptado lo inevitable. Zapatillas, jersey y luces encendidas. Las cortinas corridas ocultando las ventanas y las calles. Cuando pienso en mi casa pienso en mi casa iluminada. Luz artificial que crea esquinas, sombras y rincones. Casa como refugio y como olvido. La miro de nuevo como lugar necesario. Necesito ordenarla, recorrerla, pensar en ella. Sentirme bien de espaldas al mundo.

Meses diferentes ante mí. Olvido del verano y deseo de libros, música, fuego, castañas y vino. Noches largas para ser vividas entre palabras. Madrugar con terrible pereza pensando en volver a la casa iluminada. Paréntesis, refugio, abandono entre cuatro paredes.

Las calles de la ciudad más vacías y recorridas más apresuradamente. Luces, también, que la visten de tonos diferentes. El frío que poco a poco se apodera del ambiente, frío que nos fuerza a refugiarnos en nosotros mismos. Concentración y ensimismamiento.

Anticipo también paseos por el campo, amarillo convertido en marrón y la casa, la otra, erguida al final del camino esperando. Música, paso rápido y manos en los bolsillos. Caminos de tierra, campos desnudos y el horizonte apenas atisbado. Los colores poco a poco desvaneciéndose hasta que llegue el invierno transparente. El jardín desierto, durmiendo y la casa con la puerta cerrada. Dentro luz, calor y sosiego.

Estoy ahora en casa, en este comienzo del otoño, sentado a la mesa conocida, testigo de tantas palabras. Ellas estudian historia y filosofía. Yo desgrano letras adelantándome al tiempo. No hace frío y lo siento. Hay todavía luz de octubre pero enciendo mi lámpara blanca. Ayer está aún muy cerca pero me veo ya en mañana.

Suena Robert Allen Zimmerman. Su voz me saca de mis pensamientos. Me alegra pensar que este otoño dudoso haya traído este regalo desde Suecia. Nunca hubo premio más merecido. El mundo está lleno de ignorantes.

Con Bob llega el otoño y vendrá después el invierno. Aquí estoy yo para vivirlo y para esperarlo. Espero recorrer sus días y sus noches, habitar las casas y llenarlas de silencios, calor y palabras.

Hogar, dulce hogar

He escrito muchas veces sobre la casa. He pensado muchas más sobre el concepto. Ahora estoy desbordado. No tengo una, tengo dos y no estoy preparado. La propiedad privada, tan difícil de asumir a veces, ahora me ataca por partida doble. Hasta ahora vivía en dos pero sólo una era mía. La otra, la del paisaje amarillo, la disfrutaba pero no la tenía. Usufructo. Renunciar a ella ha sido duro, más que a ella al paisaje que desde ella contemplaba. Lo cierto es que en los últimos años estaba decayendo. Era doloroso ver como se agrietaba, se descoloría y se hacía un poco más oscura y vieja. No era mía pero yo así lo sentía. Usucapión.

Esta primavera todo se ha precipitado, una casa cercana se vendía. Oportunidad. Sueño hecho realidad. Quimera. Como cualquier ser humano he pasado semanas haciendo cuentas, cálculos infinitos, visitas a bancos, cábalas, dudas, sentimiento de traición por abandonar a un ser querido, por dejarla allá abandonada sin nadie que la cuidara. Como cualquier ser humano, al final he mirado para otro lado y sin saber donde me metía he dicho sí. Realidad.

Ya tengo las llaves en mi mano, estoy sentado en mi nuevo jardín. El sol de la tarde me calienta y frente a mí se extiende amarillo el cereal. Paisaje preferido. Trigo. Todavía alto, sin cortar. Meciéndose suavemente con el viento de la tarde. Cuando casi estaba libre de los bancos, he vuelto a caer en sus garras. Preso pero contento. Propiedad (inesperada).

Es una sensación extraña. Me siento como un invitado. No asimilo que la mesa a la que  estoy sentado, que el jardín que me rodea, el pozo, los granados, los olivos y las acacias están ahí para que yo los cuide. No asimilo que estoy aquí para quedarme, que cuando me vaya volveré, que la puerta la cerraré para abrirla de nuevo cuando quiera. No me hago a la idea y como los niños, en su primer asomo de conciencia digo, mío, mío. Lo pienso y lo siento, pero lo pienso. Consciencia.

El otro día, bien de mañana, me acerqué a la antigua casa. Estaba justo amaneciendo. La observé desde la verja de entrada, tantas veces traspasada. La observé y me dio pena. Pena por unas paredes que van perdiendo el blanco poco a poco, pena por la hierba demasiado crecida, pena por un rama caída, pena por el abandono a la que es sometida. Tristeza al ver sus ventanas cerradas. Añoranza de los tiempos allí vividos, de los ecos que pueblan el jardín de palabras, pisadas y miradas. Dolor al saber que ya nunca me sentaré de noche en el jardín, que no veré la luna aparecer imponente, que no habrá más copas de vino bajo el almendro, que todos los recuerdos quedarán ahí encerrados, todas las palabras dichas, todos los pasos dados. Arrepentimiento.

Pena, tristeza, dolor y añoranza. Sentí también alegría al volver a mi nueva casa. Tan pérfida es la traición que en cuestión de minutos transforma lo que sentimos, olvida lo que recordábamos y nos permite presentes distintos de los pasados. Sentí la alegría de lo nuevo, de lo no conocido. Ilusión, otra vez, que tan cara se vende. Ganas de hacer cosas, de transformar, de construir, de crear, de no parar quieto y ver cómo todo se va transformando lentamente. La casa está y estará y yo estaré con ella. Adiós al trago amargo de cerrar la puerta y no saber hasta cuando, adiós a la casa vacía y desolada. Ahora, cuando yo no esté, la casa permanecerá viva, llena de mis cosas: mi ropa, mis libros, mis discos, mis fotografías. Mis nuevos pasos, mis nuevas palabras y recuerdos. Alegría.

Sólo me falta una cosa. Mejor dos: un cerezo y un almendro. Sé que no serán los que eran, pero mi casa, mi nueva casa, no estará terminada hasta que pueda sentarme de nuevo a leer bajo el almendro y hasta que temprano por la mañana me suba al cerezo y coma, escondido entre sus ramas, sus frutos amarillos y rojos. Esperanza.

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Domingo y lunes de julio

DOMINGO

El verano con nubes no es verano. La lluvia en verano debería ser sólo cosa de furiosas tormentas. Las tormentas, dejarse sentir tan sólo de vez en cuando. El sol tendría que venir para quedarse.

Julio avanza poco a poco y yo me siento en febrero. Uno sabe dónde reclamar o a quién hacer responsable en casi todas las situaciones de la vida. Cuando se trata del tiempo, meteorológico, no del otro, ese es cosa nuestra, no se siente más que frustración. Nada ni nadie es culpable de que el color gris del cielo me moleste o afecte a mi delicado espíritu. Dejado dios en paz, no sé a quién me puedo dirigir cuando reclamo a quien corresponda.

Las cerezas este año están, pero penden de las ramas como de un hilo o como de un suspiro. Caen demasiado maduras del árbol y yo contemplo impotente cómo se estrellan contra el suelo sin remedio. Sólo los pájaros ladrones las aprovechan. Tentación caída por los suelos. Las cerezas ante mí y no puedo evitar que se me escapen de los dedos y de la boca.

Verano sin sol y sin cerezas. Pura contradicción. ¿Qué puedo hacer yo ante tamaña desgracia?

Nice, nice, very nice de D.M. es mi único consuelo en este domingo en el que inesperadas obligaciones laborales me obligan a desandar el camino andado y volver al despacho clausurado y ya casi olvidado. Recorro ahora la oscura carretera, bajo un oscuro cielo en esta gris y oscura tarde de domingo. Nice, nice, very nice, es verdad, es mi único alimento.

Mañana dos reuniones, varias tareas inesperadamente pendientes y espero, ojalá, dar media vuelta a mi retiro sin verano ni cerezas. Espero que en esta pequeña y forzosa pausa el sol recobre su sentido y tanto él como yo tengamos esa segunda oportunidad que, al parecer, todos o casi todos, merecemos.

Comienza a llover, no miento, the indy queens are waiting, y yo miro incrédulo a través de los cristales. La música me aísla en cierta forma de este mundo inaudito.

Julio sin sol, sin luz y sin cerezas. Julio plagado de lluvia. La casa está fría por la mañana. El jardín se ve triste desde la ventana.

De esta negrura inesperada tampoco se han librado las lecturas. He estado leyendo últimamente a Petros Markaris, el turco que vive en Atenas y, a pesar de los pesares y de las recomendaciones, tengo que admitir que no me ha tocado. Ni fu ni fa. No me gusta decir esto pero así ha sido y así, por tanto, lo cuento. Ahora empiezo con Bernardo Atxaga y sus Días de Nevada. Recién abierto el libro, recién empezado el camino pero presiento algo bueno. Me siento muy cómodo leyendo.

Con la música estoy más contento. Llevo un tiempo descubriendo grandes cosas. Eso me gusta mucho. Cada vez  son ellos más jóvenes y yo más viejo pero me encanta conocer lo que no conocía y tener todavía la dicha de lo nuevo y no estar siempre refugiado en lo sabido y conocido. Creo que tengo un sexto sentido para el diagnóstico. Yo mismo me fío de mí. Tengo grandes cosas entre manos. Las he traído conmigo para escucharlas a solas en mis paseos por el verde y por el amarillo. Esa es mi pista de pruebas. Paseos solitarios, caminos nuevos y caminos una y mil veces recorridos. Ellos me acompañan y juntos desbrozamos los senderos. Poco a poco ya los iré presentando.

He traído también conmigo películas para ver, casi siempre, en las primeras horas de la tarde, cuando el verano solía calentar demasiado. Momentos de cine y té tras la siesta.

De momento en vez de cine he visto dos series. Una alemana. Hijos del tercer reich. Un buen intento de los propios alemanes para analizar su historia reciente. Historia, por cierto, tantas veces silenciada. La otra, un clásico de mis últimos veranos. Downton Abbey. Es una serie británica. Decir serie y decir británica debería ser, en este caso, suficiente descripción. Nadie como ellos describe con tanto acierto, minuciosidad y belleza su propio pasado. Esta serie es un fresco de un tiempo terminado, comienzos del siglo XX. Está tan bien hacha que necesito beberla a grandes tragos. No puedo ver un capítulo hoy y otro dentro de diez días. Prefiero ver cada verano una temporada completa. Así, durante unos días, todo seguido, sin pausa vivo la vida en la gran casa en la campiña inglesa, vivo en ese microcosmos que a pesar de pequeño todo lo contiene.

Llueve más y más. El agua no me permite ver el paisaje. Una espesa niebla tras el agua. Más allá parece no haber nada. Me acerco en esta inesperada y momentánea vuelta a la nada cotidiana. Agua sin luz, niebla inerte que me dejan en paz por un momento mientras atravieso un túnel oscuro que me aleja todavía más del mundo.

No caigo derrotado. Dan y yo volvemos mañana. Ya no será lunes sino que será un día y luego vendrá otro día y después otro. Días sin nombre ni atributos. Días sin despertador, días sin horarios. Días de palabras, de vino, paseos, tierra seca, libros, música y películas. Días de verano recobrado.

LUNES

Cinco de la tarde de un lunes de julio. El cielo sigue nublado. Enfilo al sur iluminado.

He pasado la noche en mi casa vacía. Me he despertado de madrugada. Oscuridad y silencio. He recorrido la casa y todo estaba quieto. Olía a casa cerrada. Era, como en los sueños, mi casa y no lo era. Extraña sensación la de sentirse un intruso en tu propia casa, en tu propia cama. En esa irrealidad de madrugada, en esa soledad inesperada he pensado en todo y en nada. Sabía que por la mañana esas horas de insomnio serían otra cosa diferente. Imposible luchar por retener las impresiones nocturnas. No hay palabras, no hay recuerdos que resistan la luz de la mañana. Las horas sin sueño son como islas a las que sólo se llega involuntariamente. No se pueden buscar. A veces uno se encuentra allí varado sin casi saber cómo ha llegado.

Por la mañana, con demasiado sueño acumulado, he tratado de guardar las horas vividas en mis recuerdos. Un café, una ducha, ropa limpia y el ruido de la calle y de la gente me han devuelto a la vida cotidiana.

Las calles estaban mojadas por la lluvia. He caminado deprisa. He tenido, qué remedio, que pasar la mañana entre reuniones, papeles y discusiones. Al final y ya por fin solo he ido poniendo puntos finales.

He comido solo, sentado en un bar junto a la ventana. He visto a mucha gente pasar. Es curioso comprobar que nadie sonríe cuando camina por la calle. Quién lo hace parece un borracho o un loco. Es difícil discernir qué sucede en las cabezas de aquellos que se cruzan en nuestro camino. El mundo visto a través de los cristales me parece siempre un lugar solitario.

Estoy llegando ya a mi destino.Como buen presagio el sol se ha abierto paso entre las nubes. Con el cambio de luz y de paisaje el día de hoy se me hace ya lejano. Esta pasada madrugada vivida en la oscuridad se me antoja ya tan irreal como un recuerdo inventado.

Vendrá ahora la tarde tranquila, tal vez un paseo. Luego, para cenar las últimas cerezas, tomate y un poco de queso. Miraré antes de acostarme las infinitas estrellas que me acompañan cada verano. Un verano ya sin nubes será por fin verano.

Mi casa, la otra casa, la que hoy he dejado vacía, esperará paciente a que algún día vuelva.

Verano y páginas en blanco

(I)

El cielo está azul. La temperatura va subiendo  a medida que pasan los primeros días de julio. Aún se está fresco dentro de la casa. Vengo del jardín, el canto de un pájaro desconocido me ha hecho pasear entre los árboles. Quería ver cómo era mi nuevo vecino. Caminaba sigiloso pero en cuanto me he acercado demasiado se ha callado. Las ramas me impedían verlo. Finalmente me he rendido.

Hace un rato me he levantado de la siesta. He tenido un extraño sueño. La casa está vacía, todos se han ido. Tras la ventana luce el sol. Aquí dentro estoy casi en penumbra. He afilado el lápiz, he abierto el cuaderno y me he sorprendido al comprpbar que sólo me quedan unas pocas páginas en blanco. Sentado a la mesa del salón observo en silencio. Un libro de A.L., el portátil cerrado, una chaqueta azul olvidada sobre una silla. Poco más. El resto permanece quieto y callado a esta hora de la tarde.

Esta mañana he dado un largo paseo. El trigo aún no ha sido cosechado Mucha luz y poca sombra. Me ha gustado.

Este verano, no sé por qué he cambiado mis hábitos. Me acuesto relativamente pronto y me levanto temprano. Me gustan también la luz y el aire a esa hora de la mañana. Desayunar, pasear temprano, leer, preparar la comida, echar la siesta, ver películas pendientes, recorrer el jardín, sacar fotografías, escribir algo sentado bajo el almendro, jugar al rummy, charlar, mirar por la ventana, descansar, olvidar, dormir.

No sé qué día es de la semana.

(II)

Sentado en el jardín. Una vieja silla verde me sostiene. Los pies encima de una pequeña mesa. Un libro de T.H. en el regazo. Veo desde aquí la ermita. Calculo que unos seiscientos o setecientos metros nos separan. Me gusta mirarla y pensar en su cuerpo de piedra que tanto ha visto y que tanto sol esconde. Parece desierta. Trigo y viñedos la contemplan.

Ayer vinieron de visita unos amigos. Tiempo de recuerdos y de tertulia. Comimos fuera, el jardín nos cedió parte de su sombra. Tomate y pepino de la huerta, queso y cecina, arroz con tropiezos. Eramos ocho y a los ocho nos unían recuerdos comunes. Entiendo que los recuerdos nos conformen pero no que todo lo monopolicen. Mis recuerdos son yo pero yo no soy mis recuerdos. Los jóvenes viven tiempos sin recuerdos, los mayores se dejan invadir por ellos y los viejos habitan días llenos de quejas. Parecen compartimentos estancos cuando lo correcto sería mezclar proyectos, recuerdos y quejas.

Compartimos vino y palabras y comprobamos lo cerca que estamos a pesar del tiempo. Los afectos permanecen. Están, en el caso de mis amigos, más allá de formas de vida, separados de las ideologías. Siempre es grato comprobarlo.

Un abejorro se ha posado en unas flores de lavanda. Lo observo, lo espío, lo contemplo. Tan ensimismado está en su deleite que permite que me acerque con la cámara. Enfoco, apunto y disparo. Veo un mundo que no es el mío. Un mundo dentro de otro mundo. ¿Cuantos mundos hay que no percibimos? Mundos paralelos.

Cuenta Paul Auster en su Diario de invierno que ha vivido en veintiuna casas. De todas ellas habla y en todas ellas suceden cosas, quedan palabras, personas y recuerdos. Yo no soy Paul Auster ni he vivido en veintiuna casas. Cuento con los dedos de una mano y no paso de cinco. Mi mundo es más estático. Mi mundo está por dentro.

Buscar una casa es el destino del hombre.

La brisa mueve levemente las ramas del almendro. Entre ellas veo el azul del cielo y un par de nubes blancas. Qué fácil es, sentado aquí, no hacer nada. Dejar libros, lápiz y cuaderno, apoyar la cabeza en el respaldo de esta vieja silla verde y respirar, escuchar, ver la vida pasar. Detenerla. Cerrar los ojos y no ver nada.

Escritura automática

La ventana está cerrada.Agua, granizo y viento pugnan por entrar.La primavera no quiere acordarse de mí.Mis manos, entumecidas por el frío de la calle, van recuperando el color y el calor gracias a las teclas que pulso con las yemas de mis dedos.Su sonido me tranquiliza, me relaja.Las palabras surgen de la nada, son más veloces que mi pensamiento.No sé a dónde quieren ir a parar.Tampoco me importa.Me gusta ver cómo las letras se van combinando hasta formar nombres, ideas y conceptos que poco a poco logro desentrañar.No sé lo que voy a escribir a continuación.Ellas,con vida propia,van creando  un río negro sobre un lecho blanco.A veces juego a intentar no pensar en nada y comprobar qué es lo primero que se me ocurre.Es un juego sorprendente.Un recuerdo,una persona o un lugar aparece ante ti, sin que tú lo hayas llamado.Todo está dentro de nosotros.Es inútil preguntarse por qué ese recuerdo y no otro  se nos presenta sin razón aparente.Tal vez no habíamos pensado en ello desde hacía muchísimo tiempo.Pero ahí está.Revelándose.Voy a hacer lo mismo ahora, no hay trampa, lo prometo.Viene a mi memoria un día frío como hoy.Yo estoy en la vieja casa de mis padres.Abro el armario del pasillo donde tenía guardados mis juguetes.Me veo allí, rebuscando entre cajas y muñecos.Afilo más el recuerdo y , ahora sí, veo con claridad un fuerte  donde en vez de soldados había vaqueros que siempre eran atacados por indios multicolores.Me veo a mí mismo llevando mi fuerte junto a la ventana y allí, preparando por enésima vez la misma batalla.Yo sabía quién iba a ganar.Siempre triunfaban los mismos.Eso no era lo importante.Lo que ahora recuerdo, lo que veo con claridad transparente es la capacidad de mi yo niño creando un espacio impenetrable al que durante un rato nada afectaba.No había ya alfombra en el suelo. En su lugar rocas y arena componían el paisaje por el que los indios llegaban por sorpresa y al ataque.No había dolor aunque todos se disparaban y morían.No había tristeza.Solo ensimismamiento y el tiempo que volaba a través del tiempo.¿Será así el Dios que juega con nosotros? Para él no existe el tiempo y nuestras penas le son ajenas.Juega,crea, imagina y permanece ensimismado contemplando la tragedia que una y otra vez se repite.No sirve de nada que le gritemos, que mostremos nuestras heridas o que nos rebelemos.Él está en su mundo,jugando.Tan cerca y tan lejos como yo lo estaba del indio que herido de muerte caía del caballo sobre la alfombra-desierto.

Está oscureciendo,enciendo la luz.Me gusta más mi casa  con esta luz amarilla.Mis dedos se agitan indecisos sobre el teclado.Toco la mesa blanca y percibo lo agradable de tocar cuando uno está concentrado.La madera es más madera.La sensación permanece y todo acaba allí.No hay nada más que piel y madera.Me voy por las ramas.Vuelvo a jugar.Busco mi carpeta de música y  abro al azar un archivo.Billie Holiday canta desde el alma llenando con su voz  el tiempo y el espacio.Pienso en su trágica vida y entiendo por qué canta como canta.¿Por qué hace falta tanto sufrimiento?Yo, como Dios, me olvido, y disfruto escuchándola.Música, luz amarilla, madera blanca y el sonido de las teclas que al fondo me recuerdan  que lo único que tengo son palabras.Las miro, una y otra vez las miro y me asombro del milagro de que siempre digan algo.Tal vez no lo mismo para mí que para tí, pero siempre algo.

Pienso ahora en el día que ha pasado.Veo lluvia, una clase escuchándome, una reunión en la otra punta de la ciudad.El taxista que no me hablaba.Yo, agradecido, escuchaba con él las noticias en la radio.Todo me resultaba lejano.Al pasar junto al mar, he visto las olas gritar, todo espuma, todo gris.Al mediodía comida con los compañeros de trabajo y otra reunión por la tarde.Hablábamos de ellos, los alumnos, como siempre, y de qué podíamos hacer para ayudarles.En las caras se veía cansancio.Tanto esfuerzo para tan poca recompensa.Discusiones, risas y alguna que otra cara larga. Más tarde cuando me he quedado solo,me he sentado a mi mesa de trabajo.Una selva de papeles la inundaba.He tratado de poner orden en ese caos de notas,avisos, apuntes, libros y cuadernos.He mirado el correo, he contestado lo urgente y al fin he dicho: es suficiente.He salido a la calle desierta y he sentido el frío por todas partes.Lo que más me alegra es seguir sintiendo prisa por llegar a casa.Imaginar que allí dentro todo es cordura, que hay risas esperándome.Salir de casa para volver a entrar.Merece la pena.

Ahora, después de cenar, estoy aquí sentado, mirando las teclas y la pantalla.Queriendo que las palabras expresen por sí solas lo que se agita en mi cabeza.La ventana está cerrada.Agua, lluvia y granizo pugnan por entrar.Yo contento de estar aquí adentro.Robo  horas al sueño, no quiero perderme estos momentos.Mañana es viernes y Billie canta otra vez.


La casa vacía

Y los campos seguirán cuando yo no los mire. Llegará el otoño y caerán las hojas. El día y la noche cambiarán sus papeles. Ya nadie mirará por la ventana. Las campanas, a lo lejos, sonarán, y su eco recorrerá el valle. La penumbra de la tarde iluminará mi alcoba solitaria. El frío se irá adueñando de la casa, poco a poco, lentamente. Nadie se mecerá a la sombra del almendro. La fruta caida y quieta será pasto de gusanos y la puerta de la entrada no aceptará más llave que la mía. El jardín, mustio y silencioso, no oirá voces por la mañana. No habrá ruido de tazas y de platos. El olor del café y del pan tostado no alegrarán nuestras miradas. El tiempo, que yo imagino detenido, devorará implacable tantas horas perdidas. La casa, vacía, dormirá rendida, soñando el día en que vuelva a ser poblada por nuestros pasos, risas y palabras. Mi sombra, mientras tanto, permanecerá a su lado.